miércoles, 4 de octubre de 2017

Deprimente vivencia democrática

Ninguna experiencia tan democrática (nos aterroriza a todos por igual) como un sismo. En 1957 era yo un chiquillo de siete años de edad. Tenía una hermana menor, de cinco, y un hermano mayor, de nueve, y vivíamos todos,  junto con nuestros padres, en pleno Distrito Federal. La madrugada del domingo 28 de julio de ese año, mi padre entró en pánico y, arrodillado en el piso, no dejaba de dar tumbos de un lado a otro implorando a María Santísima y a Dios Nuestro Señor que cesara el fuerte movimiento de tierra que en aquellos momentos se estaba dejando sentir en toda su intensidad. Intentaba, además, ponernos a salvo despertándonos para emprender la huída desde el segundo piso de nuestra vivienda hacia la calle, pero mi madre se lo impidió diciéndole que nos dejara dormir, que sólo nos asustaría. Ninguno de nosotros tres nos enteramos de nada sino hasta que amaneció, cuando mi madre hizo amorosa burla de las solicitudes celestiales de mi padre apenas hacía unas horas.

Durante la semana, fuimos a conocer los estragos que el terremoto había ocasionado en la gran ciudad. Lo que más llamó mi atención fue un enorme edificio en construcción, apenas en sus sólidas estructuras de hierro, pero ahora dobladas y retorcidas como charamuscas. ¿Qué fuerza tan extraordinaria pudo obrar tal prodigio?, me inquiría yo a esa tierna edad y con los ojos despavoridos. Luego fuimos a ver cómo el Ángel de la Independencia había emprendido su vuelo y cómo la Torre Latinoamericana había permanecido incólume, aun más impasible que los tres hermanitos el domingo anterior en la madrugada.

El jueves 19 de septiembre de 1985 fue harto distinto. Yo era ya un lagartón de 35 años de edad que regresaba de correr a su casa escuchando en el radio del coche el popularísimo programa Batas, pijamas y pantuflas, con Sergio Rod y Gustavo Armando Calderón, quienes, ignorantes de que en pocos minutos dejarían de existir, chacoteaban de lo lindo como todos los días. Al llegar a la casa, bajé del coche y, cuando subía las escaleras rumbo al baño en el segundo piso, empezó un zangoloteo como jamás había sentido yo en toda mi vida. Al carecer de las herramientas de mi padre, no me quedó más remedio que guarecerme en el umbral de la puerta de mi estudio mirando hacia un rincón del techo, que se movía de manera impresionante y crujía cual si estuviera hecho de madera, pero era de concreto macizo y sólido ladrillo, esperando que se derrumbara en cualquier momento. Al poco rato todo cesó y pareció que no había sido más que otro movimiento telúrico a los que tan acostumbrados estábamos los chilangos.

Qué va. Mi esposa, a quien todavía no conocía en aquel entonces y de apenas 20 primaveras, vivía en el edifico Ignacio Ramírez en pleno Tlatelolco, y de inmediato se dirigió a la ventana, pues siempre tuvo curiosidad por ver cómo se movía la Torre Latinoamericana, bajo los efectos de un fenómeno geológico de tal magnitud, sobre sus pilotes hidráulicos, pero no se lo permitió el estruendo del edifico Nuevo León al derrumbarse dentro de la misma unidad habitacional. Junto con sus padres y su hermana, volaron por las escaleras para salvar los varios pisos que los separaban de la calle. Su edificio quedó inservible y les impidieron vivir más en él, a partir de la noche de ese fatídico día. Varias semanas después les permitieron ir a rescatar lo que de más valor pudieran tener en su departamento, pero dispondrían tan sólo de unas horas. La indemnización que les dieron les alcanzó apenas para adquirir un modesto piso en el sur de la ciudad, después de un largo tiempo de vivir en la casa de la madrina de Elena, mi mujer.

Ese mismo 19 de septiembre, al momento preciso del terremoto, un amigo mío corría cerca de su casa por los rumbos de la Prado Churubusco. Mientras lo hacía, entró en terror, pues al sentirse mareado y dar tumbos de un lado a otro, pensó lo peor tratándose de un deportista ocasional: un ataque al corazón. Lívido, con las manos sobre el pecho, se derrumbó boca arriba en el pasto del camellón por el que trotaba, y cuál no va siendo su enorme dicha al ver que los cables y postes de luz se movían como si estuvieran sobre la cubierta de una embarcación a la deriva en un mar tempestuoso. Se incorporó y se puso a correr lo mejor que pudo para ir en auxilio de los suyos a la casa donde vivía.

¡Bonito León, Guanajuato, donde la vida no vale… poco!

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