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No soy un crítico literario...

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… ni muchísimo menos. Me atengo a comentar con ingenuidad los libros que leo, no como los sesudos intelectuales en publicaciones culturales de alcurnia, que cuando se termina de leerlos a propósito de un libro que también uno leyó, no queda más que exclamar con sorpresa: ¡ah, chinga!, ¿estará hablando del mismo libro que yo leí y tanto disfruté?, no creo. Dicen que atrás de cada crítico acerbo se esconde un escritor frustrado; sé de varios casos. Pasando a lo mío, acabo de leer la abrumadora y exuberante novela total (el calificativo corre por mi cuenta) de Charles Dickens La casa desolada , que se extiende la friolera de mil 187 páginas, y en la que se da cuenta de las vicisitudes de cuatro personajes principales: John Jarndyce y tres jóvenes y maduros pupilos huérfanos bajo su tutoría: Esther Summerson, heroína de la historia   y narradora en primera persona de buena parte del relato, su queridísima amiga Ada Clare y la futura pareja de ésta Richard Carstone. En torno a ellos v...

Y sigue la mata dando

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Como he seguido padeciendo los problemas a que me refiero en el artículo https://blograulgutierrezym.blogspot.com/2024/07/inteligencia-artificial-ia.html , voy a sugerirle a mi banco que en vez de colocar sus practicajas en las sucursales de la institución las ubique mejor dentro de los casinos, junto a las máquinas tragamonedas, pues su funcionamiento es tan parecido, es decir, tan impredecible y aleatorio, como en éstas, y además corre uno el riesgo de que se traguen sus billetes, como le sucedió a mi hijo en una ocasión que describo en el escrito anterior. Y no es que uno no sepa manejar estas máquinas, pues para donde se voltee dentro del casino, digo, perdón, la sucursal, se ve a otros batallando con los mismos problemas, llegando al extremo de mentar madres y hasta de patear los aparatos. Elena ha desarrollado una infinita paciencia con estos robots: ya sabe que hay que invertir aproximadamente un cuarto de hora en tan penoso proceso. Afortunadamente dispongo de una cuenta puen...

¡Qué flojera ser tan rico!

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Cuando uno se pone a pensar que la fortuna de Elon Musk de entre 450 y 500 mil millones de dólares equivale a casi el 30% del PIB de México o que supera con holgura el presupuesto para todo 2025 de su gobierno Federal, no queda más que entrar en una profunda depresión, uno de cuyos síntomas más evidentes es una inaudita flojera, equiparable a la que debe sentir uno de estos individuos, a los que ya no les queda más que soñar con ¡colonizar Marte! Imagínense nomás, la fortuna de un solo individuo equivale a casi la tercera parte de lo que produce todo un país de 130 millones de habitantes. Entiendo que no se pueden comparar peras con manzanas y que la estabilidad de la riqueza de una nación es mucho mayor que la veleidosa fortuna de un magnate, que puede quedar severamente reducida por la variación súbita de sus activos, pero ahí se las dejo. Si además, como se piensa, el magnate se convierte en Vicepresidente de facto o, peor aún, Presidente, entonces es un terror inenarrable el qu...

Cuando menos te lo esperas, salta la liebre

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Yo ya tenía en el olvido más absoluto esta denuncia. El miércoles 16 de noviembre de 2022 me quejé contra Lorenzo Córdova Vianello, en aquel entonces Consejero Presidente del INE, mediante el siguiente correo electrónico dirigido a él con copia a veintidós personas más pertenecientes a todos los departamentos de la institución, incluidos sus órganos internos de control. Lorenzo, Aborrezco a AMLO, pero tú eres un cínico desvergonzado que engaña con la verdad. No te fuiste a Estrasburgo la semana pasada, pero sí a Estocolmo ésta. Te sigues burlando de los mexicanos como en aquella célebre grabación en que te mofaste de una persona humilde. ¡Cuánta soberbia! Opino exactamente igual que Salvador Camarena:   https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/salvador-camarena/2022/11/16/lorenzo-en-europa-no-se-ayuda-ni-ayuda-al-ine/ Raúl Gutiérrez y Montero Pues bien, lo curioso es que apenas el jueves 26 de diciembre de 2024, es decir, ¡dos años, un mes y diez días des...

Platícame un libro

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Michael Berg, un adolescente de 15 años de edad, y Hanna Schmit, una mujer madura de 36, se conocen accidentalmente en un pueblo alemán. Ella lo trata maternalmente después de un accidente sin importancia que aquél padece, pero al poco tiempo, y sin que Hanna trate de evitarlo, sino antes al contrario, se involucran carnalmente. Schmit lo baña, lo mima y hace que el muchacho, a quien cariñosamente le llama chiquillo , le lea libros después de hacer el amor. El muchacho tiene que hacer circo, maroma y teatro para ocultar la relación a sus padres y hermanos, hasta que ya un poco crecidito e independiente continúa su relación sin tantos bemoles. Sin embargo, un buen día, Hanna desaparece, siendo Michael ya un estudiante de derecho en la universidad, donde él y unos compañeros reciben la encomiende de parte de su maestro de asistir a un juicio por crímenes nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Cuál no va siendo la sorpresa del joven al reconocer a su antiguo amor no sólo como una de...

Caín

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El día de mi cumpleaños le pedí a mi hijo Raúl que me obsequiara la tan anhelada por mí guía de lectura 1001 libros que hay que leer antes de morir , editada por Peter Boxall y José-Carlos Mainer (Grijalbo, 2016), y que me ha permitido avanzar aún con más celeridad en lo que constituye una de las grandes pasiones de mi vida. Fue así como ataqué, en rápida sucesión, De ratones y hombres , de John Steinbeck, Nobel de Literatura en 1962; Un héroe de nuestro tiempo , de Mijíl Lérmantov, y Caín , de José Saramago, Nobel en 1998. De las tres novelas, me quedo con la esplendorosa Caín , de Saramago. Qué descaro, irreverencia, erudición y hermosura para abordar los temas bíblicos teniendo como personaje central a Caín, al cual mueve el autor arbitrariamente de una época a otra, llevándolo del presente al pasado, al futuro y de vuelta al presente, haciéndolo partícipe y testigo de cuanto acontecimiento bíblico pueda imaginar el lector, empezando, obviamente, con la trágica historia del prop...

¡Qué huevos!

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Perdón que me repita, pero la temporada lo reclama: El crudelísimo invierno de 1983-84 fui asignado por IBM de México, donde trabajaba, al centro de soporte que la corporación tenía en Böblingen, Alemania, cerca de Stuttgart, durante tres meses (diciembre a febrero). Las fiestas navideñas iniciaron el viernes 23, después del horario de oficina, y terminaron el lunes 26, pues la empresa en aquel país acostumbraba dar el día siguiente a la Navidad. Los momios no me favorecían, ya que al no ser yo europeo, como la mayoría de los compañeros que ahí tenía y que podían regresar a sus países de origen cada dos semanas, no debía ausentarme del lugar sino hasta el fin de mi asignación, o bien los fines de semana o días feriados con el compromiso de regresar a la oficina al día hábil siguiente, de tal suerte que aquel viernes 23 en la tarde-noche fue de condolencias para mí por parte de todos mis colegas porque iba a permanecer solo, si así lo decidía, tres largos días en el pueblecito de Sc...