Eutanasia
Con admiración y respeto, para Noelia Castillo Ramos, in memoriam.
La dramática muerte de Noelia, me hace volver a uno de mis temas favoritos: la muerte en general y la eutanasia en particular. Precisamente el escrito inicial de este blog hace casi veinte años versa sobre el particular (https://blograulgutierrezym.blogspot.com/2007/11/eutanasia.html), pero vayamos antes al hecho que motiva el presente.
Mi hijo Raúl, intrépido joven de 32 años después de todo, está empeñado en practicar el sky diving en los cinco continentes: hace dos años le tocó su turno a Hawaii y apenas en septiembre del año pasado a Australia, y en septiembre del presente es el turno de Sudáfrica, con lo que habrá completado ya tres de cinco.
En Australia le tocó compartir su afición con un joven de Barcelona, pero como el día de la cita hubo mal tiempo, la aventura se pospuso para el día siguiente, por lo que tuvo oportunidad de convivir con Albert Félez Navarro un par de días, y hasta hacerse su amigo. Ayer a la hora de la comida que surgió el tema de Noelia, a mi hijo le vino a la mente una historia en Instagram que apenas hacía unas horas había subido su “viejo” amigo. Y sí, ahí aparecen Albert y su íntima amiga Noelia en una tierna foto que seguramente para aquél resultará imperecedera, y que aquí comparto.
Esta larga digresión es el pretexto ideal para llegar a donde yo quería, pues la lucha que Noelia entabló contra su propio padre durante más de seiscientos días por hacer valer su derecho a la eutanasia me parece encomiable, a pesar del pleito denodado que el progenitor emprendió para que no lo hiciera, pero finalmente hace un par de días Noelia, parapléjica, abusada sexualmente por un turba de rufianees y profundamente deprimida, consiguió que se hiciera justicia a su ferviente deseo de no sufrir (¡carajo, sufrir!) más. Sufrimiento quizá comparable al del pobre padre, pero en nada superior al infierno que esta pobre criatura de 25 años padeció durante el año y medio que le tomó su lucha legal, y aun mucho antes.
Quede esto como tributo a la valentía que esta joven tuvo de disponer de su propio cuerpo, como tanto sufrimiento se lo exigía, y que la sarta de estúpidos prejuicios religiosos que necesariamente desatan este tipo de admirables decisiones caiga por su propio y estulto peso.
Muchos otros, únicamente andamos de hocicones.

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