jueves, 28 de agosto de 2025

Registro civil: ¿qué coños registran?

El viernes 2 de abril de 1982 contraje nupcias por primera vez. Para ello, acudimos mi futura y yo a la delegación Azcapotzalco de la hoy Ciudad de México para que una jueza de paz nos diera su “bendición”. El matrimonio nos urgía, pues andábamos tramitando un préstamo hipotecario con Bancomer para nuestro nidito de amor y necesitábamos demostrar ingresos suficientes para afrontarlo. Después de la “ceremonia”, nos regresamos a nuestras respectivas ocupaciones en IBM y de ahí cada quien para su casa, ella a la de su tía y yo a la de mis padres. Por supuesto, no hubo ceremonia religiosa ni ágape por tan solemne acontecimiento, pero un mes después la susodicha andaba urgiéndome para que nos fuéramos a vivir juntos. Fue así como rentamos un departamento de mala muerte en la Unidad Habitacional Cuitláhuac en la misma demarcación, mientras construían nuestra casita en Echegaray, adonde nos mudamos en enero del año siguiente, prácticamente a una construcción en obra negra.

Como verán, no fue la mejor manera de comenzar, pero ahí la llevábamos. Sin embargo, como dicen, lo que mal empieza, mal termina. Yo estaba más interesado que ella en que tomara religiosamente todos los días su píldora anticonceptiva, vamos, como si estuviera prescrita para mí, lo que a la larga resultó en obvio beneficio de ambos al no haber engendrado en cuatro años chilpayate alguno. Transcurridos esos cuatro años, la situación se había vuelto insostenible y un buen día, bronca de por medio, decidimos divorciarnos. Cada uno se esforzó de veras por hacer el rompimiento irreversible, no así la jueza -otra más- del registro civil, que cuando nos tocó el turno en la larga fila de ciudadanos que acudían a diversos trámites, y viendo que nosotros no íbamos en los mejores términos, nos convocó con mala leche: “Que pasen los novios”, a lo que yo, con evidente enfado, riposté: “Divorcio, mi estimada, di-vor-cio”, y dio inicio la “ceremonia”, que no consistió más que en las respectivas firmas y la entrega de un documento para que volviéramos semanas después a recoger nuestra acta de divorcio. Así de fácil.

Años después, al poner en orden mi archivo personal, me fui de espaldas al revisar el acta de ese primer “matrimonio”: asentaron en la misma el nombre del novio como Raúl Gutiérrez Montero, no Raúl Gutiérrez y Montero, o sea que yo nunca estuve casado en primeras nupcias y por lo mismo no era necesario que me divorciara de nadie, y a la otra la casaron con quién sabe quién y a ver cómo le hacía ahora para divorciarse, pues lo más sorprendente es que en el acta de divorcio asentaron mi nombre correctamente y me divorciaron sin haber estado jamás casado, y a la otra la divorciaron de alguien con quien jamás casó. ¡Qué desmadre, ¿verdad?!

Con Elena tuve mayor cuidado y me aseguré de que todo quedara perfectamente bien asentado el viernes 22 de septiembre de 1989, pero ahora sí con banquete, bailongo y demás, aunque, eso sí, sin ceremonia religiosa, la que, le digo a la mencionada Elena, estoy reservando para las nupcias definitivas, ¿ustedes creen, cuando estamos a punto de cumplir 36 años el mes que entra y yo a una edad crepuscular?

Además, sin ceremonia religiosa ni parafernalia que le acompañara, Elena ha sido la mayor bendición con la que el cielo me ha favorecido. ¡Amén!

jueves, 21 de agosto de 2025

Fucking idiot Raúl!

El pasado 4 de agosto se cumplieron ¡50 años! de mi ingreso a IBM. De aquella época conservo únicamente un par de amigos, una de las cuales, Patricia Jarquín, viajó especialmente desde la Ciudad de México a León para celebrar tan significativa fecha en compañía de Elena y un servidor. Llegó el domingo 3 a la hora de la comida y, ni tardos ni perezosos, la llevamos a comer al restaurante  italiano Artigiani, y de ahí a que conociera el paraíso donde vivimos, el fraccionamiento Gran Jardín, sus jardines y estanques con patos. Terminamos en casa paladeando un sabroso entremés de quesos y carnes frías, preparado por la antedicha Elena, y otra botella de vino.

Temprano al día siguiente, lunes 4, fecha del aniversario, la pasamos a recoger a su hotel para traerla a desayunar al restaurante a mayor altitud de la ciudad, La Torre 40, dentro de Gran Jardín y precisamente en dicho piso. Ahí disfrutamos de la mejor vista que se tiene de León en toda la ciudad. Todo, cortesía de Caro, nuestra hija, quien nos deparó también la inigualable sorpresa que se aprecia en la fotografía adjunta. Paty fue la única persona cercana que se ofreció a ayudarnos hasta económicamente cuando me vino lo del cáncer hace un par de años. Se lo agradecí desde el corazón, pero afortunadamente no era necesario, pues todo se solucionó con la venta de mi coche, ya que asegurado a mi avanzada edad, sólo en el IMSS, y en aquellos tiempos la institución, para no variar, transitaba por una grave crisis.

Bueno, de La Torre 40 nos la llevamos al Templo Expiatorio, que, a pesar de nuestras descreencias, disfrutamos muchísimo, y terminamos echándonos unas cervezas justo enfrente. Y vámonos al Fórum Cultural, donde admiramos una vez más y Paty por primera esta joya arquitectónica y la imponente escultura de San Sebastián, única en el mundo.

Seguimos con una visita al lugar de mis grandes hazañas, El Palote, donde Patricia quedó embelesada con una vista, desde una banca en la cortina de la presa, de un estanque rebosante de bendita agua, que no agua bendita (¡guácatelas!), y algunas aves migratorias nadando en ella.

La comida conmemorativa del quincuagésimo aniversario tuvo finalmente lugar en el restaurante La Tequila, en Plaza Mayor, con la consabida botella de vino y platillos típicos: mi amiga chiles en nogada y nosotros barbacoa, previo entremés de molotes de plátano macho, rellenos de frijoles y bañados en mole, con queso Cotija y crema, ¡mmm!

Ya de noche, regresamos prestos a Paty a su hotel, pues al día siguiente regresaba a México ¡a las 6 de la madrugada!, en uno de esos servicios Van muy comunes hoy en la ciudad.

Total, no más de 48 horas de una visita exprés que se nos fue en un suspiro. Sin embargo, al día siguiente, cuando Paty me habló para agradecerme nuestra hospitalidad e inquirirme sobre un problema médico de su marido, británico, unos años menor que ella, pero enfermo, y que no gusta más que hablar en su propio idioma y que nunca sale de su casa, se armó el escándalo, ya que el individuo, celoso, le reclamaba a mi amiga que si no le había bastado la visita que me había hecho y quería más, y no cesaba de repetir como tarabilla: “Fucking idiot Raúl!... Fucking idiot Raúl!... Fucking idiot Raúl!...”, hasta que, arrebatándole el teléfono a Patricia, colgó.

Preocupado, un par de días después le marqué a Paty para ver qué onda, pero ésta, tranquila, me dijo que su querubín, como se sabe enfermo, anda muy asustado y nervioso, y que eso lo lleva a actuar así, que no se lo tomara a mal.

Querida Patricia, aunque yo se lo tomara a mal, tú sábete querida y admirada por éste tu fiel amigo de toda la vida,

Fucking idiot Raúl.

sábado, 16 de agosto de 2025

Orgiástico viaje al pasado

A raíz de mi último escrito (https://blograulgutierrezym.blogspot.com/2025/08/padezco-un-trastorno-depresivo-mayor_15.html) entré en una pequeña polémica con un viejo amigo de toda la vida, quien, textual y respetando su sintaxis, me retó, aludiendo a las inteligencias artificiales (IAs):

Te advertí lo que pasaría hace un par de años atrás. Pero por muy
chingonas que sean, la pregunta es: ¿Disfrutan de lo que hacen? Creo
que todas niegan tener sentimientos, parece que las entrenan para
concluir, o para decir, eso. Quizás se parecen a muchos de nosotros y
les encanta estar chingando, pero haciendo algunas pendejadas, de vez
en cuando. De cualquier forma, a algunos nos ayudan bastante.
(sic)

A lo que puntualmente respondí que esto representaba la muerte absoluta de la creatividad en el terreno de las artes, la ciencia y la academia, entre otros, al constatar lo que eran capaces ya de hacer en todos estos ámbitos las IAs, a lo que él, retador, respondió con una vieja foto mía de hace 54 años, publicada dentro de un reportaje sobre universitarios de 1971 en no recuerdo qué publicación, a mi tierna edad de 21. Yo fui el que aparezco a la izquierda en la foto adjunta, y mi amigo, para regodearse, le pidió a Gork que creara un pequeño video basado en dicha foto, que también adjunto, para restregarme en la cara la “falta” de creatividad de tales herramientas.

Sin duda, resulta en verdad asombroso lo que estos artilugios son capaces de hacer hoy en día, lo que no obstó para que diera yo por terminada la polémica con un escueto: muy bien, lo que ganamos en “creatividad” lo estamos perdiendo en humanidad.

Resulta curioso ver un video tuyo de hace más de medio siglo, cuando de lo más que se podía presumir en ese entonces era de tener arrumbada en casa y en el olvido una cámara de 8 mm.

viernes, 15 de agosto de 2025

Padezco un trastorno depresivo mayor

Acabo de leer la pequeña novela El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, de apenas ciento cuarenta páginas. Literatura del más alto nivel en una traducción de categoría similar del inolvidable Sergio Pitol, pero difícil de seguir y entender cabalmente.

Por pura curiosidad, le pedí a ChatGPT la disección de la obra y, como ahora acostumbra, me fue llevando para explicarme más y más de todos los intríngulis de la mentada obra, hasta llegar a plantearme:

Si quieres, puedo también resumirte la novela como si fuera un cuento de dos párrafos, con lenguaje más claro y sin adornos, para que la tengas fija en la memoria y ya no se te enrede. Así podrías entenderla de una vez por todas. ¿Quieres que lo haga?

A lo que, obvio, respondí afirmativamente, y de inmediato se soltó:

Perfecto, aquí tienes El corazón de las tinieblas reducido a lo esencial, como si fuera un cuento contado de corrido:

Un marinero llamado Marlow es contratado por una compañía europea para llevar un barco de vapor por el río Congo y encontrar a un agente famoso llamado Kurtz, que supuestamente es el mejor recolector de marfil. A medida que viaja río arriba, Marlow ve el verdadero rostro del colonialismo: los nativos son explotados y maltratados, y los europeos, que se dicen “civilizadores”, actúan con una brutalidad hipócrita.

Cuando por fin encuentra a Kurtz, descubre que este hombre, inteligente y carismático, se ha convertido en un dictador absoluto entre los nativos, adorando su propio poder y olvidando cualquier moral. Enfermo y a punto de morir, Kurtz pronuncia: “¡El horror! ¡El horror!”, como si en ese instante comprendiera la monstruosidad de sus actos y de la condición humana. Marlow lo lleva de vuelta, pero Kurtz muere en el camino. Al regresar a Europa, Marlow visita a la prometida de Kurtz, y en lugar de contarle la verdad, le miente diciéndole que las últimas palabras de Kurtz fueron su nombre, preservando así la ilusión que ella tiene de él.

Mejor, ¡imposible!

Lo anterior, claro, sin entrar en todos los aspectos filosóficos y simbólicos del relato de Conrad que ya había desmenuzado para mí.

Como si anteriormente no me hubiesen ya bastado para deprimirme hasta el paroxismo otras interacciones tenidas con el “engendro”, ahora casi le supliqué a Elena que me internara en la clínica más cercana ante la depresión clínica ocasionada por esta pérdida irreparable de mi fuente de… entusiasmo.

Así que de ahora en adelante tan sólo los remitiré a ChatGPT con el simple título de lo que lea para no quedar en ridículo frente a sus mercedes… o cualquiera que sea la carcacha que posean.

Por lo demás, la obra de Conrad es excepcional.

lunes, 11 de agosto de 2025

Frankenstein

Nuestro desdén por todo lo que no sea gran literatura nos priva del disfrute de obras “menores” extraordinarias. Me acaba de ocurrir con Frankenstein, de Mary W. Shelley, que, prejuicioso como soy, me había negado a leer por tratarse de una inane novela de ciencia ficción. ¡Qué equivocado estaba!

El grupo que Mary formaba con su esposo, el poeta y filósofo romántico Percy Bysshe Shelley, y algunos otros personajes, lanzó el reto para ver quién entre ellos era capaz de escribir el mejor relato de terror. Huelga decir el nombre de la ganadora, cuya crónica ha sobrevivido, literalmente, el paso de los siglos.

El narrador en primera persona de la trama, Robert Walton, prácticamente pasa desapercibido en su correspondencia con su hermana Margaret y su diario, al dar voz durante casi la totalidad de la novela a Víctor Frankenstein y al monstruo sin nombre que éste crea, y al que equívocamente se ha asignado el nombre de su hacedor, dato que, me avergüenza decirlo, yo desconocía, a tal grado llegó mi desdeño por esta soberbia historia.

Walton traba una relación accidental con Víctor durante una travesía marítima en la que aquél se dirige a la aventura y el estudio en los mares del norte y éste anda a la caza del perverso ser que ha creado. Víctor Frankenstein le relata toda su vida a Robert Walton y el momento culminante de la creación del monstruo sin nombre, y dentro de este relato da voz al mismísimo engendro y su difícil y conmovedora historia de desencuentros con el mundo “normal” debido, principalmente, a su extraordinaria fealdad y desproporcionado tamaño.

El adefesio trata de vengar su sino cebándose con la familia y amistades entrañables de Frankenstein, llegando incluso a pedirle a éste que le cree una pareja a su imagen y semejanza que no le rehúya como todo mundo y le haga más llevadera la existencia. Después de muchos ruegos y tras una aceptación inicial de Víctor, éste desiste del empeño y destaza y se deshace de la segunda monstrua en ciernes, con lo que el monstruo  redobla sus esfuerzos por amargarle la vida, acabando con lo que Víctor tiene en mayor aprecio y veneración.

¡Pobre hombre, le salió cara su ambición de andar jugando a ser Dios!

Novela altamente recomendable y aleccionadora para el que quiera entender, sobre todo en tiempos tan aciagos como los que nos está tocando vivir.

martes, 29 de julio de 2025

"Dios ha muerto"

Me picó la curiosidad de leer el libro Caminos de bosque, del filósofo alemán Martin Heidegger (Alianza Editorial, 2024), mencionado en https://blograulgutierrezym.blogspot.com/2025/07/sabrosa-charla.html. Como toda obra de filosofía que se precie de serlo, ésta resulta en buena medida ininteligible, críptica, inescrutable y abstrusa, pero algunas páginas se dejan leer hasta con cierto deleite, como el capítulo La frase de Nietzsche “Dios ha muerto”. Friedrich Nietzsche, padre del nihilismo o de la metafísica identificada con tal nombre (del latín nihil nada, corriente filosófica que niega todo principio religioso, político y social), escribió en La gaya ciencia (El alegre saber) su celebérrimo texto El loco, donde proclama y decreta con hondo pesar, por voz de dicho personaje, la muerte de Dios.

Miguel de Unamuno, por otro lado, y su preciosa novelita San Manuel bueno, mártir, hizo que un Javier Cercas, ilustre escritor español, adolescente aún, perdiera irremisiblemente la fe y se proclamara como un ateo consumado desde entonces, y no deja de recordárnoslo una y otra y otra vez en su más reciente libro El loco de Dios en el fin del mundo, sobre el viaje a Mongolia que realizó a ese país acompañando al papa Francisco con la promesa de que escribiría un libro sobre el particular, a cambio de que se le permitiera platicar cinco, diez minutos con Su Santidad para expresarle la inquietud que la madre del autor, de 92 años de edad, le planteó a su hijo para que se la transmitiera al papa y obtener su respuesta autorizada: la resurrección de la carne y la vida eterna después de la muerte.

El largo texto de Cercas (casi quinientas páginas) es una mezcla de estilos literarios (novela, crónica, relato, ensayo, cuento, poesía) en el que el autor se solaza describiendo las pláticas que tuvo con decenas y decenas de personajes durante su periplo de cuatro días con el papa, y aun antes y después. Sin embargo, su tiempo con Francisco sólo fue el acordado y esto ocurrió durante el viaje de ida, en la parte delantera del avión, a solas con el papa, y recibiendo la autorización de éste para grabarlo con su móvil.

La tan esperada -por todos- respuesta de Francisco es el secreto mejor guardado por Javier durante todo el libro, y digo por todos porque Cercas se ha encargado de despertar la curiosidad del mundo entero con su “aventura”, y ante la inquietud de aquéllos, el autor se mantiene firme en su ostracismo, no siendo sino hasta el final del texto que desvela su secreto, junto con un acontecimiento inesperado que deja pasmados a Javier y su esposa, a la salida de un restaurante, cuando ya la madre del escritor ha muerto, no sin antes haberle mostrado a la buena anciana el video con la respuesta del papa.

Las interminables pláticas que el autor mantuvo, tanto en Roma como en Mongolia, con personajes de toda índole y descritas con lujo de detalle en el libro resultan muy ilustrativas y enriquecedoras.

Javier Cercas no deja de machacarnos su ateísmo durante toda la obra y se solaza en autonombrarse El loco sin Dios, en contraposición con El loco de Dios, en el fin del mundo, es decir,  el papa en Mongolia, o todo ese mundo periférico que a Francisco le encantaba visitar.

No es de sorprenderse entonces que el escritor se refiera en el transcurso de la trama -curiosamente- al Nietzsche del que hago mención al principio de este escrito, y que incluya extractos de El loco ahí citado.

Javier “culpa” al San Manuel bueno, de Unamuno, y a Nietzsche de su ateísmo, pero más bien habría que culpar a la razón, pues como el mismo Cercas apunta, la razón es el principal enemigo de la fe.

Les he proporcionado ya abundante material de lectura, pero, está bien, lean por lo menos San Manuel bueno, mártir, es una delicia, cuesta cualquier cosa la versión electrónica en Amazon, se lee en una sentada, y pondrá en serios aprietos su fe. Yo no corrí ningún riesgo, pues la perdí hace más de medio siglo, y aunque el texto de Unamuno es de 1931, apenas me lo dio a conocer Cercas, que lo leyó a los 14 años de edad.

domingo, 13 de julio de 2025

Mi gusto por El Palote

Este jueves 17 de julio de 2025 cumplimos 22 años de que nos mudamos a León, pues curiosamente también fue un jueves 17 de julio, pero de 2003, cuando desembarcamos en la ciudad. Los hijos todavía eran unos críos, ya que Caro tenía los doce recién cumplidos y Raúl apenas los nueve.

Desde entonces han pasado muchas cosas, pero lo que ha permanecido inalterable es mi amor por el Parque Metropolitano de la presa de El Palote, y al que yo y muchos más solemos referirnos simplemente con este nombre. Como siempre me he sentido un desarraigado aquí, desde un principio dije que lo único que compensaba tal desapego y con creces era mi pasión por el Parque, alrededor de cuya presa he corrido miles de kilómetros, y es lo que me mantiene vivo.

Comprenderán la tristeza que sentía yo hasta hace poco al contemplar el paisaje que se muestra en la primera foto que acompaña este escrito, con una presa totalmente seca donde se aprecia el templo que debería permanecer sepulto bajo el agua en un embalse rebosante de ella, como se aprecia en la segunda gráfica que les adjunto. Notarán la diferencia y comprenderán el gozo que literalmente inunda mi alma hoy en día al correr bajo estas condiciones.

Le digo a Elena que mi sueño es correr en este sitio al límite de mis capacidades, que ya no son muchas, y desfallecer 400 o 500 metros más allá, aunque me quebrara la crisma, y que después de que se corrieran los trámites de rigor, se vertieran mis cenizas en el centro de este hermoso estanque. ¡Ah, qué manera tan épica de desaparecer sería esa!

En el ínter, mañana me dispongo a ir a correr como cada tercer día a mi paraíso sin llevar a cabo todavía mi am-vicioso proyecto.