lunes, 31 de marzo de 2025

Redescubrí que soy de Extremadura

Mucho comenté en el pasado reciente sobre los devastadores efectos secundarios de los medicamentos contra el cáncer de próstata: inhibición de la producción de testosterona, disfunción eréctil, impotencia, desaparición de la libido, bochornos menopáusicos, crecimiento de los pechos y un largo etcétera. Tan fue así que creí rivalizar con la vedette trans Wendy Guevara. Vamos, son tan efectivamente catastróficos estos medicamentos que se emplean en algunos países para controlar a los violadores en un proceso que se conoce con el nombre de ¡castración química!, y, créanmelo, tienen una efectividad del 100%.

Cuando le comentaba esto a mi urólogo, sólo se me quedaba viendo con ojos incrédulos como diciendo: “Ay, señor, a su edad, ¿ya qué más da?”, y enseguida me “tranquilizaba” con caritativas palabras: “Notará usted una mejoría cuando prescinda de los medicamentos, aunque tendrá que dejar pasar un tiempo equivalente al que le tomó consumirlos”. “¡¿Un año?!”, le preguntaba yo con desconsuelo. “Sí, si es que para entonces ya obtuvo usted el alta”.

Pues bien, la radioterapia la finalicé hace quince meses y los nunca mejor llamados castrantes venenos los dejé de consumir hace nueve, cuando mi nivel de antígeno llegó al tan anhelado cero, pero ya desde endenantes Elena recuperó la sonrisa y yo me siento muy orgulloso de ser extremeño.

¡Ni en la luna de miel nos habíamos divertido tanto! 

martes, 25 de marzo de 2025

Convalecencia literaria

Después de la infumable bazofia El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, recuperé mi amor por la lectura con la espléndida autobiografía El mundo de ayer / Memorias de un europeo, de Stefan Zweig, que actuó como un auténtico antídoto contra la primera y se lee como una deliciosa novela.

Lo que más me sorprendió del escritor austríaco Zweig fue su febril actividad y toda una vida dedicada al estudio, desde su más tierna adolescencia, se pudiera decir. Hace patente su desprecio por el sistema educativo que le tocó padecer en su tierra e incluso su desdén por los estudios superiores que le tocó cursar, tanto los universitarios como los de doctorado, a los que tan sólo se inscribía sin acudir jamás a clase y únicamente apurándose al final de los mismos para aprobarlos. Eso le alcanzó para doctorarse en filosofía.

Hijo de un acaudalado empresario textil judío, lo que él disfrutaba sobre todo era la libertad, desde joven, devorando cuanto texto fuera de currículo caía en sus manos, hasta, ya universitario, conociendo mundo y gente durante las interminables pintas que se regaló en esa época. En todo esto ayudó la decisión del hermano mayor de dedicarse a lo mismo que el padre, dejando a Stefan en libertad de que hiciera lo que le placiera.

No obstante, hábil y talentoso el muchacho, logró que publicaran sus cosas en el suplemento literario de la publicación más prestigiosa de Viena cuando escasamente frisaba los veinte años de edad, lo que dio pie a que la familia, orgullosa de él, lo dejara ser. Por eso Hannah Arendt llegó a decir de Stefan que no vivía los problemas sociales de la época, sino que más bien se mantenía en la periferia de los mismos.

Así y todo, Zweig fue un autor muy prolífico que bien pudiera haber vivido de las regalías de sus libros, traducidos a todos los idiomas, y es impresionante la cantidad de gente famosa y de prestigio en todos los ámbitos que conoció a lo largo de su vida. Baste decir que versificó óperas de Richard Strauss cuando ya la bota asesina de Hitler hollaba Europa y Zweig iniciaba su vida de paria, como todos sus hermanos judíos, a pesar de la protección del célebre músico contra los designios del sátrapa, que objetaba la aparición del nombre de Stefan como libretista de sus obras.

Porque a Stefan Zweig le tocó estar en el centro mismo de los dos  conflictos mundiales que se han dado en la historia, pero el segundo ya fue demasiado para él, y como creía firmemente que el nazismo había llegado para quedarse y extenderse por todo el mundo, decidió suicidarse junto con su esposa estando ambos exiliados en Petrópolis, Brasil, en 1942, donde les rindieron sentidos homenajes durante su funeral.

La dramática foto de la pareja después de haber ingerido un mortal veneno ahí queda.

lunes, 24 de marzo de 2025

Muerte de la Inteligencia Natural (IN)

Hace diez años (19 de febrero de 2015) publiqué uno de los hallazgos científicos de que más me enorgullezco en la vida y que hice del conocimiento de todos el 8 de octubre de 2016 en mi blog: https://blograulgutierrezym.blogspot.com/2016/10/los-origenes-de-y-algunasconsecuencias.html.

Pues bien, un conocido mío que radica en los Estados Unidos, fanático de cuanto artilugio tecnológico se puedan imaginar, y a quien hice partícipe de mi logro en correo a él dirigido el 22 de febrero de 2015, me acaba de restregar en la cara que lo que a mí me tomó seguramente días a su Inteligencia Artificial (IA) le llevó apenas un minuto y fracción.

¿Debemos entusiasmarnos por ello? ¡Definitivamente!, pero también preocuparnos enormidades, pues estamos fomentando la creación de una sociedad perezosa y no pensante que tiene a unos cuantos clicks de distancia la solución a todas sus broncas, trátese de un ensayo, un cuento, una novela, una pieza musical o un intrincado problema matemático como el que yo resolví.

Sí, fueron varios los días que dediqué investigando el problema que me planteé para llegar al resultado que me fascinó y entusiasmó hasta el paroxismo, provocándome una satisfacción personal inigualable, que ahora cualquier idiota con una herramienta poderosa a la mano puede resolver en apenas “un minuto y fracción”.

Acabo de recibir un correo del conocido que les platico, ¡en respuesta a aquel viejo mensaje mío del 22 de febrero de 2015!, en el que muestra una serie de pantallas que dan cabal testimonio de las proezas de la IA en la solución del problema matemático que les comento, y con una sentencia retadora de este fanático: “Se tardó un minuto y fracción contestando… ¿Y tú?”.

Le respondí escuetamente con ese dejo de inteligencia de un ser todavía pensante: “Infinitamente menos que los ¡diez años! que tardaste tú en contestar mi correo.”

sábado, 22 de marzo de 2025

Anciano rememorando

La falta de logros en mi senectud, me lleva a reiterar los del siglo pasado.

Caminaba yo rumbo a mi escritorio por uno de los pasillos del segundo piso del edificio de IBM en Mariano Escobedo cuando me topé con Enrique Caballero, representante de ventas de Comermex (hoy Scotiabank), uno de los clientes más grandes de la compañía, quien sin más, me espetó a la cara: “Estoy hasta la madre: Cuauhtémoc (Arredondo, director de sistemas del banco) y Toño (Antaramián, gerente de ventas de la sucursal finanzas de IBM) se la pasaron hablando de ti durante toda la comida a la que lo invitamos, a cual más de elogioso, ¡hazte a un lado, me indigestaste!”. Pinche envidioso, pensé, seguramente está exagerando, pues no recordaba yo haber hecho nada que mereciera elogio alguno.

Sin embargo, una vez en mi lugar, alguien se aproximó a mis espaldas y me dio una palmada diciendo: “Muy bien, eh, magnífico que el cliente tenga una opinión tan encomiable de alguien”. Era Antaramián, que a todas luces venía a medios chiles ya después de la comida con el cliente, y no cesaba en sus halagos. “Es más -añadió- ahorita mismo vamos a ver a Piccolo (Rafael, director de marketing) para informarle”, y sin dejarme siquiera preguntar qué ocurría, me arrastró literalmente hasta el sexto piso. Una vez ahí, nos dirigimos a la oficina de Piccolo para “informarle”: “Felicita a Raúl -le dijo Toño a Rafael-, ha realizado una labor extraordinaria en el banco, plenamente reconocida por su director de sistemas”. La oficina de Rafael Piccolo colindaba con la de Rodrigo Guerra, presidente y gerente general de IBM de México, quien apenas escuchó “felicita” se precipitó fuera de su oficina literalmente gritando: “¿A quién hay que felicitar?”. Casi no lo dejé yo terminar, ya que enseguida lo atajé: “Momento, momento, no soy representante, no he vendido nada”. “Aquí, a Raúl -me atajó Antaramián a su vez-, ha hecho una labor fantástica en Comermex”. Con lo que Rodrigo concluyó: “No importa que no seas vendedor, Raúl, si has hecho una buena labor, mereces que se te reconozca”.

Y nos retiramos de ahí, pero no habíamos llegado siquiera frente a los elevadores cuando Toño me reprendió: “¡Nunca más me vuelvas a salir con una pendejada de ese tipo! ¿Cómo que no eres vendedor?, cuando ustedes los ingenieros de sistemas son quienes verdaderamente desempeñan esa labor frente a nuestros clientes, son ustedes en quienes realmente ellos confían. ¡Me hiciste encabronar! Acompáñame, vamos al primer piso a ver a Troncoso (Jorge, gerente de sistemas país)”. Cuando llegamos con éste, aun antes del saludo, mi jefe lo instruyó: “Hay que darle un premio a Raúl, el cliente está muy contento con él”. “¡¿Ya ahorita?!” -exclamó con sorpresa Troncoso-. “No, no, no -repuso Toño-, pero hay que ir haciendo el papeleo para que le llegue en su próxima nómina”. Los dos firmaron el formato, y Antaramián me arrastró de regreso a su oficina en el segundo piso.

Sentados los dos al escritorio de Toño, uno frente al otro, mi jefe extrajo de su archivero mi expediente, revisó mis datos y me incrementó el sueldo ¡un 20%! Increíble, no daba yo crédito a lo que estaba viviendo, todo había sido como un huracán de cuyas consecuencias aún no me percataba. Acto seguido, me levanté, le agradecí mucho su reconocimiento y, cuando me disponía a retirarme, me detuvo: “Raúl, nunca menosprecies tu trabajo, recuerdo que siempre habrá alguien que te lo agradezca desde el fondo del alma. Esta vez fue Cuauhtémoc, que me llevó a mí a materializarlo, pero nunca falta la gente agradecida. ¡Sigue así!”.

Pasé otros quince años en IBM, con la que sueño casi a diario todas las noches, como la amante que nunca se olvida.

sábado, 15 de marzo de 2025

Se los dije

Les juro que escribí el artículo adjunto hace dos semanas, cuando el León apenas pudo con los mediocres Xolos de Tijuana en el propio estadio de la Fiera, pero no lo publiqué por temor a ser linchado por la fanaticada verde.

El León no es como lo pintan

El equipo de mis amores adoptivos, León, ha corrido con mucha suerte en el torneo Clausura 2025. Primero fueron las Chivas el 28 de enero quienes lo pusieron en evidencia al haberles anulado a éstas un legítimo gol en supuesto fuera de lugar mediante el malhadado VAR, lo que hubiera significado el empate a dos en vez de la apretada victoria de los Panzas Verdes 2-1 en su propio terruño.

Vino después, el miércoles 5 de febrero, el partido reprogramado de la fecha uno contra el Pachuca en el estadio Hidalgo, y en el que los Tuzos le pusieron un baile a los leoneses, que en vez de traducirse en una goleada en contra de éstos, se convirtió en una milagrosa victoria para el León por 2-1.

Finalmente, vino el empate a tres contra Toluca, donde el mejor hombre de la Fiera resultó ser el portero de los Choriceros, Pau López, que en un oso de antología se tragó un inverosímil gol que representó a la postre el empate a tres.

Estamos hablando de siete puntos en total que el León no merecía y que a estas alturas del campeonato lo colocarían a mitad de tabla. Pero además, todos los triunfos del equipo han sido por diferencia de un gol, ninguno por goleada ni mucho menos, y con demasiado sufrimiento por parte de la afición, yo entre ellos, que no paro de mover los pies mientras los veo jugar, ya sea para tratar de anotar o de impedir un gol cantado. Las exhibiciones ante Atlas, Juárez, Mazatlán, San Luis, Tijuana -¡qué bruto, puro trabuco!- han dejado mucho que desear. Contra Tigres se sufrió mucho en la victoria de apenas 1-0 y contra el América se salvó la cara con el empate a uno.

¡Mucho me temo que se vienen tiempos difíciles para el equipo!

Hasta aquí el artículo inédito. El tiempo me está dando la razón con las últimas dos vergonzosas actuaciones del equipo, contra el colero Laguna, incapaz de derrotar incluso a las reservas del colegio de ciegos (Fernando Marcos dixit), y frente a un disminuido Necaxa, que jugó ¡64 minutos con sólo diez hombres!, y aun así nos derrotó.

O mejora sustancialmente el equipo o se nos viene una tragedia de consecuencias incalculables, con todo y Mr. James.

sábado, 8 de marzo de 2025

¡Qué horroroso es leer!

Sí, sí, ya sé que me contradigo, pues innumerables veces he afirmado rotundamente lo contrario, pero cuando te cae en las manos un libro como el de Umberto Eco El péndulo de Foucault, entras en una profunda depresión, más aún si te empecinaste en llegar hasta la página 501 (de 834) tratando de encontrarle sentido a semejante necedad.

Tan sencillo que hubiera sido leer parte del fragmento que Amazon incluye en su plataforma para desechar de inmediato la intención de leerlo. Reto a cualquiera a que por lo menos lea dicho fragmento en su totalidad. ¡Imposible adentrarse en semejante galimatías por el puro placer de hacerlo! Desgraciadamente me dejé llevar por las superficiales opiniones aquí y acullá, cuando hubiera bastado intentar adentrarme en las varias primeras páginas que nos obsequia el gigante amazónico para abandonar el proyecto de lectura. ¡Estúpido de mí!, cuando intenté la devolución al mero principio de la fallida compra en línea del mentado libro, obviamente me mandaron al carajo, pues qué van a saber ellos si ya lo leí o lo copié mediante cibernéticos subterfugios. ¡Cómo me dolió desperdiciar esos 299 pesos, mejor invertirlos en un six pack de cervezas!

Soy consciente de que si por puro azar llegara a caer este escrito en las manos de un erudito, seguro me mandaría aniquilar por semejante sacrilegio, porque tal es lo que le achacan al texto de Eco: una amplísima erudición nada fácil de seguir para ignaros como yo. Pero soy un enemigo jurado de tener que cursar un seminario de varias semanas para entender cabalmente un escrito o de atiborrar mi biblioteca con textos explicativos con el mismo fin.

¡Al carajo! Leer es un placer, por lo que ustedes disculparán que no les comente nada esta ocasión de este intragable mamotreto, y que deje a los tres editores de la trama de la novela, Jacopo Belbo, Diotallevi y Casaubon, sumidos en sus esotéricas elucubraciones y a punto de entrar en una “peligrosa aventura”, que por lo menos hasta la página 501 en que yo abandoné el empeño -profundamente aburrido, deprimido y habiendo entendido muy poco- no se veía venir por ninguna parte. Sorry!

Y miren que en el pasado le he hincado el diente a Jocye, a Musil, a Woolf y hasta al igualmente detestado por mí Proust (https://blograulgutierrezym.blogspot.com/2023/09/insoportable-sufrimiento.html). Y ni qué decir del propio Eco con sus El nombre de la rosa y Número Cero, que sin llegar a ser obras maestras de la literatura universal, resultan mucho más tragables que su intragable El péndulo de Foucault.

Eso me pasa por contravenir el consejo número uno de los bibliómanos: si un libro no te está gustando, ¡abandónalo y a lo que sigue! Mucho me hubiese ahorrado en el presente caso.

No lean El péndulo…, y si lo hacen ¡y le entienden!, mis respetos.

miércoles, 26 de febrero de 2025

Héroe de tiempo completo

 - Otra vez tarde, Juanjo -le dijo su esposa-, y enfurruñado como todos los días.

- Es que ya no aguanto, Victoria, te lo juro –repuso Juan José-, un día de éstos exploto y mando la mina al carajo, no soporto ver cómo nos tratan estos gachupines y además para saquear nuestras riquezas. Hoy discutí con uno de los capataces y estuve a punto de liarme a golpes con él por haber humillado a Miguel.

- ¡Qué necio eres! -dijo ella-, y después, ¿qué vamos a hacer? En estos tiempos de revueltas va a ser difícil que encuentres otra cosa.

- Pues me uno a los insurgentes, ésa sería la mejor forma de tomar venganza de los españoles. No te creas, ya lo he pensado.

- ¡Estás loco! -respondió Victoriana enojada, a sabiendas de que su marido hablaba en serio, pues no era ella la primera ni la única a la que ya con anterioridad le había hablado con tanta rabia sobre su proyecto.

- Es más, para demostrarte que lo digo en serio, mañana mismo hablo con quien se ha encargado de reclutar a otros mineros para luchar por nuestra libertad contra esos desgraciados invasores.

- Pues allá tú -terminó su esposa-, pero bien sabes que eso representará nuestra ruina. ¿Qué te tienes tú que preocupar por liberar a nadie cuando ya nuestra propia situación es bastante precaria? -y enfadada se levantó de la mesa, donde ni la merienda comenzaban aún, y salió con prisa del cuarto.

Y no era que le faltara razón al uno ni a la otra, pero, por lo mismo, era difícil llegar a una posición conciliadora que los dejara satisfechos a ambos.

El cura de un pueblo vecino había puesto ya el ejemplo al encabezar a un grupo de revoltosos en contra de los gachupines, arengándolos una madrugada para que lucharan en contra de la opresión secular y a favor de su libertad. Su ejemplo pronto cundió y en muchos de los principales poblados de los alrededores surgieron colaboradores y líderes espontáneos.

Juan José se apersonó con uno de éstos y, sin pensarlo más, dijo que quería colaborar, y con mayor celeridad aún, aceptó su primera encomienda: participar en la toma de la principal fortaleza de los españoles, donde, atrincherados, guardaban víveres, armas y los tesoros saqueados de las minas de la entidad.

A pesar de su juventud, pues recién había cumplido los 18, Juan José ya padecía de los pulmones por el trabajo duro en la mina, por lo que no le importó gran cosa tomar la iniciativa y, adelantándose a cualquier orden, encendió una tea y enseguida, auxiliándose únicamente de su fortaleza, puso sobre su espalda una gran losa que halló entre los escombros.

Inmediatamente despertó la curiosidad y asombro entre sus compañeros, quienes le proporcionaron la brea que él con desesperación solicitaba. Sin duda tenía ya una idea fija en la mente, pero ésta no les quedó clara a los otros insurrectos, hasta que vieron a Juan José arrastrándose con dificultad, con la brea en una mano y la antorcha en la otra, dirigirse hacia la gran puerta de madera que daba acceso a la fortaleza.

Nadie daba crédito a lo que veía, pero no dejaban de admirar el valor de aquel musculoso mozalbete cuya intrepidez superaba toda la de ellos junta.


No bien hubo avanzado Juan José unos cuantos metros cuando se dio cuenta de la locura que estaba cometiendo, pero ello, lejos de desanimarlo, lo alentó, con la idea fija en la cabeza y la emoción hinchiéndole el corazón de ser, él solo, el salvador de la patria.

Sin embargo, justo a la mitad del camino, exhausto, hubiera querido regresar, las piernas le temblaban por el gran esfuerzo y apenas podía sostener la tea y el recipiente con la brea. Para colmo, el calentamiento que sobre la losa producía la metralla del enemigo resultaba ya insoportable para su espalda.

La asfixia empezó también a atosigarlo a causa de sus deteriorados pulmones. Así y todo, un largo rato después, que pareció interminable incluso a los simples espectadores, Juanjo alcanzó, por fin, el ansiado portón.

Como pudo, lo embadurnó de brea y, casi al mismo tiempo, le prendió fuego con la tea. El espectáculo que provocó la llamarada fue impresionante, además de que contagió de un entusiasmo inusitado a sus compañeros que, sin mediar consideración alguna, se abalanzaron sobre la puerta y comenzaron a pasar unos sobre otros y todos sobre Juan José que, rendido, había quedado tirado en el suelo con todo y losa encima.

En el camino hacia la puerta, muchos de los rebeldes cayeron irremisiblemente bajo la metralla enemiga que salía despedida desde la fortaleza, pero ello no obstó para que la turba siguiera avanzando como un monstruo de mil cabezas.

Para Juan José, de improviso, todo aquello resultó incomprensible y grotesco. Había podido liberarse de la losa, pero era incapaz de ponerse en pie pues sentía que las piernas le flaqueaban como a un guiñapo. No oía más que el vocerío de la turbamulta, sin distinguir nada coherente entre lo que se profería.

De repente, empezó a escuchar claramente una voz de mujer... su mujer.

- ¡Juan José, Juan José!... -la escuchó que gritó con desesperación.

Éste se sintió salvado, pues sabía que su mujer era la única que en aquel confuso momento podría hacer algo por él, la única a la que él le interesaba no obstante todas las disputas que hubieran podido tener, a pesar de su terquedad y empecinamiento por unirse a la revuelta.

- ¡Juan José, Juan José!... -volvió a escuchar.

- ¡Aquí, Victoria! ¡Aquí, mi amor! -respondió Juan José con un alivio indescriptible.

- Para como están las cosas en la mina y tú tendido en la cama todavía. De seguro hoy sí llegas tarde y tendrán la excusa ideal para correrte –siguió Victoriana, furiosa, sin prestar atención a lo que aquél decía.

Juan José, aún amodorrado, no alcanzaba a comprender lo que estaba ocurriendo, pero súbitamente empezó a sentir vergüenza, una vergüenza únicamente equiparable a la que los criollos le provocaban en las minas.

Con vergüenza y todo, Juan José de los Reyes Martínez Amaro, El Pípila, como le conocían familiares y amigos, se levantó rápidamente y vistió con presteza sus arreos de trabajo, y se encaminó con premura rumbo a la mina, donde transcurriría otra jornada extenuante de febril actividad para todos los que ahí laboraban.

(N.B. Desenterré de entre los escombros este viejo cuento mío para celebrar que, una vez más, perdí el Premio de Literatura León. Ya son dos décadas. Quién me manda andarme metiendo con sus “héroes”.)

lunes, 17 de febrero de 2025

Los dos amigos

Roberto y Santiago, dos jóvenes poetas en sus veintes, si no es que menos, muy amigos entre sí, chileno el primero y mexicano el otro, vivían intensamente la bohemia de la primera mitad de los 70s del siglo pasado. Les hacía tercera Juan, aún más joven que ellos, pues rondaría apenas los diecisiete, y un grupo compacto de ellos se decían pioneros del movimiento literario real visceralista o realismo visceral o, en suma, viscerrealismo, del que habría que trazar su origen hasta el estridentismo o ya propiamente el realismo de la poetisa de los años 30 Cesárea Tinajero.

A finales de 1975 vivieron éstos toda suerte de aventuras, dentro de las cuales no se descartaban, obviamente, el sexo, las drogas y el alcohol. Es impresionante el conocimiento que tenían los dos amigos del DF: los cafés de Bucareli y aun zonas menos recomendables, como las prostibularias. Fue así como Juan se relacionó amistosamente con Lupe, una meretriz amiga de María, conocida de aquél. Pero el padrote empezó a hostigarla, temeroso de perder su fuente de ingresos, e incluso a perseguirla acompañado de su inseparable guardaespaldas, lo que obliga a Roberto, Santiago, Juan y Lupe a huir, tras la celebración de fin de año de 1975, al norte, a Sonora, en el Impala nuevo del papá de María.

Pero la huída de los dos amigos tiene segundas intenciones, ya que es ahí, en Sonora, donde han logrado ubicar más o menos el paradero de Cesárea Tinajero. Y en efecto, después de trajinar y aventurarse un buen rato, logran hallarla y huir junto con ella, pues los malandros los han encontrado en Sonora después de perseguirlos hasta allá. Cesárea, una mujer vieja y corpulenta, descomunalmente gorda, forcejea con el padrote y su guarura cuando éstos les han dado alcance, disparándose accidentalmente la pistola con la que ellos contaban y dando muerte a Tinajero. En la confusión, los amigos matan a los rufianes con armas blancas, alguna de las cuales era portada por ellos mismos, los malhechores.

Esta es la trama de la novela Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, cuyos héroes son el chileno Arturo Belano y el mexicano Ulises Lima, álter egos del mismo Roberto Bolaño y de Mario Santiago Papasquiaro, respectivamente. La primera parte de la misma transcurre del 2 de noviembre al 31 de diciembre de 1975 y es relatada en primera persona por el otro amigo, Juan García Madero, en forma de diario, conformando la primera parte del libro, y la segunda parte de la historia va del 1 de enero al 15 de febrero de 1976 y queda plasmada en ¡la tercera parte de la novela! Tres meses y medio en total.

¡¿Pero qué coños metió Bolaño en la parte de en medio de la narración?! ¡Pues nada, los testimonios de más de medio centenar de personajes que dan cuenta de las vidas de Bolaño y Papasquiaro, digo, perdón, de Belano y Lima, de 1976 a 1996! Algunos de estos personajes, no muchos, se repiten, como Amadeo Salvatierra, cuyo testimonio fue recogido en enero de 1976, y parte del cual da comienzo a esta serie, y otras partes del mismo se diseminan a lo largo del relato y en la parte final de los testimonios, quizá para hacer coincidir la fecha con el inicio de la tercera parte de la novela. No sé por qué todo esto me hizo recordar a Julio Cortázar.

Estos testimonios conforman 520 páginas de las casi 800 de que consta el libro y constituyen una verdadera delicia, ya que es otro medio centenar de historias entrañables, algunas, muy pocas, de las cuales tienen escaso que ver con nuestros héroes.

Cómo me gustaría escribir como este autor, aun con lo procaz y soez que puede llegar a ser en un momento dado, como muchos otros autores de su generación y de “su onda”. Nada de que escandalizarse.

No en balde The New York Times califica tanto a éste (lugar 36) como a 2666 (¡lugar 6!) como dos de los mejores libros (repito, libros en general, no novelas) en lo que va del siglo XXI ( https://blograulgutierrezym.blogspot.com/2024/08/que-hermoso-es-leer.html).

¡Nada más!

Se dice que el realismo visceral encubre al verdadero movimiento de los dos amigos: el infrarrealismo, en contraposición con el surrealismo de André Breton.

De veras, es sorprendente la erudición de Bolaño así como el conocimiento de todos los lugares donde estuvo: España, Francia, Israel, África, pero, sobre todo, mi añorado terruño, el DF. Prácticamente me hizo estar ahí.

viernes, 7 de febrero de 2025

Hoy, 10 de febrero, hace exactamente 30 años

Uno de mis grandes logros y recuerdos imperecederos lo obtuve cuando ¡me "corrieron" de IBM! Se rumoraba de un plan de retiro anticipado "millonario" a principios de 1995 y como yo ya lo había solicitado, sin éxito, dos años antes, volví a insistir y me volvieron a decir que esta vez tampoco estaba en la lista, que era yo un elemento importante de la compañía y bla, bla, bla. Como insistiera, me dijeron "OK, mensaje recibido", y al día siguiente me presenté pensando, no sé por qué, que me iban a ofrecer algo indeclinable para retenerme. Síiii... ¡cómo no!... A los ciento y tantos que corrieron (ahora sí, sin comillas) ese día, ni nuestro cepillo de dientes nos permitieron recoger de nuestros escritorios, y guardias de seguridad con tremendos perros recorrían los pasillos del edificio donde nos encontrábamos. Obviamente, nuestro acceso al sistema de cómputo había sido revocado desde temprano, y prácticamente nos echaron con una patada en el culo. En mi caso particular, después de veinte años de servicio en la empresa.

Por supuesto, ¡monté en cólera!..., pero contenida. Sin embargo, mi reacción fue cataclísmica una vez fuera: me entrevisté con Darío Celis, uno de los más reconocidos periodistas de negocios todavía hoy en día, y le entregué una carta detallando todo lo ocurrido y preguntándole cuándo saldría publicada la información que ahí le daba. "Mañana”, me dijo, “¡mañana mismo!". Evidentemente, yo salí muy complacido de la entrevista, pero eso no fue todo: llamé a los EU para denunciar la humillación de la que había sido objeto y todas las transas que se decía cometían adentro nuestros directivos, aunque no me constaran, y así se lo hice notar a mi entrevistadora (que por cierto me dijo que no era necesario que yo fuera a Nueva York, como era mi deseo, que sólo colgara y ella me devolvía la llamada; y así lo hizo), así que tomara lo que le decía con las reservas del caso, vamos, como si fuera "a confession secret". "Absolutely, you shouldn't be worried, you have my promise", me respondió.

Como cereza en el pastel, y como buen actuario que soy, me percaté que me estaban birlando intereses del dinero que yo mantenía en su caja de ahorro y los urgí, por escrito, a que me devolvieran los alrededor de 20 mil pesos que me estaban reteniendo indebidamente si no querían que los denunciara ante las autoridades financieras correspondientes, que no bastaba con el suculento y reglamentario cheque de retiro “voluntario” que me habían dado. Al día siguiente, muy temprano, me los rembolsaron.

A Darío Celis le dije que si tenía que dar mi nombre, no lo dudara, que lo incluyera, pero él insistió en que no tenía por qué revelar sus fuentes. Y así fue. Cuando salió publicada la información en su columna de El Financiero el martes 14 de febrero de 1995, Día del Amor y la Amistad, se armó el súper escándalo en IBM. Se agotó el periódico en los alrededores del mismo edificio del que me habían corrido y en el de los headquarters hubo una reunión extraordinaria del Presidente y todos sus rastreros achichincles (directores) y la gerente de comunicación de Relaciones Externas, íntima amiga mía y quien me informó puntualmente de todo lo ocurrido. Yo fingí demencia, por supuesto, pero tooodos, absolutamente todos determinaron que había sido yo el que filtró la información, excepto el vicepresidente de la compañía, quien apuntó certeramente que no podía serlo, ya que yo hubiera dado mi nombre, dos apellidos y copulativa entre ellos, y no le faltaba razón, sólo que el periodista se había regido por su ética profesional.

Total, para no hacerles el cuento más largo, únicamente añadiré que si a mí me defenestraron el viernes 10 de febrero de 1995 a las 11 am, el Presidente y Director General de IBM de México, Rodrigo Guerra Botello, "renunció" el martes 28 de ese mismo mes por la tarde, es decir, escasas dos semanas después de mí, tras permanecer ¡más de 14 años en el Poder! Todo un dictadorzuelo, pues.

Yo sólo contribuí con el último clavo en el ataúd para que lo echaran.

Curiosamente, tres años después, en 1998, fui recontratado por IBM de Estados Unidos  mediante un tercero en Denver, Colorado, para trabajar directamente con la Big Blue  en Raleigh, Carolina del Norte, por un año más, en pleno auge de las compañías punto com.

Happy end!

jueves, 6 de febrero de 2025

Me quedé sin habla

En lo que más destacaba yo en mis años mozos era en matemáticas y en lengua y literatura. Y no es que destacara, sino que más bien era lo que me gustaba, a tal grado que me soñaba siendo un respetado periodista o escritor o un eminente matemático, pero cuando comentaba en casa mis preferencias y  mocionaba nombres como los de la Facultad de Filosofía y Letras o de la de Ciencias, me paraban en seco y me desilusionaban: en ese caso, mejor inscríbete en la Nacional de Maestros, es para lo único que te va a alcanzar; estudia mejor arquitectura o ingeniería, “algo que deje” (literal).

Por aquel entonces cursaba yo lo prepa y un buen día llegó un compañero con el anuario de la UNAM y me mostró el programa de estudios de actuaría, carrera que yo jamás había oído mentar, recalcando que el currículo incluía primordialmente matemáticas y unas cuantas materias administrativas, y que los graduados en la disciplina se volvían invariablemente millonarios. Además, ¡se cursaba junto con físicos y matemáticos en la bienhadada Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional! Esto bastó para que convenciera a los escépticos de la casa una vez que les hube explicado “todo”.

Y aquí me tienen, esperando aún la riqueza que me llegaría a raudales. Y no, no es que no fuera cierto lo que mi condiscípulo dijo, pues sé de compañeros que se volvieron inmensamente ricos (y en dólares) poniendo en práctica sus habilidades en el extranjero. Es cuestión de talento, algo de lo que yo siempre he carecido.

En cuanto a lo de la escritura, ahí sí que ya ni cómo reversar lo irreversible, y aquí estoy, recetándoles a ustedes mis inconsecuencias, aunque, eso sí, cada vez menos frecuentes. Máxime que hay ocasiones en que me niego a salir del fraccionamiento donde vivo por días enteros; vamos, hasta he dejado de ir a correr, y así, pues de qué fregados quieren que escriba, ¿verdad?

Lo único que salva todo este escenario es la lectura, y aun así, hay ocasiones en que uno se topa con cada bodrio, premiado y laureado, que cree perdido hasta este excelso placer.

Como digo, me quedé sin habla, pero ustedes sabrán comprender.

sábado, 25 de enero de 2025

No soy un crítico literario...

… ni muchísimo menos. Me atengo a comentar con ingenuidad los libros que leo, no como los sesudos intelectuales en publicaciones culturales de alcurnia, que cuando se termina de leerlos a propósito de un libro que también uno leyó, no queda más que exclamar con sorpresa: ¡ah, chinga!, ¿estará hablando del mismo libro que yo leí y tanto disfruté?, no creo. Dicen que atrás de cada crítico acerbo se esconde un escritor frustrado; sé de varios casos.

Pasando a lo mío, acabo de leer la abrumadora y exuberante novela total (el calificativo corre por mi cuenta) de Charles Dickens La casa desolada, que se extiende la friolera de mil 187 páginas, y en la que se da cuenta de las vicisitudes de cuatro personajes principales: John Jarndyce y tres jóvenes y maduros pupilos huérfanos bajo su tutoría: Esther Summerson, heroína de la historia  y narradora en primera persona de buena parte del relato, su queridísima amiga Ada Clare y la futura pareja de ésta Richard Carstone. En torno a ellos va tejiendo el autor la más intrincada y compleja red de historias que los involucran a ellos con decenas de personajes más, de todas las clases sociales, desde los más miserables hasta los más prósperos.

A lo largo de toda la novela se habla de un pleito legal, Jarndyce y Jarndyce, que nunca se resuelve sino hasta el final, y que constituye una inmisericorde crítica al sistema de justicia inglés de la época de Dickens, pleito que llega incluso a confrontar a Jarndyce con su ex pupilo Carstone, al que llama primo, por una disputa hereditaria cuyos costes, ambos están conscientes, consumirán la totalidad de la herencia en discordia.

Pero lo anterior es sólo parte de la narración, pues también se da cuenta del inverosímil y dramático encuentro de Esther con su madre, lady Dedlock, y su trágico final, y numerosas crónicas más que dan pie a que la historia total tenga lugar. Crónicas a cual más de interesantes y absorbentes, reseñadas en buena parte por un narrador omnisciente en tercera persona que se alterna con Esther en la compleja estructura de la novela.

Un libro totalmente distinto a los anteriores que del mismo autor había leído, y quizá no mejor, habiendo sido incluso tentado en un momento preciso a abandonar su lectura, pues es normal que un escrito tan extenso tenga variaciones en cuanto a su calidad literaria. Pero qué bueno que no lo hice, ya que realmente valió la pena dicha lectura, a pesar de lo que autores tan connotados como Oscar Wilde, Henry James y Virginia Woolf opinan de Dickens, según Wikipedia: se quejan de su falta de profundidad psicológica, su escritura floja y su sentimentalismo. Sin embargo, yo me quedo con lo que los no menos célebres Tolstoi, Chesterton, Orwell y Tom Wolfe elogian de él: su realismo, su comedia, su estilo de prosa, sus caracterizaciones únicas y su crítica social, según Wikipedia, nuevamente.

En efecto, Dickens no es Dostoievski, pero, ¡ah, cómo he disfrutado todo cuanto he leído de él, incluida La casa desolada, aquí en reseña!

Perdón por comentarla hasta ahora, pero me llevó un buen rato finalizarla.

¡Feliz año!

martes, 7 de enero de 2025

Y sigue la mata dando

Como he seguido padeciendo los problemas a que me refiero en el artículo https://blograulgutierrezym.blogspot.com/2024/07/inteligencia-artificial-ia.html, voy a sugerirle a mi banco que en vez de colocar sus practicajas en las sucursales de la institución las ubique mejor dentro de los casinos, junto a las máquinas tragamonedas, pues su funcionamiento es tan parecido, es decir, tan impredecible y aleatorio, como en éstas, y además corre uno el riesgo de que se traguen sus billetes, como le sucedió a mi hijo en una ocasión que describo en el escrito anterior.

Y no es que uno no sepa manejar estas máquinas, pues para donde se voltee dentro del casino, digo, perdón, la sucursal, se ve a otros batallando con los mismos problemas, llegando al extremo de mentar madres y hasta de patear los aparatos. Elena ha desarrollado una infinita paciencia con estos robots: ya sabe que hay que invertir aproximadamente un cuarto de hora en tan penoso proceso.

Afortunadamente dispongo de una cuenta puente en otro banco que tiene implementado un sistema de cajeros muy parecidos a nosotros y que están dispuestos aceptar, todavía, depósitos en efectivo, por lo que no requiero más que de una transferencia vía el Sistema de Pagos Electrónicos Interbancarios (SPEI) para tener el dinero donde originalmente lo requería.

Pero ¡qué joda!, ¿no?