miércoles, 10 de abril de 2019

Cómo defendí mi tesis profesional

En 1972, traté de disuadir a mi hermano mayor para que no invitara a nadie a su examen profesional de ingeniero químico en la UNAM. En contra de tan juiciosa recomendación, prefirió atiborrar el salón donde se llevó a cabo la ceremonia de familiares, amigos, académicos, conocidos y hasta desconocidos. Los resultados no se hicieron esperar y hacia el final del evento uno de sus sinodales, que no faltan, se lució a sus expensas ante un titubeo de mi hermano y su confesión de que desconocía lo que le estaba preguntando. Si se está usted incorporando al mercado laboral, le dijo aquel, no se vale que diga que desconoce lo que se daría por supuesto que sabe manejar con soltura. Se hizo un silencio sepulcral, la pena ajena invadió a la audiencia y el ambiente, de tan denso, se podía cortar con cuchillo. Lo revolcó, pues.

Ignoro el destino de aquel farsante, pero sinceramente dudo que haya llegado a la dirección general de la filial en México de una empresa de adhesivos de renombre internacional y que, como tal, haya presidido un par de años la ANIQ, la Asociación Nacional de la Industria Química, la cámara mexicana de los profesionales del ramo, como lo hizo mi hermano. Quizá haya terminado, más bien, dando clases en alguna escuela secundaria de su rumbo.

Comprenderán que cuando a mí me tocó el turno al año siguiente, 1973, estaba yo triplemente convencido de no hacer partícipe a nadie del examen profesional que, para obtener el título de actuario, sustentaría en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Además, se dio el hecho providencial y fortuito de que la fecha que me asignaron originalmente para el referido examen, martes 10 de abril, cayera dentro de las vacaciones de primavera de la Universidad y no quedaba más remedio que posponerlo. Propuse la siguiente semana, pero me dijeron que ellos reanudaban labores administrativas desde el sábado 14 de abril, por si quería elegir ese día y no alargar más mis sufrimientos. Cuando caí en la cuenta de que yo había iniciado mis estudios en la facultad precisamente un lunes 14 de abril, pero de 1969 (hoy hace exactamente ¡50 años!), no dudé en aceptar de inmediato. No se trataba de una inaudita casualidad, los hados estaban de mi parte.

Mi madre andaba intrigadísima, pues, por un lado, producto de sus ilegítimas indagatorias personales, tenía información fidedigna de que yo presentaría mi examen profesional el martes 10 a las 12 horas (había hurgado en mis pertenencias personales y accedido a la circular donde la Secretaría General de la UNAM me informaba tal), y, por el otro, no me vio abandonar el nido paterno durante todo ese día. ¿Se le habrá olvidado?, le confió con preocupación a mi hermana. Como entonces era yo un ente más extraño y hermético que ahora, que no se comunicaba para nada con la familia, ésta no se atrevió a importunarme y me dejó ser, como siempre.

Se llegó el sábado y ahí me tienen, en el auditorio que la Facultad tenía para tales propósitos completamente vacío, a mí solo, frente a mis tres sinodales, a punto de ser examinado sobre una tesis esencialmente matemática: Algunos algoritmos para calcular las raíces de un polinomio complejo. El jurado no podía ser más ad hoc: como presidente, el eminente matemático mexicano Dr. Santiago López de Medrano, Premio de Investigación de la Academia de la Investigación Científica, 1974; como vocal, el prestigiado estadístico Dr. Tomás Garza Hernández, director del CIMASS, Centro de Investigación en Matemáticas Aplicadas Sistemas y Servicios, de la Universidad, donde yo era becario; y como secretario, mi director de tesis, el reconocido Dr. Pablo Barrera Sánchez en las áreas de análisis numérico, ecuaciones diferenciales e inteligencia artificial.


El doctor Garza tomó la palabra y solemnemente se dirigió hacia mí: Así, ni ganas dan de revolcarte, mano. Esa es la idea, doctor, esa es precisamente la idea, le respondí. Y añadió: mejor platícanos de tu proyecto y dinos qué lo motivó. Y así comenzó lo que más bien fue una charla entre colegas que un examen profesional en forma, sobre un tema en el que tanto Pablo como yo teníamos un conocimiento que superaba ampliamente al de nuestros “oponentes”. Acto seguido, el jurado me invitó a abandonar el salón para que ellos pudieran deliberar, y yo salí a deambular por los pasillos y aposentarme en los peldaños de una escalinata. Unos momentos después, me llamaron para comunicarme su decisión unánime: estaba yo aprobado y era oficialmente Actuario, así, con mayúscula.

Después de los abrazos y felicitaciones de rigor de los tres sabios, abandoné el salón y me encaminé al estacionamiento de la Facultad de Ciencias, casi tan desierto como el local que recién había dejado y, antes de abrir la portezuela de mi proletario vocho, lancé al vacío un estentóreo grito de liberación que aún debe estar resonando en la Torre de la Rectoría. Los pocos que deambulaban por ahí se asustaron y me miraron con extrañeza. De camino al hogar, me detuve en una esquina para avisarle a mi querida madre, desde un teléfono tragamonedas, que tenía un nuevo profesionista en casa, y que lo había conseguido sin tener que soportar las humillaciones de gente acomplejada.

Meses después, en noviembre de 1973, fui distinguido como El Mejor Estudiante de México por el Conacyt, el Diario de México y el Instituto Mexicano de Cultura, y el premio nos fue otorgado, a los que lo ganamos, en la ex residencia oficial de Los Pinos, por un Presidente de cuyo nombre no quiero acordarme.

Repito, todo esto viene a colación en el 50 aniversario de que inicié mis estudios en la querida UNAM (lunes 14 de abril de 1969) y el 46 de que me recibí de actuario (sábado 14 de abril de 1973).

Ustedes disculparán tanto choro, pero si no lo conmemoro y celebro yo, quién, pues.

domingo, 7 de abril de 2019

n! + 1

Esta sencilla y hermosa expresión matemática nos sirve para demostrar que la cantidad de números primos –aquellos que únicamente son divisibles por sí mismos y por la unidad- es infinita. Se lee ‘n factorial más 1’, donde n! se define como el producto de los primeros n números naturales, es decir, n x (n-1) x… 2 x 1.

Es claro entonces que el añadir 1 al producto n! hace que la división de esta expresión por cualquiera de los primeros n números naturales arroje un residuo precisamente de 1, es decir, ninguno es factor de n! + 1, lo cual  en particular es cierto para los primeros p números primos menores o iguales a n.

Pero, por otro lado, como nos enseñaron en la escuela primaria y como establece el teorema fundamental de la aritmética, todo entero positivo se puede descomponer de manera unívoca en sus factores primos, y como ninguno de los primeros p menores o iguales a n lo es de la expresión n! + 1, necesariamente, por dicho teorema, tiene que existir un primo mayor a todos ellos que sí lo sea o n! + 1 mismo ser primo y su factor único. Y este proceso lo podríamos repetir indefinidamente para cualquier número natural m mayor que n, de donde se sigue irrefutablemente que la cantidad de números primos es infinita, como lo es, de manera obvia para todo mundo, la de enteros positivos.

Así es, n! + 1 es la bella e incontrovertible prueba de que el número de primos es infinito, pero, además, la demostración es constructiva. Veamos si no: 3! + 1 = 7 no es divisible por 3 ni por 2, pues ambos dejan un residuo de 1, pero 7 es primo y factor de sí mismo; 4! + 1 = 25 no es divisible por 4 ni por 3 ni por 2, que también producen un residuo de 1, pero existe un primo mayor que 2 y 3 que sí lo es: 5, que elevado al cuadrado es 25; 5! + 1 = 121 no es divisible por 5 ni por 4 ni por 3 ni por 2, por el consabido residuo de 1, pero existe un primo mayor que 2, 3 y 5 que sí lo es: 11, que elevado a cuadrado es 121.

¡Y así hasta el infinito… y más allá!, Buzz dixit.

En un artículo anterior, La “inutilidad” de las matemáticas, hace casi seis años, procedí yo a esta demostración pero utilizando únicamente la multiplicación de los primeros p números primos y sumándole 1. Obviamente, la lógica es exactamente la misma a la utilizada líneas arriba, pero aprovecho la reiteración para placear a n! +1.

Pues bien, el amigo aquel del que tanto les he presumido que es muy ducho para las matemáticas, a grado tal que se enriqueció con ellas aplicando sus estudios doctorales en probabilidad y estadística en Warwick, Inglaterra, especulando en los mercados financieros internacionales, me confesó lo siguiente a raíz de dicho artículo: “La teoría de los números me parecía casi impenetrable cuando la estudiamos en la facultad.  Recuerdo que una demostración de que no existía el último primo p simplemente consideraba en mostrar el numero p! + 1; hasta que leí tu articulo me di cuenta que obviamente p! + 1 no es divisible ni por 2, ni por 3, ni por 4..., ni por p.  Pues claro, el residuo es 1 para todos ellos.  ¡Qué pendejo!  A veces uno dice: yo no entiendo estas cosas y cierra los ojos...  Hasta que alguien nos los abre, gracias.”

Espero abrírselos a ustedes también, queridos lectores, aunque seguramente no se tengan en el mismo concepto que mi amigo.

viernes, 22 de febrero de 2019

Pensión universal

El martes 22 de enero de 2019 llamé a la Secretaría de Bienestar en la Ciudad de México para solicitar mi pensión universal. Me atendió una señorita muy amable que se limitó a solicitar mi nombre completo y mi dirección. Dos días después, el jueves 24, recibí un correo electrónico de confirmación de la misma dependencia gubernamental en el que se me informaba que mi solicitud estaba en trámite. Acusé recibo de este mensaje adjuntando, sin que se me solicitara, copia de mi acta de nacimiento, CURP, copia de mis credenciales del INE e INAPAM, y un comprobante domiciliario. Exactamente dos semanas después, el jueves 7 de febrero, y apenas a 16 días de mi llamada telefónica, fueron depositados en la misma cuenta donde recibo mi pensión del IMSS los 2,550 pesos bimestrales de la mencionada pensión universal.

Se me podrá objetar, oye, tú no necesitas ese dinero, pues ya cuentas con tu pensión del Seguro. Ah, ¿no? Mira, dicha pensión asciende a 9,073.83 pesos mensuales después de haber laborado por más de treinta años en la empresa privada. ¿Estás seguro que no la necesito? Por lo menos los 2,550 bimestrales hacen que mi percepción mensual sea ahora algo más decorosa, pues así estaré recibiendo, de hecho, 10,348.83 pesos cada treinta días. Y aunque esto sigue siendo insuficiente, el esclavizante negocio que posee mi esposa en una plaza comercial, que literalmente requiere de nuestra atención 24x7, nos permite irla llevando con dignidad.

Pero, además, cuando me jubilé hace casi diez años (octubre de 2009), después de no cotizar para el IMSS desde 1995 y de haber reactivado mis derechos durante año y medio en el negocio de mi mujer, se me otorgó una pensión de 4 mil pesos mensuales, calculada con los salarios de risa con que había cotizado en aquellos lejanos años, pues el Seguro para nada hace una actualización de salarios para reflejar los efectos, mínimo, de la inflación después de tanto tiempo. Y está bien, eso dice la ley, pero mis propios cálculos arrojaban otras cifras, que elevaban dicha pensión otorgada a casi el doble, es decir, alrededor de 8 mil pesos.

Solicité al IMSS, por medio del IFAI (hoy INAI), los salarios a los que había cotizado durante toda aquella remota época y les exigí una audiencia para demostrarles que habían hecho mal sus cálculos. ¿Cómo me atrevía? El subdelegado del Seguro en Guanajuato en aquel entonces, Arturo Soto Carranza, me informó, por escrito, que era ilegal que yo hubiera reactivado mis derechos en la dependencia trabajando para mi esposa y me despojaron de la mísera jubilación de 4 mil pesos. Vamos, ni esa.

Nunca debieron haberlo hecho, pues monté en cólera. Me inconformé con el director general del Seguro y toda su corte celestial, envié cartas de protesta a cuanta publicación se me ocurrió, y entablé sendas demandas en la CNDH, la Procuraduría de los Derechos Humanos del Estado de Guanajuato y la Procuraduría General de la República (hoy FGR), por el delito federal de despojo de pensión. Acudí a la oficina de un abogado particular, que había sido jefe del jurídico del Seguro en su delegación en Guanajuato, y quien con inaudita arrogancia me espetó que el mío era un caso perdido por los lazos familiares que me unían a mi ex “jefa”. Salí tan encabritado de la oficina de este leguleyo que un incidente de tráfico en una avenida hizo que me liara a golpes en plena calle con otro conductor, que si no llegan a separarnos unos buenos samaritanos, quién sabe qué hubiera pasado.

En fin, un ángel en la corte del director del IMSS se enteró de mis desgracias, la entonces directora de prestaciones económicas y sociales del Instituto, Cristina González Medina, y me citó en su oficina en la Ciudad de México. Y ahí, en la sala de juntas de dicha oficina (con baño privado, cocineta, dos secretarias y otras amenidades), rodeada de una decena de colaboradores, entre subdirectores, coordinadores y personal de apoyo, los instó a que de inmediato se revisara todo mi expediente para que se restituyera mi pensión a la brevedad o si no, dijo irónicamente, que se me devolvieran todas las cotizaciones que durante año y medio nadie en el Seguro “reclamó” que fueran ilegales, que éstas habían sido calificadas así hasta que al Instituto le tocó pagar. ¡Impresionante! Cuando le mencioné a doña Cristina que lo que reclamaba yo también era el monto, me dijo: “Mire, lo importante ahora es que le restituyamos su pensión, ya después podrá usted acudir a la procuraduría de la defensa del trabajo (Profedet) y a la junta federal de conciliación y arbitraje para pelear el monto”.

Cuando regresé a León ya estaba todo dispuesto con el director del jurídico de la delegación del IMSS en Guanajuato para que me acompañaran a la PGR a retirar la denuncia penal que había entablado yo contra el Seguro y su subdelegado Soto Carranza, me restituyeran la pensión y me pagaran todos las “salarios caídos” de la misma: poco más de 40 mil pesos.

El siguiente paso fue acudir a la Profedet a mediados de 2010, donde se me asignó una abogada laboral de oficio, y donde después de casi cuatro años de un penosísimo y desgastante proceso les demostré fehacientemente que el Seguro había calculado mal mi pensión, habiéndolo determinado así el Primer Tribunal Colegiado en Materia del Trabajo del Decimosexto Circuito (Guanajuato), en su amparo directo laboral número 238/2013 y en su sesión correspondiente al 30 de enero de 2014, condenándolos a ajustar el monto de mi pensión y a liquidarme todos los “diferenciales caídos”, que ascendieron a cerca de 200 mil pesos.

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero de los 16 días y una sola llamada telefónica que le llevó a la 4T otorgarme la pensión universal a los cuatro años que le tomó al antiguo régimen desfacer sus entuertos, media una deferencia como de tres años y 350 días.

viernes, 8 de febrero de 2019

Envidia de la "buena"

Cuatro fueron los relatos, aunque de ninguna manera los únicos, que más me impresionaron dentro de la espléndida y entrañable obra autobiográfica del recientemente fallecido Amós Oz, Un historia de amor y oscuridad, sin duda uno de los mejores libros que he leído en mi vida: sus polémicas con el fundador del Estado judío, David Ben-Gurión, siendo aquel un pionero, casi adolescente, en el kibutz Hulda, donde se recluyó de 1954 a 1985, es decir, desde los 15 años de edad hasta bien entrados los 46; su descubrimiento del escritor norteamericano Sherwood Anderson, autor de Weinsburg, Ohio; su discusión acerca del conflicto árabe-israelí con un pionero más avezado y veterano que él, y el suicidio de su madre.

El suicidio, porque siempre ha sido un tema apasionante para mí, además del drama per se que tan supremo y desgarrador acto representa, pero no lo fue menos el descubrimiento que Amós hizo del autor de Weinsburg, Ohio, cuando Oz estaba experimentando en el kibutz un drama existencial: sentía que si escribía la gran obra, podría viajar a París, Milán o Londres, pero, por otro lado, que para escribir esa gran obra necesitaría vivir en París, Milán o Londres, y no hallaba cómo salir de este círculo vicioso. Hasta que un día cayó en sus manos el mentado libro, que terminó de leer en un suspiro, y cuando lo hubo hecho, se llenó de una emoción y entusiasmo tales que lo hicieron brincar de gozo, y así anduvo, rebosante de júbilo, por todo el kibutz realizando sus faenas hasta que no paró a las tres y media de la madrugada.

Cuenta Amós que con esta obra hizo un descubrimiento contario al de Copérnico, que demostró que la Tierra no era el centro del universo, ya que le quedó claro, después de su lectura, que el centro del universo es uno mismo y que todo gira alrededor de nuestro puño y nuestra pluma. De otra manera no se explicaba cómo personajes tan simples y anodinos como los de Sherwood Anderson podían dar origen a historias que lo capturan a uno y que el autor acomoda en relatos más o menos independientes, pero donde los protagonistas de una historia pueden transitar sin dificultad, como personajes secundarios, a los de otra posterior.

Me emocioné tanto cuando leí esta parte de la biografía de Oz que procedí de inmediato a ordenar mi copia electrónica del libro de Anderson y lo devoré con igual fruición, aunque no anduve brincando como aquel hasta las tres y media de la mañana, sino únicamente hasta la medianoche. Porque yo también seguido pensaba que cómo era posible escribir algo de interés sin vivir en la gran ciudad, o ya de perdida sin irse a refundir a barrios como el Coecillo, la Arbide, San Miguel o León Moderno. Gracias, Amós, y gracias, Sherwood, pues en efecto, uno es el centro del universo.

Igualmente impresionante resulta su interacción con el héroe fundador del Estado de Israel, David Ben-Gurión, siendo Oz prácticamente un adolescente, al refutar éste una idea política del gran líder y primer ministro de Israel en una carta enviada a la publicación donde Ben-Gurión había externado tal idea. Todos sus compañeros en el kibutz le recriminaron su osadía y le hacían el vacío, pero cuando el primer ministro le contestó a Amós en su siguiente artículo sin mayores aspavientos, los mismos que lo recriminaban ahora lo adulaban.

Tiempo después le llegó al kibutz una invitación del mismísimo David Ben-Gurión para que lo visitara en su oficina. Oz se preparó para esta cita lo mejor que pudo, por lo menos en su exterior, pero cuando estuvo frente a él, se decepcionó rotundamente, pues en vez del personaje omnipotente que imaginaba, se le presentó un individuo más bien grotesco, que además tenía fama de creerse filósofo y especialista en Spinoza. Sorprendió a Amós al comentarle sobre unos poemas que Oz había publicado en una revista prácticamente desconocida y, en seguida, comenzó a “disertar” sobre Spinoza, el filósofo, decía, de la paciencia y la tranquilidad, una y otra vez, duro y dale. Cuando finalmente Amós creyó que podía externar su opinión, Ben-Gurión lo interrumpió a media frase y continuó con su perorata. Al final, terminó su actuación invitando a Oz a visitarlo cuantas veces quisiera, que no dudara en venir a platicar con él. Dice Amós que lo dejó detrás de  su escritorio como el gran bufón que ha terminado su representación.

Más dramático resultó su encuentro con el compañero más avezado y viejo que él al discutir el problema árabe-israelí, y cuando Amós todavía no hacía el giro hacia una posición más tolerante en este sentido. Es que ellos tienen tanto derecho a habitar en estas tierras como lo tenemos nosotros, le decía su amigo, ¿por qué queremos echarlos o invadirlos? ¿Qué sentirías tú si trataran de hacer lo mismo con nosotros, que tanto nos ha costado fundar este país? Pero ¿qué harías tú, le respondía Amós, si un fedayín se colara adonde estamos ahorita y quisiera acribillarnos? Si tuviera la capacidad de reacción oportuna y suficiente, ripostaba el amigo, lo acribillaba antes yo a él, no hay más, pero si ellos se mantienen tranquilos en su territorio, no tendríamos por qué ir a importunarlos y echarlos de sus posesiones, tanto derecho tienen ellos como lo tenemos nosotros de permanecer en nuestras respectivas tierras. Y a otra cosa, apurémonos con nuestra tarea, concluía. Toda una lección para algunos de los halcones que gobiernan actualmente Eretz Israel, digo yo.

Y más dramático aún es como evoca Oz el recuerdo de la madre al momento de escribir el libro. El suicidio ocurrió la noche del sábado 5 al domingo 6 de enero de 1952, cuando la madre tenía 38 años de edad y Amós escasos 12, un par antes de que cambiara de nombre, de Amós Klausner a Amós Oz (un simbólico rompimiento con el pasado), y se enrolara en el kibutz Hulda. Fania Mussman padecía de continuas migrañas, insomnio, era taciturna y gustaba de contarle historias a su hijo, que muchas veces empezaba ella y continuaba él o viceversa. Esa noche se quedó a dormir en casa de su hermana Haya en Tel Aviv, viviendo ellos en Jerusalén. Quizá, dice Amós, si yo hubiera estado ahí al momento en que ella apuró esos barbitúricos de más para calmar sus ansias y conciliar el sueño y le hubiese rogado que tuviera compasión de mí, no los habría tomado.

Un personaje maravilloso en la vida de Oz fue su abuelo paterno Alexander Klausner, hombre longevo, enamoradizo y bohemio que casi llega a los 100 años de edad. Casado con una mujer mayor que él, la abuela Shlomit, mujer fanática de la limpieza y la asepsia extremas que se pasaba la vida limpiando y desinfectando cuanto se le cruzaba en el camino, cuando el viejo, ya viudo, frisaba los 95, aleccionaba al nieto diciéndole que la muerte de un joven de 19 años de edad constituía una desgracia, pero que la muerte de un viejo como él, que casi alcanzaba el siglo, representaba una verdadera tragedia, pues a esa edad se tiene ya una rutina de levantarse temprano por las mañanas, irse a caminar por el bosque, regresar a desayunar un té caliente con galletas mientras se lee el periódico, ducharse, volver a dar otro paseo, regresar a comer, oír música y, por la tarde-noche, dedicarse a pergeñar poemas. Y así decenas de cientos de veces a través de tantos años, de manera que suspender todo eso de repente constituye una tragedia, mientras que el joven probablemente no estuviera acostumbrado a tanto y, por lo mismo, nadie fuera a extrañar su frugal accionar.

En otra ocasión, Amós ya casado y con hijos, el abuelo lo llamó para instruirlo acerca de las mujeres, y pasaba en seguida a perorar que el hombre era así y asado, pero que las mujeres poseían una diferencia fundamental que Amós nunca debería pasar por alto si no quería incurrir en faltas monumentales que la vida no le perdonaría, y el viejo terminaba de pontificar diciendo que a través de tantísimos años él, Alexander Klausner, jamás había logrado averiguar cuál era esa maldita diferencia.

La vida del padre, Ari Klausner, en cambio, es un tanto triste y mediocre. Erudito y lingüista de reconocida capacidad, nunca pudo superar la sombra del tío, Yosef Klausner, hermano de Alexander, un historiador y literato reconocido internacionalmente. Nunca ayudó al sobrino a que hiciera carrera en la universidad, pues no quería que lo acusaran de nepotismo, y por ello llegó tan solo a ser bibliotecario. Tras el suicidio de la esposa, se casó en segundas nupcias, se mudó a Inglaterra, tuvo dos hijos y se doctoró en su especialidad. Sin embargo, al regresar a Israel, nadie lo auxilió para que hiciera carrera en su querida universidad, pues ya pasaba de los 50 y no querían perpetuar la influencia de Yosef, cuyas obras, dice Amós, quizá con un poco de amargura por el trato que le dio a su padre, habían pasado de moda y resultaban ya hasta un poco ingenuas, y no tuvo más remedio que volver a ser bibliotecario.

No obstante, nunca perdió la fe en el hijo, en quien veía encarnada la posibilidad de lo que él jamás llegaría a ser, y por eso se dirigía a él, cuando niño, como Su Alteza, Su Señoría o Su Excelencia, y cuando lo visitaba en el kibutz lo obsequiaba con regalos más propios para un escritor que para un musculoso labriego u obrero de esa sociedad, y así se lo decía y le suplicaba que no se olvidara de las letras. Oz recuerda una ocurrencia del padre que éste repetía en cuanta oportunidad se le presentaba: “Recuerda, Amós, que si alguien escribe algo basado en un libro, es un plagiario; si lo hace basado en cinco, es un investigador, y si lo hace basado en treinta, es un súper investigador”.

Amós Oz vivía en un ambiente privilegiado desde el punto de vista intelectual, no únicamente entre la familia, sino incluso dentro de los barrios que lo rodeaban, donde todos leían y escribían. El vecino de enfrente de la casa de su famoso tío, y con quien éste  no simpatizaba en lo más mínimo, no era otro que Agnón, el primer israelí en ser galardonado con el Nobel de Literatura en 1966. Sin embargo, los Klausner-Mussman se llevaban bien con él. Más aún, cuántas veces no fue el mismo Oz nominado para el mismo premio durante su vida como escritor. Innumerables.

A nuestro personaje le tocó vivir de primera mano siendo un crío la guerra que desataron contra Israel sus vecinos cuando, primero, fue decretada la existencia de este Estado en la Asamblea General de la ONU el 29 de noviembre de 1947, y, posteriormente, cuando fue instaurado oficialmente por David Ben-Gurión el Estado de Israel el viernes 14 de mayo de 1948. Los ataques fueron inmisericordes y la familia dio cabida dentro de su modesto departamento a cuantos se lo solicitaron, familiares, amigos y vecinos. Vivieron hacinados y en condiciones de higiene verdaderamente deplorables, además de que la escasez de todo, víveres y medicinas, era generalizada. Curiosamente, la madre se aisló internamente y vivió dentro de su mundo durante este periodo.

La lectura del libro de Amós me provocó una envidia de la “buena”, pues cómo no envidiar a un escritor de esos tamaños cuando uno pergeña solo estupideces, y cómo no envidiar a un pueblo como el israelita, que invariablemente aparece dentro de las veinte economías más prósperas del planeta, por encima de naciones como Bélgica, Austria, España, China. Ojo, prósperas, de acuerdo al Reporte Global de Competitividad del World Economic Forum, no grandes, pues dentro de éstas, hasta México califica y, de acuerdo a un artículo que leía recientemente, aspiramos a ser la octava economía más grande del mundo para el 2030. Ojalá esto se vaya dando paralelamente con la prosperidad, ya que actualmente ocupamos un triste lugar 51 en una lista de 137 países.

Me podrán alegar que Singapur ocupa invariablemente uno de los tres primeros lugares dentro de dicho reporte, a veces incluso por encima de Estados Unidos, pero jamás podríamos comparar la historia y la cultura del pueblo judío con las de Singapur, con todo respeto.

Una digresión final. Uno de los últimos doctores que atendió a Fania, la mamá de Amós, le decía que el gran mal que aqueja al ser humano es la mente, que si ésta pudiera ser extirpada mediante una delicada intervención quirúrgica, el hombre viviría muchos años adicionales y lo haría de forma más plena y más feliz.

Me propongo encontrar a galeno tal.

miércoles, 23 de enero de 2019

"Los (inseguros) pasos de López"

Durante su famosa comparecencia en el programa La Silla Roja, de El Financiero-Bloomberg, López Obrador defendió mañosa, pero inseguramente, su postura de no haber firmado la Declaración de Lima condenando al dictador venezolano Nicolás Maduro, y dijo que durante una de sus conferencias mañaneras alguien le preguntó que por qué se había abstenido, a lo que él respondió: “A ver, qué dice el artículo 89 de nuestra Constitución, que habla de las facultades y obligaciones del Presidente de México, y qué dice su fracción X, pues que el Jefe del Ejecutivo respetará la autodeterminación de los pueblos y la no intervención. ¡Ahí está! ¿Por qué habría yo de firmar nada?”.

Al escucharlo, de inmediato me pregunté que si una elección espuria como la que afianzaría a Maduro en el Poder podría considerarse como la autodeterminación del pueblo (“bueno”) que justificara la no intervención de López. De inmediato me respondí que por supuesto que no, que dicha abstención contravendría el espíritu mismo de nuestra Constitución.

Es vergonzoso que mejor Trump sostenga una actitud más congruente con la realidad venezolana y se apresure a reconocer que, al ser el único ente legítimamente constituido, la Asamblea Legislativa tiene la facultad de desconocer al gobierno de Nicolás Maduro y nombrar a su líder, Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela mientras convoca a nuevas elecciones. Pero no pequemos de ingenuos, seguramente éste contó con el aval del Imperio antes de lanzarse a su aventura. Más oprobioso para Obrador es que su otro socio comercial en el T-MEC, Canadá, haya ya anticipado también el reconocimiento de Guaidó. Y aun lo es más el que México, por boca de su canciller, se empeñe en seguir reconociendo al usurpador Maduro como presidente legítimo de Venezuela. Todo lo anterior por más que el dictador, como gato boca arriba, haya anunciado en este preciso momento la ruptura de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, lo que no evitará que los días del sátrapa en el mando estén contados.

De improviso me vino a la mente el libro de “nuestro” paisano Jorge Ibargüengoitia, Los pasos de López, que así firma también el líder fársico indiscutible de la 1T (la Primera Transformación, la Independencia) en la obra de Jorge, siendo en realidad el señor cura Periñón, y que, al igual que nuestro absurdo personaje estrella de la 4T, enarbola el estandarte de la Morena para mejor enfrentar al enemigo en la lucha por la emancipación nacional. De la misma forma en que el López de la 1T de Ibargüengoitia es un hombre querido por todos, el nuestro de la 4T de hoy no lo podía ser menos. Ojalá que su empecinamiento con Maduro no le reste más adeptos que el affaire del huachicol y el desabasto correspondiente.

Himno Nacional Huachicolero

Himno Nacional Huachicolero

Coro

Mexicanos al grito de guerra
El billete aprestad y el bidón
Y retiemble en sus centros la tierra
Al sonoro rugir de explosión

(Francisco González Bocafloja / Jaime Niní)

viernes, 11 de enero de 2019

He sido censurado

El 13 de diciembre de 2014, es decir, hace exactamente 49 meses, cuando los ataques contra Peña Nieto aún no se volvían un deporte nacional generalizado, envié un artículo al director del periódico local, donde generalmente me publican, en el que exigía la renuncia del mentado presidente. No vale la pena reproducir aquí mi escrito, quizá ustedes lo recuerden, además de que no era mucho más agrio de lo que durante los siguientes años se publicó profusamente en contra de tal corrupto. El director me contestó en los siguientes términos:

Estimado Don Raúl, 

Hay frustración en todos los ámbitos de la vida nacional. Cierto que la devaluación en la autoridad moral del Presidente es mayor que la de nuestra moneda. Es cierto lo que usted dice, sin embargo, salvo que surgiera alguna otra propiedad de Peña Nieto, no veo que quiera ni pueda ni sea conveniente que se fuera. 

Ahora pido su comprensión para no publicar este artículo. El dinosaurio aún no muere y mal herido puede darnos un zape que ni siquiera imaginamos. 

Como usted, también sueño con una primavera mexicana, con tiempos cálidos que pronosticaba Octavio Paz antes de morir. Tengo casi 60 años y aún soy optimista. Por eso mido la fuerza real de nuestra publicación y no quiero un sobregiro de antagonismo puro que nos marque. 

En lo local hay muchísimo por hacer y denunciar.  

Abrir muchos frentes resulta complicado para una organización que tiene 600 empleados. 

Como siempre, le saludo con respeto por su buena pluma e impecable lenguaje. 

Atentamente.

Pues bien, mi escrito del lunes 7 de enero de 2019, El gran imbécil de Palacio, ya no gozó de tal “acogida”, es más, ya no mereció comentario alguno ni razón por la cual no era conveniente publicarlo. No quiero ser injusto, tal vez fuera así porque sólo a mí se me ocurría que hubiésemos llegado a tal grado de libertad de expresión, de la que tanto se ufana el objeto de mis ataques esta ocasión, el inefable Andrés Manuel López Obrador, el tan popular AMLO.

Afortunadamente, dentro de la sesentena de corresponsales a la que suelo copiar mis pergeños, hubo varios que me solicitaron permiso para difundirlo. “¡Hombre, por supuesto, respondía, para eso lo escribí, para que llegue a la mayor cantidad posible de gente!”. Vamos, se lo envié hasta al mismísimo AMLO, bueno, a la página en Internet de la Presidencia de la República, aprovechando el recorte de personal que hubo en el SAT y de que muy seguramente no iban a poder perseguirme por esa vía. ¡Toco madera!

Tuve también la oportunidad de ver y escuchar la entrevista de casi hora y media de duración que le hicieron a AMLO en el programa La Silla Roja, de El Financiero-Bloomberg. Un programa que generalmente dura una hora se tuvo que ir un cincuenta por ciento más allá de su límite, me imagino, por la extraordinaria agilidad mental y desesperantes balbuceos del referido. Además, fue una entrevista a modo, fraudulenta, sin preguntas incómodas (¿cuáles?, si únicamente era AMLO el que hablaba, digo, perdón, balbuceaba). Se vio al mismo Andrés Manuel mentiroso, chapucero y tramposo de siempre. Una vergüenza para los aduladores, que no entrevistadores, Enrique Quintana, Leonardo Kourchenko, María Scherer y Antonio Navalón, festejando todas las gracejadas del adulado López.

Durante dicha entrevista, el martes pasado (8 de enero), AMLO se regodeaba hablando de la crisis gasolinera como si sólo fuera la Ciudad de México la única digna de merecer toda nuestra atención por dicha crisis, pues, decía AMLO, de las 800-1000 gasolineras que hay en la CDMX, los odiosos medios hablan de la “estratosférica” cifra de seis que tienen el problema, y se ufanaba: “muy seguramente sean más, veinte, pero ¿justifica esa cantidad que hablemos de una crisis?”. ¡Idiota!, ya para ese entonces, cientos de miles de leoneses y guanajuatenses en general llevábamos varios días de padecer una crisis generalizada en todas nuestras estaciones de servicio y las terribles consecuencias políticas, económicas y sociales que ello conlleva.

Yo, por mi parte, el mismo 7 de enero, escalé telefónicamente el problema con el gobernador de Guanajuato, Diego Sinhue Rodríguez Vallejo, sin mucha fortuna, pues terminé interactuando con Vicente López, asesor de la secretaria particular de Sinhue, Juana de la Cruz Martínez Andrade. El WhatsApp final que recibí de López (Vicente, no Andrés Manuel) es todo un poema (respeto sintaxis original): “Buenas tardes Sr. Raúl. Se continúa recibimiento las unidades de combustible, pero como lo señala, las filas presentan diferentes circunstancias tanto en horarios como en distribución. Esperemos que se vaya regularizando la crisis.” De risa loca, la esperanza de don Vicente (muy digna de otro insigne guanajuatense del mismo nombre) fue profética: la crisis se halla totalmente regularizada entre nosotros y gozando de cabal salud.

Del insignificante, oscuro y tibio presidente municipal de León, Héctor López Santillana, ya mejor ni hablar.

Lo bueno es que esta mañana me enteré del incipiente surgimiento de los “chalecos amarillos” mexicas que, a semejanza de los franceses que hicieron recular a Macron, pudieran hacer recular también a López (Andrés Manuel, no Vicente).

Finalmente, Andrés Manuel, me cae que si respetas tu ofrecimiento de someter a referendo tu mandato a mitad de sexenio, no te la vas a acabar, vas a salir defenestrado como el más nefasto tirano.

¡Así sea!