El viernes 2 de abril de 1982 contraje nupcias por primera vez. Para ello, acudimos mi futura y yo a la delegación Azcapotzalco de la hoy Ciudad de México para que una jueza de paz nos diera su “bendición”. El matrimonio nos urgía, pues andábamos tramitando un préstamo hipotecario con Bancomer para nuestro nidito de amor y necesitábamos demostrar ingresos suficientes para afrontarlo. Después de la “ceremonia”, nos regresamos a nuestras respectivas ocupaciones en IBM y de ahí cada quien para su casa, ella a la de su tía y yo a la de mis padres. Por supuesto, no hubo ceremonia religiosa ni ágape por tan solemne acontecimiento, pero un mes después la susodicha andaba urgiéndome para que nos fuéramos a vivir juntos. Fue así como rentamos un departamento de mala muerte en la Unidad Habitacional Cuitláhuac en la misma demarcación, mientras construían nuestra casita en Echegaray, adonde nos mudamos en enero del año siguiente, prácticamente a una construcción en obra negra.
Como verán, no fue la mejor manera de comenzar, pero ahí la llevábamos. Sin embargo, como dicen, lo que mal empieza, mal termina. Yo estaba más interesado que ella en que tomara religiosamente todos los días su píldora anticonceptiva, vamos, como si estuviera prescrita para mí, lo que a la larga resultó en obvio beneficio de ambos al no haber engendrado en cuatro años chilpayate alguno. Transcurridos esos cuatro años, la situación se había vuelto insostenible y un buen día, bronca de por medio, decidimos divorciarnos. Cada uno se esforzó de veras por hacer el rompimiento irreversible, no así la jueza -otra más- del registro civil, que cuando nos tocó el turno en la larga fila de ciudadanos que acudían a diversos trámites, y viendo que nosotros no íbamos en los mejores términos, nos convocó con mala leche: “Que pasen los novios”, a lo que yo, con evidente enfado, riposté: “Divorcio, mi estimada, di-vor-cio”, y dio inicio la “ceremonia”, que no consistió más que en las respectivas firmas y la entrega de un documento para que volviéramos semanas después a recoger nuestra acta de divorcio. Así de fácil.
Años después, al poner en orden mi archivo personal, me fui de espaldas al revisar el acta de ese primer “matrimonio”: asentaron en la misma el nombre del novio como Raúl Gutiérrez Montero, no Raúl Gutiérrez y Montero, o sea que yo nunca estuve casado en primeras nupcias y por lo mismo no era necesario que me divorciara de nadie, y a la otra la casaron con quién sabe quién y a ver cómo le hacía ahora para divorciarse, pues lo más sorprendente es que en el acta de divorcio asentaron mi nombre correctamente y me divorciaron sin haber estado jamás casado, y a la otra la divorciaron de alguien con quien jamás casó. ¡Qué desmadre, ¿verdad?!
Con Elena tuve mayor cuidado y me aseguré de que todo quedara perfectamente bien asentado el viernes 22 de septiembre de 1989, pero ahora sí con banquete, bailongo y demás, aunque, eso sí, sin ceremonia religiosa, la que, le digo a la mencionada Elena, estoy reservando para las nupcias definitivas, ¿ustedes creen, cuando estamos a punto de cumplir 36 años el mes que entra y yo a una edad crepuscular?
Además, sin ceremonia religiosa ni parafernalia que le acompañara, Elena ha sido la mayor bendición con la que el cielo me ha favorecido. ¡Amén!