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Dostoievski bien vale una vida

“Dostoievski era vanidoso, envidioso, suspicaz, rastrero, egoísta, jactancioso, informal, desconsiderado, mezquino e intolerante”, dice el novelista y dramaturgo inglés William Somerset Maugham en un escrito -más bien libelo- utilizado por la Editorial Porrúa como introducción a la novela Los demonios , del celebérrimo autor ruso (colección Sepan cuántos, 2009). Agrega que el conjunto de personajes de sus obras “es una pandilla terrible”, para finalmente conceder “pero son extraordinariamente interesantes. En ellos palpita la vida.” Existe, sin embargo, una biografía de Dostoievski de más de tres mil páginas en cinco volúmenes, publicada entre 1976 y 2002, y escrita por el eminente académico norteamericano Joseph Frank (1918-2012), en donde se describe de manera más objetiva la vida de Fiódor Mijaílovich, aunque quizá pecando un tanto del vicio opuesto al de Somerset Maugham, como la de magnánimamente restar importancia a la proverbial afición   de Dostoievski por el juego, por e...

La magia de la realidad

Más que el realismo mágico, en donde se representa lo irreal como parte de lo cotidiano, a mí me interesa la magia de la realidad, en donde ésta se manifiesta de forma inverosímil en hechos que parecen mágicos. Esto viene a cuento por lo siguiente. Supongamos que a un recién egresado de la universidad se le somete a exámenes psicométricos en la empresa donde desea entrar a trabajar, y uno de los planteamientos en dichas pruebas es que determine el número que sigue en la secuencia 953, 967, 971, 977, 983, 991,… Es claro que está secuencia no sigue ninguna patrón obvio ni aparente, y sólo una mente matemática avezada podría determinar, después de algunos cálculos cansinos y laboriosos, que se trata de números primos, es decir, aquellos que son únicamente divisibles por sí mismos y por la unidad. Por medio de cálculos igualmente laboriosos llegaría a determinar que el siguiente número dentro de dicha lista es 997. Cualquiera otro, abandonaría el intento y dejaría sin responder el pu...

La "inutilidad" de las matemáticas

Un aspecto fascinante de las matemáticas es la abstracción que en éstas se hace del concepto de infinito. Por ejemplo, todo mundo “siente” intuitivamente que la cantidad de números primos, es decir, aquellos que son divisibles únicamente por sí mismos y por la unidad (3, 5, 7,…) ha de ser infinita, pero de aquí a concluirlo con toda certeza media una gran mente matemática, como la de Euclides, por ejemplo, quien hace más de dos mil años demostró esto con una sencillez rayana en lo sublime. Se dijo Euclides: si la cantidad de primos fuera finita, multipliquémoslos a todos ellos entre sí, sumémosle 1 al producto y llamemos x al resultado. Obviamente, x no va a ser divisible por ninguno de los primos conocidos, pues para todos se tendría un residuo de 1. Pero por otro “principio” ya conocido en aquel entonces, todo número se puede descomponer de manera unívoca en sus factores primos (teorema fundamental de la aritmética), en particular, x, que ya vimos que no tiene a ninguno de los prim...

Cultura burocrática nacional

Iba a escribir cultura entre comillas, pero si nos atenemos a una de las acepciones del diccionario de la RAE (que no rae, diría nuestro colega Domingo Argüelles): “conjunto de modos de vida y costumbres… en un grupo social”, la burocracia mexicana es toda una cultura por derecho propio. Nos encontramos en la oficina local de la representación estatal de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje (JFCA). Listos para la audiencia se encuentran el demandante, que pelea que su pensión se incremente de tres a cinco salarios mínimos después de más de treinta años de trabajo profesional en empresas de “clase mundial” y de que lo hubieran incluso despojado de la de tres aduciendo argumentos necios, la abogada de la Procuraduría de la Defensa del Trabajo (Profedet) que lo representa, el abogado que representa al demandado (IMSS), y la escribana, secretaria de la JFCA. Mientras al trabajador se le ignora en una silla arrinconada llena de legajos, los otros tres departen alegremente, y a...

La UNAM y la excelencia

Ingresé a la Universidad cuando se encontraba en plena “decadencia”, pues hacía apenas unos meses que había concluido el movimiento del ’68. A pesar de ello, no le escatimo el reconocimiento de haberme formado profesionalmente y como hombre. La primaria y el bachillerato, en contraposición, los cursé en escuelas privadas confesionales y caras que me arrojaron a esa “cuna de grillos y malvivientes” lleno de complejos y escrúpulos. Cursé mi carrera en la Facultad de Ciencias, donde nadie, como me imagino que en el resto de la Universidad, se preocupaba por uno. Sin embargo, no regateo reconocimiento a mis maestros, muchos de ellos posgraduados en universidades de prestigio internacional. Recuerdo, en especial, al ya desaparecido doctor por la Universidad de Princeton Guillermo Torres Díaz. Cada una de sus clases de variable compleja (cálculo, pero de números complejos) era un verdadero deleite. Lo que no podía expresar gráficamente en el pizarrón lo hacía por medio de un movimiento su...

El patetismo de un neófito

No soy alguien al que se le haya inculcado el gusto por la música desde la infancia ni, para suplir esta carencia, lo haya cultivado yo mismo cuando sentía que ella era capaz de moverme a la dicha cuando la escuchaba. Esto representa no sólo una grave carencia, sino una auténtica desgracia. No obstante, recuerdo que   en septiembre de 1989 en Barcelona, durante la luna de miel de mis segundas nupcias, salía con mi esposa de visitar el casi terminado estadio olímpico de Montjuic cuando divisamos una banda estudiantil de música, con grandes instrumentos de viento y demás implementos propios de dichas bandas. La explanada exterior del estadio estaba casi desierta y mi mujer y yo nos sentamos ahí a escuchar los ensayos del grupo. Como digo, no es algo que necesariamente requiera de cultivarse profesionalmente, pues sería imposible explicarse cómo hasta los animales se sosiegan cuando cierta música se ejecuta cerca de ellos. No que yo me considere tal, pero casi. En fin, escuché la ...

Desde Rusia con asombro

Hace no mucho leía yo en un libro de Ignacio Solares cómo Julio Cortázar narraba con delectación un hecho menos inverosímil que el que a continuación relato, y se regodeaba de cómo el destino nos tendía trampas en este sentido. Hice un viaje a la URSS en 1988, cuando todavía ésta era "una sola nación". El muro caería un año después y la URSS se atomizaría como dos más tarde. Eran mis felices días de divorciado. Llegué con el grupo de desconocidos (como unos quince) a Moscú y de ahí a Volgogrado, Stalingrado, Tbilisi (Georgia), Yereván (Armenia), Yalta, Kiev (Ucrania), Leningrado (hoy San Petersburgo), y de vuelta a Moscú. Desde luego, Petersburgo solita valió el viaje, con una guía maravillosa llamada Valentina Vladimirovna Tijomirova, ni fea ni bonita, pero a la que su extraordinario talento hacía ver maravillosa. De repente, un día en el autobús, dijo: "¡Miren, miren!, ése es el lugar donde la policía agarró a Rodia", y lo decía con un entusiasmo tal que contagia...