miércoles, 11 de mayo de 2022

Sharon Stone amaba a Octavio Paz

El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida.

La llama doble, Octavio Paz

Hace un par de años, Ángel Gilberto Adame, periodista y escritor, autor de dos libros sobre Octavio Paz, publicó un artículo en el que asienta que en 1996 el Paris Match le dedicó la portada y le realizó una entrevista a Sharon Stone (de 38 años entonces) en su época de mayor esplendor, y que cuando el reportero la inquirió sobre quiénes eran los hombres que amaba, ella respondió: Magic Johnson, el Dalái Lama, Octavio Paz (82 años), Gerard Depardieu y Jack Nicholson.

El año anterior, Stone intentó contactar al poeta para invitarlo a cenar, aprovechando que los dos se encontraban en Atlanta, ella filmando una película en Savannah y él en las Olimpiadas Culturales. Complicaciones de agenda hicieron imposible el encuentro, pero Paz se comprometió a enviarle unos libros autografiados, lo cual finalmente ocurrió por interpósita persona en la editorial Vuelta y sin la firma autógrafa del autor. Sharon le envió un último mensaje de agradecimiento a Paz por los libros, que obra en poder de Princeton. Pero más importante que éste es la declaración de la actriz al Match sobre don Octavio: “Me enciende el alma. Un amigo me dijo que debería dejar de hablar de él. Me veo como una estúpida estrella que quiere demostrar que ha madurado. Si lo conociera, podría enamorarme locamente. Cuando un hombre es así de excitante intelectualmente, te nutre sensualmente, independiente de su edad”, donde apareció también una foto del escritor con una provocativa nota: “He sets my main on fire”.

Según Christopher Domínguez Michael, cuando José Marie Tramini, esposa del poeta, fue inquirida sobre el panicular, respondió “que tras haber competido con sor Juana ya nada la arredraba”.

Adame afirma que los libros favoritos de Sharon Stone escritos por el poeta son La llama doble y Árbol adentro, que seguramente leyó en español, pues domina el idioma y estudió Artes y escritura creativa en la Universidad de Pensilvania.

Picado por el gusanillo, ni tardo ni perezoso, compré La Llama doble, un ensayo sobre el amor, ya que el otro es únicamente poesía, a la que no soy tan afecto. Lo hice no tanto para tomar ideas sobre cómo seducir a Sharon, después de todo tengo apenas 72 y ella hermosos 64, sino para descubrir el poder de seducción del escritor. Paz se adentra en los intríngulis del amor, pasando revista a todos los autores de la humanidad cuyas obras versan sobre esta pasión, así como sus héroes, y los filósofos y sociólogos que se han interesado sobre el particular. Y lo hace, como acostumbra el ensayista, con una erudición y sabiduría tan arrolladoras que termina uno, literalmente, deprimido, por el tiempo que se necesitaría para leer y estudiar todo lo que el poeta abarcó durante su vasta existencia.

Compara, por ejemplo, al amor con la amistad, sus rasgos comunes y sus diferencias, y concluye que el hombre, no la mujer, es más proclive a ella por razones culturales, por haber estado confinada ésta tradicionalmente a espacios más reducidos donde se dan con mayor facilidad los chismes, las envidias, los celos, las traiciones y los rencores.

También dice que uno de los golpes bajos que recibe nuestra noción del amor son la pornografía y el  excesivo comercialismo de nuestra época. Ojo, Paz terminó de escribir este libro en mayo de 1993 (¡hace casi treinta años, a los 79 de edad!), después de que en 1965 abandonara un primer intento por hacerlo, para retomarlo en marzo-abril de 1993 y terminarlo de un tirón los primeros días de mayo.

Uno de los pasajes más hermosos, ya casi al final, es cundo dice que el amor se transforma no en piedad sino en compasión, y para ello recuerda lo que Unamuno, ya viejo, afirmaba: “no siento nada cuando rozo las piernas de mi mujer pero me duelen las mías si a ella le duelen las suyas”, y sugiere que deberíamos reintroducir en nuestra lengua la palabra compathía, que es el término que mejor describe dicho sentimiento.

Con todo, me quedo con el penúltimo capítulo, el más extenso del libro, una digresión que pareciera no tener mucho que ver con el contenido general de la obra, pero en el que el autor se empeña en decir lo contrario. Aun así, fascinante. Resulta premonitorio de lo que Yuval Noah Harari escribiría más de dos década después. Si fuera malpensado, hasta plagio pudiera aducir de parte de éste. Para que tengan una idea de los tópicos que Paz se “atreve” a tocar en dicho capítulo, les recomiendo: http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2021/08/singularidades.html .

¡Carajo, cómo no va una (lenguaje inclusivo) a enamorarse así de Octavio Paz!

lunes, 25 de abril de 2022

A propósito de naderías

Hace más de medio siglo solía ir con mi primo Lorenzo, cinco años mayor que yo, a presenciar los partidos de la Liga Mayor de futbol americano colegial, conformada por Chapingo, Poli Blanco, Poli Guinda y Universidad, a una sede alterna al Estadio Olímpico, el mal llamado Estadio de la Ciudad de los Deportes, que décadas después terminó llamándose Azul por ser la sede de un equipo de soccer de cuyo nombre no quiero acordarme. El cerrojazo de la temporada lo constituía el encuentro entre los Pumas de la Universidad y una selección del Poli conformada por los mejores jugadores del Guinda y el Blanco. Como buenos fanáticos de los auriazules, nos aposentamos en la tribuna destinada a los universitarios en un estadio lleno a su máxima capacidad, la mitad de la cual correspondía a los politécnicos, justo enfrente de nosotros.

Como era el final de la temporada, al medio tiempo se acostumbraba despedir a los jugadores que habían completado su “elegibilidad”, es decir, a quienes habían cumplido cuatro años seguidos de jugar en los emparrillados. Ambos grupos de jugadores, frente a su propia tribuna, eran objeto del homenaje de los aficionados que no cesaban de corear sus nombres y lanzar estentóreos Huelums y Goyas, según fueras politécnico o universitario.

Pero ocurrió lo insólito, la tribuna universitaria comenzó a llamar hacia sí a los jugadores del Poli que se despedían. Temiendo los insultos y las invectivas de los que éstos serían víctimas, sus fanáticos no paraban de increparnos y hacían lo indecible para impedir que sus ídolos se aproximaran a nuestra tribuna. Los jugadores politécnicos, desconcertados y temerosos, cruzaron el terreno de juego, incursionaron en territorio enemigo y permanecieron inmóviles ante nosotros. Mientras a lo lejos su tribuna intentaba acallarnos con un estruendo ensordecedor, de repente, para sorpresa de todos, Lorenzo y yo incluidos, estábamos ya coreando un estentóreo ¡Huélum! en honor de los rivales que se iban. La reacción de la tribuna opositora fue dramática: un silencio sepulcral que calaba el alma, seguida de una ovación cerrada ante el noble gesto universitario. Y así continuamos, con otros tres o cuatro Huelums más gritados a todo pulmón.

Pero ahí no paró la cosa, pues los politécnicos llamaron a los nuestros y, una vez que los tuvieron cerca, su tribuna no cesó de corear Goya tras Goya hasta completar no menos de diez, me cae, tan agradecidos estaban de nuestro espontáneo actuar. Yo no experimentaba más que un cosquillear en la piel, chinita y colorada, y sí, hasta alguna lágrima se me ha de haber escapado. ¡Qué bonito, carajo! Y de inmediato volvimos a lo nuestro, una vez que le hubimos agradecido a la porra del Poli, con silencios y ovaciones como ellos, esos diez Goyas: “¡Poli güey, clap, clap, clap… Poli güey, clap, clap, clap…!”.

Tal muestra de concordia en un ambiente de suyo tan hostil me sigue conmoviendo hasta la médula y haciéndolo evidente en mi piel. Obviamente, salimos del estadio, todos, reconciliados con la vida, disfrutando de la victoria y dejando atrás la derrota.

Todos habíamos triunfado en un ambiente lleno de pasión pero, sobre todo, de civilidad.

jueves, 14 de abril de 2022

Al este del Edén

Caín, alejándose de la presencia del Señor, habitó la región del Nod, al este del Edén.

Conocí a Calbert y Aaron (Cal y Aron, de cariño), mellizos no idénticos, desde que nacieron, y aun antes quizá: desde su concepción. Hijos de Adam Trask quien, junto con su hermano menor Charles, era originario de Connecticut. Estos, a su vez, eran vástagos de un severo padre que desempeñó oficios administrativos dentro del ejército que le granjearon el respeto y reconocimiento incluso del Presidente. En fin, Adam, aunque mayor que Charles, era completamente dominado y maltratado por su medio hermano. Esta falta de carácter movió tal vez al padre a enrolar a su hijo en el ejército, donde Adam sospechaba que su progenitor malversaba fondos de las fuerzas armadas. Sea de ello lo que fuere, al morir éste les legó a los hijos una gran fortuna: más de cien mil dólares de aquellos de principios del siglo pasado. Siguiendo con sus ideas, Adam insistía en que debían restituir al Estado ese dinero “mal habido”.

Por otro lado, Cathy Ames, una muchachita malévola que desde pequeña dio muestras de una gran perversidad, siendo quizá la culpable del incendio de la casa paterna que provocó la muerte de sus padres, en su descarrío llegó malherida a casa de los Trask. Obviamente, Charles quería deshacerse de ella de inmediato, todo lo contrario de Adam que quedó prendado de ella y con quien casó a espaldas del hermano. Ya entonces tenía el referido Adam la idea de mudarse a California y hacerla en grande por aquellos lares, pues sus escrúpulos con respecto al dinero que les heredó el padre disminuyeron y él siempre había acariciado ese sueño. Seguía cuidando de Cathy como el que más antes de emprender el viaje al oeste. La mujer, tratando de dominar la abierta hostilidad del hermano hacia su persona, hizo que Adam ingiriera los somníferos destinados a ella para poder apersonarse en la alcoba de Charles, quien, sorprendido por su presencia, trató de echarla de su cuarto con la grosería que acostumbraba hacia Cathy, pero ésta se arrimó a su cama, le dijo que se hiciera a un lado y dieron rienda suelta a su lujuria, con la abierta complacencia de Charles, que muy pronto quedaría al este del Edén.

Finalmente, Adam y Cathy emprendieron la marcha, con el desagrado total de ésta, pues, a diferencia de Adam, no era esa la vida que ella imaginaba para sí, advirtiéndole que en cualquier momento lo abandonaría. Su marido tomó a la ligera estas amenazas y comenzó a dar forma a sus sueños en Salinas, que fue el valle al que se mudaron en California, auxiliado por un lugareño, Samuel Hamilton, de origen irlandés mudado al lugar mucho antes que ellos. Poco después, Cathy se puso muy mal, y el médico, que pidió estar a solas con ella, le advirtió que eso que había intentado hacer era abominable, que el aborto era el peor pecado del mundo.

Adam, ajeno a todo esto, de lo único que se enteró cuando el doctor estuvo con él fue que su esposa estaba embarazada, y no paró de dar rienda suelta a su alegría, que lo afianzaba en sus planes de una vida prospera y feliz. Nada más alejado de la realidad, ya que su esposa estuvo a punto de asesinarlo de un escopetazo que le destruyó el hombro, y después de dar a luz a un par de mellizos, huyó de la casa para ejercer formalmente la prostitución, para lo que trocó su nombre por Kate.

Los mellizos fueron traídos al mundo por quien fue su ayo toda la vida, Lee, un chino modelo de sabiduría como pocos, pero a Adam nadie lo sacaba de su profunda depresión tras el abandono de Kate, cuyo paradero era desconocido para todos. Samuel Hamilton y su esposa Liza trataban de que el pusilánime reaccionara de cualquier forma, hasta con una tremenda golpiza que a propósito de nada propinó el viejo Samuel a éste. Pasado cierto tiempo, Hamilton le recriminó a Adam que ni siquiera había bautizado a los chicos, y un buen día llegó con una vieja biblia de Liza y de ella seleccionaron los nombres de Calbert y Aaron para los mellizos, tan disímbolos entre ellos como sus nombres: Aron era un niño hermoso, tranquilo y sensible, todo lo contrario de Cal, cetrino, nervioso y malo, según él mismo. Conocieron por casualidad a una niña, Abra, cuya familia tuvo que hacer una parada de emergencia en casa de los Trask, y desde entonces, siendo todos unos escuincles, ésta se volvió novia de Aron, por supuesto.

Los niños, ya no tan niños, inquirían con frecuencia al padre por su madre, quien les aseguraba que había muerto y estaba sepultada no cerca de ahí. Sin embargo, poco a poco fueron descubriendo la verdad y que Kate trabajaba en un prostíbulo donde se había vuelto la favorita de la dueña, a la que envenenó tiempo después de que ésta le heredara todos sus haberes. Los tres, Adam, Cal y Aron, tuvieron oportunidad de confrontarla en no muy buenos términos, excepto Aron, del que Kate quedó prendada por su hermosura. Poco antes, Charles, de quien habían perdido el rastro, murió y dejó una considerable fortuna a partes iguales para Adam y su esposa, ajeno aquel al rumbo que habían tomado los acontecimientos. Cuando Adam tuvo oportunidad de visitar a su todavía esposa en el prostíbulo, la pérfida le dijo que las criaturas probablemente ni siquiera hijos de él eran y lo del testamento del cuñado lo atribuyó a una burda estratagema con la que ignoraba qué era lo que Adam pretendía. La visita de Cal fue igualmente desafortunada, y la de Aron, llevado por Cal en desquite por el poco amor que su padre sentía por él a diferencia de Aron, ya vimos el efecto que causó a Kate, al grado que poco antes de suicidarse, hastiada de su vida y de su artritis, garrapateó en una hoja de papel que le heredaba todo a su angelical crío.

Sin embargo, el trauma para el pobre Aron fue tal que abandonó todo, novia, estudios universitarios y familia, y se enroló en el ejército mintiendo sobre su edad, pues apenas tenía diecisiete y se requerían dieciocho, y murió en el frente. Esto provocó al padre una pena infinita y cayó en cama víctima de un derrame cerebral que apenas le permitía darse a entender. Cuando Cal acudió ante él presa de un profundo remordimiento a confesar su culpa -que ya también había confesado a Abra diciéndole que era malo, a lo que ésta le respondió que por eso ella lo amaba-, el padre le respondió con mucha dificultad y después de un intento fallido: ¡Timshel!, cuya primera acepción tú dominarás (sobre el pecado), se transforma en hebreo a tú podrás, que deja abierta igualmente la posibilidad a tú no podrás, y con ello, incólume, el bien supremo del hombre: su libertad.

¡Hermosísima novela de John Steinbeck! Por cierto, hijo de Oliva, hija, a su vez, de Samuel Hamilton. 

sábado, 9 de abril de 2022

En busca de sentido

Desde tiempo inmemorial había oído yo hablar del libro El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, sin entrar en mayores detalles y sin averiguar más allá del título y de la trama general de la obra: la experiencia de un recluso en los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Temía yo el clásico drama desgarrador y estremecedor que conduce al llanto fácil o bien el típico texto de autoayuda que desemboca en otro tipo de llanto: el de la revulsión clínica que generalmente provocan este tipo de escritos.

Pues ni lo uno ni lo otro, y quizá sea este el principal mérito de la obra: ni se le admira por habernos hecho sufrir ni se le desprecia por huera y predecible. O tal vez esto se deba a que más bien sea yo el hombre en busca del sinsentido, en cuyo caso, resulta difícil encontrárselo a maldita la cosa.

No obstante, sería difícil no estar de acuerdo en que mientras el psicoanálisis lo reduce casi todo a nuestras pulsiones sexuales, a lo mejor sería necesario escarbarle a cosas más down to the Earth, como la culminación de la obra inconclusa o el amor por los seres queridos. No en balde, Frankl es el inventor de la logoterapia, que se basa en la búsqueda de sentido a la existencia humana. Y precisamente Viktor, médico, vivió ese tipo de carencias durante su reclusión: por un lado, lejos de su queridísma esposa, cautiva en otro campo, no lejano geográficamente, pero tan inalcanzable como la luna prácticamente, y, por el otro, con la obra científica de su vida, celosamente guardada bajo sus harapos, finalmente destruida y hecha cenizas por sus verdugos, pero que lo llevó a rehacerla y a escribir prolíficamente tras la liberación. Es decir, Frankl cultivó una serie de valores morales que consideraba también prioritarios en la alternativa a las psicoterapias de Freud y Adler. Los tres, considerados los maestros de sus respectivas escuelas en la psicoterapia vienesa.

A fuer de honestidad, quizá me quedé con las ganas de leer un instructivo de cómo ser feliz, a la manera de los textos por los que tanto desprecio manifiesto en el primer párrafo, pero me quedo con lo que Frankl recomienda en su libro, aunque cada día me resulte más difícil encontrarle sentido a la maldita existencia.

viernes, 8 de abril de 2022

Nobleza obliga

Con cierta frecuencia contacto al director general (CEO) de BBVA, Ing. Eduardo Osuna Osuna, para reclamar presuntas irregularidades en el manejo de mis cuentas, por lo que no es de extrañar que lo tenga en la lista de distribución de estos artículos. La ocasión más reciente, anteayer, lo hice en los siguientes términos:

Asunto: Voraz banca española

Sr. Osuna,

Se nos acaba de hacer un cargo improcedente por "baja facturación" en ventas a crédito (número de afiliación xxxxxxx), pues en más de catorce años nunca hemos estado por debajo del límite requerido (25 mil pesos), a no ser que éste se haya incrementado, en cuyo caso, jamás se nos informó.

A este paso, dentro de un año nos estarán cobrando anualidad para conmemorar este atraco.

Raúl Gutiérrez y Montero

Que él respondió, con guante blanco, hoy:

Sr. Gutiérrez, siempre leo todos sus correos, me encanta lo que escribe, la excelente redacción y la cultura con que lo hace, sin embargo, no me gustan los que se queja de algún servicio del banco porque siempre califica a la institución de manera despectiva: “voraz banca española”, “atraco”, etc., sin duda tenemos fallas y me encanta cuando tengo la oportunidad de verlas de primera mano y resolverlas, pero estoy absolutamente seguro que no nos merecemos esos calificativos.

Somos una empresa seria, comprometida con México, operada por mexicanos, que cumplimos toda la regulación local, que invierte más que en ningún otro país y que estamos apasionados en el servicio al cliente. Con gusto reviso su situación.

Saludos y felicidades por sus escritos, me encantan.

Y no me dejó más opción que contestarle con la cola entre las patas:

Estimado Eduardo,

 

Tiene usted razón, le ofrezco una disculpa por mi exabrupto y le agradezco la cachetada con guante blanco. No se volverá a repetir, prometo ser más diplomático con mis reclamos, por lo menos los relacionados con ustedes.

 

Un abrazo.

 

Raúl Gutiérrez y Montero

 

Al menos el señor Eduardo Osuna tuvo la delicadeza y sensibilidad de ser receptivo al reclamo airado de uno de sus clientes, lo cual es de agradecerse.

jueves, 31 de marzo de 2022

Esplendorosa entrevista, ¡véanla!

El rencor nos envenena, lejos de hacerlo con nuestro enemigo.

Alejandra Cuevas Morán

Anoche (miércoles 30 de marzo) tuve la fortuna de disfrutar en vivo de la esplendorosa entrevista multitudinaria que los periodistas de El Universal, David Aponte, Maite Azuela, Valeria Moy, Juan Pablo Becerra Acosta y Héctor de Mauleón, le realizaron a Alejandra Cuevas Morán y su hijo Alonso Castillo Cuevas (https://www.youtube.com/watch?v=u48u7DSlvtU). Realmente  habría muy poco que agregar. El epígrafe con el que acompaño este escrito fue una perla que Alejandra lanzó espontáneamente desde lo más profundo de su alma al final de la plática. Quizá por eso ella se vea tan jovial a sus 68 -como si no hubiera estado injustamente presa tanto tiempo- y uno tan acabado a los 72, aunque, como siempre he sostenido, no es que sea rencoroso, sino que tengo muy buena memoria.

Terminé la velada tan lleno de rabia y coraje, y con el rostro tan desencajado, como Alonso, quien, él sí, no se resigna, a diferencia de la madre cuando pronunció su frase, y dijo; “No, yo sí quiero que este criminal -refiriéndose, obviamente, al fiscal general Alejandro Gertz Manero- pague todas sus culpas en vida”. ¡Bien, Alonso!, pues siempre he sostenido que el único perdón debiera ser la venganza. En este caso particular, más que en ningún otro.

No sé cuántas veces me habré preguntado, y conmigo millones más, ¿cómo es que llegamos a tal grado de degradación y perversidad en nuestro pobre y querido -a pesar de todo- México? Saber de los contubernios de Alfredo del Mazo, gobernador del Estado de México, con el despreciable Gertz para que la parienta de aquel, Laura Cuevas Morán, hermana de Alejandra, quedara fuera del expediente penal, revuelve el estómago, y permitió al fiscal lanzar toda su saña y podredumbre contra ésta y su familia, cuando Laura hubiera podido calificar también como “responsable accesoria”, esa aberración jurídica.

Pero además están los casos de otras reclusas y de los que la propia Alejandra tuvo conocimiento en el penal: las corruptelas entre abogados de oficio y jueces venales que empobrecen al extremo a las presas con la promesa de una pronta liberación que nunca llega. Innumerables casos de ilustres desconocidas que jamás alcanzarán los mass media. O de la audiencia que le programan a otra en marzo para mediados de septiembre, haciendo mierda aquello de justicia pronta, expedita y gratuita. ¡Sí, cómo no! De aquí, la OSC que está formando Alejandra para atender a todas estas pobres infelices.

Pero está, sobre todo, el despreciable Alejandro Gertz Manero, ¿de verdad no nos indigna hasta la náusea contar con un abogado general de tan baja estofa y alta estafa? ¿Qué tendríamos que hacer para liberarnos de él, ya que el imbécil del que “depende” no sólo no arroja luz sobre el particular, sino que le otorga su apoyo incondicional? Quiero vomitar.

Algo que no se mencionó anoche, entre muchas otras atrocidades, quizá porque no venía al caso, fue el “expediente de los 31”, ese que se les abrió en la fiscalía a otros tantos respetables científicos para vengar las ínfulas del plagiario Gertz de querer pertenecer al nivel tres del SNI y que se le negara en un principio, y después, abyectamente, le concediera María Elena Álvarez Buylla. Científicos entre quienes se encuentra mi compañera de universidad Julia Tagüeña Parga, primera en la lista de fobias del fiscal. Expediente que seguramente se encuentra en stand by en la actualidad, pero que en cualquier momento las frustraciones de este loco pudieran resucitar -como espada de Damocles- nomás por chingar y para satisfacer sus deseos de venganza contra el universo.

¡Qué facha de ser (Gertz) y qué joya de periodismo (el video)!

martes, 29 de marzo de 2022

Por qué lo hago

A raíz de mi último escrito, donde dejo ver cómo me pegó en la línea de flotación el comentario de un amigo (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2022/03/amistad.html), me planteé honestamente la pregunta de a quién podrían interesarle las estupideces que garrapateo. Y la respuesta me la proporcionó Lourdes Casares, periodista de León, no solo con su generoso comentario de solidaridad por el exabrupto de mi conocido, sino aun antes, cuando lo mismo hizo con el escrito previo que ahí menciono. Me dijo Lourdes en aquella ocasión que mi artículo le trajo el recuerdo de cuando su padre, de visita en la Ciudad de México desde Mérida, la llevaba a comer a Les Moustaches, siendo ella estudiante de la UIA, y que le encantaba el filete Veronique. Y todavía más atrás, me relataba las de Caín que estaba pasando su esposo para conseguir la visa americana, como acotación al escrito que entonces “publiqué”. Espero haberle proporcionado con mi penúltimo pergeño algún tip para expeditar el trámite de su marido.

Aunque no fuera más que para esto y para hacer un poco más ligera la vida, se justificaría ya el trazado de estas líneas, o ¿sería preferible que escribiera yo de los asuntos que todo mundo comenta? Soy un convencido de que para estar bien informado no hay que leer el periódico más que una sola vez por semana, y en dicha ocasión, no leer más que a dos o tres columnistas, pues todos escriben ad nauseam sobre los mismos temas, y los diarios no hacen más que presentar la misma información todos los días pero revolcada. La pobreza de sus “ocho columnas” es patética, metida con calzador. Y sin embargo, ahí estamos, a la hora del desayuno, dedicándole un par de horas al día a nuestro periódico “favorito” o el menos malo de todos.

De veras, cuando me meto a comentar sobre política, me siento gárrulo, atrapado por la máxima de mi amigo Germán Dehesa y otros: “ya todo está dicho”. Por ello, mi incredulidad de que alguien tenga algo trascendente que decir todos los días de la semana, sin repetirse o sin resultar inane. Curiosamente, Dehesa lo hacía, pero con una ligereza, gracia y sabiduría sin parangón, que lo volvía el colaborador más leído del periódico.

No es infrecuente que incursione yo en el campo de las ciencias y las artes, y me ponga a opinar sobre temas serios, pero con mucho menor éxito que cuando mi objetivo principal es hacerle la vida leve al lector. Por ello me identifico más con Germán que con los sesudos politólogos y los soberbios todólogos que nos atosigan a diario.

Muchas veces me han preguntado que por qué no escribo un libro, y yo respondo con absoluta honestidad que porque no tengo ni capacidad ni tema ni edad.

domingo, 27 de marzo de 2022

"Amistad"

Un “amigo” al que desde hace un par de años copio estos escritos, pero a quien no veo desde hace más de veinte, finalmente comentó el último, cosa que nunca antes había hecho (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2022/03/la-historia-continua.html). Y lo hace con una serie de insultos a mi persona y un comentario final en latín: Atramento et sine ideis nugae scriptum est, que en traducción libérrima es algo así como: Un escrito sin ideas no vale nada. Me imagino que él estará acostumbrado a tratar exclusivamente con Kant y Wittgenstein.

Puedo entender que el sobrino del ex consejero jurídico de la Presidencia, que ignoro cómo se coló a mi lista de distribución, me haya mandado al carajo por importunarlo con mis sandeces, pero lo hizo con la sutileza casi casi de un amigo, aunque con soberbia. Lo que me acaba de ocurrir con mi “amigo”, supera mi capacidad de asombro y comprensión.

No, Marco, con mis escritos no pretendo rivalizar con “tus” filósofos, sino únicamente pergeñar algo que, además, trae aparejada la inmensa dicha que me provoca el hacerlo, y, en una de esas, hasta a alguien más le gusta.

¡Gracias, Amigo, por permitirme conocer, con tus ideas, un poco más de la entraña humana!

martes, 22 de marzo de 2022

La historia continúa

Como dije anteriormente, en noviembre de 2021 conseguí una cita dual en la Ciudad de México, tan cercana como ¡enero de 2023!, para que, junto con Elena, tramitáramos nuestra visa ante la embajada americana. Desde entonces, todos los días y, en ocasiones, varias veces cada 24 horas, ingresaba a la página de dicha sede diplomática para intentar reprogramar el encuentro para una fecha más cercana, a pesar de que todo el 2022 aparecía bloqueado, es decir, sin espacios disponibles. Mi necedad rindió frutos y un buen día, milagrosamente, el 28 de junio de 2022 estaba libre junto con otros pocos slots. Tan pronto como hube reprogramado mi cita, nuevamente 2022 volvió a quedar bloqueado en su totalidad. Así de desesperados está rebosante este mundo. ¿Y qué creen? Pues que no cejé en mi empeño por conseguir una fecha aún mejor, hasta que me apareció el ¡sábado 19 de febrero!, que me hizo desconfiar mucho, por lo que me quedé con “mi” 28 de junio. Obviamente, ese sábado voló como pan caliente.

Y duro y dale, hasta que estuvo disponible el jueves 17 de marzo a las 13:40 horas, día por demás cercano e ideal para nosotros, y en el que nos presentamos con hora y media de antelación. Nos hicieron pasar de inmediato, aunque nunca falta la mosca en la sopa.

- Quítese los aretes, pues no pueden aparecer en la foto -le ordenó la empleada a mi mujer.

Elena, obedeciendo la indicación, procedió a remover su mascarilla anti covid para poder desprenderse de sus pendientes.

- ¡No se quite el cubrebocas, qué no ve que está en una zona de alto riego! -gritoneó aquella en su instante de efímera autoridad.

- ¡Es que si no, no puedo quitarme los aretes! -ripostó Elena con justa molestia.

- Para eso está el baño -contra atacó la otra, mientras mi media naranja se apresuraba a colocarse nuevamente la mascarilla.

- Quítese el cubrebocas, para tomarle la foto -indicó miss congeniality una millonésima de segundo después.

Bueno, pues así y todo, cinco minutos después estábamos ya en la calle con el trámite cumplido y la “promesa” de envío de nuestras visas a León en un plazo de ¡ocho a doce semanas! Ojalá alcance para que pueda llevar a Elena a pasar su cumpleaños al lugar de nacimiento de nuestra adorada primogénita, Carolina del Norte.

Como quiera que sea, la visita a nuestro adorado terruño resultó inolvidable, pues llegando llegando nos fuimos a comer a nuestro restaurante favorito, Les Moustaches, donde nos recibiría su dueño, Luis Gálvez, y disfrutaríamos de una opípara comilona. Pero además, en un momento dado, le dije a mi esposa ¿ya viste quién va entrando? Jonathan Heath, subgobernador del Banco de México, seguido, pocos minutos después, por Alejandro Díaz de León, ex gobernador del mismo banco. Cuando salgan, le dije a Elena, voy a llamar la atención del primero, ya verás. Y en efecto, cuando salió Alejandro, seguido de Jonathan, alcé mi voz y dije:

- ¡Jonathan! -y éste, que ya apresuraba la marcha, volvió la cara sorprendido hacia nuestra mesa.

- ¿Sí? -dijo, sin salir de su asombro.

- Raúl Gutiérrez y Montero, de León, Guanajuato, y esta es mi esposa Elena -nos presentamos, extendiéndole la mano.

- Mucho gusto -acertó a decir él.

- Hace unos años me hizo llegar Eduardo Sojo tu libro Lo que indican los indicadores y me ha gustado mucho, felicidades por cultivar el conocimiento económico de los mexicanos de una manera tan clara y amena.

- ¡Hombre, Raúl!, muy amable, apenas una mínima contribución a este país que me ha dado tanto- afirmó con modestia.

- No, de veras, gracias, pero no te distraemos, ya Alejandro te espera  -y tras nuevo apretón de manos, nos despedimos.

Y al día siguiente, después de nuestra cita en la embajada, nos aventamos un maratón de más de seis horas en la terraza La Cuchara del Hotel Marquís con mi mejor amiga de toda la vida, Patricia Jarquín. Qué rápido transcurre el tiempo con las personas a las que se quiere entrañablemente.

Por lo demás, un día después, acompañé a Elena a El Palacio de Hierro para que escogiera su vestido para la ya próxima boda de Carolina el 4 de junio, fuimos al cine a ver La peor persona del mundo en Reforma 222, y como yo me llevé el libro Al este del Edén, de John Steinbeck, premio Nobel de Literatura 1962 (qué curioso, el mismo año en que James Watson ganó, junto con Francis Crick, el Nobel de Medicina, y cuyo libro La doble Hélice comenté la vez pasada), pude disfrutar de la enorme sabiduría y enseñanzas que puede aportar una novela de tal envergadura. ¡Qué prodigio de escritura!

El regreso era inevitable, y así lo hicimos el sábado 19 de marzo, con una salida a cuentagotas de la ciudad capital, que nos llevó a hacer en exactamente seis horas el retorno al querido terruño por adopción: León, Guanajuato, que me ha permitido escritos de tan honda inspiración como el presente.

¡No sea mamón!

domingo, 27 de febrero de 2022

Antídoto existencial

Lo único capaz de disuadirme de mis obsesiones suicidas es la lectura sobre las grandes hazañas de la humanidad. Tal fue el caso de la lectura del libro que comenté la vez pasada, El código de la vida, de Walter Isaacson (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2022/02/fascinante-historia.html), sobre la vida y milagros de los científicos detrás de la edición genética. El libro me llevó a interesarme por los detalles técnicos del hallazgo en la página de la Organización Nobel, donde se incluyen auténticos artículos científicos sobre los descubrimientos premiados, que le permiten a uno gozar de ellos al entenderlos cabalmente.

Fue así como me enteré de que el mecanismo creado por las bacterias para defenderse de los virus les llevó a aquellas centenas de millones de años desarrollar, pero al hombre mucho menos tiempo descubrirlo y extenderlo para la edición de genes, útil para la cura de enfermedades, el mejoramiento de cultivos y, ¡horror de horrores!, la “mejora” de la raza humana. Cómo no maravillarse con la chingonería del Humanismo y la Ilustración y, al mismo tiempo, llenarse de terror ante sus muy posibles repercusiones éticas. Baste recordar el caso del científico chino que modificó el genoma de un par de gemelas, antes de su nacimiento, para liberarlas del VIH de los padres, y que en un principio le supuso el reconocimiento de héroe nacional en todo el país en su carrera contra los EU, pero que ya después le costó varios años en prisión y una multa de cientos de miles de dólares por parte del mismo gobierno “comunista” por violar todas esas normas éticas.

Todo lo cual me llevó a leer también el libro La doble hélice, del norteamericano James Watson, descubridor de la estructura del ADN -de ahí el título- en 1953, junto con el inglés Francis Crick, y cuya lectura convenció a la también norteamericana Jennifer Doudna -siendo aún una niña-, “heroína”, junto con la francesa Emmanuelle Charpentier, del libro de Isaacson, de dedicarse a la bioquímica. Ganadoras, ambas, del Nobel de Química 2020. El de Watson, escrito hasta 1967, es un libro mucho más personal, narrado en primera persona y nada pretencioso, donde nos relata amenamente la forma en que Crick y él arribaron al descubrimiento de la estructura del ADN y que les valió el Nobel en 1962. Muy recomendable también. Es un libro de recuerdos, escrito a toro pasado 14 años después, y en el que le ayudaron con precisiones varios de los colegas de aquellos tiempos.

James Watson aún vive -tiene 93 años- y Crick murió en 2004. El primero ha tenido a lo largo de su existencia detalles odiosos de racismo, que le valieron incluso la condena de instituciones que siempre lo respetaron. Aspectos abominables del genio que incluso cínicamente llegó a afirmar alguna vez que todo era parte de la diversidad humana, que sería muy aburrido que todos pensáramos igual.

En fin, yo sólo quería recalcar el hecho de lo fregona que ha sido la raza humana, en cuanto a su intelecto, desde su aparición en escena en el universo -bastantes meses después de las bacterias y los virus- y lo mucho que me emociona leer sobre sus hallazgos, no así sobre sus miserias sociales. Cómo me hubiera gustado a mí  ser un científico y/o escritor de renombre y poder así gozar de primera mano de las lindezas de estas dos nobles profesiones, lo cual hubiese contribuido seguramente también a alejar de mi mente los fantasmas de la auto extinción, igualmente fascinante. Desgraciadamente no pude ser el primero en probar el teorema de Fermat, ni la conjetura de Poincaré (ya también teorema), pero aún me aguarda, desde hace casi 163 años, la demostración de la hipótesis de Riemann, cuyo solo enunciado rivaliza con los mejores versos en la poética de Octavio Paz: todas las raíces no triviales de la función zeta se encuentran sobre la línea ½ real del plano complejo. ¡Qué hermosura!

Y en esas estamos, mientras otros impulsos no nos ganen la partida… y la partida.

martes, 15 de febrero de 2022

Fascinante historia

La microbióloga francesa Emmanuelle Charpentier se dedicó siempre al estudio de las bacterias -especialmente Estreptococo pyogenes, causante por igual tanto de enfermedades inocuas como mortales- con el afán de producir fármacos para mejor combatirlas. Fue así que, por auténtica serendipia, dio el primer paso para un descubrimiento sorprendente por sí mismo: si un virus infectaba a dicha bacteria y ésta sobrevivía, la E. pyogenes era capaz de copiar código del virus invasor e incorporarlo a su propio genoma, generando con ello un mecanismo de defensa la próxima vez que el virus la invadiera, pues con este mecanismo era capaz de neutralizarlo mediante cortes con “tijeras” genéticas. Y esto ocurría no con una bacteria en particular, sino con una amplia variedad de ellas.

Insisto, esto constituía una maravilla de la naturaleza per se, pero otra científica norteamericana, por su lado, la bioquímica Jennifer Doudna, llevaba a cabo investigaciones con un mecanismo conocido como interferencia de ARN que formaba parte esencial de este fenómeno de autoinmunidad, y uniendo lo que las dos científicas estaban investigando, llegaron a una herramienta genética que les permitió plantearse una pregunta única en la historia de la ciencia: ¿se puede controlar este instrumento genético para cortar el ADN en una ubicación determinada por los investigadores? La respuesta es ampliamente conocida.

Es así como se emplea ya para la mejora de cultivos, por ejemplo, o para la cura de enfermedades graves o, en un caso extremo, delicado y con implicaciones éticas, para la edición del código genético con la finalidad de “mejorar” los caracteres hereditarios. Las dos primeras cosas, insisto, ocurren ya, y la tercera sería (es) muy probable en manos poco escrupulosas, por lo que es urgente regular al respecto.

Esta historia es descrita magistralmente en el libro de divulgación científica El código de la vida / Jennifer Doudna, la edición genética y el futuro de la especie humana (Penguin Random House, mayo de 2021), de Walter Isaacson, y lo hace con toda su saga de intrigas, conflictos, envidias y hasta vilezas entre científicos. El solo hecho de que el autor del libro, norteamericano, se decante en el título únicamente por su paisana Doudna nos dice ya bastante, aunque, hay que decirlo, ya en el texto las trate por igual, como merecedoras, ambas, del Premio Nobel de Química 2020 por sus increíbles descubrimientos y creaciones.

Leer el libro y escribir sobre el tema, después de estudiarlo cuidadosamente, provoca casi tanta emoción como el de las galardonadas mismas al hacer sus investigaciones, aunque he de reconocer que éste se me dificultó un poco más por estar yo más familiarizado con los textos de divulgación en matemáticas y física (clásica y cuántica).

Es difícil imaginar los ejércitos de científicos que se encuentran detrás de todo gran descubrimiento, como éste. Por lo mismo, no es sorpresa enterarnos de los celos y hasta pleitos legales entre ellos, y cómo no, con tanto en juego de por medio: reconocimiento, fama, prestigio, premios y registro de patentes que se traducen en millones de dólares y euros para ellos y las universidades a las que pertenecen y los patrocinan, pero, sobre todo, para los laboratorios que las adquieren. Esta es quizá la parte mezquina del asunto, en la que todo se enturbia con un tufo pestilente, pues, a final de cuentas, a esto sólo tendrán acceso los más ricos.

Lo relevante, en todo caso, es el progreso de la ciencia y la participación cada vez más activa de la mujer en ella, y aquí se demuestra fehacientemente con las dos que lograron este avance sin igual en la historia de la humanidad.

jueves, 3 de febrero de 2022

El infinito

Sin los libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido.

El infinito en un junco, Irene Vallejo

Al principio me resistía a leer El infinito en un junco / La invención de  los libros en el mundo antiguo, de Irene Vallejo, pues, prejuicioso que soy, me parecía muy árido y aburrido el tema. ¡Qué va!, ya que si bien doña Irene aborda la historia del libro, habla profusamente de los clásicos greco-latinos y nos platica cómo los romanos hicieron sus bibliotecas a la manera de los griegos, dividiendo en dos sus recintos: por un lado los textos helénicos y por el otro los propios, en un espacio considerablemente menor al de aquellos, lo cual no los acomplejaba, al contrario, los motivaba para emular a sus conquistados, pues jamás pusieron en duda la superioridad de la cultura griega sobre la propia. Una actitud encomiable sobre cómo el imperio se dejaba conquistar por sus súbditos en este terreno. Así, no es raro que con el transcurrir de los siglos surgieran émulos latinos tanto o más ilustres que los originales. Por citar un ejemplo mayúsculo, ahí tenemos a Virgilio y Homero, pero son múltiples los ejemplos “menores” en este sentido, y la autora los documenta prolijamente.

Tampoco deja de llamar la atención el temor de los antiguos ante la invención de la escritura, pues, alegaban éstos, ello provocaría que sus cantos no se memorizasen más, transfiriéndose de boca en boca, y se olvidaran tras esos complicados caracteres que surgían por doquier. ¿Qué opinarían ahora no solo con la invención y prevalencia del libro, sino con el surgimiento de Internet, donde cualquier imbécil con un celular en la mano se ha vuelto un erudito capaz de resolver cualquier duda con el poder de su dedo, mas no de su cerebro? Y con información falsa, con una alta probabilidad.

Las cosas buenas, alega Vallejo, perviven a través de los siglos, como lo ha hecho este instrumento que tanto provocó el temor de nuestros antepasados en tiempos inmemoriales. No en balde los adminículos que hemos inventado y las herramientas que los manejan imitan impúdicamente a un libro, como hace Google Play con el paso de las páginas de un libro electrónico, parodiando hasta sus dobleces.

Pero sí, creo que nuestros temores debieran ser mayores a los de los bardos que temieron el olvido de sus obras, puesto que, por lo que apunté antes, la gente ya no es dada a investigar ni leer para documentarse como hacíamos los antiguos universitarios que hasta de simples calculadoras carecíamos. Las generaciones actuales no leen y se les dificulta “entender” una cifra de más de dos dígitos.

No sé qué más necesita el humano para fascinarse de manera auténtica y natural que la lectura de un libro como éste. Yo lo disfruté enormemente y me llevó a escribir alrededor de él desde mi “colaboración” anterior. Y es que Irene relata, junto con la historia de la invención del libro que hábilmente va entreverando en su escrito, los pormenores, en sendos apartados, de la Grecia que imagina el futuro y Los caminos de Roma, con toda su pléyade de grandes novelistas, dramaturgos, fabulistas, poetas, cuentistas, ensayistas…, de una manera tan deliciosa -adentrándose hasta en los chismes de la época- que queda uno atrapado en su prosa y no para hasta agotarla.

Cuánta dicha puede deparar la simple lectura de un libro, que no la lectura de un libro simple.

viernes, 21 de enero de 2022

Ὀδυσσεὺς, Ulysses, Ulises

Uno griego (Odiseo), el otro anglo (Ulysses) y el último criollo (Ulises). El primero, obra del inmortal y mítico Homero, el segundo del genial James Joyce y el tercero de nuestro orgullo José Vasconcelos. La misma idea, pero tan diversa.

Estoy leyendo el formidable libro El infinito en un junco / La invención de los libros en el mundo antiguo, de  Irene Vallejo, y recordé fascinado el rechazo de Ulises a la inmortalidad en compañía de una diosa, Calipso, y de inmediato pensé en los otros dos Ulises, el del Bloomsday, de Joyce, y el criollo, de Vasconcelos.

Lo que afirma Vallejo del Ulises original no tiene desperdicio: “El astuto Ulises no fantasea, como Aquiles, con un destino grandioso y único. Podría haber sido un dios, pero opta por volver a Ítaca, la pequeña isla rocosa donde vive, a encontrarse con la decrepitud de su padre, con la adolescencia de su hijo, con la menopausia de Penélope. Ulises es una criatura luchadora y zarandeada que prefiere las tristezas auténticas a una felicidad artificial. El regalo que le ofrece Calipso es demasiado parecido a un espejismo, a una huida, al sueño de una droga alucinógena, a una realidad paralela. La decisión del héroe expresa una nueva sabiduría, alejada del estricto código de honor que movía a Aquiles. Esa sabiduría nos susurra que la humilde, imperfecta y efímera vida humana merece la pena, a pesar de sus limitaciones y sus desgracias, aunque la juventud se esfume, la carne se vuelva flácida y acabemos arrastrando los pies.”

El Ulises de Joyce, por otra parte, no es tan dramático, es una fiesta, y no transcurre durante los diez años que le tomó a Odiseo volver a casa con Penélope, sino durante ¡un solo día!, 16 de junio de 1904, el Bloomsday, desde que Telémaco (Stephen Dedalus, personaje fugado de otra novela de Joyce, El retrato del artista adolescente) abandona a sus amigos en La Torre, y Leopold Bloom, por su parte, se despide de Calipso (Molly, su esposa) para sus actividades diarias, que lo llevarán a cruzarse casualmente con Stephen más tarde en el día. Y de ahí pa’l real: asiste al funeral de un amigo en el cementerio (correspondiente al Hades en la Odisea), al tráfago de la redacción de un periódico (Eolo), las sirenas y el cíclope tampoco faltan; echado en el pasto flirtea con una dama (Nausicaa), con cuya visión termina masturbándose, sólo para al final descubrir que se trata de una coja, y de ahí continuar con Circe, cuando Dedalus ya lo acompaña, y al que Bloom quiere proteger como si fuera su propio hijo, Rudy, muerto apenas nacido. Tras la bacanal que sigue, Leopold se separa de Stephen y regresa a su casa (Ítaca) para reencontrase con su esposa, que ahora encarna a Penélope.

Es en este momento cuando, según el célebre escritor mexicano Salvador Elizondo y mucha gente más, tiene lugar el pasaje más hermoso de la novela, el soliloquio de Molly Bloom, que finaliza así: “…y el Gibraltar de mi niñez cuando yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como hacían las muchachas andaluzas o me pondré una roja sí y cómo me besaba junto a la muralla mora y yo pensaba bien lo mismo da él que otro y entonces le pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó si quería sí decir sí mi flor de la montaña y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí.”

Hermoso, ¿no es cierto?

Finalmente, el Ulises criollo de Vasconcelos es la entrañable autobiografía de este gigante de la cultura mexicana, que quiso, a la manera de los otros dos Ulises, contar su historia personal, no a lo largo de un día como Joyce hace con Bloom, sino a lo largo de su vida, no nada más de diez años como hace Homero con Odiseo.

Si bien esta historia, la de Vasconcelos, se ve enturbiada en la parte final de su vida por rasgos fascistas, yo la disfruté enormemente y aprecié en su justo valor la inconmensurable aportación de don José a la educación y la cultura del auténtico pueblo mexicano, no de ese que ha quedado últimamente tan degradado en labios de un imbécil demagogo.

No imaginan la emoción que me embarga al gritar a los cuatro vientos un sonoro y entusiasta ¡viva! desde lo más profundo de mi corazón por estos tres Ulises tres auténticos patrimonios de la humanidad.

jueves, 13 de enero de 2022

Novaks Djokovid

Así fue como pronto se le conoció en la red al tenista soberbio (que no serbio) Novak Djokovic por su negativa a presentarse en el Abierto Australiano de tenis en Melbourne con la debida protección para él y sus congéneres.

Tan sencillo que hubiera sido que ahí mismo le administraran la vacuna y fin de la historia, pero no, la infinita arrogancia que suele caracterizar a muchos de estos personajes lo hizo montarse en su macho y negarse en redondo a hacerlo, aduciendo no sé qué oscurantistas e inaceptables pretextos, y con probable total incongruencia, pues no creo que a sus pequeños hijos los haya dejado fuera de los esquemas de vacunación propios de la infancia.

De ídolo que con su ejemplo diera una lección al mundo -sobre todo a jovencitos que por doquier lo admiran- aprovechando toda la publicidad que se generó a su alrededor y su innegable condición de deportista talentoso de élite, a villano de pacotilla y modelo a seguir para los ignorantes anti vacunas que pululan tanto en Estados Unidos como en Francia y el mundo todo.

Nunca nadie con tanta influencia en la sociedad podría enviar un mensaje tan equívoco, especialmente en momentos tan aciagos para la humanidad con las continuas olas que está provocando el maldito virus.

Hago votos por que alguien que gusta de manifestar su libertad de manera tan lamentable sea objeto de la libertad que a su vez manifestará un público vacunado y culto para hacerle la vida imposible al imprudente egoísta, provocando su rápida eliminación y vuelta a casa a rumiar su derrota por partida doble. O mejor aún, que el proceso de defenestración no termine todavía y le cancelen su visa de cualquier forma, sentando así un saludable precedente.

¡Nunca mejor aplicada la sentencia de ídolo con pies de barro! Cómo olvidar la ocasión en que maltrató a un recogebolas o la otra en que agredió “accidentalmente” a una jueza de línea. Generoso en la victoria pero mezquino en la derrota.

¡Qué diferencia con otros auténticos caballeros de las canchas!, aunque a Novak ya le surgió un defensor en la persona del impresentable tenista ¡australiano! Nick Kyrgios. ¡No me ayudes, compadre!

Madame Bovary

Leí por primera vez Madame Bovary, de Gustave Flaubert, hace más de cuarenta años, y sólo recordaba que su trama me había cautivado y para nada me pareció complicada, aunque, paradójicamente,  la hubiese olvidado completamente. Por ello me extrañó que Mario Vargas Llosa proclamara en su Piedra de toque del sábado 18 de diciembre de 2021 en el periódico español El País a esta novela y su autor como precursores de obras y autores tan complicados como Ulises, de James Joyce, y El ruido y la furia o ¡Absalón, Absalón!, de William Faulkner. Así pues, me aboqué nuevamente a la lectura de la sublime obra de Flaubert, y me cautivó tanto o más que las veces anteriores, pues su linealidad y sencillez son felizmente asequibles.

En este sentido, creo que La Fiesta del Chivo, del propio Vargas Llosa, y La educación Sentimental, del mismo Flaubert, se apegan más al criterio que don Mario atribuye a las obras de Joyce y Faulkner, sin llegar a incurrir en las complejidades de estos. En particular Vargas se atiene a una estructura no lineal en su Fiesta y continuamente echa mano de flashbacks en la trama de esa novela.

La educación sentimental la leí bastante tiempo después de Madame Bovary esperando encontrar yo algo tan cautivador como ésta, pero qué va, el libro no me gustó nada, me aburrió y probablemente se atenga más al juicio que Vargas Llosa nos quiere meter con calzador sobre Bovary.

Y ya que andamos en ésas, déjenme decirles que el argumento de Madame me conmovió tanto como lo ha de haber hecho la primera vez. Es inconcebible cómo la vida de una dama puede llegar a ese nivel de corrupción, sin desembocar en la depravación de personajes de otras novelas, pero igualmente digno de recriminación. Me impresionó particularmente lo que el autor afirma poco antes del final de la novela: “Se conocían demasiado el uno al otro para entregarse a esos transportes que multiplican por cien la pasión. Y Emma estaba tan harta como él. Volvía a reconocer en el adulterio aquella misma insulsez del matrimonio.”

Impresionante. Me hizo recordar a mi querido Schopenhauer, que afirmaba precisamente que es a lo que nos conduce el querer siempre algo más, que finalmente desemboca en ese hartazgo. Y su máxima consiste en mejor llegar a querer no querer, de lo que algunos simples concluirían su invitación al suicidio como leitmotiv de su filosofía.

De cualquier forma, los excesos de Emma Bovary la condujeron a ella a eso, al suicidio, al no poder pagar sus deudas y ser rechazada vilmente por su primer amante, a quien había acudido para que la auxiliara en ese sentido.

En su lecho de muerte, al único que reconoció Emma por su bonhomía fue al cornudo del marido, Charles Bovary.