miércoles, 11 de mayo de 2022

Sharon Stone amaba a Octavio Paz

El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida.

La llama doble, Octavio Paz

Hace un par de años, Ángel Gilberto Adame, periodista y escritor, autor de dos libros sobre Octavio Paz, publicó un artículo en el que asienta que en 1996 el Paris Match le dedicó la portada y le realizó una entrevista a Sharon Stone (de 38 años entonces) en su época de mayor esplendor, y que cuando el reportero la inquirió sobre quiénes eran los hombres que amaba, ella respondió: Magic Johnson, el Dalái Lama, Octavio Paz (82 años), Gerard Depardieu y Jack Nicholson.

El año anterior, Stone intentó contactar al poeta para invitarlo a cenar, aprovechando que los dos se encontraban en Atlanta, ella filmando una película en Savannah y él en las Olimpiadas Culturales. Complicaciones de agenda hicieron imposible el encuentro, pero Paz se comprometió a enviarle unos libros autografiados, lo cual finalmente ocurrió por interpósita persona en la editorial Vuelta y sin la firma autógrafa del autor. Sharon le envió un último mensaje de agradecimiento a Paz por los libros, que obra en poder de Princeton. Pero más importante que éste es la declaración de la actriz al Match sobre don Octavio: “Me enciende el alma. Un amigo me dijo que debería dejar de hablar de él. Me veo como una estúpida estrella que quiere demostrar que ha madurado. Si lo conociera, podría enamorarme locamente. Cuando un hombre es así de excitante intelectualmente, te nutre sensualmente, independiente de su edad”, donde apareció también una foto del escritor con una provocativa nota: “He sets my main on fire”.

Según Christopher Domínguez Michael, cuando José Marie Tramini, esposa del poeta, fue inquirida sobre el panicular, respondió “que tras haber competido con sor Juana ya nada la arredraba”.

Adame afirma que los libros favoritos de Sharon Stone escritos por el poeta son La llama doble y Árbol adentro, que seguramente leyó en español, pues domina el idioma y estudió Artes y escritura creativa en la Universidad de Pensilvania.

Picado por el gusanillo, ni tardo ni perezoso, compré La Llama doble, un ensayo sobre el amor, ya que el otro es únicamente poesía, a la que no soy tan afecto. Lo hice no tanto para tomar ideas sobre cómo seducir a Sharon, después de todo tengo apenas 72 y ella hermosos 64, sino para descubrir el poder de seducción del escritor. Paz se adentra en los intríngulis del amor, pasando revista a todos los autores de la humanidad cuyas obras versan sobre esta pasión, así como sus héroes, y los filósofos y sociólogos que se han interesado sobre el particular. Y lo hace, como acostumbra el ensayista, con una erudición y sabiduría tan arrolladoras que termina uno, literalmente, deprimido, por el tiempo que se necesitaría para leer y estudiar todo lo que el poeta abarcó durante su vasta existencia.

Compara, por ejemplo, al amor con la amistad, sus rasgos comunes y sus diferencias, y concluye que el hombre, no la mujer, es más proclive a ella por razones culturales, por haber estado confinada ésta tradicionalmente a espacios más reducidos donde se dan con mayor facilidad los chismes, las envidias, los celos, las traiciones y los rencores.

También dice que uno de los golpes bajos que recibe nuestra noción del amor son la pornografía y el  excesivo comercialismo de nuestra época. Ojo, Paz terminó de escribir este libro en mayo de 1993 (¡hace casi treinta años, a los 79 de edad!), después de que en 1965 abandonara un primer intento por hacerlo, para retomarlo en marzo-abril de 1993 y terminarlo de un tirón los primeros días de mayo.

Uno de los pasajes más hermosos, ya casi al final, es cundo dice que el amor se transforma no en piedad sino en compasión, y para ello recuerda lo que Unamuno, ya viejo, afirmaba: “no siento nada cuando rozo las piernas de mi mujer pero me duelen las mías si a ella le duelen las suyas”, y sugiere que deberíamos reintroducir en nuestra lengua la palabra compathía, que es el término que mejor describe dicho sentimiento.

Con todo, me quedo con el penúltimo capítulo, el más extenso del libro, una digresión que pareciera no tener mucho que ver con el contenido general de la obra, pero en el que el autor se empeña en decir lo contrario. Aun así, fascinante. Resulta premonitorio de lo que Yuval Noah Harari escribiría más de dos década después. Si fuera malpensado, hasta plagio pudiera aducir de parte de éste. Para que tengan una idea de los tópicos que Paz se “atreve” a tocar en dicho capítulo, les recomiendo: http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2021/08/singularidades.html .

¡Carajo, cómo no va una (lenguaje inclusivo) a enamorarse así de Octavio Paz!

lunes, 25 de abril de 2022

A propósito de naderías

Hace más de medio siglo solía ir con mi primo Lorenzo, cinco años mayor que yo, a presenciar los partidos de la Liga Mayor de futbol americano colegial, conformada por Chapingo, Poli Blanco, Poli Guinda y Universidad, a una sede alterna al Estadio Olímpico, el mal llamado Estadio de la Ciudad de los Deportes, que décadas después terminó llamándose Azul por ser la sede de un equipo de soccer de cuyo nombre no quiero acordarme. El cerrojazo de la temporada lo constituía el encuentro entre los Pumas de la Universidad y una selección del Poli conformada por los mejores jugadores del Guinda y el Blanco. Como buenos fanáticos de los auriazules, nos aposentamos en la tribuna destinada a los universitarios en un estadio lleno a su máxima capacidad, la mitad de la cual correspondía a los politécnicos, justo enfrente de nosotros.

Como era el final de la temporada, al medio tiempo se acostumbraba despedir a los jugadores que habían completado su “elegibilidad”, es decir, a quienes habían cumplido cuatro años seguidos de jugar en los emparrillados. Ambos grupos de jugadores, frente a su propia tribuna, eran objeto del homenaje de los aficionados que no cesaban de corear sus nombres y lanzar estentóreos Huelums y Goyas, según fueras politécnico o universitario.

Pero ocurrió lo insólito, la tribuna universitaria comenzó a llamar hacia sí a los jugadores del Poli que se despedían. Temiendo los insultos y las invectivas de los que éstos serían víctimas, sus fanáticos no paraban de increparnos y hacían lo indecible para impedir que sus ídolos se aproximaran a nuestra tribuna. Los jugadores politécnicos, desconcertados y temerosos, cruzaron el terreno de juego, incursionaron en territorio enemigo y permanecieron inmóviles ante nosotros. Mientras a lo lejos su tribuna intentaba acallarnos con un estruendo ensordecedor, de repente, para sorpresa de todos, Lorenzo y yo incluidos, estábamos ya coreando un estentóreo ¡Huélum! en honor de los rivales que se iban. La reacción de la tribuna opositora fue dramática: un silencio sepulcral que calaba el alma, seguida de una ovación cerrada ante el noble gesto universitario. Y así continuamos, con otros tres o cuatro Huelums más gritados a todo pulmón.

Pero ahí no paró la cosa, pues los politécnicos llamaron a los nuestros y, una vez que los tuvieron cerca, su tribuna no cesó de corear Goya tras Goya hasta completar no menos de diez, me cae, tan agradecidos estaban de nuestro espontáneo actuar. Yo no experimentaba más que un cosquillear en la piel, chinita y colorada, y sí, hasta alguna lágrima se me ha de haber escapado. ¡Qué bonito, carajo! Y de inmediato volvimos a lo nuestro, una vez que le hubimos agradecido a la porra del Poli, con silencios y ovaciones como ellos, esos diez Goyas: “¡Poli güey, clap, clap, clap… Poli güey, clap, clap, clap…!”.

Tal muestra de concordia en un ambiente de suyo tan hostil me sigue conmoviendo hasta la médula y haciéndolo evidente en mi piel. Obviamente, salimos del estadio, todos, reconciliados con la vida, disfrutando de la victoria y dejando atrás la derrota.

Todos habíamos triunfado en un ambiente lleno de pasión pero, sobre todo, de civilidad.

jueves, 14 de abril de 2022

Al este del Edén

Caín, alejándose de la presencia del Señor, habitó la región del Nod, al este del Edén.

Conocí a Calbert y Aaron (Cal y Aron, de cariño), mellizos no idénticos, desde que nacieron, y aun antes quizá: desde su concepción. Hijos de Adam Trask quien, junto con su hermano menor Charles, era originario de Connecticut. Estos, a su vez, eran vástagos de un severo padre que desempeñó oficios administrativos dentro del ejército que le granjearon el respeto y reconocimiento incluso del Presidente. En fin, Adam, aunque mayor que Charles, era completamente dominado y maltratado por su medio hermano. Esta falta de carácter movió tal vez al padre a enrolar a su hijo en el ejército, donde Adam sospechaba que su progenitor malversaba fondos de las fuerzas armadas. Sea de ello lo que fuere, al morir éste les legó a los hijos una gran fortuna: más de cien mil dólares de aquellos de principios del siglo pasado. Siguiendo con sus ideas, Adam insistía en que debían restituir al Estado ese dinero “mal habido”.

Por otro lado, Cathy Ames, una muchachita malévola que desde pequeña dio muestras de una gran perversidad, siendo quizá la culpable del incendio de la casa paterna que provocó la muerte de sus padres, en su descarrío llegó malherida a casa de los Trask. Obviamente, Charles quería deshacerse de ella de inmediato, todo lo contrario de Adam que quedó prendado de ella y con quien casó a espaldas del hermano. Ya entonces tenía el referido Adam la idea de mudarse a California y hacerla en grande por aquellos lares, pues sus escrúpulos con respecto al dinero que les heredó el padre disminuyeron y él siempre había acariciado ese sueño. Seguía cuidando de Cathy como el que más antes de emprender el viaje al oeste. La mujer, tratando de dominar la abierta hostilidad del hermano hacia su persona, hizo que Adam ingiriera los somníferos destinados a ella para poder apersonarse en la alcoba de Charles, quien, sorprendido por su presencia, trató de echarla de su cuarto con la grosería que acostumbraba hacia Cathy, pero ésta se arrimó a su cama, le dijo que se hiciera a un lado y dieron rienda suelta a su lujuria, con la abierta complacencia de Charles, que muy pronto quedaría al este del Edén.

Finalmente, Adam y Cathy emprendieron la marcha, con el desagrado total de ésta, pues, a diferencia de Adam, no era esa la vida que ella imaginaba para sí, advirtiéndole que en cualquier momento lo abandonaría. Su marido tomó a la ligera estas amenazas y comenzó a dar forma a sus sueños en Salinas, que fue el valle al que se mudaron en California, auxiliado por un lugareño, Samuel Hamilton, de origen irlandés mudado al lugar mucho antes que ellos. Poco después, Cathy se puso muy mal, y el médico, que pidió estar a solas con ella, le advirtió que eso que había intentado hacer era abominable, que el aborto era el peor pecado del mundo.

Adam, ajeno a todo esto, de lo único que se enteró cuando el doctor estuvo con él fue que su esposa estaba embarazada, y no paró de dar rienda suelta a su alegría, que lo afianzaba en sus planes de una vida prospera y feliz. Nada más alejado de la realidad, ya que su esposa estuvo a punto de asesinarlo de un escopetazo que le destruyó el hombro, y después de dar a luz a un par de mellizos, huyó de la casa para ejercer formalmente la prostitución, para lo que trocó su nombre por Kate.

Los mellizos fueron traídos al mundo por quien fue su ayo toda la vida, Lee, un chino modelo de sabiduría como pocos, pero a Adam nadie lo sacaba de su profunda depresión tras el abandono de Kate, cuyo paradero era desconocido para todos. Samuel Hamilton y su esposa Liza trataban de que el pusilánime reaccionara de cualquier forma, hasta con una tremenda golpiza que a propósito de nada propinó el viejo Samuel a éste. Pasado cierto tiempo, Hamilton le recriminó a Adam que ni siquiera había bautizado a los chicos, y un buen día llegó con una vieja biblia de Liza y de ella seleccionaron los nombres de Calbert y Aaron para los mellizos, tan disímbolos entre ellos como sus nombres: Aron era un niño hermoso, tranquilo y sensible, todo lo contrario de Cal, cetrino, nervioso y malo, según él mismo. Conocieron por casualidad a una niña, Abra, cuya familia tuvo que hacer una parada de emergencia en casa de los Trask, y desde entonces, siendo todos unos escuincles, ésta se volvió novia de Aron, por supuesto.

Los niños, ya no tan niños, inquirían con frecuencia al padre por su madre, quien les aseguraba que había muerto y estaba sepultada no cerca de ahí. Sin embargo, poco a poco fueron descubriendo la verdad y que Kate trabajaba en un prostíbulo donde se había vuelto la favorita de la dueña, a la que envenenó tiempo después de que ésta le heredara todos sus haberes. Los tres, Adam, Cal y Aron, tuvieron oportunidad de confrontarla en no muy buenos términos, excepto Aron, del que Kate quedó prendada por su hermosura. Poco antes, Charles, de quien habían perdido el rastro, murió y dejó una considerable fortuna a partes iguales para Adam y su esposa, ajeno aquel al rumbo que habían tomado los acontecimientos. Cuando Adam tuvo oportunidad de visitar a su todavía esposa en el prostíbulo, la pérfida le dijo que las criaturas probablemente ni siquiera hijos de él eran y lo del testamento del cuñado lo atribuyó a una burda estratagema con la que ignoraba qué era lo que Adam pretendía. La visita de Cal fue igualmente desafortunada, y la de Aron, llevado por Cal en desquite por el poco amor que su padre sentía por él a diferencia de Aron, ya vimos el efecto que causó a Kate, al grado que poco antes de suicidarse, hastiada de su vida y de su artritis, garrapateó en una hoja de papel que le heredaba todo a su angelical crío.

Sin embargo, el trauma para el pobre Aron fue tal que abandonó todo, novia, estudios universitarios y familia, y se enroló en el ejército mintiendo sobre su edad, pues apenas tenía diecisiete y se requerían dieciocho, y murió en el frente. Esto provocó al padre una pena infinita y cayó en cama víctima de un derrame cerebral que apenas le permitía darse a entender. Cuando Cal acudió ante él presa de un profundo remordimiento a confesar su culpa -que ya también había confesado a Abra diciéndole que era malo, a lo que ésta le respondió que por eso ella lo amaba-, el padre le respondió con mucha dificultad y después de un intento fallido: ¡Timshel!, cuya primera acepción tú dominarás (sobre el pecado), se transforma en hebreo a tú podrás, que deja abierta igualmente la posibilidad a tú no podrás, y con ello, incólume, el bien supremo del hombre: su libertad.

¡Hermosísima novela de John Steinbeck! Por cierto, hijo de Oliva, hija, a su vez, de Samuel Hamilton. 

sábado, 9 de abril de 2022

En busca de sentido

Desde tiempo inmemorial había oído yo hablar del libro El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, sin entrar en mayores detalles y sin averiguar más allá del título y de la trama general de la obra: la experiencia de un recluso en los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Temía yo el clásico drama desgarrador y estremecedor que conduce al llanto fácil o bien el típico texto de autoayuda que desemboca en otro tipo de llanto: el de la revulsión clínica que generalmente provocan este tipo de escritos.

Pues ni lo uno ni lo otro, y quizá sea este el principal mérito de la obra: ni se le admira por habernos hecho sufrir ni se le desprecia por huera y predecible. O tal vez esto se deba a que más bien sea yo el hombre en busca del sinsentido, en cuyo caso, resulta difícil encontrárselo a maldita la cosa.

No obstante, sería difícil no estar de acuerdo en que mientras el psicoanálisis lo reduce casi todo a nuestras pulsiones sexuales, a lo mejor sería necesario escarbarle a cosas más down to the Earth, como la culminación de la obra inconclusa o el amor por los seres queridos. No en balde, Frankl es el inventor de la logoterapia, que se basa en la búsqueda de sentido a la existencia humana. Y precisamente Viktor, médico, vivió ese tipo de carencias durante su reclusión: por un lado, lejos de su queridísma esposa, cautiva en otro campo, no lejano geográficamente, pero tan inalcanzable como la luna prácticamente, y, por el otro, con la obra científica de su vida, celosamente guardada bajo sus harapos, finalmente destruida y hecha cenizas por sus verdugos, pero que lo llevó a rehacerla y a escribir prolíficamente tras la liberación. Es decir, Frankl cultivó una serie de valores morales que consideraba también prioritarios en la alternativa a las psicoterapias de Freud y Adler. Los tres, considerados los maestros de sus respectivas escuelas en la psicoterapia vienesa.

A fuer de honestidad, quizá me quedé con las ganas de leer un instructivo de cómo ser feliz, a la manera de los textos por los que tanto desprecio manifiesto en el primer párrafo, pero me quedo con lo que Frankl recomienda en su libro, aunque cada día me resulte más difícil encontrarle sentido a la maldita existencia.

viernes, 8 de abril de 2022

Nobleza obliga

Con cierta frecuencia contacto al director general (CEO) de BBVA, Ing. Eduardo Osuna Osuna, para reclamar presuntas irregularidades en el manejo de mis cuentas, por lo que no es de extrañar que lo tenga en la lista de distribución de estos artículos. La ocasión más reciente, anteayer, lo hice en los siguientes términos:

Asunto: Voraz banca española

Sr. Osuna,

Se nos acaba de hacer un cargo improcedente por "baja facturación" en ventas a crédito (número de afiliación xxxxxxx), pues en más de catorce años nunca hemos estado por debajo del límite requerido (25 mil pesos), a no ser que éste se haya incrementado, en cuyo caso, jamás se nos informó.

A este paso, dentro de un año nos estarán cobrando anualidad para conmemorar este atraco.

Raúl Gutiérrez y Montero

Que él respondió, con guante blanco, hoy:

Sr. Gutiérrez, siempre leo todos sus correos, me encanta lo que escribe, la excelente redacción y la cultura con que lo hace, sin embargo, no me gustan los que se queja de algún servicio del banco porque siempre califica a la institución de manera despectiva: “voraz banca española”, “atraco”, etc., sin duda tenemos fallas y me encanta cuando tengo la oportunidad de verlas de primera mano y resolverlas, pero estoy absolutamente seguro que no nos merecemos esos calificativos.

Somos una empresa seria, comprometida con México, operada por mexicanos, que cumplimos toda la regulación local, que invierte más que en ningún otro país y que estamos apasionados en el servicio al cliente. Con gusto reviso su situación.

Saludos y felicidades por sus escritos, me encantan.

Y no me dejó más opción que contestarle con la cola entre las patas:

Estimado Eduardo,

 

Tiene usted razón, le ofrezco una disculpa por mi exabrupto y le agradezco la cachetada con guante blanco. No se volverá a repetir, prometo ser más diplomático con mis reclamos, por lo menos los relacionados con ustedes.

 

Un abrazo.

 

Raúl Gutiérrez y Montero

 

Al menos el señor Eduardo Osuna tuvo la delicadeza y sensibilidad de ser receptivo al reclamo airado de uno de sus clientes, lo cual es de agradecerse.

jueves, 31 de marzo de 2022

Esplendorosa entrevista, ¡véanla!

El rencor nos envenena, lejos de hacerlo con nuestro enemigo.

Alejandra Cuevas Morán

Anoche (miércoles 30 de marzo) tuve la fortuna de disfrutar en vivo de la esplendorosa entrevista multitudinaria que los periodistas de El Universal, David Aponte, Maite Azuela, Valeria Moy, Juan Pablo Becerra Acosta y Héctor de Mauleón, le realizaron a Alejandra Cuevas Morán y su hijo Alonso Castillo Cuevas (https://www.youtube.com/watch?v=u48u7DSlvtU). Realmente  habría muy poco que agregar. El epígrafe con el que acompaño este escrito fue una perla que Alejandra lanzó espontáneamente desde lo más profundo de su alma al final de la plática. Quizá por eso ella se vea tan jovial a sus 68 -como si no hubiera estado injustamente presa tanto tiempo- y uno tan acabado a los 72, aunque, como siempre he sostenido, no es que sea rencoroso, sino que tengo muy buena memoria.

Terminé la velada tan lleno de rabia y coraje, y con el rostro tan desencajado, como Alonso, quien, él sí, no se resigna, a diferencia de la madre cuando pronunció su frase, y dijo; “No, yo sí quiero que este criminal -refiriéndose, obviamente, al fiscal general Alejandro Gertz Manero- pague todas sus culpas en vida”. ¡Bien, Alonso!, pues siempre he sostenido que el único perdón debiera ser la venganza. En este caso particular, más que en ningún otro.

No sé cuántas veces me habré preguntado, y conmigo millones más, ¿cómo es que llegamos a tal grado de degradación y perversidad en nuestro pobre y querido -a pesar de todo- México? Saber de los contubernios de Alfredo del Mazo, gobernador del Estado de México, con el despreciable Gertz para que la parienta de aquel, Laura Cuevas Morán, hermana de Alejandra, quedara fuera del expediente penal, revuelve el estómago, y permitió al fiscal lanzar toda su saña y podredumbre contra ésta y su familia, cuando Laura hubiera podido calificar también como “responsable accesoria”, esa aberración jurídica.

Pero además están los casos de otras reclusas y de los que la propia Alejandra tuvo conocimiento en el penal: las corruptelas entre abogados de oficio y jueces venales que empobrecen al extremo a las presas con la promesa de una pronta liberación que nunca llega. Innumerables casos de ilustres desconocidas que jamás alcanzarán los mass media. O de la audiencia que le programan a otra en marzo para mediados de septiembre, haciendo mierda aquello de justicia pronta, expedita y gratuita. ¡Sí, cómo no! De aquí, la OSC que está formando Alejandra para atender a todas estas pobres infelices.

Pero está, sobre todo, el despreciable Alejandro Gertz Manero, ¿de verdad no nos indigna hasta la náusea contar con un abogado general de tan baja estofa y alta estafa? ¿Qué tendríamos que hacer para liberarnos de él, ya que el imbécil del que “depende” no sólo no arroja luz sobre el particular, sino que le otorga su apoyo incondicional? Quiero vomitar.

Algo que no se mencionó anoche, entre muchas otras atrocidades, quizá porque no venía al caso, fue el “expediente de los 31”, ese que se les abrió en la fiscalía a otros tantos respetables científicos para vengar las ínfulas del plagiario Gertz de querer pertenecer al nivel tres del SNI y que se le negara en un principio, y después, abyectamente, le concediera María Elena Álvarez Buylla. Científicos entre quienes se encuentra mi compañera de universidad Julia Tagüeña Parga, primera en la lista de fobias del fiscal. Expediente que seguramente se encuentra en stand by en la actualidad, pero que en cualquier momento las frustraciones de este loco pudieran resucitar -como espada de Damocles- nomás por chingar y para satisfacer sus deseos de venganza contra el universo.

¡Qué facha de ser (Gertz) y qué joya de periodismo (el video)!

martes, 29 de marzo de 2022

Por qué lo hago

A raíz de mi último escrito, donde dejo ver cómo me pegó en la línea de flotación el comentario de un amigo (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2022/03/amistad.html), me planteé honestamente la pregunta de a quién podrían interesarle las estupideces que garrapateo. Y la respuesta me la proporcionó Lourdes Casares, periodista de León, no solo con su generoso comentario de solidaridad por el exabrupto de mi conocido, sino aun antes, cuando lo mismo hizo con el escrito previo que ahí menciono. Me dijo Lourdes en aquella ocasión que mi artículo le trajo el recuerdo de cuando su padre, de visita en la Ciudad de México desde Mérida, la llevaba a comer a Les Moustaches, siendo ella estudiante de la UIA, y que le encantaba el filete Veronique. Y todavía más atrás, me relataba las de Caín que estaba pasando su esposo para conseguir la visa americana, como acotación al escrito que entonces “publiqué”. Espero haberle proporcionado con mi penúltimo pergeño algún tip para expeditar el trámite de su marido.

Aunque no fuera más que para esto y para hacer un poco más ligera la vida, se justificaría ya el trazado de estas líneas, o ¿sería preferible que escribiera yo de los asuntos que todo mundo comenta? Soy un convencido de que para estar bien informado no hay que leer el periódico más que una sola vez por semana, y en dicha ocasión, no leer más que a dos o tres columnistas, pues todos escriben ad nauseam sobre los mismos temas, y los diarios no hacen más que presentar la misma información todos los días pero revolcada. La pobreza de sus “ocho columnas” es patética, metida con calzador. Y sin embargo, ahí estamos, a la hora del desayuno, dedicándole un par de horas al día a nuestro periódico “favorito” o el menos malo de todos.

De veras, cuando me meto a comentar sobre política, me siento gárrulo, atrapado por la máxima de mi amigo Germán Dehesa y otros: “ya todo está dicho”. Por ello, mi incredulidad de que alguien tenga algo trascendente que decir todos los días de la semana, sin repetirse o sin resultar inane. Curiosamente, Dehesa lo hacía, pero con una ligereza, gracia y sabiduría sin parangón, que lo volvía el colaborador más leído del periódico.

No es infrecuente que incursione yo en el campo de las ciencias y las artes, y me ponga a opinar sobre temas serios, pero con mucho menor éxito que cuando mi objetivo principal es hacerle la vida leve al lector. Por ello me identifico más con Germán que con los sesudos politólogos y los soberbios todólogos que nos atosigan a diario.

Muchas veces me han preguntado que por qué no escribo un libro, y yo respondo con absoluta honestidad que porque no tengo ni capacidad ni tema ni edad.