martes 2 de agosto de 2011

El patetismo de un neófito

No soy alguien al que se le haya inculcado el gusto por la música dese la infancia ni, para suplir esta carencia, lo haya cultivado yo mismo cuando sentía que ella era capaz de moverme a la dicha cuando la escuchaba. Esto representa no sólo una grave carencia, sino una auténtica desgracia.

No obstante, recuerdo que en septiembre de 1989 en Barcelona, durante la luna de miel de mis segundas nupcias, salía con mi esposa de visitar el casi terminado estadio olímpico de Montjuic cuando divisamos una banda estudiantil de música, con grandes instrumentos de viento y demás implementos propios de dichas bandas. La explanada exterior del estadio estaba casi desierta y mi mujer y yo nos sentamos ahí a escuchar los ensayos del grupo.

Como digo, no es algo que necesariamente requiera de cultivarse profesionalmente, pues sería imposible explicarse cómo hasta los animales se sosiegan cuando cierta música se ejecuta cerca de ellos. No que yo me considere tal, pero casi. En fin, escuché la ejecución más sublime que hubiera yo oído en mucho tiempo, con la “estridencia” propia de aparatos de viento enormes como aquéllos. No sé si atribuirlo en parte al reestreno del estado civil del que disfrutaba en esos días, pero, insisto, la ejecución fue soberbia. Ignoraba la pieza escuchada, pero se me quedó grabada como si no fuera la primera vez y me di a la tarea de buscarla desde entonces, sin más elementos que el tarareo.

Mi mujer removió cielo, mar y tierra infructuosamente. Muchas veces, el encargado del departamento de música de la tienda elegida confundía la tonada o mi esposa misma creía haberla encontrado… hasta que un día, varios años después, ¡en 2001!, me refugié en una vacía sala de cine de Mundo E para disfrutar en matiné la actuación estelar de Billy Bob Thornton en la película The man who wasn’t there. Al escuchar una ejecución al piano de la niña de la película, Ed Crane (Thornton) y yo experimentamos el mismo júbilo; él, inexpresivamente, según su papel, porque sentía que al convertirse en el representante de aquella chiquilla dejaría atrás su miseria económica, y yo, removiéndome de júbilo en la butaca, porque finalmente había escuchado, otra vez, la sublime interpretación de La Patética, de Ludwig van Beethoven.

lunes 25 de julio de 2011

Desde Rusia con asombro

Hace no mucho leía yo en un libro de Ignacio Solares cómo Julio Cortázar narraba con delectación un hecho menos inverosímil que el que a continuación relato, y se regodeaba de cómo el destino nos tendía trampas en este sentido.

Hice un viaje a la URSS en 1988, cuando todavía ésta era "una sola nación". El muro caería un año después y la URSS se atomizaría como dos más tarde. Eran mis felices días de divorciado. Llegué con el grupo de desconocidos (como unos quince) a Moscú y de ahí a Volgogrado, Stalingrado, Tbilisi (Georgia), Yereván (Armenia), Yalta, Kiev (Ucrania), Leningrado (hoy San Petersburgo), y de vuelta a Moscú. Desde luego, Petersburgo solita valió el viaje, con una guía maravillosa llamada Valentina Vladimirovna Tijomirova, ni fea ni bonita, pero a la que su extraordinario talento hacía ver maravillosa. De repente, un día en el autobús, dijo: "¡Miren, miren!, ése es el lugar donde la policía agarró a Rodia", y lo decía con un entusiasmo tal que contagiaba, no sólo por el hecho de conocer uno la historia (Crimen y castigo), sino por su emoción rayana en la lágrima. Por supuesto, todos se quedaron como idiotas sin saber a qué se refería "esa loca".

El Neva, el buque Aurora que comenzó la Revolución Rusa, el Hermitage, el monumento conmemorativo del sitio de 900 días durante la Segunda Guerra Mundial, con una lámpara votiva por cada uno de ellos, erigido en el mismo lugar donde los sitiados terminaron comiéndose hasta sus propios zapatos por no tener ya qué... en fin, y todo esto relatado por tan hermosa dama. Recuerdo que luego la inquirí si había sido ella la que Gutiérrez Vivó había tenido como guía en Monitor de la Mañana, cuando este sujeto acostumbraba viajar y transmitir su programa desde donde estuviera, y que en mí provocó que hiciera el mismo periplo, y me respondió: "sí, fui yo".

Recuerdo que regresando a México le envié una carta de agradecimiento y cortejo vía la misma agencia de viajes e invitándola a visitar Cuba. Nunca supe si la recibió, ya que jamás obtuve respuesta. Tiempo después, ya casado con Elenita y durante nuestra luna de miel, conocimos a otro guía magnífico, pero esta vez para Toledo, Madrid y Las Ventas. Sin embargo, le faltaba algo, ese entusiasmo contagioso de Valentina, y así se lo hice saber a Elena, la cual estuvo de acuerdo conmigo en que el guía era estupendo. Y le dije, lástima que no hayas conocido a Valentina.

Ese día, por la tarde, nos fuimos al Museo del Prado. Tengo muy presente que un monumental cuadro de Goya llamó mi atención y me acerqué a ver la nota explicativa. De repente, me vi "mejilla con mejilla", leyendo el mismo recuadro, a diez centímetros de... ¡Valentina! Le dije: "¡¿Valentina?!", y ella, roja de pena hasta la punta del pelo, asintió tímidamente bajando la mirada. Elena, que contemplaba el descarado rubor de ambos, no entendió hasta que la presenté. Se emocionó casi tanto como nosotros, pues hacía un par de horas apenas que había hecho su encomio.

Resulta increíble, pero lo único que acerté a hacer fue despedirme de ella. Ya fuera del museo, Elena me recriminó: "imbécil, ¿por qué no la invitamos a cenar?", pero era ya demasiado tarde... Valentina había desaparecido para siempre.

martes 22 de febrero de 2011

México, Estado fallido

El sábado 12 de febrero de 2011 a las seis de la tarde partió de la terminal de autobuses de la ciudad de Querétaro la unidad de la línea Primera Plus que transportaría al Distrito Federal a los pasajeros que poco antes la habían abordado. Todo transcurría normalmente hasta que, de improviso, a la entrada a la ciudad de México, varios individuos que viajaban como pasajeros desenfundaron sus armas y amedrentaron a los verdaderos viajantes para despojarlos del dinero en efectivo que llevaban. Acto seguido, los conminaron a que les entregaran todas sus demás pertenencias, incluidas credenciales de identidad, tarjetas bancarias, bolsos y carteras, cámaras, computadoras y hasta pasaportes y visas, ante la impasibilidad de la acobardada mayoría y, por supuesto, del operador del transporte.

Al arribar al aeropuerto internacional Benito Juárez, ninguno de los asaltados quiso interponer una denuncia ante el ministerio público que para el efecto se encuentra en dicha demarcación. Hubo quien solicitó la ayuda de los empleados de Primera Plus que ahí se encontraban, indicándoles que los habían despojado de todo y que la línea tenía la obligación de apoyarlos ante las graves fallas de seguridad patentes desde el abordaje del autobús, pues, obviamente, los pasajeros no fueron revisados ni filmados como en otras ocasiones, lo cual hace pensar en complicidades inimaginables.

Se le indicó al quejoso que primero interpusiera su denuncia ante el ministerio público y luego regresara. Cuando volvió, por supuesto, los irresponsables empleados ya habían emprendido su marcha. Todo este embrollo hace pensar en bandas de peligrosos delincuentes perfectamente organizadas y en colusión con la que, desde ahora, llamaré Primierda Pus.

Ignoro lo que es un Estado fallido, pero el mexicano se le ha de parecer mucho.

Finalmente, no quisiera terminar el presente escrito sin antes conminar al señor Calderón a que, si no puede, renuncie. Esta situación de paranoia, depresión y angustia resulta ya intolerable.

lunes 27 de diciembre de 2010

El infinito al alcance

Cualquier estudiante de primaria sabe lo que es un número primo, es decir, aquel que sólo es divisible por sí mismo y por la unidad. Lo que no resulta ya tan sencillo es determinar cuántos de estos números existen dentro de los números naturales (1, 2, 3…, n). Vamos, todo mundo sabe que hay infinitos números pares (2n) y nones (2n + 1), ¿pero primos?

Es natural pensar que debiera existir también una infinidad de estos extraños entes, pero cómo concluirlo tan “serenamente” como con los pares y nones. Supongamos, por ejemplo, que existieran únicamente los números primos 2, 3, 5, 7, 11 y 13. Si multiplicamos éstos entre sí y le sumamos 1 al producto obtenemos 2 x 3 x 5 x 7 x 11 x 13 + 1 = 30,031.

A simple vista no se puede determinar si el número resultante de estas operaciones es primo o no, pero por el teorema fundamental de la aritmética éste debiera poder descomponerse en sus factores primos. Lo sorprendente es que ninguno de éstos puede ser alguno de los apuntados, pues la división por cualquiera de ellos deja un residuo de 1, esto es, 30,031/2 = 15,015 y residuo 1, similarmente, 30,031/3 = 10,010 y residuo 1. En fin, 30,031/ 13 = 2,310 y residuo 1. Esto no es posible ya que los factores primos debieran dividir exactamente a 30,031 sin dejar residuos.

Por medio de algoritmos matemáticos se puede determinar fácilmente que 30,031 es el producto de los números primos 59 y 509. Como se ve, fue posible descubrir un número primo mayor a todos los señalados al principio de este escrito suponiendo que sólo existía un número finito de ellos. Es decir, esto demuestra fehacientemente que la cantidad de números primos es infinita.

Lo más sorprendente de todo esto es que fue Euclides quien, haciendo uso de esta técnica, probó dicha infinitud ¡hace más de 2,200 años!

Esta es la forma en que los matemáticos hacen la abstracción del infinito y lo ponen al alcance de la mano de los mortales. Maravilloso, ¿no es cierto?

En defensa de Proceso

Soy ferviente lector del semanario Proceso desde su aparición en noviembre de 1976, después del criminal golpe a la libertad de expresión que Echeverría le asestó a Excélsior en julio de ese mismo año. Aún conservo su primer número. Durante estos casi 35 años he acudido a la revista en infinidad de ocasiones, no únicamente para hacer valer derechos que me estaban siendo conculcados, sino para denunciar arbitrariedades y poner en evidencia trastopijes de autoridades, instituciones y Gobierno, tan frecuentes unas y otros en este vilipendiado México.

Por lo anterior, me llena de rabia comprobar por enésima ocasión cómo manipula la información la corrupta e inmoral Televisa para propinar un artero golpe a quien debiera, más bien, ser protegida por el invaluable servicio que presta a la comunidad, ya sea informándola o defendiéndola de engendros embrutecedores como la propia televisora. Y todo, para conservar, en contubernio con gobiernos priístas y panistas, privilegios mal habidos a lo largo de décadas.

Del Gobierno federal y de los monopolios empresariales y económicos en México no puede uno esperar más que agresiones. De Proceso, sin embargo, yo podría dar cuenta por experiencia personal de cómo me ha defendido y ayudado en incontables ocasiones en el reclamo de mis derechos, como aquella vez, hace casi dos décadas, en que mi carta en este foro abarcaba casi dos páginas haciendo la denuncia del inhumano y voraz hospital del que mi madre salió prácticamente muerta, o como cuando he puesto en evidencia el pésimo servicio ofrecido por nuestro monopolio telefónico, o la forma en que me auxilió para que la pensión de que había sido despojado arbitrariamente me fuera restituida, o, en fin, como cuando hice la denuncia, no en esta sección sino dentro de un reportaje, de la inmoral Hildebrando, tan querida de los intereses de Calderón.

No puedo apuntar un solo caso, ni de la deleznable televisora ni del Gobierno federal, en que se me haya apoyado tan espontánea y generosamente como lo ha hecho esta querida revista a lo largo de los años.

A ustedes sí, muchas gracias, y no se dejen amedrentar que aquí estamos sus lectores para arremeter contra esos déspotas institucionalizados. Un abrazo solidario.

miércoles 11 de agosto de 2010

La cruel realidad sobre las pensiones en México

Poseo información comprometedora para el IMSS: convenio al que llegué con el Seguro para que se me restituyera la pensión de la que injustamente se me había privado, ratificación de este convenio ante la junta especial número 28 de la JFCA para cerrar el expediente ahí abierto, anexo uno con el detalle del cálculo de mi pensión y anexo dos con el detalle de los 10 salarios mínimos (SM) que fueron tomados en cuenta durante 175 (1,222 días) de las 250 semanas (1,750 días) que se consideraron para dicho cálculo, con información del SAT sobre los SM vigentes en México de 1982 a 2009. Finalmente, información oficial del Instituto con el detalle de mis cotizaciones durante mi vida laboral: IBM de México (25 SM), HP (25 SM) y un negocio particular durante el último año y medio (5.66 SM).

Resulta curioso que la parte que mayormente contribuyó para el monto de mi pensión fueron los 5.66 SM que coticé durante la parte final de mi vida laboral, como se muestra en la tabla correspondiente. Esto, por la forma arbitraria y desventajosa para el pensionado en que se calcula la cesantía, es decir, en mi caso, salarios mínimos de los años 1991 a 1995 del orden de 13.30, 14.27, 15.27, 16.34 y 18.30 pesos diarios, no los casi 60 que rigen actualmente y que reflejarían de mejor manera, aunque aún injusta, el incremento en el costo de la vida. En fin, ¡salarios mínimos de aquella época y únicamente diez!

Vayamos al meollo del asunto. La SCJN dictaminó impecablemente, mediante la jurisprudencia 85/2010, lo que establece con toda claridad el artículo 33 de la ley del Seguro Social de 1973 (LSS 73): pensión de 10 SM aunque se haya cotizado a 25. Sólo que a partir de 1997, con la LSS 97, se elevó este límite a 15 SM, y de ahí, año con año, un SM adicional hasta llegar a los 25 vigentes desde 2007.

Pues bien, a pesar de que los primeros jubilados con el nuevo sistema de afores no se darán antes de 2025, es obligación del Seguro preguntarle al potencial pensionado qué régimen de jubilación escoge, el de la LSS 73 o el de la de 97. Obviamente todo mundo selecciona el de 73 por ser su monto considerablemente mayor al de 97.

¿Cómo es que el IMSS calcula la pensión sobre 25 SM a pesar de que la ley seleccionada claramente marca 10? ¡Misterio insondable! ¿Por qué el mismo IMSS, en mi caso, sí se aviene a este límite inferior muy a pesar de que solicité mi pensión el 29 de octubre de 2009, ya con la nueva normatividad vigente, y cuando la mayor parte de mi trayectoria laboral coticé al tope de 25 SM? ¿Será porque las cotizaciones correspondientes se dieron antes de 1997, como ellos alegan, a pesar de que no cuenten con ninguna ley escrita que claramente lo establezca? ¡Misterio dos veces insondable!

En todo caso, estamos ante una injusticia flagrante. ¿Por qué esa discrecionalidad al momento de aplicar la LSS 73? ¿Por qué a mí sí y a los que cotizaron después de 1997 no? La ley es la ley y a todos obliga por igual.

Quizá la estratagema, la coartada sea que cuando los afectados acudamos a los tribunales éstos se laven las manos afirmando “lo siento, existe una jurisprudencia que, aunque no obliga al Seguro, para mí es de observancia obligatoria”. Y hazle como quieras.

Mi pensión, que ya de por sí es miserable (4,284 pesos mensuales), después de cotizar al tope por más de 20 años en empresas de “clase mundial”, requiere de la ignominiosa e indigna demostración de “supervivencia” cada seis meses, y cuando mis dos hijos cumplan los 25 años se reducirá en casi 900 pesos, y a mi esposa le quedaría cualquier cosa en caso de que yo falleciera. Ah, pero si mis hijos dejan de estudiar antes de los 25, los 900 me los disminuyen en ese momento, así que más me vale presentar cartas certificadas cada agosto que demuestren fehacientemente que aún estudian de tiempo completo y dependen de mí.

Por último, para no hacerla más cansada, casi dos años de cotizaciones en el ISSSTE durante mi vida laboral no los pude reclamar al IMSS porque sus sistemas no están “homologados”.

¡Y a toda esta aberración le llaman pomposamente Seguridad Social!

La única intención que persigo con este escrito es desenmascarar a una institución totalmente en ruinas.

viernes 21 de mayo de 2010

Patética distribución de la riqueza

Nada más para que se tenga una idea de cómo se manejan las cosas en México. En octubre pasado solicité mi pensión al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) por cesantía en edad avanzada, después de 30 años de trabajo en IBM, HP y empresas privadas. Me otorgaron 4,284 pesos mensuales. Aunque lo esperaba, me pareció excesivamente baja, por lo que solicité una revisión. En revancha, me despojaron de ella aduciendo que el último año y medio había laborado para un negocio familiar (algo penado por la ley del seguro social (LSS)), lo cual nunca oculté, pagando religiosamente cuotas al IMSS y al Infonavit (instituto para la vivienda de los trabajadores), e impuestos al SAT (fisco). Emprendí una batalla legal de casi seis meses en diversas instancias civiles y judiciales (Profedet, JFCA, CNDH, SFP, PGR, SCJN, INDP, TSJFA).

La Profedet, la JFCA y los representantes legales del IMSS se coludieron para corromperme, pero me negué. Finalmente, una alta funcionaria del IMSS se condolió de mí y mediante la dirección jurídica del Instituto me restituyó la pensión de 4,284 pesos. Cuando me explicaron cómo habían calculado ésta, no salía yo de mi asombro. Mis cuotas al Seguro siempre estuvieron topadas por el máximo de 24 salarios mínimos (o algo así) que marca la LSS, excepto en el último año y medio en que mi salario de cotización fue de 310 pesos diarios y no alcanzaba ese tope. Sin embargo, los 458 de HP los toparon a los 24 salarios mínimos de aquella época (1995) y no como en rigor debería haber sido a los de la actual, y se convirtieron así en 180; y los 409 de IBM (1975-1995) en 150, lo que da un salario de cotización promedio de 199.95 durante los 5 últimos años de mi vida laboral, y, en consecuencia, los ofensivos 4,284 pesos de pensión mensual.

Compárese esto con las percepciones brutas de 194,548.30 pesos mensuales, 7,781,932 pesos de seguro de vida, 258,864.40 pesos de gratificación de fin de año, 6,878 pesos de prima vacacional, 400 pesos de ayuda para despensa, 61,902 pesos de fondo de ahorro, automóvil, telefonía celular, gastos de alimentación y 20 días de vacaciones al año de los altos funcionarios del IMSS a los que aquí me refiero (datos de la página del propio Instituto en Internet), y queda configurado el flagrante delito de distribución inequitativa de la riqueza de una nación.