jueves, 31 de diciembre de 2020

Ítem más

Primero, lo anecdótico. Hugh Everett y su esposa acordaron llevar un matrimonio abierto, que era lo que mejor se acomodaba a la conducta que aquel había observado siempre, y lo cumplieron.

Por otro lado, lo científico. Quizá la existencia de esos múltiples mundos que proponía Everett (branching) explique el impresionante avance tecnológico que se ha obtenido con la mecánica cuántica, de una sorprendente exactitud en la predicción de sus resultados, que se manifiesta principalmente en los monstruos computacionales de la actualidad. Si no en otros mundos, ¿dónde más podrían tener lugar esos portentosos e inverosímiles cálculos de las computadoras de hoy? Es difícil entender a cabalidad la esencia de la mecánica cuántica, no así de sus resultados, lo que derivó en la ya clásica expresión entre los físicos de Shut up and calculate! (¡Cállate y calcula!).

A las objeciones que algún colega de Everett opuso (“I don’t branch!”) a su interpretación de los múltiples mundos (MWI, por sus siglas en inglés), este respondió que eran del mismo tipo que las que Copérnico había recibido cuando se aventuró a afirmar que era la Tierra la que giraba alrededor del sol y no al revés. Se limitaban a espetarle desde su zona de confort que ellos no experimentaban ningún movimiento y que era por lo tanto el sol quien circunvalaba a la Tierra (¡y vaya que nos movemos!: http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2020/02/el-planeta-azul.html). Everett terminaba reconviniendo a su amigo que por qué no mejor esperaba a que la experiencia científica le proporcionara evidencias antes de deducir él las propias sin ninguna base -como los pre copernicanos-, y concluía preguntándole sarcásticamente: “Don’t you branch?”. Con lo que su colega y amigo terminó convirtiéndose en su fiel discípulo, el único por aquella época.

Ahora, ¡ya tiene uno más!

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Many worlds interpretation

Hugh Everett, excéntrico doctor en física por la Universidad de Princeton, es ya uno de mis ídolos. Nacido en 1930 y muerto en 1982 a la edad de apenas 51 años, fue su última voluntad ser cremado y que sus cenizas fueran dejadas afuera junto con la basura, lo cual cumplieron sus allegados al pie de la letra.

En mecánica cuántica existe una interpretación clásica del mundo subatómico conocida con el nombre de interpretación de Copenhague, de Niels Bohr y sus discípulos, que ha resistido el paso de los años hasta nuestros días, no porque no sea rebatible y polémica, sino porque Bohr, que era un señorón de la ciencia y la cultura, con una personalidad arrolladora, aleccionó bien a sus súbditos, que no se atrevieron a cuestionar la teoría del gran maestro.

Hubo alguno, fuera de su grupo, que no comulgaba del todo con dicha interpretación y que se atrevió a desafiarlo públicamente lanzando su propia interpretación del mundo cuántico. Quizá no fue el primero, pero sí el más conspicuo. Sí, Hugh Everett, que estaba más interesado en la buena vida –vinos, mujeres, comidas, cigarros, viajes-, aunque no por ello menos interesado en el pensamiento científico. Desde temprana edad dio muestras de su incomparable talento, permitiéndose hasta meter en predicamento a algún maestro de las escuelas católicas donde estudió con una prueba irrebatible sobre la inexitencia de Dios, no con el diabólico afán de que su fe se viera resquebrajada, sino por el puro deleite del juego.

Su tesis doctoral versó precisamente sobre su interpretación cuántica, pero esta fue tan cuestionada por Bohr y su grupo y tan torpemente defendida por su mentor que hubo necesidad de reducirla al mínimo y sin una óptica que pudiera ofender al Gran Maestro, ya que Wheeler, el susodicho mentor, era admirador incondicional de Niels y jamás se hubiera atrevido a “ofenderlo”.

En pocas palabras, lo que Everett defendía era la existencia de múltiples mundos y hasta universos, todos ellos entrelazados por una función de onda universal (universal wave function). ¿Que qué carajos es eso? OK, todos conocen la paradoja del gato de Schrödinger, ¿no? Si no, se las platico: metemos en una caja a un gato vivo, junto con un emisor de radiación y un medidor de esta radiación conectado a un mecanismo que al detectar un cierto nivel de dicha emisión accionará un martillo que romperá un recipiente con veneno que necesariamente matará al gato, es decir, el gato tiene una probabilidad 50-50 de salir vivo o morir. Pues bien, Schrödinger decía que no podríamos afirmar ni una cosa ni la otra hasta que hiciéramos una medición, es decir, hasta que abriéramos la caja, no importando que el animal estuviera ya bien muerto o vivito y coleando.

¡Pues no! El genial Everett dice que ambas posibilidades son igualmente reales, esto es, que existe un mundo en el que el gato está vivo y otro en el que ya feneció, sin que un mundo sepa del otro, y a este fenómeno lo llama branching (derivación), y así con todo: un mundo en el que ustedes están leyendo este artículo y otros muchos en los que están haciendo cualquier otra cosa, y esto, bajo la gobernanza de la mentada función de onda universal, que “comienza” con el entrelazamiento del gato, el emisor de radiación, el medidor, el martillo, el recipiente con veneno et al.

Lo anterior no les gustó nadita a Bohr y su grupo, que tildaban todo ello de metafísico, razón por la cual la teoría de Hugh cayó en el olvido por casi una década, hasta que alguien la  resucitó y hoy en día goza de tan cabal salud como la mismísima interpretación de Copenhague. A Everett todo esto le tenía sin cuidado, lo suyo eran las mujeres, la bebida y los cigarros, y se negó a escuchar los ruegos de Wheeler para que volviera a la academia, ya que su pupilo había optado por la teoría de juegos y la investigación de operaciones, trabajaba para el Pentágono y se enriqueció diseñando estrategias de guerra y de defensa contra ataques nucleares del enemigo para el ejército norteamericano.

Comprenderán ahora por qué Hugh Everett es ya uno de mis ídolos, su envidiable talento y forma de vida lo elevan a ese pedestal. De lo bueno, poco, por eso murió a tan corta edad, ¿para qué más? No fue un vicioso, sino un genio sin par. Pero quizá exista un lejano universo en el que aún sigues gozando de lo lindo, querido Hugh (QEPD, que en paz te diviertas).

miércoles, 23 de diciembre de 2020

ResiElencia

ResiElencia 1. f. Capacidad de adaptación de Elena frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos (“RAE”).

No voy a caer en el absurdo de proclamar que Elena fue uno de los factores vitales que permitieron a nuestro negocio salir a flote este aciago 2020. No, sería injusto: ¡fue el principalísimo! Mi carácter sombrío poco ayudó en esta ingente tarea, que mi querida Elena supo llevar a buen puerto, con la sola, invaluable, ayuda de su fiel pupila, la encantadora Scarlet (así, con una ’t’ simple).

El don de gentes de mi esposa es ya proverbial en todo León, pues su tienda se ha vuelto un referente en toda la ciudad en estos casi trece años de existencia, lo que la ha llevado incluso a tener que surtir pedidos de otras partes de la república. La encantadora (Scarlet) cumple ya con nosotros cuatro años el próximo mes. Cuando abrimos en 2008, la chiquilla (lo sigue siendo) tenía apenas ocho de edad.

Ya he justipreciado en numerosas otras ocasiones el valor de Elena, pero nunca está de más insistir en ello. Cuando hace justo dos años tuvo aquel percance de salud que la llevó de emergencia al quirófano para no exponerla a un mal mayor que hubiera puesto en riesgo su vida, me sentí desfallecer, no sólo por el hecho en sí, sino porque me vi obligado a tener que “dirigir” yo personalmente el negocio por espacio de una semana. Huelga decir que terminé yo siendo dirigido (sin comillas) por la triplemente encantadora Scarlet.

Elena ha sido mi fortaleza y mi vida durante estas más de tres décadas de vida en común. No en balde, cuando despachaba yo en la tienda un par de días a la semana -antes de la llegada de Scarlet-, los clientes que llegué a atender se deshacían en elogios hacia ella, y se despedían con un encomiástico: “Me saluda usted a su hija”. Curiosamente, más que rabia, sentía yo un rabioso orgullo.

Comprenderán ustedes ahora la razón profunda que se esconde detrás del neologismo.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Fuera de lugar

No es por la decepción que me provocó la derrota de mis Pumas -equipo de origen, ya que de la UNAM provengo- en el torneo Guard1anes de la Liga MX, después de todo el León es el equipo de mi adopción, vamos, el segundo de mis quereres. Yo más bien creo que es la edad, pues ah, cómo me aburre el futbol, o soccer, más bien, porque el americano sí que me encanta y apasiona.

Entonces, no, no es la edad, sino el peloteo insulso a que nos ha acostumbrado la ínfima calidad de nuestro balompié, en el que hasta el clasificado en el lugar número doce del torneo regular tiene oportunidad de proclamarse campeón. He ahí la explicación. Ese peloteo a que nos sometieron ambas fieras en los dos partidos finales no es algo ajeno a lo que presenciamos todo el año, torneo tras torneo. El tiempo perdido es otro de los factores que contribuye a hacer de este deporte algo digno del mejor bostezo. Alguna vez Imagen Televisión intentó el ejercicio de medir el tiempo efectivo de juego en los partidos que transmitía. De los 90 minutos de juego, aquel difícilmente rebasaba los ¡52! Y esto, antes del VAR, que ha venido a empeorar las cosas. ¡Qué horror!

Además, el ritual para los tiros libres es insufrible. En lo que el árbitro pita la falta, amonesta, discute con los jugadores, pinta sus rayas con Comex, reconviene a la barrera y da el pitazo de autorización para reiniciar el juego, fácilmente se pierde un par de minutos, que el silbante nunca compensa. Lo mismo pasa en los tiros de esquina o en cualquier jugada a balón parado.

Recuerdo un día que estaba “viendo”, junto con mi hijo Raúl, un Monterrey-América desde la Sultana del Norte, yo en duermevela y el júnior ya completamente jetón, pero mi estado de semiinconsciencia permitió que me percatara que el “Chupete” Suazo tomaba el balón y con un certero disparo anotaba para los regios. Como por instinto, me levanté del sillón y grité: “¡Goool!”. Acto seguido, Raúl salió de su profundo letargo, se levantó también como impulsado por un resorte y, aún más fuerte que yo, coreaba: “¡Gooooool!”… sin haberse percatado de un carajo.

Si a lo anterior añadimos la irritante falta de ética de nuestros futbolistas -simulando faltas, fingiendo lesiones, haciendo tiempo, apresurando el paso en un cambio cuando van perdiendo y de rodillas cuando van ganando, escupiendo todo el rato (aun en esta época de pandemia), mascando chicle todo el tiempo (como el “Chapo” Montes, que yo creo que nació con él en la boquita)-, digo, si añadimos todo esto, lo que nos queda es un muy pobre espectáculo. Los jugadores de futbol soccer son de los deportistas más tramposos del orbe, ya quisiera yo verlos haciendo teatro en la NFL o en la NBA o en la ¡NHL!

Con el añadido de tener que chutarse todo esto -nunca mejor aplicado el término- por TV desde casita, con la insultante publicidad invasiva a que ya nos tienen acostumbrados los patrocinadores, ocultando partes sustantivas de la pantalla o toda ella con sus odiosos anuncios.

Lo anterior, no es privativo del futbol nacional. Y díganme si no aquellos que hayan tenido la suerte (mala) de presenciar la última final de la Champions entre el Bayern y el PSG, simple y sencillamente ¡nem-bu-ta-les-ca!

Mejor nos cambiamos al deporte oficial del actual régimen, que es lo único honesto que les conozco, pues nunca ha presumido de ser apasionante -me refiero al beisbol, no a la 4T, que es todo lo contrario y desata las más bajas pasiones-, sino cerebral, apenas adecuado para nuestro Gran Líder.

Pero hablaba yo del León. Para mí su coronación resultó, con todos estos ingredientes, tan emocionante como si un paisano del terruño hubiese ganado un campeonato nacional de bridge a puerta cerrada.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Caro en el Pico

No, no me refiero al costo de la pandemia en el pico de la misma, ya saben que de eso estoy hasta la madre. Hablo más bien del ataque de mi hija Carolina a la cima del Pico de Orizaba o Citlaltéptl (Cerro de la Estrella), lo cual intentó hoy, domingo 13 de diciembre de 2020, coronando así su primera cumbre. Nos lo acaba de informar.

Todavía recuerdo cuando en junio de 1992 IBM me asignó temporalmente a su laboratorio en La Gaude, Francia, colindante con la Costa Azul, a donde exigí que me acompañara la familia, entonces compuesta sólo por Elena y la referida Caro, que justo acababa de cumplir el año de edad. Ésta prácticamente terminó de aprender a caminar en los aeropuertos mientras esperábamos a abordar nuestros vuelos. Ahora, ella escalando montañas y lamentando que yo trastabille en el Parque Metropolitano. El mundo al revés, como era de esperarse que ocurriera.

Carolina se estuvo preparando intensamente para esto. Hace unos meses empezó a correr como si en ello le fuera la vida. De repente decía: “Voy al Palote, hoy me tocan 30 kilómetros”, y regresaba como si nada. Su gran determinación la llevará a cumplir la meta que se proponga en la vida. Creo que la que sigue en el ámbito deportivo es un maratón, pues en este sentido no deja de admirar a su querido padre. Quienquiera que éste sea.

No en vano Schopenhauer decía que los hijos heredan el genio (carácter) del padre y el genio (inteligencia) de la madre, algo que también se cumple cabalmente con Raúl, que vino al mundo poco más de un par de años después de Caro, y ambos -pobres- son tan neuróticos como su progenitor. Lo bueno es que esto los impulsa a lograr metas como la que reseño en este breve escrito.

Y sí, por qué no, se siente uno tan orgulloso de ello como si la conquista de la montaña más alta de México fuera hazaña propia.

¡Felicidades, Carolina, vamos ahora por el maratón de Tokio que tanto ansías! Y no digo más. Lo bueno, si es breve, doblemente bueno.

martes, 8 de diciembre de 2020

Escandalosa ineptitud de Telmex

Sr. Carlos Slim Helú: 

La razón de que le escriba desde hotmail y no desde prodigy es que llevo más de 24 horas con el servicio de envío de correos deshabilitado para ragutie@prodigy.net.mx, a nombre del suscrito, en la línea 477-758-6302, a nombre de mi esposa, Aurora Elena Zepeda Ángeles. 

El problema empezó ayer -lunes 7 de diciembre de 2020- a las 16:29 horas, después de enviar un correo masivo a cerca de un centenar de destinatarios con el artículo periodístico que como parte de mis responsabilidades escribo todas las semanas desde hace años. El siguiente correo simple que quise enviar me fue rechazado con la leyenda de que se había deshabilitado el envío de mensajes desde mi cuenta debido a que se había detectado una actividad de spam desde la misma, que llamara al 800-123-2222. 

Es lamentable la ineptitud e incompetencia de su personal técnico en particular y de Telmex en general. Enseguida me comuniqué con una operadora que continuamente me estuvo solicitando permanecer en la línea por espacio de 20 minutos mientras consultaba con su “supervisor”. Opté por dejar a un lado mi celular en altavoz hasta que se cortó la llamada después de casi una hora de espera.

Hoy en la mañana, martes 8, inicié nuevamente el proceso desde cero. Me trajeron del tingo al tango entre cinco operadores, exactamente del mismo tipo que la dama de anoche. Me obligaron a cambiar, sin razón alguna, de clave de acceso, me quisieron vender un antivirus y, en fin, mostraron toda su incompetencia e incapacidad técnica para atenderme. 

Pedí, por último, hablar con alguna autoridad para plantear mi queja, de quien por desgracia no retuve el nombre. Me repitió todos mis datos (los mismos del primer párrafo de esta misiva), me dijo que abordarían mi problema y que ¡de 24 a 48 horas! se estarían comunicando conmigo.

Me imagino que ha de ser fácil acumular una fortuna basada en la paga miserable de sus operadores, en la nula formación técnica de los mismos y en el pésimo servicio a sus clientes, y escalar así las listas de los más ricos del orbe. ¡Qué pena! 

Pienso abundar sobre el particular en mi próximo artículo periodístico. 

Raúl Gutiérrez y Montero

lunes, 7 de diciembre de 2020

"No somos iguales". No, ¡son peores!

Me chocan los lugares comunes: ya estoy hasta la madre de covid, amlo, inseguridad, economía y demás zarandajas de la misma estirpe. ¡Ya basta!, estoy harto de leer pinche mil artículos todos los días sobre lo mismo, lo mismo y lo mismo, por eso prefiero escribir sobre física cuántica, Maradona, libros y hasta de mi vida personal.

No obstante, es imposible sustraerse del todo, y menos cuando padecemos a un imbécil de la peor calaña, como el que nos “gobierna” actualmente. Aun así, no es ocioso reconocerle algunos aciertos:

- Aunque seguramente habrá quien me lo rebata de manera tajante, la libertad de expresión. Jamás había leído ni escuchado en mi interminable vida tantos insultos y denuestos contra un Presidente de la República como en esta época, y esto que escribo ahora es prueba fehaciente de ello. Me cuestionarán ¿y quién chingaos te lee a ti? Pues antes, además de ustedes, quienes me hacían el favor de acercarse a mi columna los domingos en el inane periódico para el que colaboraba, donde llegué a calificar al peje, previo a que me corrieran, de la misma “baja” manera en que lo hago ahora. Y aquí me tienen, no me ha ocurrido nada: el SAT no me molesta y nadie ha atentado contra mi vida más que yo mismo, con el santo madrazo que me di el otro día corriendo en el parque. Ahora, ya sólo me quedan ustedes, pero quién me garantiza que no haya por ahí algún soplón. Sin embargo, ya suman varios años y nada.

- El cobro de impuestos a grandes evasores, tanto Walmart y Femsa como IBM, Carso y demás, que permitieron recuperar miles de millones de pesos al Estado mexicano. Se rasgarán muchos las vestiduras diciendo que esto ha constituido una auténtica extorsión contra dichas empresas, pero yo creo que Raquel Buenrostro es una mujer con sólidos principios que no se prestaría a esto, sino a exigir a los tramposos que cumplan igual que lo hacemos los contribuyentes cautivos y sin tantos recursos “legales” para defendernos como aquellos. (No en balde doña Raquel y un servidor compartimos maestros, con varios años luz de diferencia, en la Facultad de Ciencias de la UNAM: su director de tesis de licenciatura en matemáticas, Francisco Raggi Cárdenas, fue maestro mío de un par de cursos de álgebra en el pleistoceno: 1969.)

- Acabó con la ominosa inercia que traíamos desde tiempos de la Revolución en este nuestro vilipendiado México. Ahí están los Lozoya, García Luna, Robles, Ancira, Zebadúa, Cienfuegos, Chapos, PRI, PAN et al para dar estricta cuenta de ello.

Después de todo, yo voté para que precisamente lo anterior pasara, y aunque bromeaba con la destrucción que ello podría implicar, abrigaba una ligera esperanza de que fuera para bien, esperanza que rápidamente se fue al caño con la cancelación del NAIM.

Pero no sólo eso, la ralea de corruptos que ha prohijado este régimen es impresionante: Manuel Bartlett Díaz, Irma Eréndira Sandoval Ballesteros (su consorte e “intelectual” orgánico incluido), Pío López Obrador, Felipa Obrador, Ana Gabriela Guevara, Hugo López-Gatell, Olga Sánchez Cordero, Javier Jiménez Espriú, Julio Scherer Ibarra… y los que se acumulen.

En cuanto a las otras innumerables pifias, arbitrariedades, sinrazones o simplemente estupideces en que nuestro héroe ha incurrido y de las que todos hemos escuchado ad nauseam, prefiero dejárselas a los analistas y politólogos que no se cansan, como yo, de estar duro y dale.

Únicamente concluyo que el balance final es profundamente negativo y podría implicar el colapso de nuestro querido México. Sin embargo, quiero hacer un último reconocimiento al Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, Andrés Manuel López Obrador: tiene razón, Señor Presidente, no son ustedes iguales, ¡son mucho peores!

Un abrazo, que no balazo.

jueves, 3 de diciembre de 2020

Dios no juega a los dados

Supongamos que tenemos una pantalla plana con un pequeñísimo agujero y semicircunvalada en uno de sus lados por un hemisferio de film fosforescente, y supongamos que por ese diminuto orificio hacemos pasar una cadena de electrones. De acuerdo con la física cuántica, dichos electrones impactarían la superficie del hemisferio de una manera aleatoria pero uniforme porque la función de onda (probabilidad) asociada con la cadena de electrones sería igualmente uniforme. Para esto, la física cuántica es ideal, para asignar probabilidades y para determinar un comportamiento promedio.

Pero ¿qué ocurre si por el agujerito hacemos pasar un solo electrón? Por lo mismo, no tendremos ni idea de dónde llegará a impactar, pues la física cuántica le asignará exactamente la misma probabilidad a cualquier punto del hemisferio para tal impacto, mientras que la función de onda del electrón se encontrará uniformemente dispersa a todo lo largo y ancho del hemisferio. Sin embargo, una vez que el electrón impacta el hemisferio, la función de onda se colapsa, es decir, se desvanece instantáneamente, pues lo contrario indicaría que un ficticio segundo electrón pudiera llegar a impactar el multicitado hemisferio, y la probabilidad de que eso ocurra es cero. Esto contradice flagrantemente la teoría de la relatividad de Einstein, que establece claramente que ningún objeto o señal puede viajar más rápido que la velocidad de la luz, y aquí estamos hablando de instantaneidad.

De lo anterior, Einstein concluye que el problema con la física cuántica no es la aleatoriedad  -a pesar de su célebre frase “Dios no juega a los dados”-, sino la localía: el principio de que algo que ocurre en un lugar no puede influir instantáneamente un evento que ocurre en algún otro lado. Por lo tanto, la física cuántica es incompleta y se necesita algo más para comprender la verdadera historia del mundo cuántico.

No obstante, Einstein insiste: el electrón debe haber tenido una ubicación particular incluso antes de impactar el hemisferio, aun cuando la física cuántica no pueda decir nada acerca de dónde, exactamente, está. Como quien dice, nada más por joder, Dios no juega a los dados.

De cualquier forma, la física cuántica ha tenido enorme aplicabilidad en el desarrollo tecnológico, especialmente, obvio, en electrónica, lo que llevó a acuñar la célebre frase: “shut up and calculate” (cállate y calcula), pero quién querría solamente eso ante los insondables misterios que este fascinante campo encierra. Al menos yo, no.

(Escrito basado literalmente –verbatim- en el esplendoroso libro What is real?, de Adam Becker (Basic Books, 2018), donde se describe este maravilloso experimento intelectual, que no de laboratorio, de Albert Einstein.)

Les prometo más en el futuro.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

In memoriam de Diego

Para Diego Armando Maradona, por hacerme testigo protegido y otorgarme el criterio de oportunidad de presenciar en vivo las tres más grandes hazañas de su vida: los dos goles contra Inglaterra en cuartos de final y el campeonato del mundo, en México ‘86.

En 1986, IBM de México fue patrocinador y parte del comité organizador del Mundial de futbol de ese año en el país. Como tal, entre otras cosas, prestó terminales remotas en todas las sedes e instaló un centro de cómputo en el CIP (Centro Internacional de Prensa), sito en Campos Elíseos, a un costado del hotel Presidente Chapultepec. Yo fui el responsable de la instalación del software de comunicaciones encargado del manejo de la red así conformada. En compensación, unos meses antes, IBM obtuvo de las autoridades del comité bonos para los empleados que quisieran presenciar los diez encuentros que se disputarían en el estadio Azteca durante el certamen, cuyo precio, ya de por sí bajo, sería descontado mensualmente por nómina. Se necesitaba verdaderamente odiar el soccer o haber pasado a mejor vida para dejar escapar tal oportunidad. Aunque sólo fuera como negocio.

Los dos bloques en las gradas asignados en el estadio a los empleados de IBM eran inmejorables, no tan esquinados y en perfecta diagonal en las tribunas laterales opuestas del coloso.

Y se llegó el día del gran encuentro, esperado por todos: Argentina-Inglaterra en los cuartos de final, con toda la carga emocional que semejante confrontación representaba: todo mundo recordaba cómo veinte años atrás en Wembley, precisamente en otros cuartos de final entre los mismos rivales, el argentino Antonio Ubaldo Rattín, al ser expulsado del partido y tras un largo show, se agarró los genitales al pasar frente a la tribuna donde se encontraba la Reina Isabel II (¡sí, sí, la misma de ahora!). Y cómo olvidar la afrenta de las Malvinas contra los argentinos en 1982.

En fin, el escenario estaba dispuesto, y al minuto 51 un desvío desafortunado de un defensor inglés resultó en un balón elevado que disputaron el portero británico, Peter Shilton, y el Pelusa, que claramente éste impulsó a la red auxiliándose exclusivamente de la mano. La acción fue clara, pues yo estaba a no más de 30 o 40 metros de la escena del “crimen”, pero el compañero que tenía a mi lado ni aun así la vio. “¡Lo van a anular, hombre!”, le gritaba. “No, no, no, lo están dando por bueno”, me ripostaba él. Y en efecto, el árbitro auxiliar señalaba con su bandera hacia el centro del campo, confirmando lo que mi interlocutor decía. No daba yo crédito, ¡se había consumado la estafa!

Si hubiera existido el VAR, o si hubiera sido yo el abanderado, se habría anulado el gol con toda justicia, pero ¡qué bueno que no fue así! No sólo porque el VAR ha hecho del futbol un “espectáculo” insufrible y tedioso, sino, sobre todo, porque tal vez nunca hubiésemos visto el siguiente gol de Maradona contra la “pérfida” Albión cuatro minutos después. Gol que ha sido bautizado injustamente como el “Gol del Siglo”, pues yo lo calificaría del milenio o de la historia del balompié. Jamás he visto nada igual ni lo veré en lo poco o mucho que me reste de existencia, en vivo y a no más de treinta metros de mis narices: Maradona tomó el balón más allá de media cancha, burló a seis o siete rivales, se dio el lujo de esperar la salida del portero, tocar suavemente abajo a su izquierda y todavía salir indemne del guadañazo que le tiran al final. Si Diego Armando hubiera sido un artista -que lo fue-, su gol hubiera sido la obra de arte perfecta. ¡Lo es!, porque en la actualidad tenemos la opción de repetirla cuantas veces queramos a través de la red. Yo estuve ahí y en la posterior coronación de Argentina frente a Alemania (3-2). ¡Inolvidable!

Qué curioso, el corrector de mi procesador de texto (Word) ya no marca la palabra D1OS como errónea. La intenté ahorita y no me la subrayó en rojo, aunque en el diccionario de la RAE, obviamente, no aparezca.

martes, 24 de noviembre de 2020

¿Qué es real?

Hace cuatro años emprendí la lectura de una pequeña joya del Fondo de Cultura Económica, Filosofía de la física / I. El espacio y el tiempo (FCE, 2014), de Tim Maudlin, con el objeto de afianzar mis conceptos sobre la teoría de la relatividad -especial y general- de Albert Einstein (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2016/10/teoria-de-la-relatividad-para-dummies.html). En la obra, el autor anticipaba la publicación de un segundo volumen. Philosophy of physics / Quantum Theory (Princeton University Press, 2019), que para mí resultaba mucho más atractivo, toda vez que sobre el particular no había yo leído prácticamente nada formal, excepto lo que se publicaba en textos especializados en periódicos y revistas, y en Internet. Por eso, desde entonces, 2016, estuve cazando la aparición de este volumen, al cual accedí, a través de Amazon, hace un par de meses. Leí las primeras varias páginas -de las que la plataforma autoriza su lectura gratuita-, me pareció accesible y lo compré.

Pronto me arrepentí, pues el libro se vuelve abstruso pocas decenas de páginas más adelante, además de que incluye toda la compleja matemática inherente a la mecánica cuántica. Di por perdidos los trescientos y tantos pesos que me costó el libro, pero recordé haber visto al final del primer capítulo, dentro de la sección lecturas adicionales, la recomendación que Maudlin hacía de la obra What is real? (Basic Books, 2018), de Adam Becker, como el testimonio más completo, confiable y accesible de la historia del desarrollo de la teoría cuántica. ¡Cuánta razón! Después de leer las primeras páginas a las que Amazon da acceso gratuitamente, procedí de inmediato a pagar los ciento y pico pesos que cobran por el libro y lo devoré, literalmente, como una novela. Valió la pena la inversión que hice en ambos textos por este solo hecho.

Sensacional y soberbio libro que me hizo comprender los intríngulis de la física cuántica, no al nivel del experto, claro, pero sí conceptual y desde la perspectiva histórica que bien apunta Tim Maudlin. No entraré en los detalles de la teoría que terminan por hacer estos escritos insufribles para quienes no tienen el interés y que ya en otras ocasiones me han hecho sentir con su ominoso silencio, pero sí quería compartir con ustedes la profunda alegría intelectual (¡felicidad!) que da el comprender algo, y tal vez con este bagaje pueda ya hasta entender el primer libro, ese cuya lectura abandoné, desencantado. Es enormemente gratificante conocer sobre las dos ramas de la física que estudian cuanto nos rodea: lo macro, con la física o mecánica clásica o celeste, y sus más insignes representantes, Albert Einstein, Hermann Minkowski, Hendrik Lorentz y muchísimos más; y lo subatómico o de partículas, con la física o mecánica cuántica, y sus no menos dignos representantes, Niels Bohr, Erwin Schrödinger, David Bohm, Hugh Everett, John Stewart Bell y tantos otros.

Si alguno está realmente interesado en todo esto, les recomiendo ampliamente los siguientes dos artículos de mi autoría: http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2008/01/relativa-facilidad-absoluta-belleza.html y http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2017/11/decepcion-cuantica.html.

Que se diviertan.

martes, 17 de noviembre de 2020

Soy autor de un solo libro

La pandemia me obligó a releer los primeros dos libros que leí en mi vida: La Navidad en las montañas, de Ignacio M. Altamirano, y La gaviota, de Fernán Caballero (seudónimo de Cecilia Böhl de Faber). Esto lo hice a los 14 y 15 años de edad, cuando cursaba segundo y tercero de secundaria, respectivamente, es decir, ya estaba bastante huevoncito como para apenas iniciarme en tan sacrosanto deleite. Todo esto, obligado por las circunstancias, pues nos lo asignaron como deber ineludible en la escuela confesional donde recibí mi instrucción básica y media (Colegio Cristóbal Colón) en la Ciudad de México.

Y es que de veras no entendía yo cómo alguien podía tomar un grueso libro y aventarse el tiro de leerlo todo. Se me hacía una tarea imposible y digna de la mayor admiración, y eso que la obrita de Altamirano es una pequeña novela de poco más de una treintena de páginas, no así la de Caballero, una novela ya mucho más en forma. Como quiera que sea, disfruté de ambas enormemente, casi tanto como ahora, aunque ya con la amplia visión que da el haber leído durante tanto tiempo. No en balde ha pasado más de medio siglo.

La obra del insigne mexicano es un auténtico cuento navideño, y la de la española, una novela moralista en la que juega un papel importante el adulterio. Difícil imaginar en una escuela “mocha” de aquellos lejanos años una lectura tal y entre puros varones adolescentes, a una edad en que las “más bajas pasiones” comienzan a desbordarse. Afortunadamente, nuestro maestro de literatura española era una eminencia con el más amplio criterio. Sin duda, el mentor que, junto con otros dos en el ámbito de las ciencias, recuerdo con más cariño en toda mi vida.

En realidad, La Gaviota hubiéramos tenido que leerla en equipo ¡durante las vacaciones! (tareas –contra los derechos humanos, dirían ahora- muy comunes entonces) y acreditar dicha lectura con un trabajo conjunto, pero yo que, contraviniendo todas las falacias al respecto, jamás he creído en tales baladronadas, reuní al mío -conformado por Llorens, Martínez, Saavedra y un servidor- y los instruí: yo compro el libro, lo leo, hago el trabajo, lo paso a máquina y lo encuaderno; tú, Martínez, que le haces al dibujo, conforme vaya avanzando en la lectura, te paso los rasgos de los personajes y los dibujas, junto con algunos otros elementos de la novela que vayan surgiendo, y ustedes, Llorens y Saavedra, corren con los gastos en que incurramos. Por supuesto, todos aceptaron de mil amores.

Y ahí me tienen, describiéndole los personajes centrales a Martínez: Marisalada, la Gaviota, hija del pescador Pedro Santaló, y sobrenombrada así por su propensión al canto en sus correrías por la playa; la tía María, su protectora; Momo, bajo la férula de la tía, mozalbete de la picaresca y némesis de Marisalada; el doctor Stein, alemán, caído al pueblo por casualidad, se enamora y casa con la Gaviota, y, en fin, Pepe Vera, el torero, y con quien aquella termina poniéndole el cuerno a Stein (el colmo: poner el cuerno al marido con un torero).

Una vez terminado el trabajo, lo llevé a encuadernar en pasta dura y, nada humilde, hice que grabaran en grandes letras doradas sobre la cubierta: Estudio crítico de Fernán Caballero, y los nombres de nosotros cuatro en caracteres más pequeños: Gutiérrez, Llorens, Martínez y Saavedra, en riguroso orden alfabético (justicia divina). Al regresar de “vacaciones” entregamos el trabajo y la siguiente clase fuimos convocados a comparecer enfrente del salón para que nuestro querido profesor vertiera los más sentidos elogios por nuestro loable empeño. Algo ha de haber imaginado el canijo, pues al final, dirigiéndose a mí, concluyó con voz emocionada que provocó en mi interior una euforia descomunal: “Compañero, usted ya cumplió escribiendo un libro, únicamente le falta sembrar un árbol y tener un hijo, que ya a su debido tiempo sabrá usted cómo llevar a cabo”.

Y heme aquí, cincuentaicinco años después, esperando la aparición del segundo libro… y como don Teofilito. Ya ven, prefiero divagar con pendejaditas como ésta. Eso sí, he sembrado varios árboles y tenido dos hijos extraordinarios, para los que sí necesité de trabajar en equipo denodadamente con mi querida Elena, team leader indiscutible.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Malditas redes sociales

A raíz del madrazo que me di el día de mi cumpleaños corriendo en el Parque Metropolitano y que puso en serio peligro la vida de dos de mis piezas dentales, empezaron a aparecer una serie de anuncios en las páginas a las que suelo acceder en Internet ofreciendo todo tipo de protectores bucales. Vamos, ¡hasta correos me enviaron! A nadie le extraña, por otro lado, que si uno emprende la búsqueda de un producto o servicio vía la misma herramienta, de inmediato empiece a recibir publicidad atosigante del bien requerido proveniente de los más disímbolos proveedores, pero de aquí a que se viole la intimidad de mis correos electrónicos enviados a unas cuantas decenas de personas conteniendo artículos donde describo los avatares de mi existencia o, peor aún, se tenga acceso a los archivos personales de mi computadora para averiguar las miserias de mi vida, suena ya más cabrón.

Digo, también podrían haber accedido a mi blog (blograulgutierrezym.blogspot.com), donde también incluyo los artículos enviados al privilegiado grupo de personas arriba mencionado, aunque sinceramente lo veo más difícil, ya que mi sitio es el lugar ideal para cometer el crimen perfecto, pues al no ser consultado por nadie en el mundo, resulta óptimo para esconder el cuerpo del delito. Así que es posible, pero poco probable, que los hostigadores hayan dado conmigo por este medio. Sin embargo, quién quita.

Sea como fuere, lo que resulta de verdad aterrorizante es que se tenga ya forma de saber acerca de lo más íntimo de nuestras personas sin que nadie haya dado permiso para ello, y si no, pregúntenle a GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple). Increíble, el acrónimo ya ni siquiera incluye a Microsoft, compañía a la que seguramente han de considerar obsoleta y fuera de moda, como ocurrió con el Gigante Azul, IBM, en remotos tiempos.

Nunca resultó más actual que hoy el segundo postulado de George Orwell en su profética y sublime novela 1984 (1949): la libertad es la esclavitud. Y no sólo en el caso de GAFA, pues qué me dicen de la tristemente famosa Cambridge Analytica (CA), que hace pocos años protagonizó el gran escándalo por el descubrimiento del manejo poco ético que hacía de la información personal recolectada a lo largo del tiempo de usuarios de Facebook, precisamente, y que CA alegaba que era sólo con propósitos académicos. Pero eso sí, los esclavos de esa red “social” sintiéndose más libres que nunca para decir cuanta pendejada se les ocurra sin saber que están siendo mercadeados en un moderno tianguis de esclavos.

For the sake of completeness, como dicen los gringos, enunciemos los otros dos postulados de Orwell en su portentosa novela. El primero reza: la guerra es la paz, que ni mandado a hacer para el insufrible Felipe Calderón, ¿no es cierto? Y el último, el tercero: la ignorancia es la fuerza, ¿cómo lo ven aplicado al miserable que, todavía, gobierna en Estados Unidos y que ha hecho de otra red, Twitter, algo deleznable y vomitivo? Increíble el poder premonitorio de nuestro verdadero héroe, Orwell, que escribió su novela hace 71 años, cuando yo nacía.

En fin, nada más quería llamar su atención sobre cómo un inocente y confidencial correo electrónico y la posterior publicación del artículo correspondiente en un blog personal desató una oleada comercial ofreciendo productos para el alivio de mi sufrida dentadura, en Internet y en mi correo electrónico.

Puritita nostalgia de tiempos idos.

jueves, 29 de octubre de 2020

Me dio fiebre carbonosa

A algunos contemporáneos míos y con gustos similares que yo, les dio por celebrar su primer medio siglo de existencia corriendo ¡50 kilómetros!, y nos invitaban a quienes no habíamos alcanzado dicha meta a que nos les uniéramos, aunque sólo fuera un tramo de la ruta. Yo los acompañaba durante 10 o 20 de esos kilómetros, pues nunca he cubierto una distancia mayor a un maratón.

Sin embargo, me incliné también por lo simbólico y a partir de esos primeros diez lustros  de vida empecé por correr 50, pero no kilómetros, sino minutos, que iría incrementando con el paso del tiempo a razón de uno por año. Iba a ser muy difícil que el cronómetro marcara exactamente ese número de minutos; no obstante, oprimiría el botón de stop tan pronto apareciera el 50 en el reloj. Para mi sorpresa y regocijo, ese 22 de octubre de 1999, en el parque Naucalli de la zona conurbada de la Ciudad de México, el adminículo marcaba ¡50:00.50, cincuenta minutos, cero segundos y cincuenta centésimas! Quedé anonadado y lo interpreté como un buen augurio.

Y así seguí, hasta que se llegó el 22 de octubre de 2020, fecha de mi 71 aniversario, en el que me correspondía trotar ese mismo número de minutos. Para variar un poco la ruta a la que estoy acostumbrado en el Parque Metropolitano de la presa El Palote de mi querido León, Guanajuato, empecé a correr por la cortina de la presa, terreno un tanto pedregoso. Y hete aquí que cuando aún no cubría ni un par de kilómetros del trayecto, me trompiqué con algo y perdí el equilibrio, pero cuando quise meter las manos para no irme de bruces, tropecé de nuevo con alguna otra piedra, y con la inercia que llevaba y las manos lejos de mí, fui a barrer con la quijada cuanta tierra encontré bajo mi rostro. Me incorporé de inmediato para que nadie me viera, escupiendo profusamente sangre por la boca, pues los dos incisivos inferiores por poco perforan mi labio de lado a lado. Cualquiera que se hubiera percatado del incidente, de inmediato habría ocurrido a auxiliar a un pinche anciano en tal trance. Seguí trotando, como si nada, para alcanzar el objetivo trazado. Conforme avanzaba, muchos de los que corrían en sentido contrario al mío, me miraban con rostro extrañado. Yo sentía con la lengua los dientes de abajo fuera de su posición, pero aun así, continué. Una vez completados los 71 minutos, me encaminé, preocupado y presto, al coche en el estacionamiento del parque. Los malditos dientes seguían fuera de su lugar.

Cuando llegué a la casa -su casa, como dicen los pueblerinos-, la imagen que me devolvía el espejo era penosa (ver foto adjunta), más aún cuando observé los incisivos fuera de su posición, mismos que, con un movimiento firme del índice de mi mano derecha, volví a su posición original, lo cual me ahorró la ida al dentista. Ahora sólo espero a que vuelvan a fortalecerse como para estar en condiciones de morder una manzana nuevamente, cosa que no creo que ocurra durante las próximas varias semanas.

Por eso digo que me di fiero cabronazo, ¿o cómo era?

lunes, 26 de octubre de 2020

Caterva de imbéciles

Hace unos días, a raíz del anuncio del colectivo Sí por México, López Obrador atacó casi de inmediato la similitud, dijo, entre su logotipo y el del despreciable dictador Augusto Pinochet Hiriart, Sí Pinochet, cuando el siglo pasado lanzara un referendo para que el pueblo decidiera si quería seguir con su dictadura o no. Todos sabemos el abrumador rechazo que obtuvo el tirano en aquellos lejanos tiempos, pero eso es lo de menos. Lo de más es la profunda abyección del gobierno que padecemos desde hace un par de años. A eso dedican su tiempo los cortesanos del régimen: a servir a su Señor.

Es repugnante imaginar la labor de Jesús Ramírez Cuevas, vocero de la Presidencia, metido en cuerpo y alma en asunto tan baladí sólo para satisfacer a su jefe y darle armas para que ataque de la manera más vil a un colectivo que busca –quiero imaginar- ser un contrapeso de su autoritario mandato. Pero, además, le elabora láminas y presentaciones para que López Obrador se “luzca” perdiendo el tiempo en tan peregrinas estupideces. El Presidente le da órdenes para que muestre tal o cual chart de asuntos tan críticos para la nación, le pide que le pase un micrófono de mano para que él pueda acercarse a la pantalla y lo tiene, en fin, como un tramoyista de tercera (eso parece) más que como un digno Coordinador General de Comunicación Social y Vocero del Gobierno de la República.

En semejantes idioteces se gastan nuestros dineros, pues el de Ramírez, por supuesto, no es el único caso: ahí tienen a Irma Eréndira Sandoval Ballesteros emitiendo exoneraciones y hasta auto exoneraciones a modo para satisfacer al tiranuelo, él sí émulo de don Pinochet. Del avión del propio Amlo, los quesos de Sheffield, las “estadísticas” de López-Gatell, los detentes de YSQ, la BOA de la Sonora Santanera y un largo etcétera sería cansino seguir hablando, ya otros muchísimo más calificados que yo lo han hecho con más sapiencia e incluso humor.

Un día típico de nuestro inefable personaje ha de ser la consabida desmañanada, entre cuatro y cinco de la madrugada, para su reunión de seguridad a las seis y su conferencia de “prensa” diaria de siete a nueve o diez. De ahí, a desayunar, tomar la siesta, a jugar beisbol en CU, en la tardecita, y regreso a Palacio para reuniones con sus lacayos, que ya para entonces habrán reunido grandes cantidades de de información útil, como la de Ramírez, que el Preciso nos recetará en cadena nacional al día siguiente, aderezada con sus consabidas mentiras, calumnias, rencores e insultos. Y a las ocho de la noche, o a más tardar las nueve, a ponerse el mameluco (pareciera que le hablo a la piyama) y vuelta a empezar.  

Pero lo que sí definitivamente preocupa, insisto, es que toda esta runfla de imbéciles se la pasen perdiendo el tiempo de forma tal, en vez de ponerse a gobernar.

¡Pobre México! Como diría aquel famoso periodista, me dan ganas de apapacharlo.

martes, 20 de octubre de 2020

Un siglo

 A mi padre, a trece años de su muerte y cien de su nacimiento.

Mi padre, Nicolás Gutiérrez Gil (Nick para los gringos), ese personaje de quien tanto he hablado en mis escritos, cumplió trece años de fallecido el 20 de octubre, y el 26 del próximo mes de noviembre se cumple un siglo de su nacimiento. Como he dicho hasta la saciedad, trabajó por más de cinco lustros en el turismo, conduciendo él personalmente su propio auto y trasladando a los turistas a todo lo largo y ancho del territorio nacional. A pesar de ello, casi nunca tuvo un percance serio más que en dos ocasiones. Una vez, regresando ya de madrugada a la casa, después de dejar al pasaje en su hotel tras un largo viaje de vuelta del interior de la república, un borracho lo embistió en Melchor Ocampo y Parque Vía, en plena Ciudad de México. El impacto hizo que su cabeza rebotara contra el espejo retrovisor, lo que le provocó una impresionante herida en la sien derecha y un colgajo de piel que mi padre se hubiera arrancado si un camillero no llega y se lo impide con una orden terminante, indicándole que el trozo de carne le sería re injertado y que de ello no quedaría más que una inocua cicatriz.

Y la otra, al cruzársele una no tan inocua vaca en la carretera sobre una superficie gravosa que provocó que su auto volcara al momento de frenar, con todo y acompañantes. Todos vivieron para contarlo, pero don Nicolás fue el más afectado, con varias costillas rotas y algunas semanas de convalecencia en cama ya en casa. Todavía recuerdo cómo le removían las gruesas cintas adhesivas con que le envolvían el tórax y la sangre que le brotaba durante procedimiento tan salvaje.

Sin embargo, lo que más recordaba don Nico en este mismo tenor fue cuando regresaba de un viaje por un territorio de altas cumbres con un matrimonio maduro de americanos en la parte posterior del carro. Se habían detenido a comer en el camino para no hacer el trayecto tan cansado. La decisión resultó contraproducente, y mi padre sabía que corría ese riesgo.

Regresaron al coche y reanudaron la marcha, pero en el camino, mi padre fue sintiendo el efecto que precisamente había querido evitar. Los ojos se le cerraban de sueño y hubiera querido detenerse no a mascar un chicle ni a tomar un café, sino a tenderse cuan largo era sobre el pavimento y quedarse profundamente dormido. No obstante, continuó adelante, hasta que un grito desaforado de la dama que transportaba le rompió los tímpanos, despertándolo:

- Watch out, Nick!!! What are you doing?! –cuando mi progenitor se encaminaba al desfiladero.

Mi padre dio un volantazo lo más suave que pudo hacia su izquierda, totalmente espabilado, pero, más que nada, absolutamente avergonzado. Cómo justificar ante los gringos su total incompetencia e irresponsabilidad al haberlos expuesto así a una muerte segura. Con la cara quemándosele de la pena, se atrevió a mirar por el espejo retrovisor para intentar una excusa imposible, pero ¡los gringos iban completamente dormidos! Mi padre no daba crédito, tuvo que voltear para cerciorarse de que el espejo no lo estaba engañando ni le había devuelto una imagen parcial, pero no, ambos estaban sumidos en un sueño profundo. ¡Pero si fueron los gritos de la mujer lo que yo escuché, no me los imaginé!, se repetía sin salir de su azoro.

Todas las anécdotas que relato sobre él las platicaba mi padre en tiempo real, es decir, recién le habían acontecido, pero sobre todo, a partir de que estuvo postrado en el lecho que sería el de su muerte, cuadripléjico, nueve años antes de que ésta llegara. Y lo hacía una y otra vez, como todo buen anciano que se precie de serlo, y yo no me cansaba de escucharlo, como si fueran primicias las que me estuviera revelando.

Vaya esto como justo homenaje a tu memoria, amantísimo Padre, que acompaño de la foto donde apareces, tras bambalinas, de lentes, justo antes de hacerla de intérprete entre los presidentes de México y Estados Unidos, Gustavo Díaz Ordaz y Lyndon B. Johnson, en Los Pinos, en 1968. ¡Una más de tus hazañas!

sábado, 17 de octubre de 2020

Robo de señales

Con cariño, para las nuevas suscriptoras de este servicio: Adri, Betty, Clau, Hilda, Lila y Mary Tere.

A finales de la década de los 70 del siglo pasado, asesoraba en el desarrollo de su primer sistema en línea, junto con otro compañero, a Banca Serfin (hoy Banco Santander), cuyo corporativo se encontraba en la ciudad de Monterrey, Nuevo León. Aunque su parte operativa se concentraba básicamente en la Ciudad de México, hubo la necesidad de trasladarse a la Sultana del Norte algunas ocasiones, pues allá se encontraba buena parte de su planta de analistas, diseñadores y programadores de sistemas, que muchas más veces tuvo que hacer el viaje en sentido inverso.

En uno de esos viajes que nos tocó hacer al norte, nos hospedamos en el hotel Ancira. Una mañana bajé a desayunar al restaurante del hotel y cuando salí, mi colega ya me esperaba en una acogedora sala, atiborrada, en la recepción del inmueble. No perdí tiempo y me encaminé directamente a los elevadores, desde donde le hice señas a mi compañero de que regresaría tan pronto hubiera tomado mis pertenencias. De repente, vi que una atractiva dama entraba corriendo al ascensor, casi al límite de su capacidad, sin oprimir ningún botón. Al llegar a mi piso, como viera que nadie más bajaría ahí, me dispuse a salir el primero. No obstante, alguien más salió después de mí y no me preocupé por averiguar quién. Recorrí el largo pasillo y me introduje en el cuarto, donde, después de lavarme los dientes, me dispuse a tomar mi portafolio, pero en eso, alguien llamó a la puerta.

Creyéndolo mi compañero, me acerqué a abrirle la puerta, no sin antes, por precaución, asomarme por la mirilla. ¡Era la mujer que había subido atropelladamente al elevador! ¿Y ahora?, me pregunté, al tiempo que descorría el cerrojo. Cuando la tuve enfrente, me saludó e inquirió sin más: “Hola, ¿me invitas a pasar?”. Para entonces ya mi ritmo cardiaco se había acelerado por arriba de lo normal. “Sí, adelante”, respondí estúpidamente, como autómata. La muchacha, partiendo plaza, fue y se sentó en la orilla de la cama, desde donde comenzó el siguiente diálogo:

- ¿Me regalas un cigarro? –se autoinvitó.

- No fu… fu… mo – le respondí verdaderamente aterrorizado.

- ¿Me lo podrías encender, por lo menos? –preguntó ella, extrayendo de su bolso una cajetilla y unos cerillos.

- Sí, cla… cla… ro, -asentí yo con manos temblorosas y fallando a la primera.

- ¿Y qué te haces? –ella, arrojando humo por boca y nariz.

- Pues mi… mi… ra, ahorita a las diez, tengo una cita con un cliente, pe… pe… ro, dentro de doce horas podríamos aprovechar para dar un paseo, ¿qué… qué… te parece?

- Me parece muy bien, entonces en la noche vengo por ti, adiós -me aseguró, levantándose para irse.

- Hasta luego –me despedí, recobrando paulatinamente la compostura.

Después de una jornada laboral intensa en Serfin, por la noche, como a eso de las 21:30, tomé el teléfono y marqué al cuarto de mi colega: “Oye, ¿y si nos vamos a echar un cabrito a la Macroplaza?, no vaya a ser que esta dama en verdad cumpla sus amenazas y se apersone aquí a las diez. Muerto de risa, me respondió: “¡Qué güey eres!, pero como quieras, pasa por mí, aquí te espero”.

Y así fue como un año más preservé mi virginidad, a los tiernos 29.

miércoles, 14 de octubre de 2020

¿Señor Montero?

El día de hoy fui a correr al Parque Metropolitano. De repente, alguien que venía detrás de mí se me emparejó y tomó mi paso, más lento, a la derecha, preguntándome a bocajarro: “¿Señor Montero?”. Sorprendido de que alguien me reconociera viniendo desde atrás, atónito respondí: “Para servirle”. Y el diálogo continuó:

- ¿Por qué ya no escribe en el periódico? Yo lo leía todos los domingos y sus artículos me parecían muy interesantes y entretenidos –me dijo.

- Le agradezco su gentileza. Lo que pasa es que hubo un intento de censura al cual yo me opuse rotundamente y la relación que hasta entonces había mantenido con el diario se dañó irreversiblemente. Pero no lo detengo, usted llevaba un paso más veloz que el mío, ¡adelante! –le respondí.

- No, no se preocupe, me voy con usted. Ha de haber sido por sus ataques a Diego Sinhue, ¿verdad? –continuó mi acompañante.

- Pues fíjese usted que no, fue un artículo contra Sheffied el que no les pareció. Me dijeron que para poder publicarlo tenía que eliminar todos los insultos contra el procurador federal del consumidor, y lo único que hacía era llamarle sinvergüenza, cosa con la que hasta Sheffield yo creo que está de acuerdo. No, no parece que les tengan temor a las autoridades estatales, pero me da la impresión de que a las federales les tienen pavor –expliqué yo.

- Fíjese que hasta tentado estuve de enviar un mensaje o comunicarme telefónicamente con los editores del periódico para manifestar mi extrañeza y queja por su intempestiva ausencia –se lamentó él.

- ¡Qué bueno que no lo hizo!, hubieran sido capaces hasta de cancelarle su suscripción, pero no se preocupe, ya que yo no he dejado de escribir, sólo que ahora no para una audiencia tan amplia, sino únicamente para quienes siempre han sido recipiendarios de mis artículos como una primicia, antes de que aparecieran publicados en el diario. Ha sido un verdadero alivio, pues ahora escribo más seguido, sin censura de ningún tipo ni presiones de otra índole. Si usted me da su correo electrónico, lo memorizo y le prometo que desde la próxima queda incluido en tan selecto grupo –me adorné.

- ¡Hombre!, se lo agradezco mucho, encantado de conocerlo personalmente, mi correo es… -se cibernetizó mi nuevo amigo.

- El gusto es mío, pero corra, corra, usted va mucho más aprisa que yo – me despedí.

Increíble, casi cuatro meses después de perder mi “empleo” y este individuo aún se acordaba de mí -por la foto que aparecía junto con el encabezado de mis artículos- y hasta de mi segundo apellido, o apeído, como dicen los leoneses. Hay gente lista, no cabe duda.

Perdí al joven jogger a la distancia, pero queda permanentemente grabado su nombre en la lista de mis corresponsales.

¡Gracias por esta ayuda a la autoestima, querido amigo! 

martes, 13 de octubre de 2020

Repugnante y canalla, lo que mejor lo describe

Hubiera querido comentar el libro que acababa de leer, La condición humana, de André Malraux, pero cayó en mis manos la novela autobiográfica de la escritora, editora y cineasta francesa Vanessa Springora, El consentimiento (Lumen, 2020) -que devoré de un tirón en dos sentadas-, sobre un depredador sexual, el también escritor galo Gabriel Matzneff.

Al principio, me chocaba un tanto que V. -como se llama a sí misma en el libro la autora-, una adolescente de apenas 14 años de edad, contra los 50 de G. –como nombra a su contraparte-, se dejara seducir epistolarmente por éste, conocido de la madre, que en un inicio manifiesta su oposición rotunda a tal relación, pero ante la evidencia de los hechos no le queda de otra más que ceder e incluso empezar a recibir y departir con la pareja en la propia casa materna, de la que el padre ya ha huido, en un típico caso de disfuncionalidad familiar.

Me chocaba también enterarme de la aquiescencia de la niña a que el hombre le hiciera todo cuanto a este se le ocurriera, desde la práctica de la felación hasta follarla por donde no debía, para evitarle así los dolores de la ruptura de su himen, pasando por el horror que al pedófilo le provocaban las ronchas que a la joven le salían en razón de una alergia cutánea. No obstante, ella se enamoró sinceramente del ya para entonces famoso escritor, a pesar de sus sospechadas infidelidades y de las felonías asentadas en sus obras, como la de pagar a un miserable niño filipino de once años de edad para que se dejara fornicar, entre muchas otras.

Me chocaba, en fin, estar leyendo a una respetable dama de 48 años de edad hoy en día, felizmente casada y con un hijo, y enterarme de cuestiones estrictamente del ámbito personal e íntimo y en las que ella había participado de manera tan activa y aparentemente sin rubor alguno. Estaba, pues, revictimizando a la víctima.

Porque qué responsabilidad podría tener, en todo caso, una criatura de 14 años de edad frente a un buitre cincuentón que no tardó en mostrarle el cobre más auténtico del que su alma estaba hecha. Llegó el día en que el patán se inventó un viaje fuera de la ciudad, dejándole a V. tanto las llaves de su estudio como las de la habitación del hotel donde solían vivir, pero hete aquí que Vanessa lo sorprendió al otro lado de una calle que no acostumbraban visitar, de espaldas y muy cogido de la mano de otra colegiala igual que ella.

V. entró en shock y emprendió la huida sin que el otro se hubiera percatado y anduvo vagando por los barrios de París hasta que se decidió a ir a la casa de un filósofo amigo de Gabriel, ¡Emil Cioran!, a refugiarse y a plantearle sus inquietudes, si la ocasión se presentaba. Y esta se presentó. Cioran le dijo a su “protegida” algo así como que el arte estaba por encima de cualquier otra consideración, que G. era un gran escritor y que así sería reconocido en el futuro, “o tal vez nunca lo sea, ¿verdad?, pero tienes que volver con él”. A todo lo anterior, la esposa de Cioran, que fue quien le abrió la puerta a V., asentía con condescendencia moviendo la cabeza afirmativamente.

Todo lo anterior le abrió los ojos a Vanessa, fue enterándose poco a poco de cómo el despreciable literato se jactaba de todas sus bajezas en sus libros y en sus diarios íntimos, dentro de los cuales, por supuesto, ella ocupaba un lugar preponderante, aunque no único.

El tipo hasta se dio maña para abrir un sitio web por interpósita persona en el sudeste asiático y en el que aparecían fotos de Vanessa a sus 14 años de edad. Los abogados le recomendaron a V. que no perdiera grandes cantidades de dinero y tiempo intentando algo contra G., pues el anonimato, las leyes laxas de aquellos lares y la carencia de copias de las fotos que Matzneff había publicado en su sitio web, hacían de ello una guerra imposible de ganar.

No en balde exclama Vanessa que sólo los literatos y los curas la libran con éxito en estos menesteres. La foto que incluyo con este trabajo es de Matzneff con otra de sus víctimas (Francesca Gee) en los Jardines de Luxemburgo, París, en 1973 -cuando V. tenía sólo un año de edad y G. 37-, y quien también lo denunció públicamente.

No obstante, Matzneff encara a la justicia francesa a pesar de su avanzada edad (84 años), como si fuera un vil criminal de guerra nazi. ¡Qué bueno! 

viernes, 9 de octubre de 2020

Child abuser

Pero no todo era pesar en UCLA, ni mucho menos, pues me tocó de Host Family una pareja joven, Mr. And Mrs. Ashburn, con tres preciosas nenas, Leslie, Allison y Stacy, de cinco, tres y un años de edad, respectivamente, auténticos querubines de visita en la Tierra. Con esta familia tuve oportunidad de convivir muchísimo más, a tal grado que cuando la señora y las hijas iban por mí a la universidad para salir de paseo, las niñas se abalanzaban sobre mí y se prendían de mis piernas como lapas, hasta la chiquita, que no podía ser menos que las hermanas. El marido, administrador de un exclusivo club para ricos en Bel Air, nunca salía con nosotros, pero tuve la oportunidad de convivir con él cuando me fui a hospedar a su casa y cuando me invitó, junto con su familia, a departir con ellos en las instalaciones del refinado club, con balneario y toda la cosa. Un auténtico paraíso.

Las niñas eran verdaderamente encantadoras, especialmente la pequeña, que apenas daba sus primeros pasos y que cuando, por lo mismo, caía de nalguitas al piso, exclamaba muy circunspecta: “Ooops!”, a pesar de su tierna edad, provocando la hilaridad de la madre y mi admiración por el fluido manejo del idioma del angelito.

A las más grandes les gustaban ya emociones más fuertes. Así, a Allison, la de en medio, la agarraba yo de sus dos manecitas y la hacía girar como en un volantín de feria, representando ella la fuerza centrífuga y yo la centrípeta, y asiéndola firmemente para que no fuera a darse un madrazo. Esta actividad no la podía llevar a cabo con ninguna de las otras dos, pues como en todo juego de feria que se respete, quedaban fuera del rango de edad permitido: ni tan grandotas ni tan chiquitas.

Un día que fueron a recogerme al campus, no fui consciente, sino hasta después de los abrazos, que Allison llevaba su bracito izquierdo en cabestrillo, para que, acto seguido, Leslie me espetara a la cara: “¡Le zafaste el brazo a mi hermana!”. “¡Ya, Leslie, ya! –la atajó la madre-, no lo hizo a propósito, fue un accidente, estaban jugando”. Cómo me habré puesto yo que en seguida la madre, toda apenada, me dijo que no me preocupara, que no era nada serio. Yo creo que el doctor le puso el cabestrillo a Allison para que la criatura no se sintiera tan libre y se expusiera a que volviera a ocurrirle lo mismo, pero sobre todo, para que al imbécil que le había dislocada su extremidad no se le ocurriera de nuevo violentar a un ser tan inocente. Me sentí como un child abuser.

De veras que resulta admirable que una dama con tres niñas chiquitas y, por lo mismo, con múltiples responsabilidades de madre, esposa y ama de casa, se comprometiera, además, para hacerla de anfitriona de un lagartón de 24 años de edad y mucho más problemático que sus pequeñas.

Comprenderán ustedes que lleve perennemente en el recuerdo y con el mayor agradecimiento a los Ashburn, sobre todo cuando me pongo a pensar que las criaturas de entonces rondarán ahora los 47, 49 y 51 años de edad.

Esto pone fin a la saga sobre mi remota vida en LA, no los perturbo más con el mismo tópico.