jueves, 30 de noviembre de 2023

Mi estrecha relación con Henry Kissinger

Mi padre no siempre estuvo postrado en cama, como lo hizo por casi nueve años, desde el miércoles 10 de febrero de 1999 hasta que falleció, el sábado 20 de octubre de 2007, cuadrapléjico, “gracias” a la intervención quirúrgica de un médico inescrupuloso e incompetente que le aseguró que al día siguiente de la operación estaría caminando, pero ya sin los insoportables dolores que le provocaba la compresión cervical que desde tiempo atrás padecía. El dolor desapareció, sí, pero a cambio de la parálisis generalizada de su cuerpo.

No, de ninguna manera estuvo siempre así. Desde la década de los 40 del siglo pasado había sido guía de turistas. Hablaba el inglés a la perfección por haber vivido en Estados Unidos toda su infancia, de tal forma que no representaba para él ningún problema transportar a los turistas en su propio vehículo y llevarlos a conocer las ciudades más importantes del país y sus lugares históricos de mayor interés. Cansado, después de más de 25 años en esa actividad, en 1966 decidió aceptar la oferta para entrar a trabajar en la embajada de Estados Unidos en México como jefe del “motor pool”, es decir, del departamento de transportación de la sede diplomática.

Un día de junio de 1970 recibió la encomienda especial de transportar a un funcionario norteamericano, de visita en México y apasionado del futbol, o “soccer”, como le dicen ellos, en un tiempo récord. El oficial iba a estar en reuniones las primeras horas de la tarde, pero mi padre dispondría de ¡15 minutos! para conducirlo personalmente al Estadio Azteca a presenciar el partido Alemania contra Italia, dentro de las semifinales de la Copa Mundial México 70. No debería enviar a ninguno de sus choferes, tendría que llevarlo él personalmente.


Mi padre, sabiendo de mi fanatismo por el futbol y mi pasión en este sentido por Alemania, pues recordaba cómo sufrí con la derrota del equipo teutón en la final de la copa mundial del 66 frente al equipo anfitrión, Inglaterra, con un gol fantasma en tiempos extras, y la forma cómo saboreé la venganza que acababa de tomar Alemania hacía pocos días, en León, derrotando a los ingleses 3-2, curiosamente también en periodos extras; sabiendo, pues, de este fanatismo y con tiempo suficiente para pasar a recogerme a la casa, mientras el funcionario tenía sus reuniones, no lo dudó y fue por mí para que lo acompañara a un palco oficial del estadio junto con dicho individuo. Hace 53 años no existía la paranoia por la inseguridad que vive actualmente el mundo.

Faltando 15 minutos para el comienzo del gran partido, recogimos a este señor frente a la embajada, en Reforma, y emprendimos, literalmente, el vuelo hacia el Estadio Azteca, auxiliados por un escuadrón de motociclistas que nos hizo llegar incluso un par de minutos antes del comienzo del encuentro. No recuerdo, ni entonces -tenía yo 20 años- ni ahora, haber viajado tan rápido en mi vida... ni desearía volverlo a hacer jamás.

Tuve la fortuna de que nuestro “invitado”, aunque más bien éramos mi padre y yo los entrometidos en un palco oficial -tal era la confianza que en la embajada le tenían a mi progenitor-, fuera también fanático declarado de Alemania, pues era oriundo de ese país, de tal suerte que después de un par de cervezas, que a esa edad era lo máximo que mi padre me permitía consumir, y un partido de vaivenes en que no bien había un equipo tomado la delantera cuando ya el otro lo había alcanzado y rebasado, el “invitado” y yo comenzamos a intimar y a celebrar cada gol como si fuera el propio, con la agravante de que aquél, mucho más curtido que yo, llevaba ya varias cervezas adicionales a las dos de rigor mías. Hace 53 años tampoco era tan inusual que un lagartón de 20 años estuviera aún bajo la férula paterna a un extremo tal.

Al final y, para no variar, después de unos tiempos extras de alarido, “perdimos” 4-3, pero con el orgullo de haber presenciado lo que desde entonces y hasta la fecha se conoce como “El partido del siglo”, pero, además, yo salí con el gusto adicional de haber departido, gritado, bebido y disfrutado en compañía de Henry Kissinger, no tanto por este tortuoso personaje en sí, ayer fallecido, como por el recuerdo imborrable que dejó en mi mente el deporte de mis amores.

Tal era, repito, la confianza que le tenían a mi buen padre, quien, impedido de beber, pues tenía que llevarnos de regreso, nos miraba, incrédulo, con una sonrisa apenas dibujada en sus labios y girando ligeramente la cabeza de un lado a otro…

Papá, ¡levántate y llévame al fut otra vez! 

domingo, 19 de noviembre de 2023

Elena (II)

No siento nada cuando rozo las piernas de mi mujer pero me duelen las mías si a ella le duelen las suyas.

Miguel de Unamuno, ya viejo, citado por Octavio Paz en La llama doble

Este escrito no es más que la continuación del artículo que pergeñé hace exactamente cinco años (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2018/12/elena.html), cuando todavía colaboraba en el periódico del que me defenestraron por irreverente.

Resulta increíble la compenetración que se puede llegar a tener con una persona tan ajena a uno como la esposa, pues no se tiene con ella ningún lazo sanguíneo como con los padres, hermanos, hijos, tíos y hasta primos, y con quien se puede llegar a vivir en pareja tanto tiempo como con ningún otro ser en el universo. En mi caso, agradezco al destino que me haya permitido conocer al mejor ente de la Creación, incluso, de nuevo, entre padres, hermanos, hijos, tíos primos, amigos, conocidos y demás ralea existente o que haya existido jamás. Es un sentimiento que comparten conmigo infinidad de personas que la conocen. Qué afortunado soy: el maldito que se topó con la persona más buena, fuerte y dulce del mundo, y miren que tuve una madre excepcional, pero como mi querida Elena, nadie.

Si siempre he pensado eso de ella, ya imaginarán estos aciagos días en que he sentido ese apoyo como un bálsamo celestial. Tal pareciera que hubiese hecho suya la sentencia de Unamuno y sintiera mi mal como si fuera suyo.

En La llama doble, Paz compara al amor con la amistad, a la manera en que don Miguel de Unamuno lo hace con su hermoso y profundo apotegma, que va infinitamente más allá de la simple afirmación de don Octavio, pero ambos me mueven a gritar desde lo más profundo del alma:

¡Gracias, querida amiga Elena!

sábado, 18 de noviembre de 2023

Un autoplagio más

Ustedes perdonarán que ante mi falta de inspiración actual les recete un escrito que ya les había enviado ¡hace más de quince años!

En una ocasión, cuando trabajaba para IBM de México, el calendario trajo un puente laaargo-laaargo que comenzó el martes 14 de septiembre en la noche y terminó el lunes 20 del mismo mes en la mañana. Eran épocas que los grandes clientes aprovechaban para dar mantenimiento a sus monstruosos equipos o bien para la instalación de complicados sistemas. Este último fue el caso de una importante compañía de seguros, líder en su ramo.

Pues bien, el lunes del que hablo llegué temprano a la oficina y había una situación de emergencia bastante seria en dicha compañía, pues los americanos -de otra compañía- que habían venido ex profeso a la ciudad de México a instalar el complejo sistema prácticamente se quedaron paralizados desde el miércoles 15, pues la máquina se detenía abruptamente al arrancar el subsistema bajo el que corría su fementida aplicación. Los departamentos de hardware y software de IBM habían desfilado en su totalidad durante el largo puente sin mayores resultados: la maquinota seguía aplastada.

El representante de ventas de IBM me invitó a “echarle montón” de inmediato al problema haciendo acto de presencia en las instalaciones del cliente. Oye, le dije, pero si ya los departamentos enteros de hardware y software visitaron al cliente y no encontraron nada, lo más seguro es que el problema esté en la aplicación de los gringos y de nada servirá una visita adicional por más “especialista” que sea yo en el subsistema de marras. La situación es tan grave, me respondió, que si no ven siquiera preocupación de nuestra parte puede venir una demanda y hasta una cancelación de nuestro equipo.


Cuando llegamos a la localidad del cliente, los gringos estaban verdaderamente desesperados, amén de nuestros ingenieros de servicio que no hallaban qué hacer. Como el médico que llega a auscultar al paciente sin ser médico, tímidamente les solicité a los americanos que arrancaran su sistema, para lo cual, previamente, tenían que iniciar el subsistema de mi “especialidad”. Fija la mirada de los tres -dos gringos y yo- en la consola de la máquina, me indicaron: mira, aquí es donde se detiene el equipo y... ¡nada!, que el maquinón no les hace caso y sigue adelante como si nada. Me voltearon a ver los dos con ojos de plato y al unísono exclamaron: What did you do?!
Con toda honestidad les respondí: Nothing, I swear! Me cortaron: Well, it doesn’t matter, thanks a lot.

No transcurrieron ni dos minutos cuando el representante de ventas bajó de las oficinas del director para indicarme que éste quería platicar conmigo, y entonces tuvo lugar el siguiente diálogo de sordos:

- Mira -me dijo-, yo sé que en IBM se está muy a gusto y que el desarrollo que un ingeniero de sistemas tiene ahí es envidiable desde cualquier punto de vista...

- Yo no hice nada -respondí-, el sistema simplemente arrancó.

- ... sin embargo, el sector financiero tiene muchas prerrogativas que hace de sus empleados un sector privilegiado... -me ignoró.

- Yo no hice nada -insistí con mayor énfasis- ni siquiera los parámetros de definición he revisado.

- ... entre otros, los créditos hipotecarios, los préstamos, un aguinaldo muy por arriba de lo que marca la ley, y demás beneficios no monetarios -continuó con su soliloquio.

- De todas formas -continué yo con el mío-, algún problema debe existir porque las cosas no se arreglan así como así, por arte de magia, por lo que habrá que seguir revisando para ver dónde radica el problema.

- No me respondas ahora -concluyó-, yo sé que es una decisión difícil, sobre todo cuando se está en una organización de excelencia, como la tuya.

- Está bien -concluí por mi parte, estableciendo, por fin, un diálogo-, déjame pensarlo y yo te comunico mi decisión.

- Me daría mucho gusto que fuera afirmativa -finalizó.

Trabajé para IBM otros diez o quince años más.

sábado, 4 de noviembre de 2023

Pesadilla

Lo que es andar uno obsesionado con su mal: experimenta las pesadillas más espeluznantes que imaginarse pueda.

La otra noche soñé que en mi cita con el radiólogo del IMSS -sí, esa que tanto tiempo había estado esperando-, éste me solicitaba todos los estudios que me han realizado a la fecha: resonancia magnética multiparamétrica, biopsia, tomografía contrastada y gammagrama óseo, los analizaba y concluía que afortunadamente no había metástasis. Pasaba luego a enumerar los aspectos penosos del asunto: como la próstata se encuentra próxima a la vejiga y al recto, las radiaciones provocarían levantadas continuas en la noche a orinar y defecación probablemente con sangre.

Pasaba luego a decirme que tales radiaciones serían aplicadas en veintiocho sesiones a lo largo de otros tantos días durante seis semanas, de lunes a viernes, con una duración de quince a veinte minutos por sesión, y que como estas tendrían lugar durante la tarde, más me valía ir bien defecado, y si no, hacerlo en el baño público de que ahí se disponía. Aunque previo a ello, me tendría que someter a otra tomografía, como la que llevaba, dentro de ¡cuatro semanas!, antes de lo cual debería yo beber un litro de agua que tenía que llevar conmigo. Todo esto para elaborar un plan para la aplicación de las radiaciones.

La cita concluía con lo más inverosímil de todo: en la ventanilla del pasillo me programarían la fecha para la antedicha tomografía dentro de cuatro semanas y otra tentativa de revisión para dentro de ocho, pues los aparatos de radiación del Seguro ¡estaban actualmente descompuestos! y se tenía un rezago de doscientos a trescientos pacientes que, nunca mejor aplicado el calificativo, pacientemente esperaban su turno. Lo cual, acotaba el galeno, probablemente nos lleve ya hasta el año que entra para iniciar el proceso, pero déjenos su teléfono para que nosotros le avisemos cuando las máquinas estén ya de nuevo funcionando.

Huelga decir lo aterrorizado que yo estaba cuando volví en mí de tan horrenda pesadilla.

Lo que ocurrió realmente en Dinamarca fue radicalmente distinto:

El jueves 2 de noviembre de 2023, Día de Muertos, tuve mi cita con el radiólogo del IMSS -sí, esa que tanto tiempo había estado esperando-, éste me solicitó todos los estudios que me han realizado a la fecha: resonancia magnética multiparamétrica, biopsia, tomografía contrastada y gammagrama óseo, los analizó y concluyó que afortunadamente no había metástasis. Pasó luego a enumerar los aspectos penosos del asunto: como la próstata se encuentra próxima a la vejiga y al recto, las radiaciones provocarán levantadas continuas en la noche a orinar y defecación probablemente con sangre.

Pasó luego a decirme que tales radiaciones serán aplicadas en veintiocho sesiones a lo largo de otros tantos días durante seis semanas, de lunes a viernes, con una duración de quince a veinte minutos por sesión, y que como estas tendrán lugar durante la tarde, más me valía ir bien defecado, y si no, hacerlo en el baño público de que ahí se dispone. Aunque previo a ello, me tendré que someter a otra tomografía, como la que llevaba, dentro de ¡cuatro semanas!, antes de lo cual deberé yo beber un litro de agua que tendré que llevar conmigo. Todo esto para elaborar un plan para la aplicación de las radiaciones.

La cita concluyó con lo más inverosímil de todo: en la ventanilla del pasillo me programarían la fecha para la antedicha tomografía dentro de cuatro semanas y otra tentativa de revisión para dentro de ocho, pues los aparatos de radiación del Seguro ¡están actualmente descompuestos! y se tiene un rezago de doscientos a trescientos pacientes que, nunca mejor aplicado el calificativo, pacientemente esperan su turno. Lo cual, acotó el galeno, probablemente nos lleve ya hasta el año que entra para iniciar el proceso, pero déjenos su teléfono para que nosotros le avisemos cuando las máquinas estén ya de nuevo funcionando.

Huelga decir lo aterrorizado que salí yo del hospital del IMSS donde me atendieron.

Ni modo, habrá que ir tramitando un crédito bancario para sufragar el costoso tratamiento en un hospital privado, dejando en garantía mi propia salud (no se rían), antes de que tan agresivo mal se metastasee.