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Child abuser

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Pero no todo era pesar en UCLA, ni mucho menos, pues me tocó de Host Family una pareja joven, Mr. And Mrs. Ashburn, con tres preciosas nenas, Leslie, Allison y Stacy, de cinco, tres y un años de edad, respectivamente, auténticos querubines de visita en la Tierra. Con esta familia tuve oportunidad de convivir muchísimo más, a tal grado que cuando la señora y las hijas iban por mí a la universidad para salir de paseo, las niñas se abalanzaban sobre mí y se prendían de mis piernas como lapas, hasta la chiquita, que no podía ser menos que las hermanas. El marido, administrador de un exclusivo club para ricos en Bel Air, nunca salía con nosotros, pero tuve la oportunidad de convivir con él cuando me fui a hospedar a su casa y cuando me invitó, junto con su familia, a departir con ellos en las instalaciones del refinado club, con balneario y toda la cosa. Un auténtico paraíso. Las niñas eran verdaderamente encantadoras, especialmente la pequeña, que apenas daba sus primeros pasos y que c...

Crazy Lady

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De la misma época de cuando fui estudiante de verano en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) en 1974 data la siguiente historia. La universidad tenía para estos estudiantes un programa, Host Family (Familia Anfitriona), en el que un particular de la localidad podía invitar a uno o hasta dos de estos jóvenes para que fueran a cenar a su casa o de paseo a la playa o, incluso, pernoctar en su hogar. En una ocasión surgió como por encanto una matrona de poco más de cincuenta años de edad que buscaba a dos jóvenes que fueran a convivir con ella y cenar en su casa. Los “afortunados” fuimos un argentino, Armando Garsd –por entonces próximo a cursar un posgrado en medicina en el campus Davis de la universidad-, y yo. El día indicado esperamos a la dama en cuestión a la entrada del Hedrick Hall, y no tardó en hacerse presente en un tremendo lanchón V8 fuera de época, el cual abordamos con cierta desconfianza, y nos condujo a su casa. La señora (¿señorita?) ya tenía preparada ...

Terrorista meshica

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Recién terminada la carrera, me enrolé en un curso de verano de inglés en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Transcurrían los meses de julio y agosto de 1974. Como compañero de cuarto (roommate) en el Hedrick Hall me tocó un iraní, Kavous Ardalan, que resultó ser limpio, silencioso, ordenado, respetuoso y muuuy dormilón. Yo creo que por esto último se levantaba muy de buenas todos los días. Sin embargo, a mí no terminaba de caerme bien, por no decir que hasta gordo me resultaba. Un “diálogo” típico por las mañanas entre ambos era del siguiente tenor: - ¡Hola, Raúl, buenos días! ¿Cómo amaneciste? –inquiría Kavous con su mejor semblante. - (Gruñido) –le respondía yo que, para no variar, me despertaba encabritado. El iraní, para no importunarme, no insistía más y yo bajaba a desayunar al comedor, pues ya para entonces estaba bañado, rasurado y todo lo demás, en tanto que él apenas comenzaba su día. Obviamente, Ardalan llegaba al curso ya bien avanzada la primera s...

Pinche vieja tan majadera

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  Mi último deseo antes de morir: terminar el libro que en ese tiempo estuviera leyendo. Nunca antes había leído un libro escrito por alguien -hombre o mujer- que se solazara tanto con la utilización de epítetos y “malas” palabras, así como en procacidades y escenas escabrosas, como lo hace Fernanda Melchor en Temporada de huracanes (Penguin Random House, 2017): de cada tres palabras, cuatro son leperadas o escabrosidades. O como diría el clásico: no, menos, cinco. Pero lo que al principio me pareció un tanto chocante, se fue diluyendo con el paso de las páginas hasta encontrarme sumergido y sin darme cuenta en una fascinante lectura, a pesar de que el estilo no merma a todo lo largo de esta maravillosa novela que incluso me inspiró el epígrafe que antecede. ¡Qué   bueno que existan pinches viejas tan cabronas y majaderas, las muy hijas de su puta madre! (Sentencia esta última que parece extraída de la prosa de la sublime Melchor). La connotada académica Sara Sefchovich h...

Migrantes

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El fenómeno de los migrantes es magistralmente narrado en la novela Las uvas de la ira (1939), del laureado autor norteamericano John Steinbeck, Nobel de Literatura 1962. En el libro el escritor nos refiere las peripecias de una familia que tras el despojo de sus tierras por sus acreedores y la llegada de la “automatización” (básicamente el empleo de tractores) para el cultivo, se ve obligada a partir del terruño en Sallisaw, Oklahoma, rumbo al oeste, sin ningún plan determinado, pero arribando finalmente a la próspera California. En el ínter se detienen y emplean por escasos días y paga aun más escasa (en verdad, miserable) en diversos puntos, antes de llegar a su destino final. Es imposible no pensar en lo que ocurre más de ochenta años después y en los mismos lugares, aunque no ya con sus migrantes, sino con los que les llegan de fuera de su país. Describe el autor cómo veían los lugareños a sus paisanos recién llegados: “Hombres que nunca habían sentido hambre, conocieron las mi...

Explicación no pedida...

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Cuando tenía 27 años de edad (increíble, Elena, mi esposa, contaba entonces con tan sólo once) sufrí una amarga decepción amorosa que me llevó a consultar a tres siquiatras distintos en fila. El primero, un doctor Barragán, que resultó ser mi maestro de anatomía en segundo de prepa, de inmediato esquivó el bulto diciendo que por la naturaleza de mi “padecimiento” sería mejor que me atendiera una siquiatra, de quien he olvidado el nombre. De cualquier forma, no aguanté muchas sesiones con ella y pronto se deshizo de mí diciendo que lo que yo necesitaba eran medicamentos, que me iba a recomendar con otro especialista más, también siquiatra, que era un chingón para eso de los barbitúricos, del que tampoco recuerdo de su nombre. Y ahí me tienen, yendo a un lúgubre consultorio de Tlalpan, donde el viejo galeno atendía. De entrada, me recetó unas pinches pastillitas moradas (Motival) que resultaron peores que el demonio, pues me llevaron a una depresión más aguda que la que ya traía. En fi...

Apología del papel

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Me llevó a recordar mis apuntes de análisis complejo de hace cincuenta años en la Facultad de Ciencias de la UNAM, esos que con tanto empeño, dedicación y cariño pasaba en limpio en casa cada tercer tarde, y que constituyen ahora un auténtico incunable personal. En estos tiempos hubieran desaparecido entre el cúmulo de basura electrónica que desechamos todos los días. Entonces no: una pluma, un lápiz, un compás y decenas de hojas blancas de papel escritas por los dos lados los hicieron inmortales, junto con el recuerdo de aquel sabio que me enseñó a amar la materia, de tanta utilidad hoy día en que he decidido adentrarme en el tópico para desentrañar el misterio que se esconde detrás de la conjetura de aquel genio de hace más de siglo y medio, que versa sobre el tema y nadie, jamás, ha podido probar. Me sirvió, también, para hacer consciente el placer de leer el papel periódico todos los días junto con el desayuno, placer que para nada brindan una tableta o un celular: mancharse los ...