Me intervinieron sin anestesia en el IMSS
El IMSS, una vez más.
El viernes 3 de octubre, a raíz del sangrado en evacuaciones que le reporté al urólogo del Seguro, producto de la radioterapia que me practicaron hace dos años, me envió al proctólogo, que me dio cita para el martes 14 del mismo mes. Ese día, tras la molesta revisión de trámite, me prescribió una colonoscopía que me programaron para dos meses después, el viernes 12 de diciembre a las 13:30 horas, y me indicaron que debería presentarme con media hora de anticipación.
Fanático del tiempo como soy, ese día me presenté en endoscopía, junto con Elena -pues debía de ir acompañado-, a las 12:20, donde me indicaron, después de recibir mis documentos, que volviera poco antes de las 2, ya que era cambio de turno y el personal llegaba cinco o diez minutos después de esa hora. Regresamos poco antes de las 2, y a dormir el sueño de los justos, junto con otros cinco pacientes, en una antesala de reducidas dimensiones, adonde nos pasaron después de proporcionarnos la consabida bata inversa y prepararnos para la intervención correspondiente. A sólo dos de nosotros nos practicarían la colonoscopía y nos dejaron al final, nada importaba que yo hubiera llegado de “madrugada”. En el ínter, una enfermera malencarada me dijo que me iba a mover, pues quedaba yo junto a un lavabo que ella iba a usar. Y ahí la tienen, moviéndome a empellones poco amables con todo y la silla con ruedas que yo ocupaba, trípode con sonda incluido.
Pues bien, pasadas ya las 4 con mucho, me llamaron para ser atendido e hicieron que me tendiera sobre un camastro, me colocaron una careta de plástico translúcido y poco después, vuelto sobre un costado, empecé a sentir todo el rigor de la intervención y escuchaba claramente cómo la doctora responsable hablaba de pólipos y demás jerga colonoscópica.
Yo aguanté como los machos todo el tiempo, pensando que por lo que pasaba era lo normal en estos casos, pero preguntándome en qué momento entraba en acción la anestesia, y así pasó un buen rato hasta que desperté tiempo después, con careta y todo, y preguntándome dónde estaba, pues no había absolutamente nadie a mi alrededor, hasta que lancé un grito para que alguien acudiera en mi auxilio.
Nunca me quejé, lo único que quería era largarme de ahí inmediatamente, ya casi entradas las 6 de la tarde, tras la desagradable experiencia vivida.
Poco antes, le entregaron a Elena una lámina con los resultados de la colonoscopía, donde en su último punto se lee un ominoso: “Cita subsecuente para la aplicación de argón plasma”, es decir, otra colonoscopía para llevar a cabo dicha aplicación. ¡Me niego en redondo!, pues no es sólo la colonoscopía en sí, sino la preparación previa: dos purgas de caballo ingeridas con dos litros de agua cada vez la noche anterior y en la mañana del mero día del procedimiento. Además de un ayuno de puros líquidos 24 horas antes.
Lo único que deseaba era volver a casa, comer algo después de prácticamente dos días de ayuno y descansar, descansar profundamente.
Ni modo, es para lo que la medicina social alcanza en México, y los ancianos como yo ya no tenemos de otra al no ser asegurables privadamente.
¡Qué desgracia!

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