jueves, 29 de febrero de 2024

Rincón culinario de la CDMX

La semana pasada me fui con Elena a la Ciudad de México. Uno de los propósitos era celebrar la exitosa culminación de mi radioterapia contra el cáncer en algún buen restorán de la megalópolis. Aunque estuvimos ahí desde el martes, decidimos posponer el ágape hasta el jueves y escogimos para el efecto el comedero Les Moustaches, situado en la calle Río Sena de la colonia Cuauhtémoc en la delegación del mismo nombre. La mañana de ese día nos encaminamos hacia Reforma a través de la mencionada arteria, Río Sena, y lo que siempre ha llamado poderosamente nuestra atención es la serie de puestos callejeros de comida rápida que se ubican justo antes llegar a la avenida más  importante del país. No se puede dar un paso literalmente sobre la acera debido a la ingente cantidad de comensales que saturan el espacio desde la hora del desayuno. Nos detuvimos justo antes llegar a Reforma en el último puesto de la enorme hilera, uno de tamales, mi debilidad desde siempre, y, por primera vez en la vida, me atreví a ordenar una guajolota, sí, sí, sí, una torta de tamal y un jugo de naranja. Elena no se atrevió a tanto, pues se conformó con el tamal simple y un vaso de atole. ¡Dios mío, qué delicia!, de lo que me había perdido en la vida.

Pero, insisto, lo que sorprende es que uno pueda encontrar esos lugares justo enfrente de la suntuosa notaría de Ignacio Morales Lechuga -a no más de veinte metros cruzando la calle-, el mismo que le notarió sus bienes inmuebles al celebérrimo Carlos Loret de Mola; o a media cuadra del referido Les Moustaches, o a una cuadra de la embajada de los EU, o a cuadra y media del hotel donde nos hospedamos.

En fin, en la nochecita, con la guajolota todavía glugluteándome en las tripas, nos encaminamos hacia uno de los mejores restoranes, si no es que el mejor, en que he estado en mi vida: Les Moustaches. Qué comida, qué servicio, qué música ambiental en vivo de su habilidoso pianista. Aunque no hayamos coincidido en esta ocasión con su dueño, nuestro amigo Luis Gálvez, la atención no desmereció en lo más mínimo. Nos hicieron llegar primeramente dos pequeñas jarritas con un capuchino de lentejas delicioso y sendas copas de casis cortesía de la casa. Ordenamos, para compartir, unos suculentos ostiones Roquefeller, y Elena se decidió por un filete en salsa Roquefort y yo por un pato Grand Marnier, acompañados ambos por un Cune Crianza de primera. Concluimos la velada compartiendo un soufflé Grand Marnier y un café irlandés para mí, acompañados por las incomparables galletitas de chabacano cortesía también de la casa. Después de las terribles dietas médicas que me hicieron pasar, la guajolota y el festín recién descrito apenas las compensaron.

Pero, decía, llegamos desde el martes, y lo primero que hicimos ese día, después de almorzar, fue encaminarnos a la Torre BBVA para dejar en recepción sendos simbólicos obsequios  para mi amigo Eduardo Osuna Osuna, director general del banco y vicepresidente del consejo de administración, y para su asistente, Rocío García Torres, prometidos desde el año pasado y jamás entregados. Y de aquí, también a pie, al lobby bar del Camino Real en Mariano Escobedo para disfrutar de unas cervezas y un partido de la Champions en su pantalla gigante. La noche la aprovechamos para cenar en El Bajío de Reforma 222.

El día siguiente, miércoles, tuvimos nuestra comida anual con ex compañeros míos de IBM en el restorán Prendes -totalmente Palacio- de Moliere, un sitio de primera. En esta ocasión contamos con la presencia de los mismos de hace un año, Patricia Jarquín y Antonio Moreyra, a los que se sumó Verónica Villegas, que tenía años de no ver. Amistades, todas, de hace casi cinco décadas y que terminamos reunidas en el soberbio departamento de Moreyra en Polanco para disfrutar de unos sabrosos carajillos y unos aún más sabrosos chismes.

El día jueves es el que relato al principio y en el que, posterior a la guajolota y previo al Les Moustaches, emprendimos la marcha, caminando, al Zócalo capitalino para disfrutar de unas bebidas en el bar del restorán El Mayor, justo enfrente del Templo Mayor, y donde López Obrador organizó hace no mucho las reuniones de avenencia entre los miembros de su tribu cuando estos se le estaban saliendo de madre.

Como verán, amamos entrañablemente al terruño, bien que se lo merece.

Pero el viernes, back to reality.

martes, 27 de febrero de 2024

Comparto su desprecio

Leo a Macario Schettino, columnista mexicano, desde hace muchos años, primero en El Universal y ahora en El Financiero. Recuerdo con especial gusto sus colaboraciones en el primero todos los lunes, martes y jueves, dedicando el primero de estos días a comentar temas políticos con una solvencia y mesura enriquecedoras, y los martes y jueves a su fuerte: la economía, las finanzas y los negocios, con las mismas virtudes. Tenía incluso un blog donde complementaba, para quien quisiera seguirlo, los tópicos tratados en sus columnas. Lo disfrutaba tanto que lamenté de veras cuando anunció que El Universal había decidido prescindir de sus servicios, algo incomprensible por la gran pérdida que representaba.

Pero me tranquilicé cuando me comentó que se incorporaba a El Financiero, donde colaboraría ¡diariamente! Sus colaboraciones ahí, más cortas, siguieron haciendo gala de su vasta capacidad intelectual y resultaban igualmente disfrutables, aunque pronto hubo de terciarlas (lunes, miércoles y viernes) por tener otros proyectos en mente, como la escritura de algún libro.

Desgraciadamente, de unos meses a la fecha se ha vuelto monotemático, y emplea su columna para denostar, un día sí y otro también, a López Obrador, con un odio visceral digno de mejor causa, aunque lejos esté yo de negar la compartición de este desprecio, pues vaya que el sujeto se lo merece, tipo ruin, mezquino e ignorante. Y miren que he de confesar que, hastiado de los regímenes corruptos e impresentables de partidos de cuyos nombres no quiero acordarme, voté ciegamente por este embrión de tirano y su partido, algo de lo que no me arrepentiré lo suficiente mientras viva. Puedo alegar en mi descarga que otros treinta millones de mexicanos estábamos igualmente hartos.

Sin embargo, Schettino y millones más de mexicanos pareciéramos no darnos cuenta de que la elección del 2 de junio ya está ganada, y que el Gran Imbécil de Palacio, que no su títere o marioneta, arrasará en los sufragios con todo el respaldo popular que arrastra. Tres meses son un tiempo harto insuficiente para darle vuelta a la tortilla, sobre todo con una contrincante que no levanta muchas simpatías y que defraudó todas las expectativas depositadas en ella después de que le dieran con la puerta de Palacio en las narices hace ya bastantes ayeres.

Insisto, solamente los ciegos no querrán darse cuenta de que esta elección de Estado está ya decidida y sin necesidad de un fraude electoral descarado, para desgracia del país todo. Y no, no soy un pusilánime derrotista, sino un cínico realista.

Lo siento.

jueves, 15 de febrero de 2024

Sueño hecho realidad

Después de muchísimos años hice realidad mi sueño: releer La Ilíada, del divino Homero. Mantenía yo en estado latente toda la información adquirida durante mi primera y única lectura, pero descubrí que esta era más actual que nunca y que, como cuando era un odioso machetero en la escuela, dicha relectura no constituyó más que un delicioso repaso de algo memorizado a cabalidad.

Diez años les tomó a los argivos, aqueos, aquivos, dánaos… a los griegos, pues, llegar a las inmediaciones de Troya, ciudad de los dardanios, teucros o simplemente troyanos, a quienes combatieron por otros diez años, de los cuales La Ilíada es testimonio únicamente de los finales 51 días de feroz combate, y otros diez años le tomó al griego Ulises u Odiseo, uno de los tantos héroes de la obra, regresar a Ítaca para reunirse con su amada y fiel Penélope, historia que queda plasmada en la otra inmortal obra de Homero, La Odisea.

Dice Alfonso Reyes en el monumental prólogo de la edición Sepan cuántos… de Porrúa que en La Ilíada Homero habla de una época tan lejana como para nosotros lo sería hoy La Conquista. Por cierto, la traducción del catalán Luis Segala y Estalella es una versión directa y literal del griego, se establece en la portada del libro. ¡Mejor que mejor!

Como la primera vez, me identifiqué mucho con la cólera de Aquiles, quien no pudiendo tolerar que el jefe de los aqueos, Agamenón, le quitara a Briseida, que formaba parte del botín de una batalla en que ambos griegos habían participado, llega al extremo de solicitarle a su madre, la diosa Tetis, que engendró a Aquiles del mortal Peleo, que acuda al máximo dios, Júpiter, y, abrazándolo de las rodillas, le suplique que favorezca a los teucros, sus enemigos, en su batalla contra su propia gente, los aqueos, mientras él permanece inactivo en la liza. Un prototípico caso de hubris. Pero la muerte de su mejor amigo y querido compañero Patroclo, lo hace recapacitar e incorporarse a la guerra para vengar su muerte a manos del comandante máximo de los troyanos, Héctor, a quien a su vez Aquiles da muerte y arrastra su cadáver detrás de su carro para deshonra de toda Troya, consumando así un desquite redondo y como preámbulo a la caída final de la ciudad. Por cierto, en estas luchas el dios Poseidón impide que Aquiles dé muerte a Eneas, permitiendo así que Virgilio pueda cantar sus glorias en una epopeya posterior, La Eneida.

Todo lo anterior dentro de un cuadro de pasiones que nos muestra que el género humano siempre ha sido el mismo, sea cierta o no esta historia de la antigüedad. Baste decir que esta epopeya se originó por el rapto de Helena, esposa legítima de Menelao, el aqueo hermano menor de Agamenón, por parte del bello Paris Alejandro, el teucro hermano, también menor, de Héctor y, ambos, hijos de Príamo y Hécuba.

Ya fuera de la historia, el fin de Agamenón fue trágico, con la esposa Clitemnestra poniéndole el cuerno con Egisto, primo de ella, y llevándolo, ambos, a la muerte mediante un asesinato cuidadosamente planeado.

Todo lo anterior me llevó a escribir hace años un pequeño texto que inmodesta y rimbombantemente intitulé Árbol genealógico de la mitología griega (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2008/04/rbol-genealgico-de-la-mitologa-griega.html). Se los recomiendo ampliamente.

Y ahora, a disfrutar de La Odisea, que ya les estaré comentando de igual forma en este espacio, preferido de nadie.

sábado, 10 de febrero de 2024

El periódico nunca llegó

Llevo más de sesentaicinco años de ser un lector compulsivo de periódicos (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2023/07/otra-costumbre-inveterada.html). Un día lluvioso de principios de diciembre del año pasado, el diario no llegaba y no llegaba, atribuyéndolo yo a la pertinaz lluvia, pero cuál no va siendo mi sorpresa enterarme, cuando llamé para quejarme, que tenía un adeudo con ellos, pues mi suscripción había vencido desde finales de noviembre y había yo ignorado la visita de mi repartidor con el documento para la renovación, lo cual constituía una flagrante mentira, ya que no me iba yo a privar así nomás de la placentera costumbre que describo mejor que nadie en http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2021/12/en-oportunidades-previas-hable-sobre.html. Me dio mucha rabia que falsamente me tildaran de moroso y, en vista de lo que digo en los dos artículos antedichos, decidí mandar al carajo a algo tan prescindible como mi cotidiano compañero matinal, ¡después de más de veinte años de consecuentarlo diariamente! Además, podía seguir leyéndolo en su versión en línea, casi tan convenientemente como en la impresa, y ahorrarme así los casi de dos mil pesos de la suscripción.

Mi sorpresa fue grande cuando, regresando de visitar a mis suegros en su terruño, me topé con dos ejemplares del mentado diario en la puerta de mi casa, el del martes 30 de enero y el del miércoles 31. Y así me estuvieron cortejando del jueves 1 de febrero al domingo 4, al grado que llegué a pensar que se trataba de una suscripción de cortesía de mi “amigo” Enrique, presidente del consejo de administración, y su hijo Enrique II, director general del referido rotativo, quienes, no pudiendo prescindir de mi acerba crítica, optaban por “comprarme” de manera tan burda.

Pero ¡tenga para que aprenda!, pues me estaban tan sólo tendiendo un garlito para que volviera con ellos de mi propio peculio, ya que el lunes 5 no recibí más nada; vamos, ni los saludos del fantasmal repartidor, responsable directo de este divorcio por conveniencia.

Como verán, no caí en el garlito, aunque, eso sí, ofrezco seguirlos leyendo gratuitamente en su versión digital y ya sin criticarlos tanto por sus proverbiales gazapos.

Como diría mi querido amigo Gonzalo, radicado en Gaithersburg, Maryland, have a nice life!

viernes, 2 de febrero de 2024

Temerario

Llevé a Elena a visitar a sus padres, mis suegros, a San José Villa de Allende, un pueblo en el Estado de México dejado de la mano de dios a 420 kilómetros de León. Mi suegra, Glafira -en serio, así se llama-, recién cumplió los ochenta el pasado 25 de diciembre, por eso le digo que en vez de Glafira  prefiero llamarla Anticristo. Mi suegro, Alejandro, padre adoptivo de mi esposa, cumplirá los 86 a mediados de este año. Como verán, son más o menos de mi rodada, 74, a tal grado que cuando andaba cayéndole a Elena, 58, la gente se peguntaba si no andaría yo más bien tras la mamá que en pos de la susodicha Elena.

Teníamos noticias de que andaban con los achaques propios de la edad, al extremo de necesitar el padre de una inseparable andadera que utiliza a partir de una cirugía reciente. Sin embargo, los noté tan bien que no resistí decirles que me daba mucho gusto verlos así. ¿Pues cómo pensabas encontrarnos?, inquirió el interfecto. No, pues mucho más fregados, les respondí cándida, sincera y honestamente. Ante la espontánea risotada de todos, no les quedó más que aceptar el “cumplido”. De veras, me los imaginaba ya al borde del sepulcro, pero para nada.

Por cierto, aproveché algún momento de solaz para enviarles sendos WhatsApps a mi urólogo y a mi radio-oncólogo, preocupado que ando por mi bajísimo nivel de testosterona. Este último me respondió que es uno de los indeseados efectos secundarios de los medicamentos que me están administrando, pero que cuando deje de consumirlos, todo regresará a la “normalidad”. ¡¿Dentro de dos años?!, le vociferé. ¿Por qué no le pregunta usted a su urólogo?, me esquivó. Y sí, en efecto, el urólogo hasta al celular me llamó al día siguiente a las diez de la noche, y fue contundente: o son los medicamentos y por los menos diez años de vida gracias a su “excelente” condición física, o es la muerte en cuatro o cinco, con los consabidos sinsabores del cáncer, sin ellos.

Dicen que el cobarde se arredra ante el miedo, el valiente lo confronta, y el temerario lo reta. Ignoro si inconscientemente esté yo ya procediendo de acuerdo a esta última conducta, pues las velocidades de hasta 160 kilómetros por hora que llegué a registrar durante nuestro periplo a la tierra de mis suegros, tanto a la ida como a la vuelta, así lo permitirían suponer. Lo que no se vale, y estoy avergonzado por ello, es que exponga de manera tan irresponsable a mi dulce Elena, y ya me disculpé con ella por eso. En una gasolinera notamos incluso que la llanta delantera derecha venía ponchada, producto de un bache en la carretera, a tal grado que hubo que sustituirla por una nueva en una llantera cercana. Bueno, pues ni aun así le bajé, ¡patán inmundo!

La otra mujer de mi vida, mi madre Evangelina, que en dios creía y en mí adoraba, siempre me tuvo una consideración especial por razones puramente fortuitas. Ella nació un día 22 de septiembre del año 22 del siglo pasado. Cuando fue consciente de ello, tomó como amuleto estos guarismos y los convirtió en mantra durante toda su existencia, y fue así que decidió casarse a los 22 años de edad, pero no lo hizo cualquier día, sino en 11/22/44, noviembre 22 de 1944, muy a pesar de que tal fecha cayó en un incómodo día hábil (miércoles) y no en fin de semana o día festivo. De tal suerte que entre tanta fecha metida con calzador, exceptuando la de su nacimiento, la puramente azarosa del mío, octubre 22, vino a ser una señal para ella, y, según mi padre, no cesó de repetirle siempre: éste es el mejor de los cuatro (mis hermanos y yo) y el tiempo me dará la razón. ¡Dios mío, qué equivocada se dio!

Pero de una cosa estoy seguro: si aún estuviera entre nosotros la buena señora, ofrendaría su vida con tal de salvar la mía, hasta ese punto me hizo sentir su amor.

Quienquiera que sea, te tenga en su santa gloria, querida doña Eva.