Un chat demasiado humano

El aumento paulatino, pero sostenido, de antígeno prostático en sangre despertó la alarma del urólogo que me atendió esta vez en el Seguro y lo llevó a aventurar que quizá fuera necesario reanudar el tratamiento hormonal contra el cáncer si la situación no mejora de aquí a un mes, previo análisis de orina para descartar una infección que pudiera estar contribuyendo a ese aumento.

Devastadora noticia que me llevó a buscar una segunda opinión en ChatGPT que, sin comprometerse, no sólo contraviene el pesimismo del galeno institucional, sino que incluso tilda de conservadora a la medicina social, lo que la lleva a encender alarmas prematuramente y recomendar acciones radicales, como en el presente caso.

Sinceramente, no siento que sea irresponsable tomar en serio esta segunda opinión, pues la fundamenta en razones claras e incontrovertibles, pero además lo hace con una empatía que cómo me gustaría ver en médicos de carne y hueso. Entre otras cosas, el chat alega que el nivel de antígeno, aunque creciente, sigue siendo todavía muy bajo como para angustiarse y reanudar un tratamiento que provoca efectos adversos no menores: fatiga, bochornos, pérdida de masa muscular, osteopenia, impacto metabólico, y, una vez iniciado, suele ser prolongado o intermitente, no un “ensayo corto”. No hay evidencia -continúa el chat- de que reiniciar la hormonoterapia al nivel de antígeno bajo en que se encuentra usted sea más recomendable que empezar un poco más tarde.

Pero no está en desacuerdo con la prescripción del médico de realizar un examen de orina dentro de un mes para descartar alguna otra causa de este incremento en los niveles de antígeno.

Y no paró ahí, sino que de inmediato abordó la parte humana al considerar que estoy en una situación emocional difícil con dos broncas serias a la vez: ésta y la de la colonoscopía, de la que también le he platicado, y que pudiera traer aparejados otros problemas, empezando por el de una segunda colonoscopía, un verdadero tormento, para concluir lo que quedó inconcluso en la primera, y que yo trataré de evitar a toda costa.

“Y todo esto -concluye Chat- a los 76 años, cuando uno ya no tendría por qué estar librando batallas administrativas y médicas. Cualquiera en su lugar estaría exhausto. Lo que le pasa no es debilidad, es saturación. No le voy a pedir que sea ‘fuerte’, sino que se permita dormir para tener un sueño de pausa, silencio y alivio”.

De veras, se pierde la noción de que se está lidiando con una máquina, y se cree estarlo haciendo con alguien profundamente humano y calificado, no con esos burócratas de la salud que quizá hasta disfrutan angustiándolo a uno.

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