sábado, 16 de octubre de 2021

Koala

Cuando uno se obsesiona por algo o por alguien no para hasta conseguirlo u obtener el rechazo definitivo. Tal fue mi caso con el libro Koala, de Lukas Bärfuss, que no encontré por ninguna parte. Novela corta de 170 páginas, en rústica, que se anuncia como la historia en que el narrador va a dar una plática sobre un autor X en su pueblo natal, donde aprovecha para verse con su hermano (medio hermano) al que no ve desde hace tiempo y al que no volverá a ver nunca más, pues éste se suicida poco después. Fanático del tema como soy y por venir recomendado el libro por un escritor que respeto, lo conseguí finalmente en Mercado Libre al módico precio de ¡890 pesos con 74 centavos!, rusticidad incluida. Afortunadamente un error del proveedor hizo que la venta se frustrara y me devolvieran mi dinero. Pero, terco, ahí voy otra vez, y en esta ocasión el atraco sí se consumó, aunque para compensar el mal servicio previo y el desfalco, me lo hicieron llegar en tan solo un par de días.

El relato prácticamente comienza describiendo el fatal acontecimiento y con interrogantes del autor sobre las razones que su hermano tendría para cometer tal “despropósito”, y lo pongo entre comillas porque el autor entra en el tipo de disquisiciones que a mí tanto me gustan y que parecen justificar plenamente la decisión de su pariente. Luego acude a elucubraciones sobre el tiempo en que a su hermano empezarían a identificarlo con un koala y tal vez hasta asignarle el sobrenombre. Quizá haya sido mientras perteneció a los scouts.

Pero, súbitamente, el narrador pasa de esta historia a otra totalmente disímbola, sin conexión alguna aparente, y que abarca la mayor parte de la novela: la colonización por parte de diferentes cuadrillas europeas, ayudadas por nativos, de la Antártida, hasta llegar a descubrimiento de ese animal que parece ser todo un enigma: ¡el koala! Al principio, la carencia de ilación entre las historias me desconcertó y enojó. Era como pasar, terminados los comerciales televisivos, de un encuentro reñido de básquet en los cardiacos segundos finales del partido a otro de la temporada regular de beis. Frustrante, pues hasta el interés por la lectura se pierde.

Todo se arregla con el descubrimiento en el relato del koala, animal perezoso, con mil limitaciones, de vista corta, retraído, habitual de las altitudes arbóreas y de escasa utilidad, de no ser por su piel, que es lo que llevó al humano depredador a terminar con la especie. Y ese mismo exterminador, el hombre, lo hizo resucitar de entre sus cenizas para convertirlo en símbolo de toda una colonia. Esto es, lo rescataron de su pereza y lo pusieron a trabajar, aun después de desaparecerlo. Desgraciadamente, no pueden hacer otro tanto con el hermano del narrador, pues él posiblemente estaba harto de todo eso, pero nunca lo sabremos, ya que no dejó nota póstuma alguna, y todos conocían su baja autoestima.

“Y de pronto comprendí -dice el narrador- por qué se trataba de evitar hablar del suicidio. No era contagioso como una enfermedad, era convincente como un argumento incuestionable. Era una mentira que no se entendía a los suicidas, al contrario. Todos los entendían demasiado bien. Pues la pregunta no era: ¿por qué se suicidó? La pregunta era: ¿por qué siguen ustedes con vida? ¿Por qué no abrevian las fatigas? ¿Por qué no agarran ahora mismo la soga, el veneno o el revólver, por qué no abren la ventana, ahora mismo?”

Novela altamente gratificante.

miércoles, 13 de octubre de 2021

"Yo ya no me pertenezco"

Cuánta megalomanía se esconde en la frasecita ésta. Como quien concede paternalmente: “Yo soy de todos ustedes, Yo soy todos ustedes, ¡Yo soy Dios Todopoderoso!”, y enseguida -para infinita vergüenza ajena de “todos ustedes”- sacar su pañuelito blanco y, agitándolo estúpidamente, repetir como tarabilla: “Ya no hay corrupción en México, se acabó la corrupción”, mientras Lozoya, corrupto entre los corruptos, cena en el Hunan y los sabuesos del “incorruptible” persiguen a científicos aterrados, más que culpables.

No dudo ni tantito que las voraces compañías energéticas se hayan enriquecido obscenamente -entre ellas, su “consentida”, Iberdrola- a costa de todos los mexicanos, y que los científicos hayan resultado, por decir lo menos, torpes y descuidados en el manejo de sus presupuestos, pero de aquí a reformar el mercado de la energía de manera tan lesiva que acarreará a todo el país ingentes daños que tardaremos una generación en corregir, si no es que de plano se vuelven irreversibles, y perseguir a nuestros científicos con una saña que ya quisiéramos que aplicara sobre sus impresentables hermanos, Lozoya y adláteres, media una maldad enfermiza.

Por qué mejor no regular el mercado de la energía; sí, sí, con tus aborrecibles CRE, CNH y Cenace, para lo cual tendrías que respetar su autonomía, y dejas de perseguir a nuestras mujeres y hombres de ciencia, que lo único que le pueden acarrear a México son bendiciones, para decirlo en el único lenguaje que parece que entiendes. Y conste que en este escrito me he referido tan sólo a un par de problemas, pero son incontables los que ha ocasionado tu supina ignorancia.

“Yo ya no me pertenezco, yo soy de ustedes”. Si ya no sabes qué hacer con tanta basura, no quieras endilgárnosla a nosotros, pues corres el riesgo de que, por asepsia, la incineremos.

viernes, 8 de octubre de 2021

Los socialistas son humanos

Recién se acaba de editar en formato digital el viejo libro (1940) de Edmund Wilson Hacia la estación de Finlandia (Penguin Random House, mayo de 2021), que trata sobre los avatares del socialismo desde la Revolución Francesa, y aún antes, hasta la entrada de Lenin a la estación ferroviaria de Finlandia en San Petersburgo, e incluso hasta “nuestros días”, entendiendo por estos los de la edición original del texto, pues cuando Wilson lo publicó aún estaba en el poder el sátrapa Josep Stalin y León Trotsky todavía no había sido asesinado en Coyoacán, México, en tan fatídico año. De aquí su epílogo, Resumen: la situación en 1940. El libro fue prologado magistralmente por el Nobel peruano Mario Vargas Llosa (septiembre de 2020).

Wilson relata la historia más desde el punto de vista humano que desde el ideológico o doctrinario, aunque un ensayo tan largo necesariamente incluye bastante de lo segundo. Es así como nos enteramos de la literal indigencia en que vivió Karl Marx prácticamente durante toda su existencia, siempre al amparo de su “discípulo” Friedrich Engels, cuyo padre era un industrial que en Mánchester tenía una sucursal de la que el hijo se ocupaba a regañadientes. En fin, Engels estuvo siempre a la sombra de Marx, a quien no sólo ayudaba económicamente, sino que intelectualmente su pensamiento estaba supeditado al de Karl. Aún después de la muerte de éste, tuvo que lidiar con la publicación póstuma de su legado, pues Marx no pudo más que publicar el primer volumen de su obra cumbre, El Capital, dejando a Engels el segundo y hasta un tercero que nunca se materializó. En fin, únicamente entonces fue que Engels pudo ser él mismo.

El libro versa principalmente sobre los “cuatro grandes”: Marx, Engels, Lenin, Trotsky, pero no por ello deja de hurgar en los intríngulis de las vidas de Michelet, Renan, Taine, Anatole France, Babeuf, Saint-Simon, Lassalle, Bakunin y tantos otros, incluido Vico, aun antes que todos ellos.

Me impresionó el pasaje en el que una de las hijas de Marx, Laura, decide junto con el marido Paul Lafargue que ambos se suicidaran una vez que estén cerca de agotar sus recursos económicos, lo cual ocurre cuando ambos rondan los setenta años de edad, y proceden a envenenarse sin mayores aspavientos.

Todo lo anterior, que se lee más como una novela, aunque no por ello dejen de proliferar los aspectos ideológicos de una doctrina totalmente obsoleta -que se justifican por la época en que la obra se escribió-, contribuye a hacer de ésta una lectura imprescindible.

Para concluir con mi pergeño diré tan sólo que señala el autor del libro -bien avanzada la jornada de su periplo escritural- que una noche de su último invierno en Samara, leyó Lenin La sala número 6, de Antón Chéjov, y procede, Wilson, a un inclemente spoiling de la trama, y concluye que “Cuando Vladimir terminó la lectura del relato fue presa de un horror tal que no pudo permanecer en la habitación. Salió en busca de alguien con quien hablar, pero era tarde: todo el mundo se había acostado. ‘¡Experimenté la completa sensación -dijo a su hermana al día siguiente- de estar encerrado yo mismo en la sala número 6!’”

Comprenderán ustedes que, con spoiling y todo, era imposible permanecer impasible (sí, sí, ya sé que suena cacofónico) ante tal “recomendación”, y procedí de inmediato a comprar el libro y leerlo en poco más de dos horas, aun antes de terminar el que en ese mismo momento leía. ¡Qué maravilla! Me identifiqué hasta la médula con los dos personajes principales de este librito encantador.

No querrán que se los “espoilee” yo también, ¿verdad?

domingo, 3 de octubre de 2021

Aclaración

A petición de Manuel Martínez Fernández, esposo de Julia Tagüeña Parga, adjunto el correo que me acaba de enviar, en el que desmiente información que yo tomé de notas periodísticas en Reforma y El Universal.


En Dom, 3 Octubre, 2021 en 20:56, Manuel Martinez Fernandez <mmf@ier.unam.mx> escribió:
 
Para: Raúl Gutiérrez y Montero
Cc: jtag@unam.mx
Raúl, en tu mensaje hay un serio error. Nunca recibí dinero del Foro. Afortunadamente, sí he recibido dinero del CONACYT para muchos proyectos y Julia nunca ha estado involucrada en la aprobación de los mismos. 
Nunca ha existido conflicto de interés en su actuación. 
Te solicito aclares esta información falsa. 

Julia Tagüeña

Conocí a Julia Tagüeña Parga en 1969 cuando ambos éramos unos mocosos de 19 años de edad. Yo cursaba el primer año de actuaría y ella el segundo de física, los dos, en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Como tal, ella era ayudante del doctor Arturo Fregoso Urbina, quien impartía la clase de cálculo diferencial e integral. La tuve como “mentora” todo un año, mientras cursaba Cálculo I y II en la universidad bajo la cátedra del doctor Fregoso.

Julia era una chica muy aprovechada, pues provenía de una escuela de élite en la Ciudad de México, llamada, precisamente, Ciudad de México, donde cursó su educación básica y media superior y conoció a su pareja de toda la vida, Manuel Martínez Fernández, con quien completó la misma carrera en la UNAM, casó y emprendió el viaje a la Universidad de Oxford, Inglaterra, donde ambos se doctoraron. Julia y Manolo se desempeñan actualmente como investigadores y académicos de renombre en el Instituto de Energías Renovables (IER) de la universidad en Morelos.

Tagüeña se desempeñó, además, como titular del Foro Consultivo en Ciencia y Tecnología del Conacyt. Dícese que en el transcurso de dicho rol, autorizó un millón de pesos para un proyecto que el marido encabezaba, lo cual podría constituir un flagrante conflicto de interés, del cual Julia debió haberse deslindado. No dudo en absoluto de ninguno de estos hechos, pero lo más que procedería sería una sanción administrativa por tan torpe proceder, no una flamígera acusación, por parte de nuestras impolutas autoridades judiciales y de procuración de justicia, de delincuencia organizada, lavado de dinero y manejo de recursos de procedencia ilícita.

¡Por favor!, si nada se ha hecho contra los dos pillos hermanos de presidente López Obrador, Pío y Martín, esos sí sorprendidos en flagrancia recibiendo recursos de procedencia no sólo ilícita, sino lavados y re-lavados y producto de no sé cuántos delincuentes organizados, no quieran chingarse a Julia por su estupidez de haber hecho cosas buenas que parecían malas.

¿Y qué me dicen del fiscal Alejandro Gertz Manero, que la persigue? Involucrado en los Panamá Papers por inversiones de dudosísima procedencia en paraísos fiscales, además de las denuncias por claro plagio intelectual en su contra que el valiente escritor y académico Guillermo Sheridan está llevando ante las más altas instancias del Conacyt, amén de la inequitativa, encarnizada, inmisericorde e inmoral lucha fratricida que “don” Alejandro está llevando contra su propia familia política, donde él es juez y parte.

Por lo menos, en descargo de mi querida Julia Tagüeña Parga, puedo decir que ella hasta galardonada ha sido por su brillante trayectoria académica y científica, y no en balde ha dirigido tres tesis de licenciatura, cinco de maestría y tres de doctorado en la UNAM en su área de especialidad, durante el largo periodo de treinta años que va de 1987 a 2017.

No meto las manos al fuego por nadie más que por mí, pero creo que los hechos hablan por sí solos.

sábado, 25 de septiembre de 2021

Al maestro con cariño

Al doctor Guillermo Torres Díaz, in memoriam.

Existe un viejo problema en matemáticas que los cerebros más brillantes del mundo han tratado de dilucidar con acuciosidad desde hace más de 162 años: la hipótesis de Riemann, quien la lanzó a la palestra en agosto de 1859. El enigma está relacionado con análisis complejo, lo que me llevó hace unos días a desempolvar mis notas universitarias sobre el particular, no con el afán de probar lo que parece imposible de tal empeño, sino porque desde hace varios años me ha apasionado el tema.

Tuve la inmensa fortuna de contar en la materia con el mejor profesor de mi vida, desde párvulos hasta mi diplomado en el Tec, y lo recuerdo con el mayor de mis respetos y mucho cariño. Doctorado por Princeton, tenía una forma de exponer sus clases que despertaban un entusiasmo y una fascinación inmediatos y que hacían desear que su cátedra no terminara nunca.

Resultado de lo anterior fueron esos apuntes que menciono, producto de tomar todos los detalles posibles del expositor y, regresando a casa, pasarlos en limpio, como el amanuense que transcribe el texto sagrado que el sabio plasmó en la pizarra. Fue así como se acumularon cerca de doscientos folios por las dos caras, es decir, ¡400 páginas! a lo largo de varios meses (1 de marzo a 2 de julio de 1970) y 35 lecciones (ver imagen adjunta). Con ello no quiero más que remarcar lo importante que es un buen maestro para despertar el máximo entusiasmo por una materia. Por supuesto que no ocurría lo mismo con las demás asignaturas, sólo ésta logró remover en mí pasión tal. Mi tesis profesional versó sobre el mismo tópico, aunque desgraciadamente no dirigida por dicha eminencia ni sobre la hipótesis de Riemann.

Cada una de las lecciones de este genio era un verdadero deleite. Lo que no expresaba gráficamente en el pizarrón lo hacía por medio de un movimiento suave de sus manos en el vacío, que lo llevaba a uno a imaginar la geometría que sus palabras y gestos sugerían, para enseguida preguntar a alguien en la audiencia: ¿no le emociona a usted todo esto? A lo que hubiera querido responder: “¡Síii!”, con toda mi alma, de haber sido yo el inquirido.

Una vez que demostró un teorema fundamental que sólo ocurre en variable compleja y no en cálculo diferencial: si una función es diferenciable una vez lo es infinitas veces (algo verdaderamente sorprendente), añadió: “A estas funciones suele llamárseles derivables, diferenciables, analíticas, regulares, enteras u holomorfas, ¿cómo prefieren ustedes que las nombremos?”. Ante la avalancha de opiniones que, obviamente, elegían uno cualquiera de los cinco primeros nombres inteligibles, él respondió democráticamente: “Muy bien, las llamaremos entonces holomorfas”, el sexto, y fin de la discusión, pues así se les conoce comúnmente en análisis complejo.

Si a alguno le interesa, la hipótesis de Riemann establece que todas los ceros de la función zeta se encuentran sobre la línea ½ real del plano complejo, y ¡ay de aquel que la demostrare!, pues se habrá hecho acreedor al millón de dólares que el Instituto Clay de Matemáticas (CMI, por sus siglas en inglés) establece para quien lo hiciere.

¡Mucha suerte!

miércoles, 22 de septiembre de 2021

32 años

 Perdón por ser reiterativo sobre Elena (foto adjunta) en el aniversario número 32, hoy, de nuestro matrimonio, pero nunca será suficiente tanto énfasis habida cuenta de que, sin ella, largo tiempo ha que ya no estuviera yo entre ustedes, ya fuera por propia mano o de profunda tristeza por no haberla conocido. Para esto, quiero recordar lo que dije de ella hace poco más de un año, en pleno apogeo de la pandemia, en el “poema” intitulado Clarín, que la pinta de cuerpo entero. 

Clarín

¿Un pajarito cantando a estas horas?, me preguntó Elena el otro día en la cocina pasadas las 10 y media de la noche. Me inspiró mucha ternura su pregunta y tomé consciencia de un sonido ya familiar para mí desde varios meses atrás, pero del que había sido poco atento. Desde entonces lo oigo con especial delectación de que amanece hasta el anochecer, pues literalmente el pajarillo todavía tiene ánimos para cantar hasta bien pasadas las 11. Se trata de un clarín (myadestes unicolor). Es de los vecinos y, por tanto, nos encontramos en el mejor de los mundos posibles: ellos se encargan de alimentarlo, cuidarlo y limpiar su jaula, y nosotros de disfrutar su canto. Pareciera que se encuentra uno en pleno bosque. 

Pero ¿por qué me habrá movido a tanta ternura cuando Elena lo trajo a mi realidad? Pues, además del cariñoso diminutivo, yo creo que  porque me hice consciente de que ella es así: desde que amanece hasta la medianoche trae la sonrisa en su cara, no matter what, dirían los gringos. Es más, yo creo que cuando duerme no la abandona y que así se va a morir. Lo que es tener tranquilidad de conciencia y no deberle nada a nadie, ¿’á que sí?, preguntaría un leonés autóctono. Todo lo contrario de mí, que siempre ando con la angustia, el nervio y la tensión a flor de piel. Qué feo. Incluso a veces, para molestarla, le digo: Elenita, pero ¡¿de qué te ríes, carajo?! Puritita envidia.

Es más, creo que eso es lo que me ha permitido sobrevivir, a pesar de mí, las tres últimas décadas y pico. Mi hija recuerda con especial emoción cómo, hace muchos años, un día su hermano le preguntó, no estando nosotros presentes: Caro, cuando ves a mamá, ¿no sientes que te llenas de felicidad y que su cara provoca en ti mucha alegría? Carolina lo agarró a besos y le dijo: ¡Sí, Ruly, claro! 

Obviamente, la tragedia que nos trae a todos a raya no ha sido suficiente para achicopalarla a ella. Más aún, es como un acicate que le permite mostrar toda su entereza y todo su entusiasmo, tanto en las labores de casa, como en las que tiene que hacer fuera vendiendo sus productos ahora que la tienda está cerrada, o como, al regresar, todavía darse el tiempo de hacer algún trabajo a distancia y promoviendo sus negocios en redes sociales. Incansable, pues. 

También la molesto con aquello de que yo no he de ser tan malo cuando el cielo me premió con su persona, y, sin embargo, ella no ha de ser tan buena cuando los infiernos la castigaron conmigo. 

En fin, mi querida Elena, especialmente en estos tiempos tan dramáticos, ¡qué bueno es tenerte entre nosotros! Todo mundo se siente igual contigo, no sólo los que tenemos la dicha de disfrutarte todos los días. 

Clarín me lo recuerda a todas horas.