miércoles, 23 de mayo de 2018

De "novelas", premios literarios y plagios

A los pocos días de su publicación, tuve oportunidad de leer el libro Una novela criminal, de Jorge Volpi, el cual no es una novela, sino un excelente y documentadísimo trabajo periodístico de investigación. Volpi hurgó en todos los rincones y entrevistó a todos los personajes involucrados en esta trama (o más bien, drama), desde los plagiados y sus supuestos secuestradores (Israel Vallarta, en el Altiplano, y Florence Cassez, en Dunkerque, en el norte de Francia), hasta los magistrados de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), pasando por la activista Isabel Miranda de Wallace y los corruptos policías Genaro García Luna y Luis Cárdenas Palomino. ¡Interesantísimo y esclarecedor!

El magistrado de la SCJN José Ramón Cossío Díaz concluye que dos fueron los montajes que salvaron a la francesa: uno policiaco, el 9 de diciembre de 2005 sobre un hecho realmente ocurrido el día anterior y patéticamente recreado frente a las pantallas de televisión como si estuviera ocurriendo en ese momento, y otro judicial, el de la Primera Sala de la Suprema Corte, de la que Cossío formaba parte, y que, después de que se eliminó ese elemento “corruptor” e hizo propio un proyecto de sentencia previamente rechazado, otorgó el amparo liso y llano para la liberación inmediata de Florence Cassez, en vez de otro para efectos, que hubiera restituido todo el proceso eliminando lo que lo “corrompió”. Ambos hechos insólitos para José Ramón Cossío Díaz (y Jorge Pardo Rebolledo, que votó junto con él), pues el término “corruptor” nunca se había utilizado en la historia del máximo tribunal y mucho menos que, sobre la marcha, se incorporaran a la hora de la votación elementos de un proyecto de sentencia previamente rechazado al nuevo que en ese momento presentaba la ministra Olga Sánchez Cordero, apoyada por Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena y Arturo Zaldívar Lelo de Larrea, autor, este último, del proyecto rechazado, que así derrotaron por tres votos contra dos a los primeros, y se le hizo “justicia” a la French Poodle, Florence Cassez, pero no al perro callejero, Israel Vallarta (en palabras del propio Cossío Díaz), más de doce años preso y sin sentencia, al día de hoy.

Resumiendo, dos vilezas: una policiaca, por parte de Genaro García Luna y su secuaz Luis Cárdenas Palomino, y otra judicial, cortesía de los señores ministros de la Tremenda Corte.

El libro abunda en estas prácticas del subdesarrollo, propias de un país miserable en todos los sentidos como el nuestro. La injerencia en toda la historia de la señora Isabel Miranda de Wallace, “activista” y cabeza de la organización Alto al Secuestro, es “enternecedora”, llegando a exclamar “¡Pinche país de mierda!” cuando por fin se entera de la liberación de la francesa.

A Peña le urgía la liberación de Florence para restañar las profundas heridas en la relación bilateral México-Francia, exacerbadas por las reyertas de cantina entre los “carismáticos” presidentes Calderón y Sarkozy, fielmente reseñadas por Volpi en su “novela”, y por eso hizo todo lo que estuvo a su alcance para que esto ocurriera a mediados de enero de 2013, menos de dos meses después de su acceso al Poder. También, claro, para apuntarse un “logro” de incuestionable relevancia internacional. Servilismo liso y llano, diría yo en sarcásticos términos jurisdiccionales.

Al lector le resulta difícil llegar a un juicio, máxime cuando se persiguió a unos con saña y se dejó de hacerlo con otros que estuvieron tanto o más involucrados. La sevicia con que se persiguió a la familia Vallarta (hermanos, tíos, primos, esposos, padres, cuñados) no desmerece para nada la fama mundial ganada a pulso por nuestras policías. Volpi llega incluso a relatar el célebre chiste en que se encomienda a un agente mexicano que atrape, como prueba de su destreza, un conejo y lo presente ante la autoridad: el celoso agente así lo hace, pero en vez de conejo llega con un elefante madreadísimo que, enternecedoramente, no cesa de jurar que es un conejo.

En otro orden de ideas, distinguieron con el Premio Alfaguara de novela 2018 una “novela” que no es novela, tal vez porque Volpi fue fácilmente identificable (da repetidas, aunque veladas, pruebas de su identidad a lo largo del texto, a pesar de los seudónimos en nombre de autor y título del escrito con que se presentó a concurso) entre centenas de trabajos y únicamente media docena de calidad indudable, según reza uno de los múltiples apéndices del libro. Como alguna vez dijo Ricardo Cayuela Gally en Letras Libres, Volpi es “uno de los autores más premiados y peor tratados por la crítica”. Los premios son una patraña, como bien decía Víctor Roura, director de la sección cultural de El Financiero por más de 25 años. Qué diferencia con la novela Los periodistas, de Vicente Leñero, sobre un hecho histórico real, pero magistralmente novelado: el golpe echeverrista al periódico Excélsior en 1976.

En fin, Volpi nunca ha sido ajeno a los escándalos, y todos recuerdan cómo, siendo jurado del máximo galardón literario de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara en 2012, premió a Alfredo Bryce Echenique, condenado judicialmente por plagio reiterado, y cómo defendió cual perro rabioso esta decisión frente a la indignada crítica de todo México y el mundo.

Por cierto, el mismo Volpi, junto con otra reconocida plagiaria, Denise Dresser, fue contundentemente evidenciado como plagiario por León Krauze hace exactamente doce años en Letras Libres (Dresser y Volpi: inspirados, 31 de mayo de 2006). Vale la pena leer este demoledor golpe al cinismo.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Pequeños grandes detalles de seres de excepción

Desde hace algún tiempo, había sido mi intención hincarle el diente al libro del economista Jonathan Heath Lo que indican los indicadores, pero cada vez que lo intentaba con la copia electrónica incluida en la página del Inegi, desistía yo de mi empeño ante la dificultad de seguir un texto técnico en formato PDF o Kindle para tableta. Se requería la incomparable soltura que proporciona la presentación en papel.

Con esto en mente, me puse en contacto con la representación en León del Inegi para explorar la posibilidad de conseguir una copia “perdida” de este libro publicado por el Instituto en 2012 bajo la égida de Eduardo Sojo Garza-Aldape, pero me salieron con el tan mexicano y consabido no-hay que tan de moda puso el comediante Héctor Suárez hace ya muchos años.

- Oiga, señorita –inquirí-, ¿pero ni siquiera en sus oficinas centrales en Aguascalientes sería posible conseguir una copia?

- No, no hay en ninguna parte, señor –me respondió.

Tal vez en la época del Dr. Sojo no me habría topado con una respuesta tan tajante, pues él hizo de ésa, una institución de excelencia. Pero como nunca me he conformado con rezarle nada más a los santos sino acudir al auxilio de Dios mismo, traté de imaginarme cuál sería el correo electrónico de Eduardo Sojo, ahora al frente del Iplaneg en Guanajuato, equivalente regional del Inegi nacional, y concluí que con toda seguridad debería ser esojo@guanajuato.gob.mx, pero para no errarle, decidí copiar a Silvia Edith González Padilla, su Directora General de Información y Participación Social, en el mensaje que le envié el domingo 4 de marzo solicitándole una copia de libro de Heath, dándole tiempo para que me contestara al día siguiente, lunes 5. Erré en mi adivinanza del correo de Sojo, pero hice diana con Edith González, pues ¡el mismo domingo en la noche me contestó! Me dijo que con mucho gusto le haría llegar mi solicitud al Dr. Sojo, y me deseaba un excelente inicio de semana.

No habían transcurrido ni 24 horas y el lunes en la noche me decía que el Dr. Sojo la había apoyado en sus gestiones ante el Inegi para conseguir una copia del libro y que el martes 6 lo tendría ella en su oficina, que adónde me lo enviaba. Para no hacer el cuento largo, el martes me dijo que ya tenía el libro en su poder y que el miércoles 7 un enviado del Iplaneg se estaría comunicando conmigo a mi celular para entregarme la obra en mi domicilio, lo cual ocurrió ese día hacia las 10:15 de la mañana. Todo esto, sin ningún costo, como única y noble respuesta a la petición de un “estudioso” que buscaba desesperadamente el libro.

Tal vez todo este asunto parezca intrascendente, pero no lo es, y si ejemplo tal de civismo y pundonor no basta para que uno se reconcilie con el género humano, ¿entonces qué sí? Esta manera de ayuda desinteresada, eficiente y generosa, sin ni siquiera conocer al otro, lo lleva a uno a pensar qué no estarían dispuestos a hacer estos maravillosos seres humanos en un caso de mayor relevancia y gravedad. La ofrenda de la propia vida, creo yo.

Muy bien, ahora, a disfrutar la lectura y estudio del libro de don Jonathan.

¡Mil gracias, mis ángeles guardianes!

martes, 2 de enero de 2018

No prosperó

La denuncia que interpuse contra Enrique Peña Nieto ante la Corte Penal Internacional de La Haya por la masacre de Tanhuato no prosperó. Fue aceptada para su análisis el 5 de septiembre de 2016 (primer documento adjunto) y archivada el 18 de diciembre de 2017 (segundo documento adjunto), después de más de 15 meses de estudio de la recomendación 4VG /2016 de la CNDH que les envié y tras determinar que la gravedad del asunto que les planteé no caía dentro de ninguna de las categorías (genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra) a que les autoriza el Estatuto de Roma (Artículos 6 a 8) para ejercer jurisdicción contra las personas responsables de tales crímenes.

Ni modo, fue un buen intento por castigar a este incompetente que tantas desgracias ha infligido a nuestro atribulado país y cuyo gobierno no estaba autorizado para cometer tan horrendo crimen, por más malandros que hayan sido los individuos masacrados.

Dejemos, pues, que la Historia lo condene.


miércoles, 20 de diciembre de 2017

¡Qué huevos!

El crudelísimo invierno de 1983-84 fui asignado por IBM de México, donde trabajaba, al centro de soporte que la corporación tenía en Boëblingen, Alemania, cerca de Stuttgart, durante tres meses (diciembre a febrero). Las fiestas navideñas casi coincidían con las de este 2017, ya que iniciaron el viernes 23, después del horario de oficina, y terminaron el lunes 26, pues la empresa en aquel país acostumbraba dar el día siguiente a la Navidad.

Los momios no me favorecían, ya que al no ser yo europeo, como la mayoría de los compañeros que ahí tenía y que podían regresar a sus países de origen cada dos semanas, no debía ausentarme del lugar sino hasta el fin de mi asignación, o bien los fines de semana o días feriados con el compromiso de regresar a la oficina al día hábil siguiente, de tal suerte que aquel viernes 23 en la tarde-noche fue de condolencias para mí por parte de todos mis colegas porque iba a permanecer solo, si así lo decidía, tres largos días en el pueblecito de Schönaich, donde residíamos. Yo no me sentía triste, pues pensaba tomar el coche que nos asignaban para nuestro desplazamiento e ir a Berna, Suiza, muy de mañana el sábado 24, sin embargo, un oriundo se me acercó y me dijo que tuviera valor y que tratara de pasármela lo mejor posible.

Para cuando regresé al acogedor hotel administrado por una simpática familia ese mismo viernes en la noche, ya todos mis compañeros habían literalmente emprendido el vuelo y el administrador me entregó las llaves del acceso principal del recinto diciéndome que también ellos abandonaban el pueblo y que me quedaría solo en el lugar, rogándome que me asegurara, únicamente por precaución, de cerrar bien la puerta. Tragué con dificultad y tomé las llaves deseándoles felices fiestas.

Según lo planeado, emprendí la marcha al día siguiente y me encaminé a mi destino a través de Zúrich y Lucerna, pero para cuando llegué a Berna la noche ya era cerrada, a pesar de ser solamente las 6 y media de la tarde, y con un hambre voraz, pues no me había detenido para nada en el camino, excepto para poner gasolina. Obviamente, la mayoría de los negocios ya había cerrado, no así una pequeña fonda que apenas había iniciado el proceso, pero cuando quise ingresar, me topé con la puerta de cristal en las narices y una empleada enternecida que sólo me miraba cómo rasguñaba yo con una mano el vidrio como un perrillo que pide clemencia. La dama me abrió y me puso en la mano una carta enmicada de la que seleccioné con el dedo lo primero que se me ocurrió.

Unos minutos después me fueron presentados un par de huevos fritos sobre sendas rebanadas de pan bimbo. ¡Qué huevos! Juro por mi madre que ha sido el más suculento manjar que haya probado nunca, de veras.

Terminada mi opípara cena, a buscar hotel. Conseguí uno buscando en el tablero que para tal propósito suelen tener en las estaciones de tren, no lejos de ahí. ¡Y a disfrutar la maravillosa ciudad! Pero cómo, con una noche tan oscura y con un frío que literalmente cortaba el rostro. Apenas recorridas unas cuantas calles, decidí, mejor, regresar al hotel, donde la familia que ahí celebraba la Nochebuena se me quedó mirando de lo más extrañada y hasta temerosa mientras me dirigía a mi habitación ascendiendo las escaleras. Me deseé una Feliz Navidad y me acurruqué en la cama justo a las ¡nueve y media de la noche!

Pero al día siguiente, domingo 25, después del magnífico desayuno que suelen disponer en esos hoteles, a base de quesos, embutidos, pan fresquecito y crujiente, jugos, mermeladas, mantequilla y el mejor expreso del mundo, entré en euforia y, ahora sí, aunque el frío era igualmente intenso que la noche anterior, me puse a recorrer Berna, pero especialmente su calle principal, la del tranvía y el reloj, y el “pozo” de los osos, símbolo de la ciudad, al final de la avenida, esos que uno alimenta con lo que le venden y que con sus manazas piden más señalando hacia sus pechos cuando uno cesa de aventarles. Muy simpáticos, ciertamente.

Y el camino de regreso a “casa”, con una pernocta la noche del 25 en Lucerna, ¡maravillosa!, y la mañana del 26 de nuevo a Boëblingen, vía Zúrich, previo abastecimiento de gasolina en una vereda vecinal, donde la esposa del despachador, una encantadora joven con bebé en brazos, que dice hablar inglés, me sugiere una ruta alternativa y, dice, muy hermosa, ante la mirada recelosa del marido, que no nos despega la vista mientras despacha. Sigo sus consejos. ¡Craso error! Se suelta una nevada como nunca y la hermosa ruta alternativa resulta de lo más peligrosa, y yo con las cadenas de las llantas para manejar en esas condiciones bien guardadas en la cajuela del carro y sin saber cómo colocarlas. Muchos accidentes en el camino, pero afortunadamente ninguno que me involucre, a pesar de haber prescindido todo el trayecto de las mentadas cadenas. Y una nueva noche solo en el hotel todo mío, ya que mis amigos llegarán hasta mañana temprano.

Treinta y cuatro años había vivido hasta aquella época, otros 34 han transcurrido desde entonces e, insisto, ¡qué huevos aquéllos! Es que yo creo que eran de granja y los de hoy son ya muy artificiales… o así los siento.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Me declaro Amlo-ísta de clóset (o por qué votaré secretamente por Amlo)

Jamás me atrevería a confesar en público que el próximo domingo 1 de julio de 2018 votaré por Andrés Manuel López Obrador, pues me provocaría una profunda vergüenza, máxime con declaraciones tan imbéciles como la de la amnistía para narcos. Pero como yo, hay millones de mexicanos hartos, y todas las encuestas nos subestiman o de plano nos ignoran, ¡cuidado! Por lo pronto, en la familia ya somos cuatro. Sin embargo, me llevó a tomar esta decisión y convencer a los míos de que se unieran experimentos “exitosos” de tanta resonancia como el Brexit y Trump, aunque basando mi hartazgo en factores por entero diferentes y de mucho arraigo entre nosotros. Me explico.

Cómo no empezar por las casas de Peña y Videgaray, la Blanca y la de Malinalco, adquiridas contra todas la de la ley (moral y ética, al menos) y bendecidas con la exoneración de toda culpa por ese ser que, de no existir, lo hubiera inventado Walt Disney: Virgilio Andrade. Y ni qué decir de la promoción de Tomás Zerón a consejero áulico de la Oficina de la Presidencia después de su exitosa siembra de pruebas en la investigación criminal por la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa.

Por esa misma época estaban en todo su apogeo las inyecciones de capital que la empresa brasileña Odebrecht estaba haciendo a los bolsillos de Emilio Lozoya y que ya desde mucho antes había hecho para la arrolladora campaña presidencial de Peña Nieto. En este sentido, el fiscal electoral Santiago Nieto estaba hace poco muy cerca (o había arribado ya) a conclusiones incontrovertibles de la injerencia de este dinero sucio en la campaña priista de 2012, al igual que el ex procurador Raúl Cervantes, quien se atrevió a afirmar que la investigación del caso Odebrecht estaba prácticamente concluida. Ambos fueron defenestrados, Santiago incluso con saña y amenazas de que se procedería penalmente contra él de no desistirse en su insistencia de ser reinstalado en el puesto, y públicamente reculó. Es increíble que a la fecha no haya nadie tras las rejas por el caso de la compañía brasileña cuando el mundo entero ha dado ejemplo de cómo debe procederse en el caso de estos bribones, en países incluso muy parecidos al nuestro en cuanto a desarrollo económico y social, como el propio Brasil y Perú. Suma y sigue.

¿Y qué me dicen de la “justicia” y gracia para el amigo Ruiz Esparza? Incólume en su puesto a pesar del socavón con dos muertos en el recién inaugurado Paso Exprés de Cuernavaca, con sus presupuestos inflados y a todas luces producto de la corrupción. ¿Y el compadre presidencial Luis Miranda y su hermana y cuñado huachicoleros?

Siguiendo con el tema electoral, las elecciones de Estado en el Edomex y Coahuila fueron un descaro, llegando, en el primer caso, a sobornar incluso a una de las contendientes de la oposición, Josefina Vázquez Mota, con 900 millones de pesos para sus proyectos personales con migrantes y neutralizarla así frente al candidato oficialista. La participación del Gobierno federal en dicha elección con recursos y presencia de funcionarios fue obscena, por decir lo menos. En Coahuila se llegó incluso al extremo de que el fallo del INE para que se repusiera la elección por rebase de topes de campaña fuera anulado por el TEPJF, de filiación priista, fijando a posteriori nuevos límites máximos para decretar el triunfo del candidato tricolor Miguel Riquelme, amén de la serie de cochinadas que se dieron previamente en el cómputo de votos. Pero no se piense bien del INE, ya que este organismo se encuentra igualmente cooptado. De la Fepade, ya ni hablamos, se encuentra descabezada y tal parece que así le conviene a Peña Nieto mantenerla hasta después de las elecciones. Ítem más.

La llamada Estafa Maestra resultó todo un épico poema a la corrupción. ¿Cómo es posible que la secretaría de Hacienda, al mando del incorruptible candidato priista de facto Meade Kuribreña , no se haya dado cuenta de que su millonaria inyección de recursos a la Universidad Autónoma del Estado de México estaba siendo utilizada por empresas fantasma contratadas por ella para simple y sencillamente defraudar de manera descarada a todo México? ¿Y el SAT, dónde estaba?

Por otra parte, Peña Nieto ha llevado irresponsablemente la deuda pública a casi un 50% del PIB, pero cómo no con gastos de publicidad de su Oficina de 37 mil millones de pesos, y todo ello para comprar voluntades, como la del dueño del medio de difusión donde transmitían Leonardo Curzio, María Amparo Casar y Ricardo Raphael, que fueron echados por “atreverse” a cuestionar la demagogia del presidente del PRI, Enrique Ochoa, y su propuesta de desaparecer a los plurinominales y el financiamiento público, medidas, ambas, que terminarían beneficiando exclusivamente a su partido, pues los unos son la única posibilidad de representación de las minorías y el otro lo consigue el PRI con recursos mal habidos fuera del presupuesto.

Finalmente, de la serie de ex gobernadores rateros (Javier Duarte, Roberto Borge, César Duarte, Eugenio Hernández, Guillermo Padrés) sólo uno, Padrés, es de un partido diferente (PAN) al del que malamente nos ha gobernado, pero que, en dos sexenios, demostró ser igual de corrupto. 

Digo, ¡ya basta!

Tanta corrupción (cultura, diría el bruto de Peña) no la habíamos experimentado en más de un siglo. Por México al Frente y los independientes no son suficientes para arrojar a esta basura del Poder. Sólo un ¡ex priista de hueso tricolor!, ex perredista y loco como Amlo puede lograrlo.

Y, por qué no, como en el chiste del condenado a muerte por el rey a menos de que en el término de un año haga hablar a su corcel, en una de ésas hasta el caballo habla (en el caso de Amlo, burro), e incluso de mayor tiempo disponemos para obrar tal prodigio: seis años.

¡Yo votaré por él, en serio, y me daría mucho gusto que ganara!

domingo, 5 de noviembre de 2017

¿Decepción cuántica?

Acabo de leer el libro de Stephen W. Hawking Historia del tiempo / Del big bang a los agujeros negros (editorial Crítica, 2017 / Editorial Planeta, 2013) en su edición de aniversario, a 25 años de su publicación original en inglés, A Brief History of Time From the Big Bang to Black Holes (1988). En el libro, Stephen Hawking se manifiesta optimista de encontrar una teoría unificada para la mecánica clásica o celeste (relatividad general) y la mecánica cuántica o subatómica (de partículas), algo así como una teoría cuántica de la gravedad.

Esto, a pesar del determinismo y principio de causalidad de la física clásica, por un lado, y, por el otro, el principio de incertidumbre de la mecánica cuántica, que llevó a Einstein afirmar que “Dios no juega a los dados”, pues dicho principio de incertidumbre establece que no se puede estar totalmente seguro acerca de la posición y la velocidad de una partícula: cuanto con mayor exactitud se conozca una de ellas, con menor precisión puede conocerse la otra. Einstein hizo tal afirmación no obstante ser él mismo uno de los pioneros de la física cuántica, que lo llevó a obtener el Premio Nobel de Física en 1905 por su explicación del efecto fotoeléctrico al interpretar realistamente la hipótesis cuántica de Planck.

Esta “teoría del todo” (TOE, por sus siglas en inglés) no sólo combinaría los diferentes modelos de la física subatómica, sino que asociaría las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza (la fuerte, la débil, el electromagnetismo y la gravedad) a una fuerza única o fenómeno. A la fecha, esto se lograría ya con las tres primeras fuerzas, en lo que se ha dado en llamar la “teoría de la gran unificación” (TGU), pero no con la gravedad. Desafortunadamente, para probar experimentalmente la TGU se requeriría un colisionador de partículas del tamaño del sistema solar, que pudiera resultar un tanto incosteable y ante el que el actual colisionador orgullo del CERN (Centro Europeo de Investigación Nuclear, por sus siglas en francés) resultaría no un juego de niños, sino el auténtico equivalente a una partícula subatómica. Pero la teoría, la TGU, ahí está, y la posibilidad de poder adicionar a ésta la fuerza de gravedad, también. Con ello, el viejo sueño de Steve Hawking pudiera empezar a hacerse realidad, y con él, la interpretación última del universo y de Dios mismo.

Desgraciadamente a últimas fechas, Hawking se ha manifestado muy escéptico en cuanto a poder arribar a esa TOE (ver su conferencia Gödel and the end of physics, 2015) y culpa de ello al insigne matemático Kurt Gödel y su célebre primer teorema de “incompletez”, que reza que un sistema finito de axiomas no es suficiente para probar todo problema matemático, pues, razona Hawking, quizás no es posible formular la teoría del universo en un número finito de postulados.

Pero concluye, optimista, que “algunos estarán bastante decepcionados de que no exista una teoría última que pueda ser formulada con un número finito de principios. Yo solía pertenecer a ese grupo, pero he cambiado de forma de pensar. Ahora estoy feliz de que nuestra búsqueda del saber nunca termine y que siempre tendremos el reto de un nuevo descubrimiento. Sin ello, nos estancaríamos. El teorema de Gödel nos garantiza que siempre habrá trabajo para los matemáticos. Creo que la teoría M (supergravedad y teoría de cuerdas) hará lo mismo por los físicos. Estoy seguro que Dirac estaría de acuerdo.”

Definitivamente me hubiera fascinado ser un físico teórico-experimental, pero ya ven, parafraseando a Borges con los versos finales de su célebre soneto El remordimiento,

No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.

sábado, 28 de octubre de 2017

Paliativo contra el hartazgo

El único paliativo contra el hartazgo de la existencia que yo conozco es la lectura. No siempre fue así. Recuerdo que en mis años mozos, preparatorianos, cursaba yo la materia de literatura universal en la Universidad la Salle del Distrito Federal, hace exactamente medio siglo. Como todo en aquella época, tomaba esto como una más de mis ineludibles obligaciones que había que cumplir a la perfección. Así, memorizaba la lección al pie de la letra sobre lo que el maestro nos había dejado leer de la antología que nos servía de apoyo como libro de texto para el referido curso. Y cuando digo memorizaba, me refiero a ello literalmente, como si fuera yo una moderna computadora: tanto el material crítico del antólogo sobre las creaciones de los más grandes autores de la historia hasta nuestros días, como los extractos de sus obras incluidos en el libro, de tal suerte que cuando el profesor me solicitaba que expusiera el tema, ahí estaba yo recitando como tarabilla todo lo que había grabado en mi mente. Era impresionante, pues parecía como si estuviera yo leyendo directamente del texto, a tal grado que no faltaba el compañero ladilloso dos pupitres atrás del mío que, al alimón conmigo, recitaba: “coma, punto y seguido, dos puntos, punto y coma, punto y aparte…”, provocando las risotadas de toda la clase y el consecuente enojo del maestro.

Muchos años después, cuando ya había arraigado en mí el vicio por la lectura, recordaba con nostalgia aquella antología, lamentando haberme deshecho de ella no sé cómo. La necesitaba entonces para que me sirviera de guía y consejera para el angustiante y aterrador momento de decidir el siguiente libro a leer. Fue así como un día me aventuré a recorrer las librerías de viejo del centro histórico de la Ciudad de México para tratar de encontrar, si no mi antología, algo que hiciera las veces de aquel magnífico libro. Fracasé. Cansado, terminé en la matriz de la librería Porrúa implorando por una buena antología de literatura universal. El dependiente únicamente acertó a poner en mis manos la Historia social de la literatura y del arte, de Arnold Hauser, en tres tomos (el título en inglés resulta más propio: The social history of art, pues ciertamente el autor habla del arte en general, desde el Paleolítico hasta el cine del siglo XX, pasando por el Neolítico, Egipto, Mesopotamia, Creta, la Antigüedad Clásica greco-romana, la Edad Media, El Renacimiento, el Manierismo, el Barroco, el Rococó, el Clasicismo, el Romanticismo, el Naturalismo y el Impresionismo). No lo dudé mucho y la compré. Y como ya he hecho en algunas otras ocasiones, la dejé añejar algunos años y la vine a consumir aquí en León en 2009. Qué lectura tan espléndida.

Hace poco, de nuevo, ante “el aterrador momento del siguiente libro a leer”, desempolvé estos libros para matar dos (o más) pájaros de un tiro: tener algo que leer y obtener sugerencias para siguientes lecturas. La relectura fue tan espléndida como la primera vez.

Algo que resultó literalmente música para mis oídos es la forma en que Arnold Hauser concluye su estudio sobre el Romanticismo al final del volumen dos de su obra: “Para el clasicismo la poesía era el arte principal; el Romanticismo temprano estaba en parte basado en la pintura; el Romanticismo posterior, sin embargo, depende enteramente de la música. Para Gautier la pintura era todavía el arte perfecto; para Delacroix es ya la música la fuente de las más profundas vivencias artísticas. Esta evolución alcanza su punto culminante en la filosofía de Schopenhauer y en el mensaje de Wagner. El Romanticismo alcanza en la música sus triunfos más grandes. La gloria de Weber, Meyerbeer, Chopin, Liszt, y Wagner llena toda Europa y supera el éxito de los poetas más populares… La confesión de Thomas Mann de que el significado del arte le llegó por vez primera con la música de Wagner es altamente sintomática”. (El subrayado es mío.)

Quizás lo anterior me obligue nuevamente a leer a mis admiradísimos Schopenhauer y Mann. Por lo pronto, llamó mi atención lo que al autor señala en otra parte de su estudio referente a que el público en tiempos del romántico Walter Scott buscaba no ya tan sólo entretenimiento, sino aprender. Ello me llevó a interesarme por tal vez la obra cumbre de este autor: Ivanhoe, y me aboqué a conseguir el libro electrónicamente a través de mi tableta: conseguí una impecable edición de Penguin Random House ¡por tan sólo 29 pesos!, misma que devoré en dos semanas. Esta novela histórica de la época de Ricardo Corazón de León versa sobre un drama caballeresco medieval inglés del siglo XII, en el que, por supuesto, el amor juga un papel preponderante, pero no un amor carnal, sino otro más bien platónico, entre la judía Rebecca e Ivanhoe, que termina casándose con su amor de toda la vida: Rowena, de creencias idénticas a las suyas. La novela no se apega estrictamente a los acontecimientos históricos, pero contiene simbologías entre aquella época y la que al autor le tocó vivir, así como una serie de valores de consumo universal. De aquí el regusto por el libro. La edición incluye, además, un magnífico estudio de Graham Tulloch sobre la obra.


Actualmente sufro con Historia del tiempo / Del big bang a los agujeros negros, del insigne Stephen W. Hawking, porque hay que leer de todos los géneros (novela, cuento, ensayo, poesía) y sobre todos los temas (filosofía, ciencia, historia, sociología, economía, finanzas), “no para saber más, sino para ignorar menos”, como dijera la célebre Sor Juana Inés de la Cruz.