¡Dulce venganza!
En la fase de grupos del Mundial México ‘86
nos tocó enfrentar a Paraguay en el Estadio Azteca, partido en el que el
portero de la selección sudamericana, Roberto Gato Fernández, se dio el lujo de detenerle un penal a Hugo Sánchez
para enseguida hacer mofa ostensible del público mexicano, que nuca se lo
perdonaría.
A los octavos de final pasarían México, como primero de grupo, que dispuso de Bulgaria 2 – 0, y precisamente Paraguay, que se las tendría que ver con la poderosa escuadra inglesa. Para quienes habíamos presenciado la humillación a México -ora sí que a manos- del Gato Fernández días antes y sus posteriores burlas, no dejaba de tener particular interés presenciar en ese mismo escenario el encuentro entre paraguayos e ingleses.
Los súbditos de Isabel II estaban dando fácil cuenta de Paraguay, y yo, que iba acompañado de mi sobrino, adolescente, me engallé y empecé a gritar como poseído a todo pulmón: ¡Gaaatooo… Gaaatuuu… gatu madre! Mi adorado Lalo, mi sobrino, se preocupó y comenzó a conminarme a que me comportara, pero, lejos de ello, otros más se me unieron y pronto éramos ya todo un coro cuyas imprecaciones llegaban hasta los oídos del Gato, a quien no le quedaba más que fingir demencia.
Como cereza en el pastel, Fernández se comió un gol de lo más estúpido, todo culpa suya, de tal manera que a la siguiente bola fácil que le llegó grité estentóreamente ¡Goool! No fue más que el comienzo, pues durante todo el resto del partido no nada más era ya “mi” grupo el que coreaba el monosílabo cada que le llegaba una pelota rodadita al portero en cuestión, sino cien mil gargantas que querían divertirse a costa del Gato, pero, sobre todo, tomar venganza, ¡dulce venganza!, de la afrenta infligida días atrás. Fernández lo único que deseaba era que se lo tragara la tierra.
Inglaterra dispuso fácilmente de los paraguayos 3 – 0, y a México lo eliminó, en cuartos de final, Alemania, en serie de penales, en Monterrey.

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