martes, 29 de julio de 2014

Schopenhauer, filósofo maldito

Thomas Mann  reavivó mi interés por el filósofo, coterráneo suyo, Arthur Schopenhauer. En el tramo final de Los Buddenbrook (Edhasa, agosto de 2008),  el personaje central y álter ego de Mann, Thomas Buddenbrook, entra en profundas cavilaciones que lo llevan al éxtasis a raíz del encuentro casual y lectura de un mal cuidado libro de metafísica, que no es otro que la magna obra de aquél El mundo como voluntad y representación.

El estado de ánimo de Buddenbrook, en esa etapa de su vida narrada en la novela, era el propicio para llegar a ese éxtasis: a pesar de sus denodados esfuerzos y duro trabajo de toda la vida por conservar el estatus de privilegio de su familia, que venía desde su abuelo y tal vez antes, ésta ha declinado irremisiblemente, y la debilidad y fragilidad de su hijo único, Hanno, aún menor de edad, le han hecho perder totalmente la esperanza de que éste pudiera rescatar nada. Buddenbrook, escribe Mann, devoraba el libro de Schopenhauer, entendiendo algunas cosas, no haciéndolo con otras, pero entrando paulatinamente en ese estado de excitación hasta llegar al detonante crucial: Sobre la muerte y su relación con el carácter indestructible de nuestro ser en sí (capítulo 41, libro cuarto, segundo volumen de la obra de Schopenhauer, FCE, 2003).

Después de ese exultante estado de ánimo, Buddenbrook vuelve de súbito a la normalidad y ya sabe lo que tiene que hacer: manda llamar a su abogado para redactar su testamento, pone de guardia a Hanno a la entrada del gabinete donde se reúne con aquél y le ordena que no permita que nadie los interrumpa. No mucho tiempo después, nuestro personaje muere.

Y  fue Mann quien reavivó mi curiosidad por Schopenhauer porque ya lo tenía yo dentro de mis asignaturas pendientes, pero ese miedo que los estúpidos prejuicios propios y los de los demás acarrean, me hacían tenerlo como algo innecesario para mi carácter, ya de por sí sombrío y propenso a la depresión. ¡Qué gran pérdida haberlo comenzado a leer tan a destiempo! Debiera ser lectura obligada a partir de la adolescencia, cuando más tarde. De esta manera se liberarían los jóvenes de una serie de culpas, supersticiones, escrúpulos y taras en general. No en balde Borges aprendió el alemán, primordialmente, para leer a Schopenhauer, de quien dijo que pocas cosas le habían ocurrido más dignas de memoria que su pensamiento y que este filósofo “acaso descifró el universo”.

Y es que, literalmente, eso es lo que hace Schopenhauer, descifrar el mundo, al articular una filosofía coherente y entendible en que todo lo reduce a la voluntad, o la cosa en-sí, como él le llama, ya que el intelecto es lo único que se deteriora, envejece y paulatinamente desaparece, sin dejar de ser, nunca, esclavo de la voluntad. La voluntad, en cambio, es inmortal, pues embona eventualmente con otro intelecto en una especie de metempsicosis, que Schopenhauer bautiza como palingenesia. Y al diablo, por supuesto, con el alma, la religión, la vida eterna y todas esas zarandajas con que se envilece a la infancia a partir, y aún antes, de la “primera comunión”, genial sarcasmo utilizado por Schopenhauer.

Muy probablemente cualquier intelectual envidiaría las condiciones excepcionales que el filósofo alemán Arthur Schopenhauer tuvo para crear: un padre generoso que lo llevaba de viaje para que aprendiera el negocio del comercio al que él se dedicaba o que, si lo prefería, le permitía quedarse en casa para que continuara sus estudios, y que al final le legó una fortuna importante para que se dedicara de por vida a lo que él más disfrutaba: pensar.

Su magna obra, El mundo como voluntad y representación (FCE, 2003), consta de dos volúmenes, editados y traducidos por el investigador madrileño Roberto R. Aramayo. Dice Schopenhauer que cuando publicó el segundo, un cuarto de siglo después que el primero, tan voluminoso como éste aunque únicamente comentando el contenido del volumen original, fue muy gratificante comprobar que seguía pensando igual y que nada cambiaría de esa obra inicial. La edición de Aramayo y el Fondo es magnífica y muy bien cuidada, con una espléndida introducción de aquél y muy pertinentes notas a pié de página, sin faltar los inevitables errores tipográficos y otros pocos de sintaxis que no desmerecen para nada la calidad del trabajo.

Nunca antes me había acercado a la obra de Schopenhauer, y lo hice ahora con cierta reticencia por los prejuicios que se suelen dar alrededor de grandes pensadores como éste, o como Nietzsche, quien no en balde lo declara como uno de sus maestros, pues suele considerárseles como prototipos del fatalismo, el pesimismo, la depresión. Filósofos malditos, pues.

Su lectura resultó para mí una magnífica y grata experiencia, ya que si bien es cierto que Schopenhauer tiene en poco a la vida, sobre todo en cuanto a lo que de rutinario ésta ofrece y que nos hace sentir perennemente insatisfechos cuando tratamos de abandonar dicha rutina para volver a caer inevitablemente en ella, encuentra espacios e instantes donde probablemente uno pueda conseguir esta evasión y hasta, en sus propias palabras, ser feliz: como el disfrute fugaz del arte y, especialmente, de la música.

Schopenhauer lo traduce todo a la voluntad, la particularidad que distingue al hombre de los minerales, los vegetales y las bestias,  o a lo que el autor y el traductor consideran la cosa en-sí, y, en su caso extremo, a la voluntad de no querer, es decir, al querer no querer, para llegar así a un estado como de desprendimiento o misticismo en que se renuncia a todo. Sólo de esta manera se evita el estar continuamente deseando algo nuevo o diferente para eludir el fastidio de la vida. No es una casualidad  que ponga como un ejemplo típico de esto a San Francisco, quien dijo que de esta vida necesitaba pocas cosas y que las que necesitaba las necesitaba poco.

Así es como Schopenhauer llega a su idea central y que quizá sea la que escandalice a lectores distraídos: el suicidio o la renuncia absoluta. Él no lo propone, únicamente llega a éste como un desenlace inevitable a la teoría que desarrolló durante toda su vida, de manera enteramente similar a como Einstein concluye que energía es igual a masa por velocidad de la luz al cuadrado. Mal haría el autor en proponer el suicidio cuando tan interesado estaba en las minucias de este mundo, como la vez que reclamó que no se premiara uno de sus trabajos que había presentado a concurso y éste se declaró desierto, muy a pesar de que Schopenhauer fue el único que se presentó. Pero no se piense mal, otros trabajos suyos sí fueron premiados a lo largo de su existencia.

Seguramente lo que evitó que Schopenhauer se tomara muy en serio fueron las condiciones envidiables en que desarrolló su filosofía, su arte y, en última instancia, lo que le gustaba. Como apunta la breve cronología al principio del libro: “La mañana del 21 de septiembre (de 1860, a los 72 años) su ama de llaves lo encuentra reclinado en el brazo del sofá con un gesto apacible. Schopenhauer ha ‘despertado’ del breve sueño de la vida.”

sábado, 15 de febrero de 2014

Dostoievski bien vale una vida

“Dostoievski era vanidoso, envidioso, suspicaz, rastrero, egoísta, jactancioso, informal, desconsiderado, mezquino e intolerante”, dice el novelista y dramaturgo inglés William Somerset Maugham en un escrito -más bien libelo- utilizado por la Editorial Porrúa como introducción a la novela Los demonios, del celebérrimo autor ruso (colección Sepan cuántos, 2009). Agrega que el conjunto de personajes de sus obras “es una pandilla terrible”, para finalmente conceder “pero son extraordinariamente interesantes. En ellos palpita la vida.”

Existe, sin embargo, una biografía de Dostoievski de más de tres mil páginas en cinco volúmenes, publicada entre 1976 y 2002, y escrita por el eminente académico norteamericano Joseph Frank (1918-2012), en donde se describe de manera más objetiva la vida de Fiódor Mijaílovich, aunque quizá pecando un tanto del vicio opuesto al de Somerset Maugham, como la de magnánimamente restar importancia a la proverbial afición  de Dostoievski por el juego, por ejemplo, o siendo tolerante con algunos de los defectos que aquél señala y que sin duda padecía en alguna medida.

Lo destacable son los muchos años que Frank dedicó a su biografía, pues prácticamente la empezó a concebir desde 1970, pero ya antes, en 1950, tuvo un primer contacto serio con la obra de Dostoievski preparando una conferencia sobre el existencialismo en la literatura moderna, para lo cual estudió el relato corto de éste Memorias del subsuelo, lo que lo llevó a interesarse por la vida intelectual rusa del siglo XIX e incluso a aprender el idioma.

Afortunadamente, la obra de Frank fue traducida al español y publicada por el Fondo de Cultura Económica entre 1984 y 2010. Existe una edición completa (2010) de los cinco volúmenes.

De las cuatro monumentales novelas de Dostoievski -Crimen y castigo, El idiota, Los demonios, Los hermanos Karamázov- la única asignatura pendiente de mi parte era Los demonios, y qué bueno que así haya sido, pues de esta manera pude disfrutarla a la luz del erudito estudio de Frank, lo que incrementó la intensidad y el gusto, sin perder frescura. Muchas veces leemos un libro ignorando todo lo que hay detrás de él y aun así lo disfrutamos, pero la real diferencia radica en el conocimiento de los intríngulis que llevaron a su elaboración… y hasta a su mutilación, como en este caso, producto de la censura y, peor aún, la autocensura que se estilaban ya desde aquellos tiempos en Rusia. Mutilación provocada por un escabroso capítulo originalmente incluido por Dostoievski y que los editores le obligaron a suprimir, perdiendo la obra mucho de su sentido y obligando al autor a rescribir parte de la novela. El capítulo suprimido se conoció públicamente hasta 1922, medio siglo después de la aparición de la novela.

También por Frank supe del incipiente radicalismo de juventud de Dostoievski, que lo llevó a asociarse con un secreto grupo de iguales capaz de llegar incluso al derramamiento de sangre con tal de liberarse de la opresión autoritaria, y que lo condujo a una reclusión de trabajos forzados en Siberia y a servir obligadamente en el ejército, lo que en total significó una interrupción de diez años en una carrera artística que prometía mucho. Pero estos diez años no fueron en vano, pues provocaron la moderación de Fiódor, principalmente por el inhumano simulacro de ejecución a que fue sometido recién iniciado su destierro.  Pero también porque se dio cuenta, en el presidio, que la lucha de clases era inevitable, a lo que vino a sumarse, después, la liberación de los siervos en 1861, la implantación de otras reformas y la moderación de muchos radicales.

Todo esto ocasionó que Dostoievski escribiera Los demonios, novela encarnizadamente antirradical, extremadamente satírica y que le provocó la enemistad de los radicales extremos que aún quedaban.

En el transcurso de estas lecturas  –la de la biografía y la de Los demonios- se requirieron otras dos: Padres e hijos, de Turgueniev, y Memorias del Subsuelo, del propio Dostoievski, variaciones sobre el mismo tema del radicalismo. Lo que me interesa resaltar sobre este hecho es la providencial ayuda de los libros electrónicos, pues ambas obras las conseguí instantáneamente mediante mi tablet en el momento mismo en que las requerí.

Por más que Frank recalque en el volumen I de su magna obra que ésta, más que una biografía de Dostoievski, es una descripción de sus trabajos y de la época en que le tocó elaborarlos, ya desde el prólogo al volumen II se desdice, y en realidad su escrito entra en los más recónditos detalles de la vida Fiódor y los suyos, además, claro, de su obra y la época que le tocó vivir. No en balde ha sido distinguida como una de las mejores biografías de todos los tiempos.

Ahora que leo el quinto y último volumen de la obra de Frank, el que describe, entre muchos otros tópicos, la génesis de Los hermanos Karamázov, ansío llegar a su final para dedicarme a la relectura de ésta, la postrera y sin duda más sublime novela de Dostoievski.

Si Joseph Frank dedicó prácticamente toda su vida al análisis y estudio de Fiódor Mijaílovich Dostoievski, bien puedo dedicar yo un par de años a leer y releer sus obras, vale la pena.