Vivir en tinieblas
El esposo de una querida prima, una persona
ya mayor con 89 años a cuestas y severos problemas cognitivos, actúa de una
manera por demás errática, al grado de despertarse a las dos de la madrugada alegando
mil asuntos pendientes que reclaman su intervención inmediata, por más que mi
pariente trata de convencerlo de lo contrario y volverlo a la cama.
No fue la excepción la otra noche que se levantó y comenzó a vestirse apresuradamente pretextando que tenía que desplazarse urgentemente a Tlaxcala para ver quién sabe qué asunto. ¡Tlaxcala!, donde el individuo nunca ha puesto un pie en su vida, y que difícilmente sepa siquiera su ubicación en el mapa en sus actuales condiciones. Mi consanguínea batalló esta vez más que ninguna otra para hacer entrar en “razón” a su esposo, quien no paraba e insistía en que su presencia era requerida de manera urgente en Tlaxcala, y Tlaxcala por aquí y Tlaxcala por allá.
Al día siguiente de tan penosa situación, mi prima se negó a contestar una llamada telefónica de un número desconocido, como recomiendan los cánones y apegándose a todos los protocolos de seguridad.
Mi pariente, picada por la inquietud que siempre nos atenaza de saber quién pudo haber originado ese telefonazo, empezó por averiguar a qué localidad del país pertenecía el enigmático número con código de área 248, y literalmente se fue de espaldas y entró en pánico cundo internet le resolvió el misterio: ¡¡¡Tlaxcala!!!
La pobre prima no acierta a responderse si hizo bien o no al rechazar esa llamada, pero hubiera sido bueno averiguarlo, ¿no es cierto?
Mientras tanto su esposo, en tan precaria situación, no suelta prenda sobre el enigma, y tal vez nunca lo haga.

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