lunes, 31 de marzo de 2025

Redescubrí que soy de Extremadura

Mucho comenté en el pasado reciente sobre los devastadores efectos secundarios de los medicamentos contra el cáncer de próstata: inhibición de la producción de testosterona, disfunción eréctil, impotencia, desaparición de la libido, bochornos menopáusicos, crecimiento de los pechos y un largo etcétera. Tan fue así que creí rivalizar con la vedette trans Wendy Guevara. Vamos, son tan efectivamente catastróficos estos medicamentos que se emplean en algunos países para controlar a los violadores en un proceso que se conoce con el nombre de ¡castración química!, y, créanmelo, tienen una efectividad del 100%.

Cuando le comentaba esto a mi urólogo, sólo se me quedaba viendo con ojos incrédulos como diciendo: “Ay, señor, a su edad, ¿ya qué más da?”, y enseguida me “tranquilizaba” con caritativas palabras: “Notará usted una mejoría cuando prescinda de los medicamentos, aunque tendrá que dejar pasar un tiempo equivalente al que le tomó consumirlos”. “¡¿Un año?!”, le preguntaba yo con desconsuelo. “Sí, si es que para entonces ya obtuvo usted el alta”.

Pues bien, la radioterapia la finalicé hace quince meses y los nunca mejor llamados castrantes venenos los dejé de consumir hace nueve, cuando mi nivel de antígeno llegó al tan anhelado cero, pero ya desde endenantes Elena recuperó la sonrisa y yo me siento muy orgulloso de ser extremeño.

¡Ni en la luna de miel nos habíamos divertido tanto! 

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