viernes, 24 de marzo de 2017

Veleidosa luna

En mi anterior artículo (De memoria, sólo las tablas de multiplicar), a propósito del nuevo modelo educativo, hice ver cómo en el año 2000 mi hija Carolina, una niña de apenas ocho primaveras en ese entonces, me llevó a “descubrir” por qué la luna siempre muestra un mismo rostro a nuestro planeta Tierra a pesar de dar vueltas sobre sí misma. Ahí quedó claro, espero, cómo un cuerpo periférico que gira alrededor de otro en el centro habrá girado, a su vez, completamente sobre su propio eje al cabo de una vuelta por el simple hecho de haberlo orbitado. Lo anterior es cierto si ambos movimientos se dan en el mismo sentido: en el caso de la luna, tanto su órbita alrededor de la Tierra como la rotación sobre su propio eje se dan en contra de las manecillas del reloj (movimientos contra horario, les da a algunos por llamarlos).

Pues bien, desde que lo escribí no ha dejado de acuciarme la inquietud sobre lo que ocurriría si la luna rotara sobre su propio eje a favor de las manecillas del reloj. Lo primero sería, desde luego, un desastre universal, pues ello contravendría todas las leyes del propio universo, pero como ejercicio académico resulta fascinante, ya que dicho movimiento contra natura anularía el otro que por fuerza se da, decíamos, cuando “un cuerpo periférico (que) gira alrededor de otro en el centro”, citando mis propias palabras líneas arriba. Obviamente para este segundo movimiento prevalecería el requisito de ser contra horario.

Es decir, de alguna manera, la luna ¡no estaría girando sobre su propio eje!, pues simplemente estaría compensando en una dirección lo que “pierde” en la otra, como discos entreverados por engranes. Pero además, de tal suerte, la luna sí se estaría mostrando a nuestro planeta por los cuatro costados, no nada más por uno, como ocurre en la realidad, pues la Tierra, con su propio movimiento de rotación sobre su eje, iría a contracorriente (contra horario) de la rotación de la luna, y de esta forma se mostrarían plenamente la una a la otra.

Reitero, ¡¿no es fascinante?! Resulta que en la realidad la luna siempre muestra la misma cara al planeta Tierra ¡a pesar de girar sobre su propio eje!, cosa que ni Caro ni su atribulado padre entendieron sino hasta que “lo actuaron”, pero en el mundo mágico que aquí planteo, la luna se muestra en toda su extensión a la Tierra a pesar de ¡“no moverse” un ápice sobre su propio eje! Paradójica luna.

Enriquecedor y entrañable ejercicio intelectual.

sábado, 18 de marzo de 2017

De memoria, sólo las tablas de multiplicar

En la primaria yo “aprendí” que la luna siempre le mostraba la misma cara a la Tierra y que esto era –bien lo memoricé- porque el movimiento de rotación de nuestro satélite sobre su propio eje y el de traslación alrededor de nuestro planeta son de la misma duración: 27 días y un tercio. Con esto me bastó para obtener un 10 redondo en mi clase de geografía y consolidó más mi fama de alumno ejemplar en el colegio privado donde estudiaba. ¿Que por qué Selene mostraba siempre el mismo hemisferio a los terrícolas? Obvio, porque la duración del movimiento de rotación y traslación de la luna duran lo mismo, no hay más, memorízatelo bien.

Así lo “aprendí” y mejor lo memoricé y no me hizo falta más… hasta que un día mi hija Caro me hizo rebuznar 41 años después, cuando ésta cursaba el tercer año de primaria en el año 2000.

- Papi –me preguntó-, ¿me podrías explicar por qué sólo le podemos ver una cara a la luna?

- Obvio, Caro –le respondí, inflamando el pecho con orgullo y autosuficiencia-, porque los movimientos de rotación de la luna sobre su propio eje y el de traslación alrededor de nuestro planeta tienen la misma duración: ¡27 días y un tercio!

Mas la condenada escuincla no se detuvo ahí, sino que, no conforme, me inquirió:

- Pero si la luna gira sobre su propio eje, se tiene que mostrar toda ella a nosotros, ¿no es cierto?

- Bueno, ¿qué no entiendes? –respondí yo más aterrorizado que convencido-, la duración de los movimientos de rotación y traslación de la luna son los mismos, y ¡ya estuvo!, no hay de otra, la luna termina mostrándonos sólo una de sus caras, es elemental –concluí yo con voz trémula y deseando que me tragara la tierra.

¡Pero, ah, no!, como Carolina ha sido siempre muy obstinada e inteligente, y sobre todo  muy dramática, empezó a gimotear y patalear, a la vez que con un nudo en la garganta y ahogada en llanto, me recriminaba:

- ¿Cómo una niña tan chiquita puede tener un papá tan tonto? Si la luna da vueltas, la tenemos que ver toda…

- ¡Bueno, ya, ya, basta, cálmate! –le respondió su abnegado padre, que tuvo que lidiar buena parte de la infancia de los hijos con estas labores propias de su sexo-, te propongo que tratemos de explicárnoslo, pero deja ya de llorar y patalear, ¿ok?

- Está bien –respondió la niña aún sollozando y respirando espasmódicamente-, ¿qué?

- A ver, yo voy a ser la luna girando a tu alrededor y tú, ahí en el centro, la Tierra, pero sin dejar de verme, aunque teóricamente debieras estar girando 27.3 veces más rápido que yo. Hagámoslo lentamente y yo mostrándote siempre la cara.

- Ok –respondió Caro ya un poco más tranquila y sus ojillos ávidos por aprender, repito, a-pren-der, sin las comillas aplicables sólo a su estúpido padre-.

Juro por mi madre que era toda mi intención, después de más de cuatro décadas, aprender, finalmente, junto con mi hija.

Una vez que hube terminado de darle totalmente la vuelta a Carolina, no sé de quién era el gozo mayor, si de la niña o del ex atribulado padre.

- ¡¿Te fijaste, Carito?! –exclamé henchido de emoción-. No sólo me he desplazado alrededor tuyo, sino que al hacerlo sin dejar de verte, he girado completamente sobre mi propio eje, ¿viste?

- ¡Sí, papito, eres un mago! –me dijo la mocosa, llorando ahora de felicidad y colmándome de besos-. Mañana mismo se lo explico a la miss, que hoy no me lo quiso decir. (Pobre maestra, yo creo que estaba tan confundida como el progenitor.)

Vuelvo a jurar por mi madre que hasta entonces me quedó claro lo que antes sólo repetía como tarabilla: la luna siempre le muestra la misma cara a la Tierra porque su tiempo de traslación alrededor de ésta es el mismo que el de rotación sobre su propio eje. Ahí estaban, un lamentable adulto de más de 50 años y su encantadora hija de apenas 8, descubriendo el universo.
 
Por todo lo anterior, nunca más de acuerdo con aquello de aprender a aprender… y memorizar sólo las tablas de multiplicar.