miércoles, 24 de enero de 2024

Me bajaron de mi nube

La “ceremonia de graduación” con mi radio-oncólogo (RO) hace dos días -lunes 22 de enero de 2024- resultó por demás frustrante:

RO. Usted debe de ser consciente que la reducción del nivel de antígeno en su sangre se debe mayormente a los medicamentos que se le están administrando en el Seguro desde el año pasado y que deberán seguir administrándole durante los siguientes dos.

YO. Absolutamente, doctor, pero yo esperaría que la radioterapia estuviera ya influyendo de alguna manera en el proceso, ¿no es así?

RO. Desgraciadamente no, pues la radioterapia puede tardar hasta cinco años en mostrar su éxito.

YO. ¡Cinco años!, cuando yo esté ya plenamente dentro de mis 80 de existencia, ¡qué locura!, de haberlo sabido antes, no me someto a tal tormento.

RO. No diga usted eso, mientras tanto hay que estar alertas para que el cáncer no recurra, para lo que es primordial la medicación que se le está proporcionando. Y cuidar también los efectos secundarios tardíos, aunque improbables, que pueden llegar a presentarse hasta un año después de haber finalizado la radioterapia, como sangrado en vías urinarias y digestivas.

¡Qué padre! Medicamentos que por su función -inhibir la producción de y daños provocados por la testosterona- han reducido mi libido a prácticamente cero, lo que no precisamente tiene feliz a mi esposa, o, quién sabe, tal vez la tenga secretamente eufórica, habría que preguntárselo a ella.

Todo lo cual me hizo resucitar un viejo escrito de julio de 2020 que no tiene desperdicio.

Léanlo, por favor, es todo un poema:

 http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2020/07/amiga-muerte.html.

viernes, 19 de enero de 2024

No todo está podrido en Dinamarca

Algún grave mal se oculta en Dinamarca.

Marcelo en Hamlet, de William Shakespeare, primer acto, escena XI, p. 15, colección “SEPAN CUANTOS…”

Quizá era lo que estaba faltando en mi existencia: un proyecto de vida -mi salud-, antes que estar pensando constantemente en la muerte. Fue por eso que tomé el fin de mi tratamiento contra el cáncer (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2024/01/fin-del-suplicio.html) como un triunfo, aunque todavía no lo sea cabalmente, habida cuenta de los dos años que tengo que pasar todavía bajo tratamiento médico, pero ya el antígeno bajó dramáticamente de 8.3 a 0.31, según estudios recentísimos, prácticamente el deseable 0. Por otro lado, retomé entusiastamente mi acostumbrado trote en el Parque Metropolitano de León, y esos siete kilómetros de corrida cada tercer día me han sentado de maravilla, después de la obligada pausa de casi dos meses por mis achaques.

Curiosamente, también, hasta el IMSS me dio un mentís este día, viernes 19 de enero de 2024, al haberme proporcionado un servicio de excelencia con la administración de los medicamentos -carísimos- que debo consumir ese par de años, y no como hace tres meses en que un barbaján de bata blanca sin vocación me humilló ignominiosamente (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2023/10/trato-degradante-en-el-imss.html). Medicamentos de varios miles de pesos, fuera de mi alcance económico después de la costosa radioterapia a que me sometí, y que la medicina social me otorga sin costo alguno por ser derechohabiente.

Admirablemente, acababa yo de leer los dos dramas por antonomasia de William Shakespeare, Hamlet y Macbeth, en el primero de los cuales se atribuye a Marcelo, fiel amigo de Hamlet, la proverbial frase “algo está podrido (o huele mal) en Dinamarca”, a la que yo podría contravenir con justa razón y refutar a contrario sensu: no todo está podrido en Dinamarca, de acuerdo a la terminología empleada por nuestro sereno prócer, el mesías tropical.

No lo puedo evitar: todo lo anterior me ha infundido un gozo tan extraordinario que me ha llevado a sentirme mejor que nunca. 

viernes, 12 de enero de 2024

Fin del suplicio

Dios te salva del rayo, pero no de la raya.

Refrán popular

Finalicé la primera y definitiva etapa de mi lucha contra el cáncer (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2023/12/el-arduo-camino-hacia-la-sanacion.html). No más desmañanadas ni visitas diarias al hospital durante un mes y medio, no más apurar un litro de agua en un par de minutos antes de pasar a la radioterapia, no más invitaciones en plena sesión a limpiar nuestro intestino antes de continuar con el proceso, no más micciones continuamente durante todo el santo día,  y sólo un par de semanas más de salvajes regímenes alimenticios mientras se alivian los efectos secundarios del tratamiento. Un auténtico y desgastante maratón por la vida, diría Caro, mi hija. Una experiencia emocionalmente extenuante, sentenciaría yo.

Ahora ya “únicamente” tengo que continuar deglutiendo una píldora diaria de biculatamida por uno o dos años más y seguir  inyectándome en la panza una ampolleta de goserelina cada tres meses durante el mismo tiempo para, respectivamente, inhibir los efectos y la producción de testosterona que es el caldo de cultivo de estos males, además de practicarme exámenes clínicos periódicos para medir el nivel de antígeno en la sangre, un valor bajo del cual indicaría la remisión de la enfermedad. Y a esperar que ésta no reincida. ¡Nooo, si les digo que esto del cáncer es cosa seria!

Y todo, ¿para qué? Para que después de esos dos años quizá me toque ya fenecer por causas naturales. Dios te salva del rayo, pero no de la raya, sentencia un sabio refrán popular.

Pero, melindres aparte, qué bien se siente uno de haber cumplido una misión que parecía imposible y de tener al enemigo de rodillas frente a ti, y de comprobar, por enésima vez, el apoyo incondicional de tu pareja, Elena, que estuvo ahí en el hospital ese mes y medio, todos los días, como si ella fuera la afectada, y que se hubiera bebido con gusto los 28 litros de agua en vez mía y hasta sometido complacida a las radiaciones en mi lugar si con ello ayudara a mi curación. Un ser de excepción, verdaderamente.

Perdón por la ilustración con que acompaño este escrito (certificado de mi cura, le llamo yo), pero no pude evitar la tentación de incluirla (no la menosprecien, pues fui 972 de un total de 6,047 participantes y en menos de tres horas). Por cierto, el próximo lunes reanudo mis “correrías”.

Les prometo no volver a importunarlos con broncas tan personales.

Marcador final: ¡Terapias 28 - 0 Cáncer!

domingo, 7 de enero de 2024

Divertimento

Después del monumental chasco que me llevé con Proust y su En busca del tiempo perdido (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2023/09/insoportable-sufrimiento.html), le hinqué el diente a American Psycho, de Bret Easton Ellis, y Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, que me agradaron bastante y sobre las que ya he comentado en escritos por separado anteriores. Después intenté con un bodrio de Louis-Fedinand Céline, Guerra, intragable y en una pésima edición de Anagrama, que abandoné después de unas cuantas páginas. Seguí con Las alas de la paloma, de Henry James, y El Gran Meaulnes, de Alain Fournier, ambas novelas un tanto enigmáticas, pero plenamente disfrutables.

La mala suerte me alcanzó de nuevo al continuar con Archipiélago Gulag I, de Alexandr Solzhenitsyn, un tabique de 816 páginas que me obsequió mi hija Caro en Navidad y que ya antes había querido adquirir en formato electrónico infructuosamente, pues no lo encontré en ninguna parte, así que me cayó de perlas, no así su formato, contenido y estilo, y abandoné su lectura después de 114 páginas, profundamente desilusionado y aburrido. El autor se dedica a describir cientos de detenciones y redadas durante la época de terror en Rusia y la Unión Soviética, pero sin ninguna ilación y, peor, sin ninguna emoción, como si un burócrata estuviera asentando los hechos en actas. Además, el formato del libro, con notas a pie de página, acotaciones del autor referidas en la penúltima parte del libro y un índice de materias en la parte final a la que el lector tiene que acudir continuamente a lo largo de la lectura, hacen tedioso, si no es que imposible, un estudio placentero de la obra. Qué diferencia con Vida y destino, del escritor y periodista ruso Vasili Grossman (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2024/01/vida-y-destino.html), en la que abunda aquello que a la de Solzhenitsyn le falta, por lo menos en la centena de páginas que yo aguanté, y miren que la de Grossman no canta mal las ranchera con sus más de mil 100 páginas, pero desde la primera captura la atención.

Ante tan monumental decepción, intenté con la magna obra de Adam Smith La riqueza de las naciones, escrita hace más de dos siglos, pero más actual que nunca. Sin embargo, desde el principio me pareció tediosa y prolija, sobre todo para alguien que como yo carece del pleno bagaje económico-financiero para entender cabalmente una obra tan extensa, y la devolví en su formato digital a Amazon, que puntualmente me reembolsó lo que en ella había invertido.

Finalmente, terminé con el maravilloso libro póstumo de Stephen Hawking Breves respuestas a las grandes preguntas, sobre los acuciantes temas que nos han inquietado desde siempre: la existencia de Dios, la vida inteligente en otras partes del universo, la predicción del futuro, los agujeros negros, la posibilidad de viajar en el tiempo, la colonización del espacio, la posibilidad de que nos sobrepase la inteligencia artificial, et al.

No diré que todo lo que dice Hawking sea plenamente entendible para un lego como yo, pero cómo entusiasma contemplar la pasión con que estos sabios acometen su labor de intentar hacernos emocionar con tópicos tan bellos e inquietantes. Y a fe mía que lo logran con creces. Mucho mejor esto que Proust, Solzhenitsyn o Adam Smith. A pesar de todo, nunca  me sentí tentado a abandonar la lectura del esplendoroso libro de Stephen. Más aún, queda uno tentado a releerlo de inmediato.

Por cierto, Stephen Hawking menciona en un momento dado que no se atrevía a citar textualmente lo que Laplace decía sobre el determinismo científico, pues éste, Laplace, se parecía bastante a Proust, “ya que escribía frases de una longitud y complejidad desmesuradas.”

A este respecto, un amable lector de estos pergeños me inquirió por qué no me gustaba Proust, a lo que le respondí que no me gustaba Proust como tampoco me gustaban los chiles en nogada. ¡¿No te gustan los chiles en nogada?!, se sorprendió. No sólo no me gustan, sino que me revuelven el estómago, lo contrapunteé. Oye, pero si son un patrimonio culinario de la humanidad, terqueó. Pues por más patrimonio que sean, a mí me producen urticaria y me vomito nada más de verlos, concluí, así que no, no me gustan Proust ni los chiles en nogada… si no te importa.

¡Viva Stephen Hawking!

Vida y destino

El pasado día del padre, mi hija Carolina me regaló un ladrillo de más de mil 100 páginas, que no es otro que la monumental obra Vida y destino del escritor y periodista ruso Vasili Grossman, novela con más de 160 personajes… y todos entran en escena. El editor enlista los nombres de todos estos personajes en la parte final del libro, agrupándolos conforme a la trama que les toca jugar en él.

La obra tiene que ver con los totalitarismos ruso y alemán en el marco de la Segunda Guerra Mundial. Las distintas tramas, en apariencia disconexas, tienen sus puntos de contacto, y se entra y sale de ellas, entremezcladas, a lo largo de las tres partes que conforman el libro.

La parte medular, la columna vertebral, de la novela gira en torno a la entrañable familia Sháposhnikov, y dentro de ésta, el rol principalísimo lo juega el físico nuclear teórico Víktor Pávlovich Shtrum, marido de Liudmila Nikoláyevna Sháposhnikova, hombre inseguro, egoísta, conflictivo y científico de primer orden.

Shtrum resulta tan humano como para haber acaparado todo mi entusiasmo y emoción por la novela, aun sobre las descripciones dramáticas y desgarradoras sobre campos de concentración y cámaras de gases alemanes, y centros de reclusión soviéticos. Lo siento, pero el drama personal, interno, de los individuos es lo que me fascina.

Cuando Shtrum cree que ha fallado en sus investigaciones teóricas pues siente que ha llegado a un punto de atasco en que ni para atrás ni para delante, de repente, una tarde, paseando para pensar en cualquier otra cosa, lo vislumbra todo con una claridad diáfana y entra en éxtasis. Cuando sus compañeros en el instituto y el laboratorio ven puesta en papel su hermosa teoría físico-matemática no pueden menos que admirarlo y compararlo hasta con el mismo Einstein.

Pero esto no es más que el principio de la desgracia de Shtrum, pues esa independencia de pensamiento que lo caracteriza en el terreno científico se extiende también a cuestiones políticas. Y es así como se ha ido un tanto de la lengua en reuniones de amigos deslizando críticas veladas contra el sistema. Pero también ha asumido la férrea defensa de compañeros de trabajo tratados por los jefes con desdén por sus escasas credenciales científicas o, peor aún, por cuestiones raciales.

Llega a tal tensión por estos motivos la relación de trabajo con sus jefes, compañeros de trabajo y amigos que ya no lo son tanto, que hasta en duda ponen todos su otrora hermosa teoría. Shtrum se recluye en su casa con su esposa y su hija, con las que también comienza a tener roces, y entra en rebeldía no acudiendo al instituto ni a las reuniones para las que es citado ex profeso. Shtrum ha sido prácticamente defenestrado y entra en una paranoia total sintiendo que en cualquier momento será encarcelado por el régimen de Stalin, de quien alguna vez dijera que la física se atenía a los principios de la ciencia y no a lo que éste u otros líderes políticos dictaran.

Bajo tal delirio de persecución y aislamiento en que ya ni llamadas telefónicas recibe, cuál no va siendo su sorpresa al recibir una de quien menos lo esperaba, en términos cordiales y deseándole el mayor éxito en su trabajo. Sí, Stalin, bien enterado de lo que las investigaciones de Shtrum pudieran significar en el manejo de la energía nuclear, tomó personalmente el auricular y le deseó la mejor de las suertes.

Resulta ocioso describir la reacción de los “enemigos” de Shtrum cuando la noticia de la llamada se extendió como reguero de pólvora. Volvió no a ser el mismo de antes sino aún más grande. Jefes y compañeros de trabajo con los que antes había tenido serias diferencias y que por lo mismo conocía poco, le parecían ahora gente de lo más normal, con filias y fobias como todos y que se permitían intimar con él. Otras amistades ya no volvieron, pero por lo menos Shtrum les había dejado el ejemplo inquebrantable de sus principios cuando ellas flaquearon.

Sin embargo, Víktor Pávlovich Shtrum fue absorbido por el sistema y quedó adormecido, de tal suerte que cuando fue convocado por los dirigentes del instituto para informarle que en el mundo occidental estaban diciendo cosas terribles contra el país, contra ellos que habían derrotado al fascismo alemán en la heroica Stalingrado, y que era por tanto necesario que firmara una carta de apoyo al régimen desmintiendo a Occidente, dudó.

Dudó, pero al final, y casi maquinalmente, firmó, como quizá lo hubiésemos hecho cualquiera de nosotros, aunque a Víktor le quedó la inquietud de si  los que antes se acobardaron dentro del instituto cuando él entró en rebeldía habrían firmado. Y se promete lavar su falta invocando, por un lado, el espíritu de su madre, muerta en reclusión, y, por el otro, un amor platónico, esposa precisamente de uno de esos cobardes y que se había enamorado perdidamente de él.

Esta y otras historias igualmente atractivas y enigmáticas conforman esta novela de muy recomendable lectura.