Encuentro sobrenatural
Hace 23 años, recién llegados a León, coincidí con un amigo y ex compañero de IBM de México, Daniel Torres Ibarra, que también se había mudado a la ciudad. Nuestros hijos estudiaban en la misma escuela, el Colegio Británico, donde nos veíamos, y también nos reunimos en algunas ocasiones en otro ámbito.
(Por cierto, Daniel era sobrino del
profesor más querido por mí durante toda mi trayectoria académica, el doctor
Guillermo Torres Díaz, del que ya he hablado extensamente en este blog.)
Sorpresivamente, un par de años después, en febrero de 2005, un amigo común se comunicó conmigo desde México para informarme que Daniel estaba muy enfermo de un mal hepático y que muy pronto moriría. De inmediato me comuniqué con Tere, su esposa, quien me confirmó la noticia. Al mencionarle yo la probable imposibilidad de visitarlo, ella me atajó diciendo que al contrario, sería para él un remanso de paz poder platicar con un amigo de toda la vida.
Así pues, me encaminé al hospital Aranda de la Parra. Al llegar, en una sala de espera no tan cercana de la habitación que ocupaba el enfermo, me recibió una mal encarada hermana del paciente, preguntándome quién era yo e inquiriendo por la intención de mi visita. Una vez satisfecho el requerimiento, me pidió que esperara, pero cuando ella recorría el pasillo hacia el cuarto de Daniel para anunciarme, se paró en seco, dio media vuelta y encarándome me dijo que no podía yo pasar. “Lo que menos quiero -dije apenadísimo- es importunar en estas circunstancias, mil perdones”. “No puede usted pasar -insistió ella autoritariamente”, lo que me llevó a dar a mi vez media vuelta, musitando embarazosas disculpas y marchándome de ahí con el consabido “con permiso”.
Al llegar a la casa y comunicarme con Tere, ésta se encontraba profundamente apenada, pues ya le habían ido con el chisme, y me dijo que Daniel hubiera querido saludar a su entrañable amigo, y me transmitía el saludo y cariñoso abrazo que me enviaba y merecía.
Esa noche me fui temprano a la cama, pero en la madrugada soñé con Daniel, que, con austera solemnidad aunque sin perder su sempiterna alegría, se despedía de mí diciéndome que nuestra amistad se mantendría incólume durante toda la eternidad.
Temprano, la siguiente mañana, Tere se comunicó conmigo para informarme que Daniel había fallecido esa madrugada y que reiteró para mí los saludos que desde el día anterior había manifestado.
¡La bonhomía de lo sobrenatural imponiéndose sobre la mezquindad humana!

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