domingo, 7 de enero de 2024

Divertimento

Después del monumental chasco que me llevé con Proust y su En busca del tiempo perdido (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2023/09/insoportable-sufrimiento.html), le hinqué el diente a American Psycho, de Bret Easton Ellis, y Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, que me agradaron bastante y sobre las que ya he comentado en escritos por separado anteriores. Después intenté con un bodrio de Louis-Fedinand Céline, Guerra, intragable y en una pésima edición de Anagrama, que abandoné después de unas cuantas páginas. Seguí con Las alas de la paloma, de Henry James, y El Gran Meaulnes, de Alain Fournier, ambas novelas un tanto enigmáticas, pero plenamente disfrutables.

La mala suerte me alcanzó de nuevo al continuar con Archipiélago Gulag I, de Alexandr Solzhenitsyn, un tabique de 816 páginas que me obsequió mi hija Caro en Navidad y que ya antes había querido adquirir en formato electrónico infructuosamente, pues no lo encontré en ninguna parte, así que me cayó de perlas, no así su formato, contenido y estilo, y abandoné su lectura después de 114 páginas, profundamente desilusionado y aburrido. El autor se dedica a describir cientos de detenciones y redadas durante la época de terror en Rusia y la Unión Soviética, pero sin ninguna ilación y, peor, sin ninguna emoción, como si un burócrata estuviera asentando los hechos en actas. Además, el formato del libro, con notas a pie de página, acotaciones del autor referidas en la penúltima parte del libro y un índice de materias en la parte final a la que el lector tiene que acudir continuamente a lo largo de la lectura, hacen tedioso, si no es que imposible, un estudio placentero de la obra. Qué diferencia con Vida y destino, del escritor y periodista ruso Vasili Grossman (http://blograulgutierrezym.blogspot.com/2024/01/vida-y-destino.html), en la que abunda aquello que a la de Solzhenitsyn le falta, por lo menos en la centena de páginas que yo aguanté, y miren que la de Grossman no canta mal las ranchera con sus más de mil 100 páginas, pero desde la primera captura la atención.

Ante tan monumental decepción, intenté con la magna obra de Adam Smith La riqueza de las naciones, escrita hace más de dos siglos, pero más actual que nunca. Sin embargo, desde el principio me pareció tediosa y prolija, sobre todo para alguien que como yo carece del pleno bagaje económico-financiero para entender cabalmente una obra tan extensa, y la devolví en su formato digital a Amazon, que puntualmente me reembolsó lo que en ella había invertido.

Finalmente, terminé con el maravilloso libro póstumo de Stephen Hawking Breves respuestas a las grandes preguntas, sobre los acuciantes temas que nos han inquietado desde siempre: la existencia de Dios, la vida inteligente en otras partes del universo, la predicción del futuro, los agujeros negros, la posibilidad de viajar en el tiempo, la colonización del espacio, la posibilidad de que nos sobrepase la inteligencia artificial, et al.

No diré que todo lo que dice Hawking sea plenamente entendible para un lego como yo, pero cómo entusiasma contemplar la pasión con que estos sabios acometen su labor de intentar hacernos emocionar con tópicos tan bellos e inquietantes. Y a fe mía que lo logran con creces. Mucho mejor esto que Proust, Solzhenitsyn o Adam Smith. A pesar de todo, nunca  me sentí tentado a abandonar la lectura del esplendoroso libro de Stephen. Más aún, queda uno tentado a releerlo de inmediato.

Por cierto, Stephen Hawking menciona en un momento dado que no se atrevía a citar textualmente lo que Laplace decía sobre el determinismo científico, pues éste, Laplace, se parecía bastante a Proust, “ya que escribía frases de una longitud y complejidad desmesuradas.”

A este respecto, un amable lector de estos pergeños me inquirió por qué no me gustaba Proust, a lo que le respondí que no me gustaba Proust como tampoco me gustaban los chiles en nogada. ¡¿No te gustan los chiles en nogada?!, se sorprendió. No sólo no me gustan, sino que me revuelven el estómago, lo contrapunteé. Oye, pero si son un patrimonio culinario de la humanidad, terqueó. Pues por más patrimonio que sean, a mí me producen urticaria y me vomito nada más de verlos, concluí, así que no, no me gustan Proust ni los chiles en nogada… si no te importa.

¡Viva Stephen Hawking!

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