miércoles, 19 de abril de 2017

De Cervantes a Fuentes, pasando por Sterne y Joyce: Terra Nostra

“… tierra de las vísperas, Hispania, Terra Nostra.”
Carlos Fuentes, Terra Nostra

Durante el seminario sobre Fernando del Paso al que asistí en julio de 2016 en la librería del Fondo de Cultura Económica Efraín Huerta, conducido por el escritor y crítico literario Alejandro Toledo, éste establecía una línea directa de Cervantes y su Quijote hacia Del Paso y su José Trigo, pasando por Laurence Sterne con su Tristram Shandy y James Joyce y su celebérrimo Ulises, en ese orden cronológico. En el ínter mencionó también a Robert Burton y Antología de la melancolía y al equivalente hispano de Sterne, Julián Ríos, y, como no queriendo la cosa, a la víctima favorita del ninguneo por ciertos arrogantes círculos de la intelectualidad mexicana, Carlos Fuentes, como la revista cultural Letras Libres y el propio Toledo, quien en aquella ocasión me dijera que Terra Nostra era algo de lo que todavía se podía rescatar del desaparecido autor mexicano. En cualquier caso, todos los mencionados como forjadores de la novela moderna.

Como ya en un anterior artículo mencioné la dificultad que para mí representó el hincarle el diente a José Trigo, al grado de abandonar su lectura, y con la que igualmente me topé al completar Palinuro de México, también de Del Paso, que no me pareció divertida, como en realidad debieran de serlo, digo yo, todas las obras de ficción, opté por el libro de Fuentes, salomónico intermedio cronológico (1975) entre José Trigo (1966) y Palinuro (1977). Como no quiero pecar de soberbia como los antedichos, he de reconocer que Noticias del Imperio, de Del Paso (1987), me fascinó.

Busqué también Tristram Shandy, habida cuenta de las similitudes de esta obra con el Quijote, de Cervantes, en cuanto al tono festivo, anti solemne e igualmente profundo que comparten, a pesar de o precisamente por haberla escrito Sterne aproximadamente siglo y medio después (1760) de que el Manco de Lepanto lo hiciera con la suya, y “a quien Sterne hace referencia repetida y admirativamente en Tristram Shandy.” (Andrew Wright). Me empeñé en conseguirla en papel y lo logré cuando ya iba de salida de El péndulo de la Zona Rosa de la Ciudad de México, después de un primer intento fallido de búsqueda en sus anaqueles. Feliz, la empleada que me alcanzó, ignoro si por su hallazgo o por el precio, me dijo “son 650 pesos”. Demudado regresé al mostrador y desembolsé, pues no soy muy afecto a los libros electrónicos a pesar de la abismal diferencia en precios, y es que un libro impreso es un ser amoroso. Es el que leo ahora y ya lo estaré comentando en alguna ocasión futura, lo prometo. No resulta ocioso mencionar que esta obra sirvió de inspiración a Fuentes para su Cristóbal Nonato y que el traductor de la edición que leo, Javier Marías, afirma que “Tristram Shandy es mi libro favorito: es, a un mismo tiempo, la novela clásica más cercana al Quijote y a la del siglo en que escribo; tanto su recuerdo como su frecuentación esporádica me producen un indefectible placer; puede abrirse por cualquier página, con asombro y sonrisa siempre. No creo haber aprendido más sobre el arte de la novela que durante su traducción. Sin duda, mi mejor obra.”

Por lo que se refiere al libro objeto de este escrito, Terra Nostra, sus casi ochocientas páginas en dos tomos resultaron mucho más digeribles que las primeras dos obras de Del Paso que mencioné previamente, y si bien Fuentes es ininteligible, críptico e insondable en muchas secciones y pasajes de su escrito, para nada es el libro “inabordable” que muchos críticos señalan. Por otro lado, recurre también a los monólogos, siendo quizás estas dos características las que lo equiparan, toda proporción guardada, con James Joyce. Además, incluye bellas historias paralelas que a pesar de su aparente independencia no dejan de relacionarse con la trama principal, como en el Quijote, aunque algunas más sí de plano parecen tomadas de otro lado. El mismo Fuentes pone en boca de Ludovico en su conversación con Felipe II, El Señor, en la tercera parte del libro, la enumeración de cincuenta historias contenidas en otros tantos pasajes de la obra de Cervantes.   

Terra Nostra se divide en tres partes: El viejo mundo, El mundo nuevo y El otro mundo. El primero es el que tiene lugar durante el reinado de Felipe II, o simplemente Felipe, El Señor, y las atrocidades que tuvo antes que cometer para ganarse la confianza de su padre, Felipe El Hermoso, para después consolidar su poder. Narra también las tropelías que cometió el padre al engendrar tres enigmáticos hijos que aparecen a todo lo largo de la novela, que fueron concebidos por otras tantas parejas del concupiscente y garañón viejo: desde la recién desposada Celestina, siguiendo con su mismísima nuera, Isabel Tudor, esposa de Felipe, y hasta con una loba, que en la parte final de la novela se aclara que no era más que la encarnación de alguna otrora pérfida reina. Asimismo, se narra la obsesión de El Señor por construir un monumental complejo para albergar los despojos de todos sus ancestros, y aunque el término Escorial no aparece más que una vez en toda la novela, es de suponerse que el autor se refiera al palacio del mismo nombre.

La segunda parte no es más que una soberbia recreación poética del descubrimiento de El mundo nuevo en labios de El Peregrino, hijo ilegítimo de Celestina y el padre de Felipe, y quien se supone que se lo está relatando a él, El Señor, al regreso de su aventura con Pedro, el marino que se empeñaba en creer que había algo más allá del inmenso océano, contra la opinión de El Peregrino quien, por el contrario, afirmaba que el mundo era plano y que necesariamente se precipitarían al término de éste. Curiosamente, quien triunfó por su aseveración perdió inmediatamente por el infortunio, pues Pedro fue inmolado por los naturales de aquellas tierras casi a su arribo, y quien perdió por su creencia ganó en los hechos, ya que El Peregrino fue tratado con deferencia por los lugareños. Conoció de sus rituales y sus sacrificios humanos. Y es esto lo que le relata a El Señor. Obviamente, estamos frente a un fabuloso anacronismo, al no haber ocurrido todos estos acontecimientos en la época de Felipe II, sino bastante antes. Además de que Felipe El Hermoso fue en realidad abuelo de Felipe El Señor, que el autor nunca identifica como II, pero que se colige por lo del monasterio que construía. En fin, todas éstas, licencias literarias muy legítimas.

La tercera parte, El otro mundo, no es sino la vuelta al viejo mundo, el de la decrepitud y fantasías y delirios y pesadillas y traiciones y, en fin, muerte de Felipe, El Señor. Incluye la fascinante narración contenida en una de tres botellas lacradas, tan enigmáticas como los hijos de Felipe El Hermoso, y que describe los degradantes excesos del emperador romano Tiberio, mismos que son expuestos con pena ajena en toda su vileza por su amedrentado cronista Teodoro. Se sugiere cómo el criado Clemente intenta envenenarlo y un tal Agrippa Póstumo insinúa materializársele para reclamar su derecho legítimo sobre el Imperio. No se puede dejar de establecer un paralelo entre esta historia y la propia de Felipe, con su cronista el fraile Julián -que en ciertos momentos llega incluso a confundirse con el mismísimo Miguel de Cervantes, sin mencionarlo por su nombre-, con su traidor sirviente Guzmán, y hasta con su Juan Agrippa, Don Juan, hijo ilegítimo de Felipe El Hermoso y su nuera, Isabel Tudor, esposa de El Señor, y quien estaría así reclamando sus legítimos derechos sobre el trono de España al carecer Felipe de descendencia. ¡Qué desfachatez!

En fin, una agradable “sorpresa” la novela de Fuentes, y de quien ya antes había leído con igual gusto La muerte de Artemio Cruz (1962).

viernes, 24 de marzo de 2017

Veleidosa luna

En mi anterior artículo (De memoria, sólo las tablas de multiplicar), a propósito del nuevo modelo educativo, hice ver cómo en el año 2000 mi hija Carolina, una niña de apenas ocho primaveras en ese entonces, me llevó a “descubrir” por qué la luna siempre muestra un mismo rostro a nuestro planeta Tierra a pesar de dar vueltas sobre sí misma. Ahí quedó claro, espero, cómo un cuerpo periférico que gira alrededor de otro en el centro habrá girado, a su vez, completamente sobre su propio eje al cabo de una vuelta por el simple hecho de haberlo orbitado. Lo anterior es cierto si ambos movimientos se dan en el mismo sentido: en el caso de la luna, tanto su órbita alrededor de la Tierra como la rotación sobre su propio eje se dan en contra de las manecillas del reloj (movimientos contra horario, les da a algunos por llamarlos).

Pues bien, desde que lo escribí no ha dejado de acuciarme la inquietud sobre lo que ocurriría si la luna rotara sobre su propio eje a favor de las manecillas del reloj. Lo primero sería, desde luego, un desastre universal, pues ello contravendría todas las leyes del propio universo, pero como ejercicio académico resulta fascinante, ya que dicho movimiento contra natura anularía el otro que por fuerza se da, decíamos, cuando “un cuerpo periférico (que) gira alrededor de otro en el centro”, citando mis propias palabras líneas arriba. Obviamente para este segundo movimiento prevalecería el requisito de ser contra horario.

Es decir, de alguna manera, la luna ¡no estaría girando sobre su propio eje!, pues simplemente estaría compensando en una dirección lo que “pierde” en la otra, como discos entreverados por engranes. Pero además, de tal suerte, la luna sí se estaría mostrando a nuestro planeta por los cuatro costados, no nada más por uno, como ocurre en la realidad, pues la Tierra, con su propio movimiento de rotación sobre su eje, iría a contracorriente (contra horario) de la rotación de la luna, y de esta forma se mostrarían plenamente la una a la otra.

Reitero, ¡¿no es fascinante?! Resulta que en la realidad la luna siempre muestra la misma cara al planeta Tierra ¡a pesar de girar sobre su propio eje!, cosa que ni Caro ni su atribulado padre entendieron sino hasta que “lo actuaron”, pero en el mundo mágico que aquí planteo, la luna se muestra en toda su extensión a la Tierra a pesar de ¡“no moverse” un ápice sobre su propio eje! Paradójica luna.

Enriquecedor y entrañable ejercicio intelectual.

sábado, 18 de marzo de 2017

De memoria, sólo las tablas de multiplicar

En la primaria yo “aprendí” que la luna siempre le mostraba la misma cara a la Tierra y que esto era –bien lo memoricé- porque el movimiento de rotación de nuestro satélite sobre su propio eje y el de traslación alrededor de nuestro planeta son de la misma duración: 27 días y un tercio. Con esto me bastó para obtener un 10 redondo en mi clase de geografía y consolidó más mi fama de alumno ejemplar en el colegio privado donde estudiaba. ¿Que por qué Selene mostraba siempre el mismo hemisferio a los terrícolas? Obvio, porque la duración del movimiento de rotación y traslación de la luna duran lo mismo, no hay más, memorízatelo bien.

Así lo “aprendí” y mejor lo memoricé y no me hizo falta más… hasta que un día mi hija Caro me hizo rebuznar 41 años después, cuando ésta cursaba el tercer año de primaria en el año 2000.

- Papi –me preguntó-, ¿me podrías explicar por qué sólo le podemos ver una cara a la luna?

- Obvio, Caro –le respondí, inflamando el pecho con orgullo y autosuficiencia-, porque los movimientos de rotación de la luna sobre su propio eje y el de traslación alrededor de nuestro planeta tienen la misma duración: ¡27 días y un tercio!

Mas la condenada escuincla no se detuvo ahí, sino que, no conforme, me inquirió:

- Pero si la luna gira sobre su propio eje, se tiene que mostrar toda ella a nosotros, ¿no es cierto?

- Bueno, ¿qué no entiendes? –respondí yo más aterrorizado que convencido-, la duración de los movimientos de rotación y traslación de la luna son los mismos, y ¡ya estuvo!, no hay de otra, la luna termina mostrándonos sólo una de sus caras, es elemental –concluí yo con voz trémula y deseando que me tragara la tierra.

¡Pero, ah, no!, como Carolina ha sido siempre muy obstinada e inteligente, y sobre todo  muy dramática, empezó a gimotear y patalear, a la vez que con un nudo en la garganta y ahogada en llanto, me recriminaba:

- ¿Cómo una niña tan chiquita puede tener un papá tan tonto? Si la luna da vueltas, la tenemos que ver toda…

- ¡Bueno, ya, ya, basta, cálmate! –le respondió su abnegado padre, que tuvo que lidiar buena parte de la infancia de los hijos con estas labores propias de su sexo-, te propongo que tratemos de explicárnoslo, pero deja ya de llorar y patalear, ¿ok?

- Está bien –respondió la niña aún sollozando y respirando espasmódicamente-, ¿qué?

- A ver, yo voy a ser la luna girando a tu alrededor y tú, ahí en el centro, la Tierra, pero sin dejar de verme, aunque teóricamente debieras estar girando 27.3 veces más rápido que yo. Hagámoslo lentamente y yo mostrándote siempre la cara.

- Ok –respondió Caro ya un poco más tranquila y sus ojillos ávidos por aprender, repito, a-pren-der, sin las comillas aplicables sólo a su estúpido padre-.

Juro por mi madre que era toda mi intención, después de más de cuatro décadas, aprender, finalmente, junto con mi hija.

Una vez que hube terminado de darle totalmente la vuelta a Carolina, no sé de quién era el gozo mayor, si de la niña o del ex atribulado padre.

- ¡¿Te fijaste, Carito?! –exclamé henchido de emoción-. No sólo me he desplazado alrededor tuyo, sino que al hacerlo sin dejar de verte, he girado completamente sobre mi propio eje, ¿viste?

- ¡Sí, papito, eres un mago! –me dijo la mocosa, llorando ahora de felicidad y colmándome de besos-. Mañana mismo se lo explico a la miss, que hoy no me lo quiso decir. (Pobre maestra, yo creo que estaba tan confundida como el progenitor.)

Vuelvo a jurar por mi madre que hasta entonces me quedó claro lo que antes sólo repetía como tarabilla: la luna siempre le muestra la misma cara a la Tierra porque su tiempo de traslación alrededor de ésta es el mismo que el de rotación sobre su propio eje. Ahí estaban, un lamentable adulto de más de 50 años y su encantadora hija de apenas 8, descubriendo el universo.
 
Por todo lo anterior, nunca más de acuerdo con aquello de aprender a aprender… y memorizar sólo las tablas de multiplicar.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Golpe de Estado en los EU

Washington, D.C., 21 de marzo de 2018. Nada, ni la guerra de independencia en 1776, ni la de Secesión en 1861, ni el asesinato de Lincoln en 1865, ni la Primera Guerra Mundial en 1914, ni el crack bursátil en 1929, ni la Segunda Guerra Mundial en 1939, ni la de Corea en 1950, ni la de Vietnam en 1955, ni los misiles rusos en Cuba en 1962, ni el asesinato de Kennedy en 1963, ni el de Martin Luther King en 1968, ni el de Bob Kennedy ese mismo año, ni Watergate en 1972, ni la humillante crisis de rehenes en Irán en 1979, ni la primera guerra en Irak en 1991, ni las Torres Gemelas el 9-11 de 2001, ni la segunda guerra en Irak en 2003, ni la crisis financiera mundial en 2008, ni la muerte de Osama bin Laden en 2011, nada, repito, impactó más al pueblo de los Estados Unidos que el golpe de Estado orquestado contra su presidente constitucional, Donald J. Trump, hace dos días, el lunes 19 de marzo de 2018, por el general disidente Timothy S. McCloskey, hasta ese día cabeza del Ejército y hoy jefe de la junta militar que comanda, dice, un gobierno interino, y promete en tres meses restablecer el orden constitucional.

El general McCloskey pasó sobre sus iguales en la Marina y la Fuerza Aérea y aun sobre el supremo comandante de todos ellos, el secretario de defensa, general Florence K. Donovan, en un golpe que ha dejado atónita a la comunidad internacional por ocurrir en una de las democracias más consolidadas -si no es que la más- de todo el orbe. Se ignora en poder de quién vayan a parar los códigos nucleares, o si el depuesto presidente Trump los hará llegar a alguno de sus tres leales, Donovan, la Marina o la Fuerza Aérea, como arma de presión contra el sublevado general del Ejército.

 La Unión Europea, encabezada por Alemania y Francia, se anticipa a reconocer al nuevo gobierno provisional, a condición de que convoque a nuevas elecciones pasado el periodo de gracia solicitado por la junta militar y de que se modifique el sistema electoral estadounidense, abandonando el obsoleto del colegio electoral y sustituyéndolo por el del voto popular, libre y directo, de tal manera que una mayoría democrática determine al nuevo gobernante.

Gran Bretaña se mantiene al margen alegando no querer inmiscuirse en asuntos ajenos a su soberanía nacional y después de haber escuchado la voz del reino manifestarse en octubre pasado mediante el referendo popularmente conocido como Trumpin, a propósito de la relación más conveniente para la Gran Bretaña con respecto a la Unión Americana.

El ex presidente Obama ha dicho que la arraigada cultura democrática de los Estados Unidos no aguantó un minuto más la terrible sensación de opresión representada por el déspota Trump y se ha expresado a través de la digna actitud del general McCloskey para liberar al país de quien lo tuvo secuestrado los últimos 14 interminables meses.

Los gobiernos de Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, encabezados por Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega y Nicolás Maduro, respectivamente, desconocen a la junta golpista, pues temen, dicen, una oleada militarista en toda América con el propósito de derrocar a sus gobiernos democráticamente constituidos.

México, fiel a su política de no intervención y autodeterminación de los pueblos, prefiere esperar a la decisión de la ONU para ver qué posición tomar. No obstante, fiel también a su indeclinable defensa de los derechos humanos, ha ofrecido asilo político al presidente depuesto Donald J. Trump, y el primer mandatario, Enrique Peña Nieto, ha instruido a su canciller, Luis Videgaray Caso, para que ponga a disposición de aquél el imponente avión presidencial José María Morelos y Pavón y se desplace personalmente al aeropuerto Dulles de la capital norteamericana para salvaguardar la integridad de Mr. Trump, pues teme que si intentaran rescatarlo por la vía terrestre se topasen con un muro que les impidiese el paso y tuviesen que derruir una obra que tanto dinero y esfuerzo le ha costado al abnegado pueblo de México.

jueves, 19 de enero de 2017

Víspera de horror

En un artículo anterior relaté cómo mi hijo Raúl obtuvo una especie de internship en Miami por parte de un próspero manejador de futuros financieros, compañero mío en la universidad, después de que aquél se hubiera graduado con todos los honores a mediados del año pasado como administrador de negocios en la Universidad De La Salle Bajío (http://blograulgutierrezym.blogspot.mx/2016/10/cuando-los-hijos-se-van_2.html).

Pues bien, se fue a finales de agosto y a principios de diciembre del mismo año regresó a León para pasar aquí las la Navidad y el Año Nuevo, con la petición expresa de mi amigo para que se reintegrara a su oficina de Miami a mediados de enero. Así, el martes 17 se levantó a las 4 de la mañana para prepararse y trasladarse poco después de las 5 al Aeropuerto Internacional del Bajío y abordar el vuelo de Interjet de las 7:45 con destino a su primera y única escala en la Ciudad de México, de donde a su vez partiría a su destino final en el vuelo de la misma aerolínea a las 15:05 horas. A las 18:25 (19:25 de Miami) me envió un escueto “Ya llegué” desde el avión, y 45 minutos después lo último que supe de él: “Me pasaron a otro cuarto, esto va a tomar años”.

En la aduana les resultó “sospechoso” que regresara tan pronto después de su último viaje, por lo que el cubano que revisó su documentación lo envió con un paisano de éste, el oficial Rivera, que se quedó chico con cualquier agente de película de terror de  país bananero que se pueda describir. Con el rostro plagado de huellas, producto seguramente de la viruela, trató a Raúl de la manera más despótica que pueda imaginarse, aventando de mala manera enfrente de él la documentación de mi hijo. Acto seguido, le solicitó celular, cartera y le ordenó despojarse de cinturón y agujetas de los zapatos (para que no se le ocurriera suicidarse antes de deportarlo, según supo después por otros detenidos en el cuarto donde finalmente lo recluyeron). Lo cachearon irrespetuosamente de manera abusiva, violenta e intimidatoria. Mientras tanto, la familia toda ayuna de información desde las 7 de la noche con 15 minutos (8:15 de él).

Y empezó el interrogatorio a la vez que revisaba en detalle su cartera. Le inquirió con despotismo que cómo pensaba sobrevivir los tres meses de su visita con los 400 dólares que llevaba y sin tarjeta de crédito, mientras le solicitaba la password de su celular. Cuando Raúl le pidió el celular para “abrírselo”, Rivera le espetó a gritos que simplemente le dijera la clave de acceso, a lo que mi hijo le respondió que el dispositivo necesitaba de su huella dactilar. El salvaje finalmente accedió y recuperó de inmediato el teléfono, que se quedó revisando por espacio de media hora, hurgando en todas sus conversaciones “privadas” de WhatsApp. Por este medio averiguó que yo le enviaba dinero y que mi amigo le proporcionaba una ayuda periódica por su internship. El agente Rivera explotó y le advirtió que quedaría marcado de por vida por los antecedentes penales que le iba a levantar y que en su mano estaba el enviarlo a prisión 5 años, pero que, mínimo, de la deportación no se salvaba.

Vino a mi mente cómo Tim Cook, de Apple, se negó a proporcionar la llave de acceso del celular de un terrorista en San Bernardino, California, al FBI para no sentar un grave precedente que después le diera a los agentes de éste o cualquier otro organismo del Estado la excusa para violar la seguridad y privacía de las personas. Está visto que a estos trogloditas no los detiene nada y que cuando alguien quiere sentar un sano precedente, como Mr. Cook, de poco sirve.

Acto seguido, remitieron a mi hijo a la inmunda pocilga (“celda”) arriba mencionada, de paredes muy descuidadas, colchonetas mugrosas en el piso y con un baño nauseabundo. A poco ya se encontraban ahí Raúl, otro mexicano, dos cubanos con pasaporte español y un venezolano, todos extrañadísimos de que a él también lo hubieran enviado al lugar y esperando, decían, a que los deportaran en las siguientes horas. Mi hijo esperaba, y deseaba fervientemente ya, que a él también le hicieran lo mismo. Nunca perdió la calma y a partir de ese momento le importó un bledo todo. Lo único que le preocupaba es que le negaran su derecho a hacer una llamada telefónica a sus atribulados padres y hermana en México. Como ya llevaba casi 24 horas sin dormir y sin poder satisfacer sus necesidades fisiológicas más elementales en aquel deprimente sitio, intentó conciliar un poco el sueño acomodándose como pudo sobre una colchoneta, pero se lo impidió el ronquido de absolutamente todos sus compañeros, que habiendo fallado en su intento por ingresar al país y esperando tan sólo que los deportaran, dormían plácidamente. Poco antes les habían dado de comer una pasta intragable.

Transcurridas algunas horas, cerca de las dos de la mañana para él, y después de que hubiera blasfemado contra el cielo, se apersonó en el local un agente distinto, cubano-colombiano, de apellido Marrero, y… vuelta a empezar. Le dijo que era ilegal que le estuvieran “pagando” por su estadía en el país, que más bien él tendría que estar pagando a quien tan generosamente lo acogía, pero que iba a ver qué podía hacer por su persona, aunque lo veía muy difícil, y se marchó. Le devolvió su celular y pudo, por fin, enviarnos un mensaje: “Parece que me van a ayudar”. No pude menos que pensar en las historias policiacas del interrogador maldito que trata de intimidar y el bondadoso que viene a completar la obra.

Poco antes, cerca de la una de la mañana en León, llamé al teléfono de emergencia del consulado de México en Miami. Me contestó una tal Lorena Lara, quien, después de explicarle la situación y decirle que habían gravemente violentado los derechos humanos de un mexicano en el extranjero, me dio por todo consuelo el esperar hasta que amaneciera y sentenció que muy seguramente deportaran a mi hijo en un término de 24 horas. Su tono fue burocrático y descortés: mi despedida con un desesperanzado gracias fue respondido con un click de su auricular, sin decir más nada. Si así defienden a todo connacional, peores tiempos se nos avecinan.

Para entonces, ya había regresado el agente Marrero con Raúl. Le dijo que ya había convencido a sus compañeros, que en realidad deberían estar ellos abocados a la detención y expulsión de verdaderos criminales, y que él no se veía como tal. Añadió que desecharía el expediente que le habían comenzado a formar para que no quedara dentro de sus antecedentes y que ni se le ocurriera andar diciendo por ahí que le estaban “pagando” su estancia en el país. Lo acompañó hasta la entrada del aeropuerto, le señaló dónde podría tomar un transporte público aunque, por la hora, quizás ya no le quedara más que pedir un taxi, le lanzó un “Dios te ama”, se despidió y, dando media vuelta, se fue. Mi hijo sólo acertó a responderle  “Dios te ama a ti también”.

Lo único cierto es que, por ejemplo, a una turista venezolana con pasaporte español, de buena presencia, rubia y de ojos claros, que iba sólo de vacaciones por una semana a Miami, se la hicieron más cansada que a Raúl, pues estaba desde antes que él y muy seguramente la dejaron ir después, lo mismo que a una residente dominicana, casada con un americano, y que corrió la misma suerte que aquélla.

En palabras de mi hijo: “La peor noche de mi existencia: 19:25 del 17 de enero en  que llegué a Miami a 4 de la mañana del 18 en que me acosté, más de ocho horas de humillaciones”.

Se imaginan, todo esto en la antivíspera de la llegada de un  racista, misógino, homófobo,  “ninfómano”, sexista, misántropo, populista, xenófobo, autoritario, autócrata, supremacista,   narcisista, discriminador y sicópata a la presidencia del país más poderoso del mundo. ¿Qué nos espera? ¡Horror de horrores!

martes, 17 de enero de 2017

"Conversando" con mi diputado

Todo comenzó hace poco más de un año, el jueves 3 de diciembre de 2015, cuando solicité audiencia tanto al gobernador Márquez Márquez como al presidente municipal López Santillana para exponerles la problemática que para los residentes de la zona del Campestre representa la malhadada obra del distribuidor vial Benito Juárez. Obviamente, ambos me enviaron por “chicuelinas” con sus segundones: el primero, telefónicamente con su secretario particular, que me prometió una entrevista con el delegado de la SCT en Guanajuato, José Leoncio Pineda Godos, y el segundo, con su secretario de obra pública, Carlos Cortés, que me “atendió” en los pasillos del palacio municipal entre una y otra junta de las múltiples que acostumbran estos burócratas. Por supuesto, nada me resolvieron todos estos egregios funcionarios.

Desde entonces, he intentado acercamientos similares con el secretario de obra pública del estado, José Arturo Durán Miranda, con el antedicho Pineda Godos, con quien platiqué personalmente por teléfono y que me dijo que para ¡finales de marzo de 2017 estaría concluida la magna obra!, y con el mismísimo secretario de comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza, cuya secretaria particular simplemente dio acuse de recibo a mi correo electrónico sin prometer más nada.

Quién faltaba, me pregunté a mí mismo, y fue así como me involucré en una disquisición académica con mi persona acerca de quién rayos sería mi diputado local, pues ni voté por él, ya que ni siquiera voté, desconocía el distrito electoral al que yo pertenecía y, en resumidas cuentas, desconocía para qué diablos sirve un diputado local. Fue así como publiqué una carta en este periódico donde daba cuenta de cómo había llegado yo a averiguar que el nominado era… Éctor Jaime Ramírez Barba, diputado por el tercer distrito con sede en León. Mencionaba ahí mi intento por conseguir una audiencia con él, no tanto ya por lo del distribuidor vial, aunque era el pretexto aducido, como por ahondar en el predicamento cultural que en mí había surgido acerca del poder legislativo y sus funciones, pues me considero una persona preparada e instruida como para ignorarlo tan redondamente y qué mejor oportunidad para saberlo que la representada por el doctor Ramírez Barba. ¿Además de proponer iniciativas de ley podría intervenir el susodicho diputado en un problema que los principales involucrados habían sido incapaces de resolverme, y sus funestas consecuencias padecemos ahora miles de ciudadanos? Don Éctor me contestó con un escueto “Con gusto, le contactaran” (sic) el 23 de noviembre del año recién finalizado, y así pasó el tiempo, con tibios intentos por parte del numeroso equipo del legislador por darle largas al asunto: por lo menos tres asistentes distintos así lo hicieron, nunca él personalmente, hasta que, finalmente, el 28 de diciembre exploté y le dirigí un mensaje en los siguientes términos: “Me quedé esperando, diputado, desde el 23 de noviembre. Es una vergüenza cómo ustedes atienden a la ciudadanía. Seguiré leyendo las incongruencias que, como buen doctor, nos receta todos los sábados.

Permítame no externarle los buenos deseos que se acostumbran en estos días, y ansío que pronto llegue el tiempo de otras elecciones para, con mayor énfasis, votar por otras opciones.”

Entonces sí, la respuesta de su secretaria particular, Carolina Medina, fue inmediata y me informó que el lunes 9 de enero se estaría comunicando conmigo para, de las tres fechas por ellos propuestas y la por mí seleccionada, viernes 13, indicarme la hora exacta en que se me recibiría en  la casa de enlace ciudadano que Ramírez Barba tiene en Bulevar del Campestre. La cita quedó programada para las 10:30 de ese día. Evité hacer cualquier compromiso alrededor de esta hora y prepararme lo mejor que pude para mi compromiso, pero, por supuesto, vino una primera posposición de la hora acordada: las 12:30 en el mismo lugar, a lo cual accedí no sin cierta molestia. El colmo fue cuando a una hora escasa de la cita me llamaron a mi celular para posponerla nuevamente por compromisos ineludibles del informal diputado, lo cual ya no acepté por “compromisos ineludibles” que yo también tenía y así se lo hice saber al asistente que conmigo se comunicaba, quien me pedía esperar para informárselo a su vez a su secretaria particular, Medina. Así lo hizo y me ofrecieron entonces una comunicación telefónica posterior con el señor diputado, a lo que me negué alegando que no se trataba sólo de salir del paso, que estos asuntos había que tratarlos de frente y que me volvieran a llamar en el futuro cuando el individuo estuviera libre de compromisos.

Es indigno el trato que todos los “grandes” señorones mencionados en este escrito brindan a la ciudadanía de a pie, pero que no se trate de ejercer el presupuesto porque entonces sí que están más que disponibles para disfrutar de regios sueldos, bonos navideños, numerosos asistentes y asesores, y largos periodos de holganza.

Gracias, señor diputado, ha resuelto usted todas mis dudas.

martes, 20 de diciembre de 2016

Presagio

Ocurrió en la madrugada del sábado 17 al domingo 18 de diciembre del moribundo 2016, a las 2:30 de la mañana. Los hijos estaban fuera por compromisos sociales: la mayor, en la boda de una amiga que seguramente se extendería hasta altas horas de la noche, y el menor, en un bautizo seguido de una comilona que seguramente tendría el mismo desenlace. Mi esposa y yo aprovechamos para irnos a dormir temprano después de cenar fuera de casa. Al poco rato ya estábamos los dos profundamente dormidos.

Soñaba yo que recibía una inoportuna llamada telefónica del hotel donde dormíamos plácidamente durante unas vacaciones de playa. Tomaba el auricular de mala manera para enterarme, por medio de la administración del lugar, que había olvidado firmar la cuenta por un consumo en el restaurante. Encolerizado, respondía que no había olvidado yo nada y que hasta había dejado la propina en efectivo. Mi interlocutor, sin disculparse, sólo respondió que estaba bien, que si se presentaba una anomalía adicional me volvería a marcar. Como suele ocurrirme, las palabras en tropel se amontonaban en mi boca y sin decir más nada colgaba yo de muy mala manera.

Intentaba agarrar nuevamente el ritmo de mi sueño, cosa que, extrañamente, conseguía yo al instante. Veía nítidamente a mi ex compañero en la universidad, ahora jefe de mi hijo en Miami, que me presumía las fotos de una celebridad del espectáculo (él es fanático de Lady Gaga, por cierto) de nombre Paivi, quienquiera que ella sea. En eso, sonaba de nuevo el teléfono y yo, totalmente fuera de mí, intentaba tomar, sin conseguirlo, la bocina, hasta que un segundo timbrazo, tan real como el primero, me hizo ver que era el teléfono de verdad el que se anunciaba. Esta vez con mucho temor, tomé yo el teléfono del buró al tiempo que veía en el reloj digital 2:30 am, y con el alma en un hilo, pensando en lo peor con los hijos lejos de la casa, respondí con un lacónico “¿Bueno?...”.

Enojado, asustado y paralizado, únicamente me comunicaban del otro lado de la línea que llamaban de la compañía de alarmas que atiende nuestro negocio para informarme que la instalada en nuestro local se había activado. Completamente amodorrado y enojado por la “insolencia” de despertarnos así, nada más respondí que ya en otras ocasiones ha pasado así y que es sólo que el guardia de turno de la plaza comercial donde se ubica nuestra tienda, al intentar cerciorarse de que las puertas del mismo se encuentren perfectamente cerradas, lo único que consigue es que la alarma se active, que se olvidaran del asunto y no molestaran más. Mi, en este caso, interlocutora, sin disculparse, sólo respondió que estaba bien, que si se presentaba una anomalía adicional me volvería a marcar. Como suele ocurrirme, las palabras en tropel se amontonaron en mi boca y sin decir más nada colgaba yo de muy mala manera.

Estas últimas cuatro líneas son exactamente las mismas que las cuatro finales del segundo párrafo de este escrito, excepto por el sexo de mis contrapartes. Pues bien, al percatarme de la similitud entre la ficción y la realidad, quedé yo helado y lleno de pavor, y después de lanzar una imprecación contra la operadora a pregunta ex profeso de mi esposa, no acerté más que a cubrirme con mis cobijas hasta donde el célebre torero del chiste. ¿No se lo saben? Pues ahí les va.

El apoderado de Joselillo, famoso ex diestro, desde el burladero de matadores, intenta infundirle valor a su joven promesa con estrepitosos alaridos:

-          ¡Joselillo, carajo, con el capote a la altura de los güevos!

A lo que el pobre Joselillo, despavorido y muerto de miedo y con el capote a la altura del cuello, únicamente acierta a responder:

-          ¡Pues ahí lo tengo, maestro!

Pues bien, como Joselillo, igualmente yo, ante esta experiencia paranormal, no tuve empacho en cubrirme con mis cobijas hasta el mismísimo cogote.

Juro por mi santa madre que lo aquí relatado es enteramente cierto.