miércoles, 26 de febrero de 2025

Héroe de tiempo completo

 - Otra vez tarde, Juanjo -le dijo su esposa-, y enfurruñado como todos los días.

- Es que ya no aguanto, Victoria, te lo juro –repuso Juan José-, un día de éstos exploto y mando la mina al carajo, no soporto ver cómo nos tratan estos gachupines y además para saquear nuestras riquezas. Hoy discutí con uno de los capataces y estuve a punto de liarme a golpes con él por haber humillado a Miguel.

- ¡Qué necio eres! -dijo ella-, y después, ¿qué vamos a hacer? En estos tiempos de revueltas va a ser difícil que encuentres otra cosa.

- Pues me uno a los insurgentes, ésa sería la mejor forma de tomar venganza de los españoles. No te creas, ya lo he pensado.

- ¡Estás loco! -respondió Victoriana enojada, a sabiendas de que su marido hablaba en serio, pues no era ella la primera ni la única a la que ya con anterioridad le había hablado con tanta rabia sobre su proyecto.

- Es más, para demostrarte que lo digo en serio, mañana mismo hablo con quien se ha encargado de reclutar a otros mineros para luchar por nuestra libertad contra esos desgraciados invasores.

- Pues allá tú -terminó su esposa-, pero bien sabes que eso representará nuestra ruina. ¿Qué te tienes tú que preocupar por liberar a nadie cuando ya nuestra propia situación es bastante precaria? -y enfadada se levantó de la mesa, donde ni la merienda comenzaban aún, y salió con prisa del cuarto.

Y no era que le faltara razón al uno ni a la otra, pero, por lo mismo, era difícil llegar a una posición conciliadora que los dejara satisfechos a ambos.

El cura de un pueblo vecino había puesto ya el ejemplo al encabezar a un grupo de revoltosos en contra de los gachupines, arengándolos una madrugada para que lucharan en contra de la opresión secular y a favor de su libertad. Su ejemplo pronto cundió y en muchos de los principales poblados de los alrededores surgieron colaboradores y líderes espontáneos.

Juan José se apersonó con uno de éstos y, sin pensarlo más, dijo que quería colaborar, y con mayor celeridad aún, aceptó su primera encomienda: participar en la toma de la principal fortaleza de los españoles, donde, atrincherados, guardaban víveres, armas y los tesoros saqueados de las minas de la entidad.

A pesar de su juventud, pues recién había cumplido los 18, Juan José ya padecía de los pulmones por el trabajo duro en la mina, por lo que no le importó gran cosa tomar la iniciativa y, adelantándose a cualquier orden, encendió una tea y enseguida, auxiliándose únicamente de su fortaleza, puso sobre su espalda una gran losa que halló entre los escombros.

Inmediatamente despertó la curiosidad y asombro entre sus compañeros, quienes le proporcionaron la brea que él con desesperación solicitaba. Sin duda tenía ya una idea fija en la mente, pero ésta no les quedó clara a los otros insurrectos, hasta que vieron a Juan José arrastrándose con dificultad, con la brea en una mano y la antorcha en la otra, dirigirse hacia la gran puerta de madera que daba acceso a la fortaleza.

Nadie daba crédito a lo que veía, pero no dejaban de admirar el valor de aquel musculoso mozalbete cuya intrepidez superaba toda la de ellos junta.


No bien hubo avanzado Juan José unos cuantos metros cuando se dio cuenta de la locura que estaba cometiendo, pero ello, lejos de desanimarlo, lo alentó, con la idea fija en la cabeza y la emoción hinchiéndole el corazón de ser, él solo, el salvador de la patria.

Sin embargo, justo a la mitad del camino, exhausto, hubiera querido regresar, las piernas le temblaban por el gran esfuerzo y apenas podía sostener la tea y el recipiente con la brea. Para colmo, el calentamiento que sobre la losa producía la metralla del enemigo resultaba ya insoportable para su espalda.

La asfixia empezó también a atosigarlo a causa de sus deteriorados pulmones. Así y todo, un largo rato después, que pareció interminable incluso a los simples espectadores, Juanjo alcanzó, por fin, el ansiado portón.

Como pudo, lo embadurnó de brea y, casi al mismo tiempo, le prendió fuego con la tea. El espectáculo que provocó la llamarada fue impresionante, además de que contagió de un entusiasmo inusitado a sus compañeros que, sin mediar consideración alguna, se abalanzaron sobre la puerta y comenzaron a pasar unos sobre otros y todos sobre Juan José que, rendido, había quedado tirado en el suelo con todo y losa encima.

En el camino hacia la puerta, muchos de los rebeldes cayeron irremisiblemente bajo la metralla enemiga que salía despedida desde la fortaleza, pero ello no obstó para que la turba siguiera avanzando como un monstruo de mil cabezas.

Para Juan José, de improviso, todo aquello resultó incomprensible y grotesco. Había podido liberarse de la losa, pero era incapaz de ponerse en pie pues sentía que las piernas le flaqueaban como a un guiñapo. No oía más que el vocerío de la turbamulta, sin distinguir nada coherente entre lo que se profería.

De repente, empezó a escuchar claramente una voz de mujer... su mujer.

- ¡Juan José, Juan José!... -la escuchó que gritó con desesperación.

Éste se sintió salvado, pues sabía que su mujer era la única que en aquel confuso momento podría hacer algo por él, la única a la que él le interesaba no obstante todas las disputas que hubieran podido tener, a pesar de su terquedad y empecinamiento por unirse a la revuelta.

- ¡Juan José, Juan José!... -volvió a escuchar.

- ¡Aquí, Victoria! ¡Aquí, mi amor! -respondió Juan José con un alivio indescriptible.

- Para como están las cosas en la mina y tú tendido en la cama todavía. De seguro hoy sí llegas tarde y tendrán la excusa ideal para correrte –siguió Victoriana, furiosa, sin prestar atención a lo que aquél decía.

Juan José, aún amodorrado, no alcanzaba a comprender lo que estaba ocurriendo, pero súbitamente empezó a sentir vergüenza, una vergüenza únicamente equiparable a la que los criollos le provocaban en las minas.

Con vergüenza y todo, Juan José de los Reyes Martínez Amaro, El Pípila, como le conocían familiares y amigos, se levantó rápidamente y vistió con presteza sus arreos de trabajo, y se encaminó con premura rumbo a la mina, donde transcurriría otra jornada extenuante de febril actividad para todos los que ahí laboraban.

(N.B. Desenterré de entre los escombros este viejo cuento mío para celebrar que, una vez más, perdí el Premio de Literatura León. Ya son dos décadas. Quién me manda andarme metiendo con sus “héroes”.)

lunes, 17 de febrero de 2025

Los dos amigos

Roberto y Santiago, dos jóvenes poetas en sus veintes, si no es que menos, muy amigos entre sí, chileno el primero y mexicano el otro, vivían intensamente la bohemia de la primera mitad de los 70s del siglo pasado. Les hacía tercera Juan, aún más joven que ellos, pues rondaría apenas los diecisiete, y un grupo compacto de ellos se decían pioneros del movimiento literario real visceralista o realismo visceral o, en suma, viscerrealismo, del que habría que trazar su origen hasta el estridentismo o ya propiamente el realismo de la poetisa de los años 30 Cesárea Tinajero.

A finales de 1975 vivieron éstos toda suerte de aventuras, dentro de las cuales no se descartaban, obviamente, el sexo, las drogas y el alcohol. Es impresionante el conocimiento que tenían los dos amigos del DF: los cafés de Bucareli y aun zonas menos recomendables, como las prostibularias. Fue así como Juan se relacionó amistosamente con Lupe, una meretriz amiga de María, conocida de aquél. Pero el padrote empezó a hostigarla, temeroso de perder su fuente de ingresos, e incluso a perseguirla acompañado de su inseparable guardaespaldas, lo que obliga a Roberto, Santiago, Juan y Lupe a huir, tras la celebración de fin de año de 1975, al norte, a Sonora, en el Impala nuevo del papá de María.

Pero la huída de los dos amigos tiene segundas intenciones, ya que es ahí, en Sonora, donde han logrado ubicar más o menos el paradero de Cesárea Tinajero. Y en efecto, después de trajinar y aventurarse un buen rato, logran hallarla y huir junto con ella, pues los malandros los han encontrado en Sonora después de perseguirlos hasta allá. Cesárea, una mujer vieja y corpulenta, descomunalmente gorda, forcejea con el padrote y su guarura cuando éstos les han dado alcance, disparándose accidentalmente la pistola con la que ellos contaban y dando muerte a Tinajero. En la confusión, los amigos matan a los rufianes con armas blancas, alguna de las cuales era portada por ellos mismos, los malhechores.

Esta es la trama de la novela Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, cuyos héroes son el chileno Arturo Belano y el mexicano Ulises Lima, álter egos del mismo Roberto Bolaño y de Mario Santiago Papasquiaro, respectivamente. La primera parte de la misma transcurre del 2 de noviembre al 31 de diciembre de 1975 y es relatada en primera persona por el otro amigo, Juan García Madero, en forma de diario, conformando la primera parte del libro, y la segunda parte de la historia va del 1 de enero al 15 de febrero de 1976 y queda plasmada en ¡la tercera parte de la novela! Tres meses y medio en total.

¡¿Pero qué coños metió Bolaño en la parte de en medio de la narración?! ¡Pues nada, los testimonios de más de medio centenar de personajes que dan cuenta de las vidas de Bolaño y Papasquiaro, digo, perdón, de Belano y Lima, de 1976 a 1996! Algunos de estos personajes, no muchos, se repiten, como Amadeo Salvatierra, cuyo testimonio fue recogido en enero de 1976, y parte del cual da comienzo a esta serie, y otras partes del mismo se diseminan a lo largo del relato y en la parte final de los testimonios, quizá para hacer coincidir la fecha con el inicio de la tercera parte de la novela. No sé por qué todo esto me hizo recordar a Julio Cortázar.

Estos testimonios conforman 520 páginas de las casi 800 de que consta el libro y constituyen una verdadera delicia, ya que es otro medio centenar de historias entrañables, algunas, muy pocas, de las cuales tienen escaso que ver con nuestros héroes.

Cómo me gustaría escribir como este autor, aun con lo procaz y soez que puede llegar a ser en un momento dado, como muchos otros autores de su generación y de “su onda”. Nada de que escandalizarse.

No en balde The New York Times califica tanto a éste (lugar 36) como a 2666 (¡lugar 6!) como dos de los mejores libros (repito, libros en general, no novelas) en lo que va del siglo XXI ( https://blograulgutierrezym.blogspot.com/2024/08/que-hermoso-es-leer.html).

¡Nada más!

Se dice que el realismo visceral encubre al verdadero movimiento de los dos amigos: el infrarrealismo, en contraposición con el surrealismo de André Breton.

De veras, es sorprendente la erudición de Bolaño así como el conocimiento de todos los lugares donde estuvo: España, Francia, Israel, África, pero, sobre todo, mi añorado terruño, el DF. Prácticamente me hizo estar ahí.

viernes, 7 de febrero de 2025

Hoy, 10 de febrero, hace exactamente 30 años

Uno de mis grandes logros y recuerdos imperecederos lo obtuve cuando ¡me "corrieron" de IBM! Se rumoraba de un plan de retiro anticipado "millonario" a principios de 1995 y como yo ya lo había solicitado, sin éxito, dos años antes, volví a insistir y me volvieron a decir que esta vez tampoco estaba en la lista, que era yo un elemento importante de la compañía y bla, bla, bla. Como insistiera, me dijeron "OK, mensaje recibido", y al día siguiente me presenté pensando, no sé por qué, que me iban a ofrecer algo indeclinable para retenerme. Síiii... ¡cómo no!... A los ciento y tantos que corrieron (ahora sí, sin comillas) ese día, ni nuestro cepillo de dientes nos permitieron recoger de nuestros escritorios, y guardias de seguridad con tremendos perros recorrían los pasillos del edificio donde nos encontrábamos. Obviamente, nuestro acceso al sistema de cómputo había sido revocado desde temprano, y prácticamente nos echaron con una patada en el culo. En mi caso particular, después de veinte años de servicio en la empresa.

Por supuesto, ¡monté en cólera!..., pero contenida. Sin embargo, mi reacción fue cataclísmica una vez fuera: me entrevisté con Darío Celis, uno de los más reconocidos periodistas de negocios todavía hoy en día, y le entregué una carta detallando todo lo ocurrido y preguntándole cuándo saldría publicada la información que ahí le daba. "Mañana”, me dijo, “¡mañana mismo!". Evidentemente, yo salí muy complacido de la entrevista, pero eso no fue todo: llamé a los EU para denunciar la humillación de la que había sido objeto y todas las transas que se decía cometían adentro nuestros directivos, aunque no me constaran, y así se lo hice notar a mi entrevistadora (que por cierto me dijo que no era necesario que yo fuera a Nueva York, como era mi deseo, que sólo colgara y ella me devolvía la llamada; y así lo hizo), así que tomara lo que le decía con las reservas del caso, vamos, como si fuera "a confession secret". "Absolutely, you shouldn't be worried, you have my promise", me respondió.

Como cereza en el pastel, y como buen actuario que soy, me percaté que me estaban birlando intereses del dinero que yo mantenía en su caja de ahorro y los urgí, por escrito, a que me devolvieran los alrededor de 20 mil pesos que me estaban reteniendo indebidamente si no querían que los denunciara ante las autoridades financieras correspondientes, que no bastaba con el suculento y reglamentario cheque de retiro “voluntario” que me habían dado. Al día siguiente, muy temprano, me los rembolsaron.

A Darío Celis le dije que si tenía que dar mi nombre, no lo dudara, que lo incluyera, pero él insistió en que no tenía por qué revelar sus fuentes. Y así fue. Cuando salió publicada la información en su columna de El Financiero el martes 14 de febrero de 1995, Día del Amor y la Amistad, se armó el súper escándalo en IBM. Se agotó el periódico en los alrededores del mismo edificio del que me habían corrido y en el de los headquarters hubo una reunión extraordinaria del Presidente y todos sus rastreros achichincles (directores) y la gerente de comunicación de Relaciones Externas, íntima amiga mía y quien me informó puntualmente de todo lo ocurrido. Yo fingí demencia, por supuesto, pero tooodos, absolutamente todos determinaron que había sido yo el que filtró la información, excepto el vicepresidente de la compañía, quien apuntó certeramente que no podía serlo, ya que yo hubiera dado mi nombre, dos apellidos y copulativa entre ellos, y no le faltaba razón, sólo que el periodista se había regido por su ética profesional.

Total, para no hacerles el cuento más largo, únicamente añadiré que si a mí me defenestraron el viernes 10 de febrero de 1995 a las 11 am, el Presidente y Director General de IBM de México, Rodrigo Guerra Botello, "renunció" el martes 28 de ese mismo mes por la tarde, es decir, escasas dos semanas después de mí, tras permanecer ¡más de 14 años en el Poder! Todo un dictadorzuelo, pues.

Yo sólo contribuí con el último clavo en el ataúd para que lo echaran.

Curiosamente, tres años después, en 1998, fui recontratado por IBM de Estados Unidos  mediante un tercero en Denver, Colorado, para trabajar directamente con la Big Blue  en Raleigh, Carolina del Norte, por un año más, en pleno auge de las compañías punto com.

Happy end!

jueves, 6 de febrero de 2025

Me quedé sin habla

En lo que más destacaba yo en mis años mozos era en matemáticas y en lengua y literatura. Y no es que destacara, sino que más bien era lo que me gustaba, a tal grado que me soñaba siendo un respetado periodista o escritor o un eminente matemático, pero cuando comentaba en casa mis preferencias y  mocionaba nombres como los de la Facultad de Filosofía y Letras o de la de Ciencias, me paraban en seco y me desilusionaban: en ese caso, mejor inscríbete en la Nacional de Maestros, es para lo único que te va a alcanzar; estudia mejor arquitectura o ingeniería, “algo que deje” (literal).

Por aquel entonces cursaba yo lo prepa y un buen día llegó un compañero con el anuario de la UNAM y me mostró el programa de estudios de actuaría, carrera que yo jamás había oído mentar, recalcando que el currículo incluía primordialmente matemáticas y unas cuantas materias administrativas, y que los graduados en la disciplina se volvían invariablemente millonarios. Además, ¡se cursaba junto con físicos y matemáticos en la bienhadada Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional! Esto bastó para que convenciera a los escépticos de la casa una vez que les hube explicado “todo”.

Y aquí me tienen, esperando aún la riqueza que me llegaría a raudales. Y no, no es que no fuera cierto lo que mi condiscípulo dijo, pues sé de compañeros que se volvieron inmensamente ricos (y en dólares) poniendo en práctica sus habilidades en el extranjero. Es cuestión de talento, algo de lo que yo siempre he carecido.

En cuanto a lo de la escritura, ahí sí que ya ni cómo reversar lo irreversible, y aquí estoy, recetándoles a ustedes mis inconsecuencias, aunque, eso sí, cada vez menos frecuentes. Máxime que hay ocasiones en que me niego a salir del fraccionamiento donde vivo por días enteros; vamos, hasta he dejado de ir a correr, y así, pues de qué fregados quieren que escriba, ¿verdad?

Lo único que salva todo este escenario es la lectura, y aun así, hay ocasiones en que uno se topa con cada bodrio, premiado y laureado, que cree perdido hasta este excelso placer.

Como digo, me quedé sin habla, pero ustedes sabrán comprender.