¡Aterrado!

En noviembre de 1991, hace exactamente 35 años, me mandó IBM desde Carolina del Norte -donde estaba yo asignado- a Sídney, Australia, a dar una plática de tres días, sobre el software estrella de telecomunicaciones de la compañía, a una audiencia de cincuenta IBMistas, ingenieros de sistemas de todo Oceanía.

Como siempre me ocurre en ocasiones similares, estaba yo sumamente nervioso e inquieto, y lo peor no era esto, sino que se me notaba a leguas. En fin, me armé de valor y, después de presentarme titubeantemente, me planté frente a mis oyentes con la montaña de filminas a ser proyectadas mientras les explicaba las bondades de nuestro producto.

No había yo avanzado ni cinco acetatos de la plática cuando, presa del temor que me invadía, empecé a ver cómo el proyector se movía. Hice caso omiso y continué como si nada pasara, pero ante el temor de desvanecerme y el terror de hacer el ridículo, se me ocurrió preguntar desesperadamente a mis contertulios si el proyector estaba vibrando, a lo que todos al unísono respondieron con un enfático: “Yes!”

Acto seguido, con la palma de mi mano derecha sobre el pecho a la altura del corazón, la mirada puesta en el cielo y la exhalación de un profundo suspiro de alivio desde lo profundo del alma, mi speech continuó a todo pulmón de la siguiente comprensible manera:

- I thought I was trembling and going to dismay!

El auditorio entero, fiel testigo de mis tribulaciones desde un principio, estalló en una sonora carcajada que ayudó a distender el ambiente y a que mi plática de tres días continuara hasta el final sin ningún contratiempo y con un cambio de proyector.

Llamó especialmente mi atención una bellísima ingeniera de sistemas sentada al frente del salón y quien rió conmigo condescendientemente.

Fue una hermosa manera de terminar con el terror y recuperar la confianza y seguridad  en mí mismo, sobre todo porque mi periplo incluía todavía el lejano oriente (Tokio) y el sudeste asiático (Singapur).

Comentarios

Juani ha dicho que…
¡Gran ingenio con la respuesta, Raúl! Caro y yo tenemos mucha curiosidad de cómo eran esas pláticas. Nos hubiera encantado estar presentes. Eramos apenas unos infantes.

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