martes, 20 de septiembre de 2022

Trotski

Con frecuencia me ocurre que cuando escucho el nombre de un personaje histórico, ignorante como soy, me pegunte yo qué sé realmente del aludido. Me ocurrió ahora con Leiv Davídovich Trotski. Fuera de ser un revolucionario enemigo acérrimo de Stalin, exiliado en México y muerto con un piolet por el republicano español Ramón Mercader en Coyoacán, ignoraba yo prácticamente todo, hasta que me hice con el libro El hombre que amaba a los perros (Tusquets, 2013), de Leonardo Padura. ¡Extraordinario!

Se trata de la novela de una novela narrada en primera persona por un autor apócrifo y omnisciente, Iván Cárdenas Maturell, y dada a conocer al mundo por su amigo íntimo, también apócrifo, Daniel Fonseca, quien lo explica así en el capítulo final del libro, intitulado Réquiem.

Iván es un escritor frustrado que nunca acaba de dar forma a su obra magna, lo que lo lleva a describirse a sí mismo no como un perdedor, sino como un derrotado (me fascinó la sentencia). Sin embargo, tiene la fortuna de conocer casualmente en una playa cubana a Jaime López, quien con la suficiente confianza adquirida a lo largo de varios encuentros -casuales unos, más o menos formales los otros- termina por sincerarse con Iván, el cual ya no abriga ninguna duda de que realmente se ha estado entrevistando con el mismísimo Ramón Mercader, verdugo de Trotski. Sin embargo, queda pendiente una última entrevista a la que Jaime ya no llega, víctima de una serie de males que lo llevan finalmente a la muerte.

Cinco años después, cuando ya Iván tenía olvidado a López, una mujer acude a entregarle unos papeles escritos por éste donde su personalidad termina por develarse, y aunque hizo jurar a Iván que a nadie más le contaría su historia, Cárdenas Maturell avizora el relato como la obra que lo puede catapultar fuera de su pobre condición de autor mediocre. Tiempo después cae en sus manos un libro escrito por Luis Mercader, hermano menor de “Jaime López”, con ayuda del periodista Germán Sánchez, que libera a Iván de cualquier escrúpulo para no dar a conocer su versión de Ramón Mercader. Aún más tarde lo visita el negro encargado de la seguridad de Mercader y del que éste se hacía siempre acompañar a la playa junto con sus dos perrazos borzoi (galgos rusos), de aquí “el hombre que amaba a los perros”, como se refiere Iván a Ramón.

Ni así pudo dar a conocer Cárdenas Maturell su historia sobre Ramón Mercader, pues el techo de su casa le cayó encima mientras dormía, descubriéndolo su amigo Daniel Fonseca después de infructuosos días de búsqueda, hasta que un fétido hedor lo hizo forzar la puerta de su casa para encontrarlo ahí muerto junto con su perro Truco.

Fue finalmente Daniel quien se encargó de dar a la luz la historia de terror de Ramón Mercader y adláteres, Stalin incluido, no únicamente el renegado Trotski.

Si alguien quiere conocer un poco más a fondo las atrocidades de toda esta escoria, debe leer esta novela histórica que relata los crímenes por ella perpetrados en nombre de la Revolución que redimiría al mundo entero, y de la que ni ellos mismos estaban convencidos, pues bien sabían que el hambre de Poder era lo único que los movía y que para ello tenían que vivir de y para la mentira.

El Sepulturero de la Revolución llegó a llamar Trotski a Stalin en sus narices, y así le fue, pero tan asesino el uno como el otro. Al igual que Ramón Mercader, al que sólo para probarlo lo obligaron a acuchillar a un pordiosero desvalido, además de, muchos años después, saber de primera mano de los asesinatos de los hijos de Trotski y de miembros de su propia familia (de Mercader, pues) a manos de su mentor ruso, a quien al final de la novela Mercader le espeta que ya no lo vuelva a llamar, que ya está hasta la madre de tanta mierda.

¡Líbrenos Luzbel de los autócratas!

Probabilidades telúricas

A raíz del sismo de este lunes 19 de septiembre de 2022 en la Ciudad de México, surgieron las especulaciones de cuál era la probabilidad de que así ocurriera dados los antecedentes de terremotos similares en la misma fecha los años 1985 y 2017.

En primer lugar, si suponemos que necesariamente habrá un temblor de gran intensidad durante el año, la probabilidad de que ocurra en un determinado día es, obviamente, 1/365 = 0.00273973. Consecuentemente, la probabilidad de ocurrencia de un movimiento telúrico de esta índole en una fecha específica pero de años distintos es (1/365) x (1/365) = 1/133,225 = 0.00000751, así que la probabilidad de ocurrencia del sismo que se acaba de experimentar era de únicamente (1/365) x (1/365) x (1/365) = 1/48,627,125 = 0.00000002, prácticamente “imposible”).

Pero además, en realidad este tipo de movimientos no se presenta todos los años, sino exclusivamente tres veces (1985, 2017 y 2022) en 37 años, es decir, 3/37 = 0.081081, por lo que la última probabilidad arriba mencionada habría todavía que multiplicarla por esta fracción, lo que arroja un posibilidad aún más baja de 0.000000002, esto es, ocho ceros seguidos de un modesto 2, en vez de los siete calculados con anterioridad, o lo que es lo mismo ¡2 en mil millones!

No cabe duda, la Ciudad de México es la Tierra Elegida… pobres chilangos, aunque creo que deberían ir a la cama con toda tranquilidad dentro de un año.

martes, 13 de septiembre de 2022

Vamos a leer

Suelo reseñar libros que leo en escritos como éste, sin embargo, yo siento que no son del interés de las mayorías porque tal vez ni a mí me guste el género, pero más que nada creo que al lector de mis opúsculos de entrada no le atraigan porque da por descontado que no tendrá el tiempo requerido para embarcarse en una lectura prolongada del libro que refiero, de aquí los proverbiales bajos índices de lectura del mexicano. Yo mismo me reconozco como un lector tardío, pues no leí mi primer libro, Navidad en las montañas, de Ignacio M. Altamirano, sino hasta bien entrada mi adolescencia, y eso, obligado por mi maestro de segundo de secundaria, siendo ya un lagartón de catorce años de edad. El segundo, La Gaviota, de Fernán Caballero (seudónimo de Cecilia Böhl de Faber), también por obligación de nuestro maestro de literatura al año siguiente. No entendía yo cómo siendo algo tan divertido, apenas alcanzaba dos libros a edad tan avanzada.

El juego y el estudio me mantuvieron en este tenor, ya que era yo el clásico “matadito” que se dedicaba a machetearle la mayor parte del tiempo. Así, el tercer libro que recuerdo, también por imposición del maestro de sicología de ¡tercero de prepa!, La vida inútil de Pito Pérez, de José Rubén Romero, vino a engrosar mi vasta cultura literaria, siendo ya casi un veinteañero, ¡qué vergüenza! Fue hasta que entré a la UNAM en 1969 cuando comencé a leer por gusto, empezando nada menos que con Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez, y siguiendo con Papillon, de Henri Charrière, y, por amplia recomendación de mi madre, El Padrino, de Mario Puzo. Insistía en recriminarme cómo siendo algo tan deleitoso no le dedicaba yo más tiempo. La respuesta seguía siendo el estudio, pues lo matado se me exacerbó, y la escasez de numerario. Lejos estábamos de los libros electrónicos y los de papel toda la vida han sido caros. Así que únicamente alcanzaba para los de cálculo, geometría analítica y álgebra, que me refinaba yo de pasta a pasta.

Cuando entré a trabajar a IBM en 1975, la cosa cambió: tuve ya el dinero suficiente para comprar cuanta colección de clásicos se vendía en los supermercados, y pian pianito, pero los leía. La obsesión actual me viene de unos treinta años a la fecha. Así, hace diecisiete, ya nacionalizado leonés, empecé a llevar un registro riguroso de cuanto leo en el año y lo registro al final de la agenda correspondiente. Nada más ajeno a mí que la vanidad y la presunción, pues además, qué podría yo presumir comparado con eruditos voraces que lo han leído todo, me entienden, to-do. Ante ellos, mis 367 volúmenes o 22 por año en promedio durante poco más de década y media son despreciables, aunque, eso sí, incluyen los más diversos géneros y todos los tópicos: novela, cuento y poesía, y ensayos sobre ciencia y filosofía, historia y sociología, economía y finanzas.  

Mi única intención es destacar una disciplina de dos horas o veinte páginas de lectura al día durante todo el año. De esta forma acumularemos 7,300 páginas al año, equivalentes a ¡más de dieciocho volúmenes de cuatrocientas páginas cada uno, sí, en un año! Y no se vale poner pretextos de calidad vs cantidad, falta de tiempo y premuras económicas, pues hoy en día se pueden adquirir los mejores libros a precios muy accesibles al instante. En cuanto al tiempo, aprovechen hasta el que dedican a sus actividades más personales para leer.

No se imaginan ustedes lo en deuda que está mi cultura con mi inveterada constipación: una hora en la mañana y otra más por la noche.

martes, 6 de septiembre de 2022

Prisión definitiva justificada

Con la discusión bizantina que se traen en la Corte sobre la constitucionalidad de la Constitución (prisión preventiva oficiosa -PPO- contra derechos humanos), me puse yo a pensar en la prisión definitiva justificada, y no sé por qué se me vino a la cabeza la Línea 12 del metro.

El lunes 3 de mayo de 2021 se colapsó la Línea 12 del metro de la Ciudad de México provocando la muerte de 26 personas y lesionando a otras 98, y fuera de algún chivo expiatorio menor, los cuatro principales responsables de la tragedia, conocidos por todos, no sólo no están en prisión definitiva justificada, sino que gozan de absoluta libertad política, económica y social. Me refiero a los criminales (cómo me gustaría llamarlos confesos) Marcelo Ebrard Casaubón, Carlos Slim Helú, Miguel Ángel Mancera Espinosa y Claudia Sheinbaum Pardo, citados en estricto orden de aparición: los dos primeros por la construcción y los dos últimos por el mantenimiento.

Pobre país este que en vez de estar luchando denodadamente por mandar a chirona a estos bribones, preferimos perderlo en discutir si un artículo de la constitución es inconstitucional. Era obvio el desenlace y que se votara en contra de eliminar la PPO, pues como bien dijera alguno de los ministros de la Suprema Corte: no están ellos para arrancar hojas de la Carta Magna. En vez de promover en el Congreso una iniciativa de reforma a la Constitución para eliminar la aberración de mantener por 10, 12, 13, 17, 20 años en prisión “preventiva” oficiosa a 90 mil infelices (la gran mayoría de ellos, obviamente, pobres, y casi la mitad mujeres), optamos por cobijar a aquéllos, auténticos delincuentes, con inmerecidísimos privilegios: Ebrard, canciller de la República y precandidato de Morena a candidato de ese partido a la Presidencia de México; Slim, el hombre más rico del país y uno de los más ricos del mundo, además de hombre cercano a nuestro Gran Líder y miembro de su cercano consejo asesor; Mancera, senador de la República por el PRD, y, finalmente, la inefable Sheinbaum, “favorita del profesor” y Jefa de Gobierno de la Ciudad de México; increíble, la próxima Presidenta de México decidió descalificar el estudio de una prestigiada consultora noruega -contratada por ella misma- cuando determinó que parte de la desgracia de la Línea 12 del metro había sido la falta de mantenimiento, mantenimiento del que ella era la principal responsable, junto con el inútil de Mancera. Mientras la compañía noruega culpó a los tres arriba mencionados, perfecto, pero cuando se metieron con ella por su evidente culpabilidad, hasta amenazó con demandarlos. Por lo demás, todos ellos cuentan con fuero constitucional, excepto Slim, cuyo fuero es político y económico.

De verdad, ante la tragedia de la prisión preventiva oficiosa para los pobres y necesitados, dan auténticas ganas de llorar y de canjearlos a todos ellos por estos cuatro desgraciados, a los que López Obrador defiende, a diferencia de los damnificados del “incidente” (Sheinbaum dixit), a los que el Presidente mandó al carajo, literal.

Y pensar que esta es una microscópica muestra de la enorme podredumbre moral de nuestro querido México.

sábado, 3 de septiembre de 2022

La mujer de mis sueños

Entré al bar de luz mortecina y me acomodé en la barra, a la que ya se encontraba sentada también una hermosísima muchacha de cabello un tanto enmarañado, casi rubio, ojos claros, piel dorada -como la de la chica de Ipanema-, un mechón sobre su sien derecha y una sonrisa un tanto displicente, pero sonrisa al fin, y dirigida hacia mí. Vestía de negro, con un atuendo sin mangas que resaltaba el encantador tono de su tez. ¡Inquietante la chica!

Animado por su gesto, me aproximé audazmente a ella y sentí una descarga eléctrica cuando mi mano rozó accidentalmente su brazo, pero ella no lo retiró, sino que quiso, provocadoramente, continuar el juego. Mi mano se aventuró a acariciarla tiernamente, cuando de repente apareció un hombre que, tomándole la mano derecha, le colocó una esclavina de oro puro en la muñeca del mismo lado, con una inscripción en su brillante placa que desgraciadamente yo no logré descifrar por más que me esforcé.

Así como apareció, el hombre se marchó de inmediato, y entonces fue Elena la que se materializó interponiéndose entre la dulce criatura y yo, al tiempo que exclamaba: “Mi Rey, pero si en sus ojos se ve que ella no te quiere, y en los tuyos también que tú tampoco la quieres a ella”.

Y en eso, me desperté. Cuando hice conciencia del sueño que había tenido, primero me avergoncé, sobre todo sabiendo a Elena justo a mi lado, pero después quedé fascinado al recordar mi escrito de la noche anterior (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2022/09/feliz-cumpleanos.html), y del que los hice corresponsales a ustedes.

Igualmente sorprendidos quedaron mi esposa y mi hijo cuando a la hora de la comida les relaté justo lo que acabo de contar, pues ellos también ya habían leído mi escrito del día anterior.

Lo único que me queda por dilucidar es el misterio de la pulsera y su reluciente placa, en cuya inscripción radica probablemente la explicación de todo.

Se aceptan sugerencias.

jueves, 1 de septiembre de 2022

¡Feliz cumpleaños!

Una vez tomada la decisión, su humor cambió radicalmente y quiso celebrar su cumpleaños en todo lo alto. Para ello, invitó a todos sus amigos y conocidos de dentro y de fuera, quienes no se pudieron negar ante tan convincente determinación. Literalmente estaba decidido a echar la casa por la ventana en su septuagésimo tercer aniversario, todavía dueño de una lucidez excepcional, autonomía y envidiable salud, pero, eso sí, harto de la existencia y del envilecido mundo que le estaba tocando vivir.

Por eso ideó lo de la fiesta y se encargó personalmente de todos los detalles, desde las viandas hasta la música -¡háganme el favor, música para él, el ser más adusto que se pudiera conocer!, quizá fuera por lo que afirmaba un antiguo ejecutivo argentino de IBM: que el tango y las rancheras expresan exactamente los mismos dramas, pero que mientras los argentinos lloran con el tango, los mexicanos gozan con las rancheras-, y dispuso su propia casa para tan significativo acontecimiento.

Llegado el día, se atildó con sus mejores galas (no muchas) y se dispuso a recibir personalmente, uno por uno, a todos los concurrentes (tampoco tantos), y dio comienzo la celebración no sólo del aniversario, sino del magno epílogo -a las 16:45, hora justa de su natalicio-, y del cual ya todos en la reunión habían sido puestos en antecedentes.

El alcohol corrió a raudales, se fumó como nunca, a pesar del aborrecimiento de toda la vida del anfitrión por los cigarrillos, y el almuerzo culminó con soberbios postres y licores de toda clase. La música no paró un solo instante, sino hasta el momento de marcar el reloj la hora convenida, hora en que nuestro héroe se despidió cariñosamente de cada uno de los invitados y se retiró, junto con sus más íntimos, a su habitación, donde ya lo esperaba el médico junto con una asistente para administrarle una droga letal después de dormirlo, habiéndose despedido previamente de sus seres queridos, no pudiendo evitar alguno el derrame de unas cuantas lágrimas, a pesar de la advertencia de nuestro personaje para que ello no ocurriera. Acuérdense, les había dicho, cómo celebré el día que finalmente nuestras autoridades aprobaron el suicidio asistido para “enfermos” no terminales, y lo feliz que he estado desde que tomé esta determinación, pues a ustedes, más que a ningún otro, les consta el absurdo en el que se ha convertido una vida que ya dejó pasar sus mejores momentos; así que, ánimo, ¡déjenme marchar en santa paz a un sueño eterno, profundo, sin dolores ni pesadillas ni cólicos ni sudores, y en el que chance y hasta con mis adorados padres me tope y pueda darle un abrazo a mi querido primo Alejandro!

¡Requiescat in pace!

domingo, 28 de agosto de 2022

Bien sé que no me lees, Paloma...

… la Muy Noble, Leal y Muy Cabrona Ciudad de México.

México, Pedro Ángel Palou

… y quizá nadie lo haga. ¿Que por qué entonces pergeño estas idioteces? Humildemente, tal vez porque me fascine leerme a mí mismo. Aun así, te cuento que acabo de devorar el reciente libro de Pedro Ángel Palou México (Planeta, 2022), así simplemente, como la ciudad toda, donde se dedica a reseñar más de cuatro siglos y medio (1526-1985) de la gran metrópoli, no desde el punto de vista estricto del historiador, sino desde el ameno del novelista, sin que por ello desmerezca lo primero, a juzgar por la rigurosa documentación a que se atuvo el autor y que consta en los agradecimientos al final del volumen. Así pues, pasa a contar la historia de cuatro familias ficticias, los Cuautle, los Landero, los Santoveña y los Sefamí (nombre, este sí, tomado de una familia conocida del autor, pero que nada tiene que ver con la novela) y nos describe magistralmente sus vidas y la forma en que llegan a interrelacionarse los miembros de todas ellas entre sí desde aquellos pretéritos tiempos. Baste decir que los Sefamí eran judíos emigrados de Siria a la magna ciudad, y que no por ello dejan de ser objeto de las consabidas discriminaciones.

Llega a tanto la imaginación de Palou que en 1847 convierte a uno de los Cuautle en el séptimo Niño Héroe en la defensa del Castillo de Chapultepec contra la invasión gringa, y el lector se la cree sin mayor problema. Más tarde pasa a describir la época, 1942, en que el asesino serial Goyo Cárdenas cometió sus crímenes y sepultó a sus víctimas, todas mujeres, en el patio de su casa en Tacuba cuando yo todavía no nacía, y de los que, sin embargo, siendo aún un niño de siete años, quince después, mi madre y mis tías, vecinas de la demarcación, seguían hablando con pasión delante de mí, pues aún estaban frescos en la memoria. Todavía recuerdo que, cuando mi progenitora me enviaba a algún encargo al mercado de Tacuba, cruzaba yo las vías del tren en Mar del Norte y contemplaba justo a un lado la para mí tétrica Escuela Nacional de Ciencias Químicas, donde Goyo Cárdenas estudió.

Y qué decir del sismo del 57 que derribó al Ángel de la Independencia y que el novelista revive soberbiamente relatando las vicisitudes de varios miembros de las familias antedichas, y que para mí, muchachillo de apenas siete años de edad, pasó totalmente desapercibido muy a pesar de vivir en el vórtice mismo del cataclismo, como dejé dicho en algún escrito anterior (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2017/10/deprimente-vivencia-democratica.html).

Por no mencionar el fatídico 68, que el escritor refiere con prolijidad, y que a mí me hizo recordar el 2 de octubre que llevé a mi hermanita de seis años a ver Fantasía, de Walt Disney, al Real Cinema, en pleno centro de la ciudad (Balderas y Colón), y cómo, cuando esperábamos el camión para regresar a casa en Juárez y Balderas, un auto se detuvo en el semáforo frente a nosotros con una mujer gritando histérica y desaforadamente por la ventanilla: “¡Váyanse inmediatamente a sus casas, están matando a la gente!”. Igual a como algún personaje de la novela lo hace, conminando a otros a que huyan.

La obra termina en 1985, que todos recordamos primordialmente por los terribles acontecimientos de aquel año en los ámbitos económico y político, pero, sobre todo, social, por los infaustos sismos de aquel fatídico año, y para los cuales los vuelvo a referir a mi escrito arriba apuntado. Como verán, yo solo relato aconteceres muy próximos a mis 73 años de existencia, pero el volumen completo es un dechado de erudición y arte describiendo varios siglos.

En fin, el libro completo me hizo añorar a mi querido México, pues a lo largo de todo él se describen sus calles, plazas, paseos, parques, edificios, monumentos, castillos y, por sobre todas las cosas, acontecimientos a lo largo de su entrañable historia.

¡Me cae, yo sí extraño a mi querida Ciudad… y mucho!

miércoles, 10 de agosto de 2022

Las trampas de la fe

Para el ingeniero Eduardo Osuna Osuna

Suelo ver con cierta frecuencia el programa del polémico John M. Ackerman, Diálogos por la democracia, en TV UNAM. Un domingo tuve la suerte de toparme ahí con la sabrosa charla que sostuvo con Sandra Lorenzano, directora de cultura y comunicación de la Comisión de Igualdad de Género de la UNAM. Qué maravillosa interlocutora, sobre todo cuando le tocó hablar con pasión de Sor Juana Inés de la Cruz y recomendar ampliamente el libro de Octavio Paz sobre ella, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, que, dijo, “se lee como una novela”, y verdaderamente así es, pues de inmediato emprendí su lectura al recordarme que tenía esa asignatura pendiente.

El libro se merece realmente todos los elogios que Lorenzano vierte sobre él y su autor, pero no deja de ser chocante que Paz parezca más interesado en apabullarnos con su “infinita” erudición a lo largo de las casi ochocientas páginas de que consta el volumen que en hacer el tema un poco más accesible para el vulgo, dentro del que me incluyo. Lo hace, además, en un tono doctoral y dogmático, propio del que se cree poseedor de la verdad absoluta. El libro se “deja” leer placenteramente, pero en ocasiones uno se siente abrumado por tanta sabiduría. Si lo tuviera que calificar, sin embargo, yo lo haría con los máximos honores, como lo hace Sandra, pues.

La defensa que hace Paz de Sor Juana a lo largo de todo el libro emociona y conmueve de veras, sobre todo cuando denuesta en contra de sus tres verdugos: Francisco Aguiar y Seijas, arzobispo de la Ciudad de México; Manuel Fernández de Santa Cruz (Sor Filotea), obispo de Puebla, y Antonio Núñez de Miranda, su confesor, todos monigotes impresentables del clero católico que hicieron lo inhumanamente posible por obligarla a renunciar a las letras para dedicarse por entero a Dios, cosa que lograron hacia el final de la vida de la monja con aquella carta que le exigieron redactara y que Juana Inés firmó con el memorable: “Yo, la peor de todas”, con su propia sangre. En un inevitable exabrupto, don Octavio llega a referirse al primero como el sietemesino misógino, pues en efecto era lo uno y lo otro: tras su nacimiento prematuro quedó huérfano de padre, y se preciaba de ser corto de vista, pues así no tenía que ver de cerca a las mujeres. El último, su confesor, era miembro activo del temido Tribunal del Santo Oficio, así que ya imaginarán los temores de Sor Juana al dedicar buena parte de su tiempo a actividades profanas. En cuanto a Sor Filotea, primero la incitó a que rebatiera al prestigiado padre portugués Antonio Vieyra en su Carta atenagórica, a propósito de “los favores negativos de Nuestro Señor”, de la que escribió hasta la advertencia (prólogo), y luego reculó, lo que provocó la célebre Respuesta a sor Filotea de la Cruz, que Paz equipara con el poema cumbre de Juana Inés, Primero sueño (Primer sueño, en lenguaje moderno), y del que el Nobel hace una magistral disección en capítulo por separado. En él, dice el poeta, Sor Juana va ascendiendo de lo básico de la existencia a lo sublime de lo desconocido y el más allá para, al final, volver a caer en lo prosaico de la vida, y establece un sublime parangón con la clásica pintura del alemán Alberto Durero Melancolía I, que realmente impresiona si ustedes la miran en Internet.

Esta denodada y cariñosa defensa que Paz hace de Sor Juana me recuerda lo que ya dije en http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2022/05/sharon-stone-amaba-octavio-paz.html a propósito de lo que José Marie Tramini, esposa del autor, afirmó cuando le preguntaron acerca de la “relación” de Sharon Stone con Octavio Paz: que tras haber competido con Sor Juana ya nada la arredraba.

Resulta asombroso cómo un libro con un tema tan poco “comercial”, por más que lo haya  escrito un portento de la literatura universal, pueda capturar el interés de un lego como yo al grado de no querer abandonar su lectura y de llevarlo conmigo a mis vacaciones recientes para culminar ahí su “estudio”. Una emoción semejante se experimenta sólo con vivencias más personales. Quizá sea por lo que Lorenzano dijo sobre Sor Juana al final de su deliciosa charla: “La paladina de la defensa de la libertad, el emblema de la libertad”.

Además de sus innumerables tareas conventuales, Sor Juana dedicó su tiempo, para fortuna nuestra, a legarnos centenas de poemas, sonetos, endechas, villancicos, autos sacramentales y demás obras artísticas, algunas incluso ajenas a la literatura.

Por lo que se refiere a la Sor Juana cotidiana, para alguien que, vergonzosamente, no había tenido acceso a su obra, como yo (salvo los sobados “Hombres necios que acusáis…” y “Yo no leo para saber más sino para ignorar menos”), no deja de sorprender la personalidad que nos desvela Paz en su libro. Lo que menos honraba la monja en el convento eran sus votos de obediencia, humildad, pobreza y, vamos, hasta de castidad, a juzgar por sus apasionadas composiciones a María Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes, esposa del virrey, aproximadamente un año menor que Juana, que rondaría los treintaiuno.

Pero, además, no era pobre, pues precisamente por sus relaciones, la corte la llenaba de obsequios, mismos que ella correspondía de su propio peculio o patrocinada por el convento, al que le convenía estar en los mejores términos con dicha corte. Por ello, en ocasiones llegaba a la abyección de componer lisonjas rastreras para sus miembros y de escribir por encargo. Llegaba incluso al tráfico de influencias, ya fuera mediante su arte encomiando a un tercero o su intervención directa, y en el que ella fungía como intermediaria a cambio de un beneficio.

Por lo que toca a la humildad, nada más lejos de ella, pues Juana Inés, dice Paz, ansiaba ser famosa, y en ello le ayudaron axialmente sus valedores, el virrey y su esposa, la adorada María Luisa de la monja, al ser los primeros en llevar su obra a España para su publicación. De aquí que la mentada frase de “No leo para saber más…” probablemente sea apócrifa o hipócrita falsa modestia. En fin, por lo que se refiere a la obediencia, Juana Inés solía ignorar con frecuencia los mandatos de sus superiores, además de que era la contadora (administradora) del convento.

Con lo anterior no pretendo sobajar los innegables méritos literarios de la monja, tan férrea y denodadamente defendidos por don Octavio en su ladrillo, sino más bien destacar la parte humana -muuuy humana- de Sor Juana Inés de la Cruz, a quien orgullosamente llamamos la Décima Musa de México. 

domingo, 7 de agosto de 2022

Valle de "Guadachupe"

Después de más de cuatro años de reclusión absoluta en mi mazmorra, me fui con Elena a recorrer mundo: tomamos un pesero aéreo y nos trasladamos ¡a Tijuana!, con la idea, claro, de recorrer el Valle de Guadalupe y, en una de esas, hasta visitar San Diego. Por lo mismo, reservamos hotel en aquella ciudad de pecado por sólo dos noches, de las siete que pensábamos pasar por el noroeste de la república. Al día siguiente de la medianoche en que arribamos, nos desplazamos en taxi a Puerto Nuevo a deglutir una rica langosta, aprovechando para visitar también Popotla, lugar donde se les cultiva, y Rosarito, mientras averiguábamos la mejor forma de recorrer La ruta del vino, ya que un conocido me ignoró cuando ex profeso se lo solicité. Mientras tanto, fuimos a pie del hotel a “la línea” para sondear qué tan fácil sería cruzarla y, ya en territorio yanqui, abordar un autobús que nos llevara a San Diego, donde pensábamos pasar otro par de noches: ¡no hombre, qué locura! Centenares de peticionarios en una enorme fila, y la de autos no se quedaba atrás, por lo que decidimos regresar a reservar otra noche en nuestro hotel, lo que nos permitiría desplazarnos al día siguiente al tan deseado tour al Valle, que ahí mismo nos ayudaron a conseguir: una amplia van para nosotros dos solitos tooodo el día, de las 9 a las 21 horas.

¡Qué maravilla! Visitamos primero la Casa de Doña Lupe, después de una parada obligada en un mirador desde el que se contempla el inmenso mar. En dicha Casa, y prácticamente sin nada en el estómago, nos sometieron a la primera cata: cuatro pequeños vasos, uno con vino blanco y tres con tinto, que libamos con fruición, devorando con avidez el pan, los quesos y las uvas con que los acompañaron, y con la esmerada explicación de nuestro guía. Sale uno de ahí ya con media estocada y la querencia de tablas. Y de aquí, a L.A. Cetto.

Qué magnificencia de instalaciones de ésta, una de las más grandes plantas vinícolas del país, si no es que la más grande, y con la escrupulosa y entusiasta enseñanza de un miembro del grupo, muy avezado en este tipo de menesteres. Recorrimos toda la planta. Y una cata más, esta vez sin alimentos. Vinos: L.A. Cetto blanco, rosado y tinto, menos mal que únicamente fueron tres. Nos obsequiaron las delicadas copas donde catamos, y a otra cosa.

Parada en un pequeño negocio en medio de la nada ¡para una cata adicional! Me cae que yo ya sólo quería aspirar el bouquet. Vuelta a la camioneta para la visita de la tercera y última vitivinícola: Barón Balch’é, no tan grande como L.A., pero igual de impresionante. Y última cata: blanco, rosado y tinto, otra vez. Les entramos a todos, pero cuando paramos en la Finca Altozano para comer, ya sólo pedimos cerveza para aliviar la cruda adelantada que nos cargábamos.

De regreso, Carlos, nuestro guía, nos dio una rápida vuelta por la zona roja de Tijuana que, como Nueva York, nunca duerme.

Después de Valle de “Guadachupe”, nos aventuramos, a la mañana siguiente, en la zona de playas de Tijuana, a un lado de la monumental plaza de toros, y al otro día regresamos, una vez más, a Puerto Nuevo a comer langosta en el mejor lugar que para ello existe: El Güero. Todos estos traslados los hacíamos no ya en transportes caros, sino en los colectivos -calafias, les dicen por allá- que aprendimos a usar.

Total que estuvimos extendiendo una y otra vez nuestra estancia en Tijuana, donde pasamos las siete noches, y tomándola como base para nuestras expediciones, y como Elena se emperrara en ir a Ensenada, el día anterior a nuestro regreso a León alquilamos un taxi que nos llevó, nos esperó y nos regresó al “terruño” (Tijuana). En el hermoso puerto disfrutamos de las deliciosas tostadas de La Guerrerense, y Elena todavía se refinó un par de tacos de pescado en el Mercado Negro, donde se exhibe sin recato toda la pescadería fina extraída de sus aguas. Delicioso espectáculo. Ah, también dimos un paseo en una barcaza turística por el mar hasta donde descansaban dos perezosos leones marinos sobre una boya.

La tarifa del Hotel Caesar’s donde nos hospedamos es bastante razonable y el servicio impecable. A pesar de estar en el centro de la ciudad y en medio de su arteria principal, por las noches es tan silencioso como un monasterio, además de tener, yo creo, el mejor restaurante de Tijuana, del mismo nombre que el hotel y donde ¡se creó la ensalada Caesar’s en 1928!, que no tiene igual en todo México, y lo digo con conocimiento de causa por haberla probado en innumerables lugares a lo largo de la república. La preparación in situ es espectacular.

¡Lástima que no pueda regresar ahí cada tercer día! 

miércoles, 20 de julio de 2022

Liga BBVA: la gallina de los güevos azules

Así solíamos decir cuando niños y alguien incurría en una acción osada y arbitraria: ¡Ah, qué güevos tan azules! No se puede calificar de otra forma la indecente proliferación de plataformas digitales de paga para transmitir los partidos de la infumable Liga Mx: TUDN, Claro Sports, Izzi, Vix y, el colmo, televisión de paga dentro de televisión de paga: Fox Sports Premium. Más bien con ello van a terminar matando a la gallina de los huevos de oro.

Ya en otras ocasiones me he referido a la infame liga mexicana de futbol, por ejemplo: http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2020/12/fuera-de-lugar.html, por lo que no viene al caso reiterarlo aquí. Baste decir que ahora estas voraces arpías quieren cobrarnos todavía más por atosigarnos con su hartante publicidad a pantalla completa, trátese de mariguana o terminales punto de venta cada que el árbitro saca una tarjeta, y demás bazofia por el estilo.

¿Estaremos de verdad tan desesperados como para pagar por un excitante Querétaro-Tijuana o un Necaxa-San Luis u, horror de horrores, un ¡Juárez-Mazatlán!? Yo creo que ni los mismos familiares de los jugadores estarían dispuestos a soplarse un somnífero de tal calibre, a riesgo de quedarse inconscientes, como Biden frente a López Obrador.

No es de extrañarse que nuestro futbol esté peor que nunca y que a Qatar no vayamos más que a hacer el ridículo, justo como lo hicimos en Argentina en 1978 frente a Túnez (1-3), Alemania (0-6) y Polonia (1-3), después de un pre Mundial que ganamos de calle, invictos, bajo la dirección de José Antonio Roca. Bueno, pues ahora ni siquiera eso, por lo que polacos y argentinos pasarán sobre nosotros como polacos y alemanes aquella vez, y Saudi Arabia como lo hicieron los tunecinos. Ya verán. Mientras, el Tata hinchado de dólares y escuchando el canto que las sirenas le hacen llegar de otros lares.

Me pregunto si la marca BBVA no demerita su valor de mercado al convertirse en el patrocinador oficial (cómplice) de espectáculo tan grotesco, cohonestado por los mercenarios que lo manipulan. O peor aún, si nada pueden para cambiar radicalmente lo que aquí denuncio.

Lo único que están logrando es la muerte de la afición, esa que casi casi no tiene ni para ver el futbol en televisión abierta, y los que sí tenemos somos cada vez más reacios a entrar en ese juego perverso. A ver a quién terminan vendiéndole sus productos las plataformas digitales y sus anunciantes.

¡Púdranse!

lunes, 4 de julio de 2022

Mis andanzas con Paulina Rubio

Ahora que murió Susana Dosamantes, recordé que en 1977, cuando se grababa la telenovela Corazón Salvaje en playas mexicanas, coincidimos en Ixtapa, Zihuatanejo, con el elenco de dicha producción, pues la familia toda -mis padres, hermanos, sobrinos, yerno, nuera y perico- nos hospedábamos en el mismo hotel (Presidente) que ellos. Susana, en particular, aprovechó para hacerse acompañar de su pequeña de cinco años, Paulina, custodiada por una nana.

Una tarde aproveché la oportunidad, junto con otros miembros de la familia, para ir a refrescarme a la alberca del hotel. Mi sorpresa fue mayúscula al coincidir en el mismo lugar con las susodichas: la hermosísima señora Dosamantes, de tiernos 29 años de edad, y la encantadora Paulina, que se divertía de lo lindo en el agua auxiliada por su celosa nana y bajo la mirada atenta de la madre desde una orilla fuera de la piscina, en una silla de playa. Yo rasguñaba apenas los 28 años de edad.

La criatura me pareció tan graciosa -Paulina, claro, aunque la progenitora mucho más- que me atreví a acercármeles, pidiéndole a la asistente que me permitiera tener a la bebé unos instantes entre mis brazos. La nana se aterrorizó y solicitó con los ojos el auxilio de Susana desde tierra firme. Ésta ni se inmutó, y con una rápida “mirada de inteligencia”, como se dice en las novelas traducidas a lengua vernácula, le indicó a la mucama que me cediera a la pequeña, lo que presto hizo con un movimiento firme de brazos.

Embelesado, tomé al angelito entre mis temblorosas manos, le di dos o tres chapuzones de la cintura para abajo, ante su algazara y contagiosas risotadas, y con la complicidad de la madre, que nos miraba sonriente desde su poltrona. Finalmente, la levanté una vez más por los aires y al volverla de nuevo al agua, le planté un sonoro beso en el cachete y la devolví a los ansiosos brazos de su guardiana.

Desde entonces, no hay día que no me vanaglorie de haber tenido entre mis brazos a Paulina Rubio con la complacencia de la madre, por eso creo yo que me dolió tanto la partida, recién hace un par de días, de esta dama de belleza sempiterna.

¡Descanse en paz Susana Dosamantes, siempre ajena a los escándalos en que casi todos, en ese medio, incurren!

domingo, 3 de julio de 2022

¡Ya valió madres!

Un individuo muy atildado abordó la combi de pasajeros que circulaba por la periferia de la Ciudad de México, llevaba un maletín al hombro y el bolsillo derecho de su pantalón se veía muy abultado. Una vez en la cabina, esbozó una extraña y cordial sonrisa y lanzó de su ronco pecho un festivo “¡Ya valió madres!”, pero cuando se disponía a llevar la diestra al bolsillo del mismo lado, un “valiente” se abalanzó sobre él y lo inmovilizó, al tiempo que los demás pasajeros, mujeres incluidas, se iban encima del bulto y lo golpeaban inmisericordemente, al punto de hacerle perder el conocimiento. Así y todo, no cesaban de tundirlo con toda saña, al extremo de azotar su cráneo contra el tubo del respaldo de uno de los asientos. Acto seguido, alguien abrió la puerta de la combi y, entre todos, arrojaron al hombre a la calle con el vehículo aún en movimiento.

Los viajantes pidieron al conductor detener el transporte para poder apearse y seguir linchando al sujeto. Para ese momento, ya incluso algunos transeúntes, imaginándose lo ocurrido, se habían unido a la lapidación y no cesaban en su empeño de destrozar literalmente a su víctima, hasta reventarle las vísceras y vaciarle los ojos.

Fue necesaria la presencia de la policía municipal y un grueso contingente de la Guardia Nacional para contener a la turba, que se solazaba con los despojos del individuo como un perro al que le arrojan los desperdicios de un festín. La instantaneidad de las redes no llega a tanto, pero seguramente ya se estarían congratulando por haberse librado la sociedad de una “rata” más y clamando al cielo por un final similar para todas ellas.

Para cuando llegó el ministerio público a practicar las diligencias de rutina, la muchedumbre se convirtió en masa contemplativa, pero cuando se enteró que el individuo no portaba mayores armas que un maletín repleto de celulares, cada uno con una tarjeta que rezaba: “Es tuyo, para resarcirte de las vejaciones de que has sido objeto en esta ciudad”, y una abultada cartera llena de billetes de quinientos pesos que muy seguramente se disponía a repartir entre sus “víctimas”, el estupor de la multitud y de los oficiales todos fue indescriptible, como lo fue el ensordecedor silencio que acompañó los despojos de esta suerte de justiciero contemporáneo.

Era ya demasiado tarde, el odio, la rabia y el rencor acumulados en las almas de tantos paisanos había finalmente “rendido fruto”, fruto envenenado por la incompetencia de nuestras “autoridades”.

viernes, 17 de junio de 2022

Aunque usted no lo crea

El libro que refiere Octavio Paz en La llama doble, Los tres primeros minutos del universo, de Steven Weinberg (Alianza Editorial, 2021), resulta tedioso y de difícil comprensión, quizá por ello Paz tan sólo lo refiere y no entra a comentarlo en mayor detalle, difícil tarea para alguien que no sea físico o cosmólogo. Sin embargo, Weinberg, Nobel de Física en 1979 y defensor a ultranza del materialismo científico, sugiere una hipótesis fascinante en el epílogo de su libro: a la expansión del universo sigue una contracción a sus orígenes, y vuelta a empezar, un nuevo big bang, expansión y contracción, y así eternamente, sin principio ni fin. “Aterrador”, ¿no es cierto?

Como la eternidad troca lo imposible en certeza, estaríamos encarnando y desapareciendo una y otra vez, no importa que para ello tuvieran que pasar billones, trillones o quintillones de años. Es más, estaríamos ya inmersos en esa vorágine sin darnos cuenta, pues al menos yo no recuerdo mis existencias anteriores. Weinberg encuentra asegunes científicos a estas sucesivas expansiones y contracciones del universo, pero apunta que los filósofos se sienten atraídos por ellas pues se evita así de manera plausible el problema del Génesis.

¡Escalofriante!

Otro libro sorprendente, delicioso de principio a fin ya que es de pura divulgación científica, es el del físico mexicano Shahen Hacyan, Relatividad para principiantes (FCE, 2011). El autor nos condena a vivir eternamente recluidos en un rincón de nuestra Vía Láctea y lo demuestra con un sencillo ejercicio: viajar al centro de la galaxia, a treinta mil años luz de distancia, les tomaría a loa tripulantes de una supuesta nave espacial moviéndose a una velocidad ligeramente menor a la de la luz (300 mil kilómetros por segundo) 40 años, de acuerdo a las fórmulas de la teoría de la relatividad de Einstein ( http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2008/01/relativa-facilidad-absoluta-belleza.html ), en tanto que para quienes les “esperaran” en la Tierra habrían transcurrido ¡sesenta mil años!, quizá ya con la raza humana extinta. De aquí el pesimismo de Shahen: “la imposibilidad de rebasar la velocidad de la luz parece que nos condena a permanecer eternamente en nuestro pequeño rincón de la galaxia, separados por enormes distancias de otros astros -salvo unos cuantos muy cercanos- y, quizás, de civilizaciones extraterrestres.”

Muy encomiables los esfuerzos de los equipos de trabajo del Hubble, el Webb, las naves marcianas y los viajes a la luna, pero no dejamos de ser una partícula despreciable de polvo en el infinito universo… que probablemente se contrae periódicamente a sus míseros orígenes.

lunes, 6 de junio de 2022

Sweet Caroline

Pues se nos casó Carolina, hombre. Apenas el sábado 4 de junio de 2022 en la ex Hacienda Ibarrilla, un soberbio lugar para un evento así, en León, Guanajuato, por supuesto. Tan pronto concluyó la ceremonia pagana, propia de una familia orgullosamente atea, y después de las emotivas palabras de las madres de los contrayentes, me animé yo a tomar la palabra en los siguientes términos: “Hace treintaitrés años conocí a la persona más extraordinaria de mi vida y me casé con ella. Tres meses después fui enviado por IBM de México a un centro internacional de soporte técnico en Raleigh, Carolina del Norte, donde pasé los mejores dos años y medio de mi existencia junto a Elena. Tan bien nos la estábamos pasando que un buen día le propuse que manufacturáramos un bebé, con lo cual estuvo de acuerdo, pero eso sí, le advertí, si es niña, le pondremos como el lugar donde nos encontramos. ¿Raleigh?, preguntó Elena. No, no, no, mujer, ¡Carolina! Así que nos pusimos, no manos, sino cuerpos a la obra.

“Poco después, mi esposa quedó embarazada, y más tarde nos enteramos de que era niña el producto, por lo que desde el seno materno comenzamos a llamarla por su futuro nombre. Hola, Carolina, ¿cómo amaneciste el día de hoy? Qué tal, Carolina, ¿cómo te la has pasado? Buenas, noches, Carolina, que descanses. Y Carolina para arriba y Carolina para abajo, de tal suerte que la estratagema dio resultado, pues ya en andadera, la criatura nos obsequiaba su sonrisa más espléndida cuando la llamábamos por su nombre. Con esto quiero decir que Caro fue un elemento esencial, junto con Elena, en mi ingente felicidad de aquellos añorados tiempos.

“Y hoy te digo, Carolina, que bien podrías contribuir a que estos años postreros de mi existir volvieran a adquirir aquellos matices de esplendor con un par de bisnietos, digo, porque a mi edad ya no estoy para tener nietos, sino bisnietos, por lo que los conmino a ti y a Juan Martín a poner cuerpos a la obra y les deseo muchas felicidades”.

No diré que estalló una ovación cerrada de la concurrencia, pero por lo menos cumplí con mi deber de una manera digna y volví a mi asiento muy ufano.

Algunos amigos y conocidos de la pareja también se atrevieron a hablar y justipreciar las enormes virtudes de los contrayentes. Fue impactante escuchar cómo se referían encomiásticamente a los asombrosos atributos de la novia, incluido el mismo Juan Martín, al que se le quebró la voz nada más de recordar la forma en que Caro lo “rescató”.

Obviamente yo no cabía de orgullo en la silla. El que sí de a tiro se puso como la Magdalena fue el hermano, Raúl “chico”, que prácticamente contagió a todos los presentes, haciendo el sincero encomio de la fraterna.

Esta primera parte del festejo concluyó con la ceremonia civil, la que otorga legalidad a la unión frente al Estado, ni más ni menos.

Por lo demás, fue un evento maravilloso, de esos que a mí no me gusta disfrutar ya desde hace muchos años, pero este fue tan especial que no me quedó de otra. Con mis queridos sobrinos de Querétaro compartiendo conmigo, y Lalo hasta plantándome un beso en la cabeza musitándome al oído lo “especial” que soy, y mi sobrina Mariana, la consentida, su hermana, a la que tanto quiero desde chiquilla, y ahora ya con sus encantadores hijos Sebastián y Mateo. Y la gran ausente, su madre, mi amantísima hermana Cecilia, que ya tampoco quiere saber mucho de la vida, como yo. La extrañamos, lo mismo que a Reyes, mi cuñado.

Es increíble la cantidad de gente buena que se acerca a uno durante las más de ¡doce horas! que dura el evento para hacer el elogio de la familia toda, destacando el magnífico trabajo que, dicen, hemos hecho con los hijos. De verdad, le parten a uno el corazón y dan ganas de besarlos a todos.

Los jefes de Caro, los Cuadra, estuvieron presentes durante todo el festejo. Pancho, el jefe de jefes, recientemente galardonado por el gobernador con el premio de la CICEG, bailando desinhibidamente, y Daniela, su jefa directa, un poco más discreta.

Bueno, hasta yo bailé Sweet Caroline, con mi primogénita, como parte de las formalidades del evento, aunque ya luego me seguí por cuenta propia con Elena, sobrinos y cuantos se dejaran, Suzette y la encantadora Renée, por ejemplo.

Definitivamente un coctel así es más gratificante que un vuelve a la vida. ¡Gracias, dios mío, aunque no crea en ti!

lunes, 30 de mayo de 2022

Al diablo con sus instituciones

En febrero del año pasado caí en el ridículo de creer que no todo estaba podrido en Dinamarca ( http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2021/02/no-todo-esta-podrido-en-dinamarca.html ) e hice el patético elogio de la Condusef por, según yo, haber puesto fin a un acoso telefónico de meses por parte de un despacho de cobranza de una financiera (Adelanto Express, S.A. de C.V., Sofom E.N.R o Adex, en corto) por una deuda de una conocida a la que en mala hora referí. El instrumento de la Condusef de que me valí para denunciar a estos mercenarios fue el Redeco (Registro de despachos de cobranza), y la financiera se comprometió a no molestarme nunca más al no estar yo en su base de datos de clientes.

Ingenuo de mí. Estos desgraciados fueron vendiendo mi información a distintos despachos de cobranza a lo largo del tiempo y me siguieron dando lata, y yo de necio reportándolos en Redeco una y otra vez hasta completar no menos de diez denuncias, y Adex siempre comprometiéndose a no molestarme nunca más. La razón por la que me molestaban a mí y no a mi conocida era porque ella, más inteligente, cambió varias veces de número telefónico, y yo, más idiota, me aferraba a no tener que cambiar mis datos personales presionado por esta sarta de buitres.

Fue así como tomé la decisión a principios de este mes de denunciar ante el Inai a Adex por la venta delictuosa de mis datos personales a diversos despachos de cobranza a través del tiempo. Pero ya imaginarán, el tiempo no corre para estos burócratas y después de casi un mes sigo esperando que den señales de vida. Pero no cejaré, la impunidad está presente en toda la vida nacional y es el principalísimo mal que está corroyendo nuestra estructura social. Estos delincuentes hicieron un uso criminal de mis datos personales y tienen que pagar por ello.

Mientras tanto, sólo el sábado, el tercer despacho en el tiempo manipulando mis datos personales marcó ¡dieciséis veces! a mi casa, comenzando a las seis de la mañana y finalizando a las 11:30 de la noche.

Fue demasiado. Esta mañana a primera hora cambié de número telefónico, pero, insisto, estos infelices tendrán que pagar.

Este artículo, además de publicarse, está siendo enviado a toda la plana mayor del Inai y la Condusef para que tomen cartas en el asunto, habiendo enviado ya al Pleno del primero y a la alta burocracia de la segunda la queja correspondiente.

¡Al diablo con sus instituciones!

miércoles, 11 de mayo de 2022

Sharon Stone amaba a Octavio Paz

El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida.

La llama doble, Octavio Paz

Hace un par de años, Ángel Gilberto Adame, periodista y escritor, autor de dos libros sobre Octavio Paz, publicó un artículo en el que asienta que en 1996 el Paris Match le dedicó la portada y le realizó una entrevista a Sharon Stone (de 38 años entonces) en su época de mayor esplendor, y que cuando el reportero la inquirió sobre quiénes eran los hombres que amaba, ella respondió: Magic Johnson, el Dalái Lama, Octavio Paz (82 años), Gerard Depardieu y Jack Nicholson.

El año anterior, Stone intentó contactar al poeta para invitarlo a cenar, aprovechando que los dos se encontraban en Atlanta, ella filmando una película en Savannah y él en las Olimpiadas Culturales. Complicaciones de agenda hicieron imposible el encuentro, pero Paz se comprometió a enviarle unos libros autografiados, lo cual finalmente ocurrió por interpósita persona en la editorial Vuelta y sin la firma autógrafa del autor. Sharon le envió un último mensaje de agradecimiento a Paz por los libros, que obra en poder de Princeton. Pero más importante que éste es la declaración de la actriz al Match sobre don Octavio: “Me enciende el alma. Un amigo me dijo que debería dejar de hablar de él. Me veo como una estúpida estrella que quiere demostrar que ha madurado. Si lo conociera, podría enamorarme locamente. Cuando un hombre es así de excitante intelectualmente, te nutre sensualmente, independiente de su edad”, donde apareció también una foto del escritor con una provocativa nota: “He sets my main on fire”.

Según Christopher Domínguez Michael, cuando José Marie Tramini, esposa del poeta, fue inquirida sobre el panicular, respondió “que tras haber competido con sor Juana ya nada la arredraba”.

Adame afirma que los libros favoritos de Sharon Stone escritos por el poeta son La llama doble y Árbol adentro, que seguramente leyó en español, pues domina el idioma y estudió Artes y escritura creativa en la Universidad de Pensilvania.

Picado por el gusanillo, ni tardo ni perezoso, compré La Llama doble, un ensayo sobre el amor, ya que el otro es únicamente poesía, a la que no soy tan afecto. Lo hice no tanto para tomar ideas sobre cómo seducir a Sharon, después de todo tengo apenas 72 y ella hermosos 64, sino para descubrir el poder de seducción del escritor. Paz se adentra en los intríngulis del amor, pasando revista a todos los autores de la humanidad cuyas obras versan sobre esta pasión, así como sus héroes, y los filósofos y sociólogos que se han interesado sobre el particular. Y lo hace, como acostumbra el ensayista, con una erudición y sabiduría tan arrolladoras que termina uno, literalmente, deprimido, por el tiempo que se necesitaría para leer y estudiar todo lo que el poeta abarcó durante su vasta existencia.

Compara, por ejemplo, al amor con la amistad, sus rasgos comunes y sus diferencias, y concluye que el hombre, no la mujer, es más proclive a ella por razones culturales, por haber estado confinada ésta tradicionalmente a espacios más reducidos donde se dan con mayor facilidad los chismes, las envidias, los celos, las traiciones y los rencores.

También dice que uno de los golpes bajos que recibe nuestra noción del amor son la pornografía y el  excesivo comercialismo de nuestra época. Ojo, Paz terminó de escribir este libro en mayo de 1993 (¡hace casi treinta años, a los 79 de edad!), después de que en 1965 abandonara un primer intento por hacerlo, para retomarlo en marzo-abril de 1993 y terminarlo de un tirón los primeros días de mayo.

Uno de los pasajes más hermosos, ya casi al final, es cundo dice que el amor se transforma no en piedad sino en compasión, y para ello recuerda lo que Unamuno, ya viejo, afirmaba: “no siento nada cuando rozo las piernas de mi mujer pero me duelen las mías si a ella le duelen las suyas”, y sugiere que deberíamos reintroducir en nuestra lengua la palabra compathía, que es el término que mejor describe dicho sentimiento.

Con todo, me quedo con el penúltimo capítulo, el más extenso del libro, una digresión que pareciera no tener mucho que ver con el contenido general de la obra, pero en el que el autor se empeña en decir lo contrario. Aun así, fascinante. Resulta premonitorio de lo que Yuval Noah Harari escribiría más de dos década después. Si fuera malpensado, hasta plagio pudiera aducir de parte de éste. Para que tengan una idea de los tópicos que Paz se “atreve” a tocar en dicho capítulo, les recomiendo: http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2021/08/singularidades.html .

¡Carajo, cómo no va una (lenguaje inclusivo) a enamorarse así de Octavio Paz!

lunes, 25 de abril de 2022

A propósito de naderías

Hace más de medio siglo solía ir con mi primo Lorenzo, cinco años mayor que yo, a presenciar los partidos de la Liga Mayor de futbol americano colegial, conformada por Chapingo, Poli Blanco, Poli Guinda y Universidad, a una sede alterna al Estadio Olímpico, el mal llamado Estadio de la Ciudad de los Deportes, que décadas después terminó llamándose Azul por ser la sede de un equipo de soccer de cuyo nombre no quiero acordarme. El cerrojazo de la temporada lo constituía el encuentro entre los Pumas de la Universidad y una selección del Poli conformada por los mejores jugadores del Guinda y el Blanco. Como buenos fanáticos de los auriazules, nos aposentamos en la tribuna destinada a los universitarios en un estadio lleno a su máxima capacidad, la mitad de la cual correspondía a los politécnicos, justo enfrente de nosotros.

Como era el final de la temporada, al medio tiempo se acostumbraba despedir a los jugadores que habían completado su “elegibilidad”, es decir, a quienes habían cumplido cuatro años seguidos de jugar en los emparrillados. Ambos grupos de jugadores, frente a su propia tribuna, eran objeto del homenaje de los aficionados que no cesaban de corear sus nombres y lanzar estentóreos Huelums y Goyas, según fueras politécnico o universitario.

Pero ocurrió lo insólito, la tribuna universitaria comenzó a llamar hacia sí a los jugadores del Poli que se despedían. Temiendo los insultos y las invectivas de los que éstos serían víctimas, sus fanáticos no paraban de increparnos y hacían lo indecible para impedir que sus ídolos se aproximaran a nuestra tribuna. Los jugadores politécnicos, desconcertados y temerosos, cruzaron el terreno de juego, incursionaron en territorio enemigo y permanecieron inmóviles ante nosotros. Mientras a lo lejos su tribuna intentaba acallarnos con un estruendo ensordecedor, de repente, para sorpresa de todos, Lorenzo y yo incluidos, estábamos ya coreando un estentóreo ¡Huélum! en honor de los rivales que se iban. La reacción de la tribuna opositora fue dramática: un silencio sepulcral que calaba el alma, seguida de una ovación cerrada ante el noble gesto universitario. Y así continuamos, con otros tres o cuatro Huelums más gritados a todo pulmón.

Pero ahí no paró la cosa, pues los politécnicos llamaron a los nuestros y, una vez que los tuvieron cerca, su tribuna no cesó de corear Goya tras Goya hasta completar no menos de diez, me cae, tan agradecidos estaban de nuestro espontáneo actuar. Yo no experimentaba más que un cosquillear en la piel, chinita y colorada, y sí, hasta alguna lágrima se me ha de haber escapado. ¡Qué bonito, carajo! Y de inmediato volvimos a lo nuestro, una vez que le hubimos agradecido a la porra del Poli, con silencios y ovaciones como ellos, esos diez Goyas: “¡Poli güey, clap, clap, clap… Poli güey, clap, clap, clap…!”.

Tal muestra de concordia en un ambiente de suyo tan hostil me sigue conmoviendo hasta la médula y haciéndolo evidente en mi piel. Obviamente, salimos del estadio, todos, reconciliados con la vida, disfrutando de la victoria y dejando atrás la derrota.

Todos habíamos triunfado en un ambiente lleno de pasión pero, sobre todo, de civilidad.