Cuando el servicio público no estaba reñido con la grandeza
A mediados de la década de los 80 del
siglo pasado, cuando Teléfonos de México era todavía una empresa estatal, resultaba prácticamente imposible conseguir una línea telefónica si se carecía de ella.
Tal fue mi caso, pues llevaba años solicitándola y, para tal fin, acudía yo
regularmente a la oficina que la empresa tenía cerca de mi lugar de trabajo a
que me embadurnaran el papel con mi petición con sellos y fechas que nunca se
cumplían.
Hastiado de la situación, me decidí a publicar una carta en Foro de Excélsior, donde ponía yo como lazo de cochino a la compañía, identificándome plenamente, con nombre, dirección y, claro, sin teléfono. Un par de días después, al llegar a la casa, me recibió la vecina diciéndome que me habían venido a visitar de Teléfonos para dejar una carta que ella se atrevió a recibir en mi nombre, en la que el director de la telefónica, Emilio Carrillo Gamboa, me comunicaba que, si no tenía yo inconveniente, me esperaba a la 5 de la tarde del día siguiente en su oficina de Parque Vía.
La fecha señalada, me apersoné puntualmente en la oficina del Lic. Carrillo, donde se me recibió en una sala alumbrada con una lamparita muy discreta. A los pocos minutos, la asistente de Carrillo entró a la pequeña sala para informarme que el licenciado se había comunicado con ella para decirle que el tráfico lo retrasó un poco, pero que en no más de diez minutos estaría conmigo. Yo estaba anonadado por las atenciones de un funcionario público tan importante.
En efecto, poco después, don Emilio hizo su arribo, se disculpó por el retraso y me tendió la mano. Me invitó a sentarme, no sin antes ofrecerme un café, que cortésmente decliné, y lo primero que me dijo fue que mi carta en el periódico le provocó una tremenda vergüenza, tomó enseguida el teléfono que se hallaba sobre un mueble y marcó un número interno, se identificó e inquirió a la persona al otro lado de la línea: “Rosi, ¿qué hay del teléfono del señor Gutiérrez que le comenté hoy por la mañana?”. La respuesta de la interpelada ocasionó que el Lic. Carrillo Gamboa le reclamara con suavidad: “Cómo que la semana que entra, Rosi, mañana, ¿no?”.
Una vez que el director hubo colgado, se dirigió hacia mí diciendo: “Mañana le instalan a usted su teléfono, don Raúl”. Eufórico, no daba yo crédito a lo que estaba viviendo. Agradecí cumplidamente sus atenciones y vocación de servicio, y me retiré.
Don Emilio Carrillo Gamboa fue, además de director de Teléfonos, embajador de México en Canadá; hijo de Antonio Carrillo Flores, secretario de Hacienda y Relaciones Exteriores del país; sobrino de Nabor Carrillo Flores, rector de la UNAM; y nieto de Julián Carrillo, eminente músico mundialmente célebre por su descubrimiento del Sonido 13.
Todo esto viene a cuento porque me acordé de él hace semana y media que supe de su sensible fallecimiento el 15 de octubre de 2026 a los 89 años de edad.
Descanse en paz figura tan egregia de una familia muy ilustre.
¡Igual que ahora!

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