Parafraseando a Peña Nieto: ya sé que no me leen

Aunque sé que cuando escribo sobre libros es cuando menos visitas tiene mi blog, me aventuro en lo imposible con tres recientes lecturas.

Gracias por el fuego, de Mario Benedetti. Empecé el año con La tregua de este mismo autor y, ya encarrerado, me seguí con la obra en mención, donde don Mario hace gala de sus conocimientos en temas ideológicos, políticos, de corrupción y hasta filosóficos. Está narrada desde distintos puntos de vista: en primera persona, con la visión del protagonista, Ramón Budiño, o en tercera, desde la panorámica del autor, o incluso indeterminada. A Ramón, hijo de Edmundo Budiño y padre de Gustavo, le afecta que todo gire en torno de Edmundo, del que él es sólo su hijo, así como el abuelo es únicamente el padre de Edmundo. A tal extremo la dominancia implícita del individuo.

Político simpatizante del gobierno en el poder y dueño de un periódico, Edmundo es un hombre inescrupuloso que tiene atado al hijo por el préstamo que le hizo para que estableciera su propia agencia de viajes, yugo del que Ramón quisiera pero no puede liberarse. Ya no recuerda el tiempo en que dejó de llamar papá a Edmundo y pasó posteriormente a referirse a él simplemente como El Viejo, pues lo odia profundamente, al grado de decidir matarlo, pero hete aquí que la novela tiene un final absolutamente inusitado.

El relato abunda en los intríngulis amorosos tanto del padre como del hijo, el primero con una dama que terminará abandonándolo humillantemente y el segundo acostándose hasta con la cuñada.

Interesante y entretenida narración de Benedetti.

Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig, deliciosas catorce estampas en la historia del hombre narradas por este escritor sin igual: desde los idus de marzo el 15 de ese mes del año 44 antes de nuestra era y la horrenda muerte del inmortal Marco Tulio Cicerón, concomitante con la de Julio César por un grupo de senadores, hasta el fracaso de Woodrow Wilson el 15 de abril de 1919 tratando de conseguir una paz duradera para el mundo, pasando por el momento histórico del indulto a Dostoievski  en San Petersburgo el 22 de diciembre de 1849.

En fin, catorce historias de este calibre en la insuperable pluma de Zweig.

Ni venganza ni perdón, de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez. Emprendí la lectura del libro con muchas expectativas de lo que en él pudiera desvelarse, pero qué va. Fuera de lo que ya se ha comentado hasta la saciedad sobre las corruptelas entre el Sindicato Mexicano de Electricistas y la campaña política de Clara Brugada al gobierno de la Ciudad de México, y las relaciones peligrosas de personajes en vedad muy menores como Jesús Ramírez Cuevas y Mario Delgado con el famosísimo huachicolero ya fallecido Sergio Carmona, el libro abunda en zalamerías de Julio para con López Obrador y una interminable serie de resentimientos del ex Consejero Jurídico de la Presidencia por toda la serie de conflictos en que se ha visto envuelto a raíz de su función y aun antes.

Una de las principales de estas broncas, si no es que la principal, es la que Scherer sostiene con el ex Fiscal General de la República, Alejandro Gertz Manero, al que, se lamenta Scherer Ibarra, en dos ocasiones durante las mañaneras el presidente le manifestó su absoluta confianza en el conflicto que mantenía con él sin mencionar para nada a Julio. Fueron como dos puñaladas traicioneras en su corazón que Julio Scherer Ibarra jamás imaginó, apunta con amargura.

Algo que llamó poderosamente mi atención es lo que el hijo dice que le confió en una ocasión su padre, don Julio Scherer García: si yo pudiera escoger un tercer amigo además de Vicente Leñero y Enrique Maza -fundadores junto con él de Proceso- ese sería Andrés Manuel López Obrador, porque Heberto Castillo, dijo enseguida, no era un amigo, era un hermano.

Así y todo, esperaba muchísimo más del libro, vamos, ¡menos perdón y más traición!

Comentarios

Entradas populares de este blog

Recién ocurrió

Aseguradoras abusivas

Hugo Sánchez y Fernando Valenzuela