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Mostrando entradas de diciembre, 2018

Año Nuevo en París

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En el invierno de 1986 mi hoy ex esposa -aquella con la que ni procreé ni congenié- y yo decidimos pasar el Año Nuevo en París. De nada sirvió, pues a finales de ese mismo año nos divorciamos, por lo que bauticé aquel viaje como el de nuestra luna de hiel. No obstante, dicho viaje lo planeamos, precisamente, para tratar de enderezar entuertos y durante él hacer nuestro mejor esfuerzo por arreglar las cosas y pasarla bien. Así, la fría mañana del primer día de enero de ese año caminábamos despreocupadamente por las Tullerías. Desconfiado como siempre he sido, había dejado en la caja de seguridad del hotel cuanto de valor llevábamos en el viaje. Para contrarrestar el viento helado que partía el alma me puse una gruesa chamarra para el efecto en la que sólo guardé, en la bolsa interna del lado del corazón, una cartera con los pasaportes para nuestra identificación en caso de que fuera necesario utilizarlos, y en el bolsillo del pantalón del lado derecho unos cuantos francos, muy pocos...

Tráfico navideño

El lunes pasado que regresaba yo de un laboratorio clínico en el centro de la ciudad, donde dejé el cálculo en la uretra que le habían extraído a mi mujer semana y media antes para su análisis y ver qué le está provocando esos sedimentos, circulaba yo por su avenida principal y me detuve frente la luz roja de un semáforo detrás de otros autos, cuando de repente sentí un golpe en la parte posterior del mío, no muy duro, afortunadamente. De inmediato miré por el espejo retrovisor y me percaté de que una camioneta pequeña conducida por una joven mujer permanecía defensa con defensa contra mi auto. Mi mirada furibunda contrastaba con los ojos azorados de la damisela que yo alcanzaba a ver por el espejo. Me moví un poco hacia adelante pero sin dejar de ver a la chica, como si esperara yo una disculpa de su parte y no la mirada congelada que ella me devolvía a través del retrovisor. Dudé entre bajarme para reclamarle o no hacer el ridículo increpando a una muchacha que en su loca prisa ...

Elena

Juro que desde antes de que le pasara lo que le pasó quería yo escribir este panegírico de mi esposa Elena, a la que conocí hace casi treinta años en la Ciudad de México. Vivía el tercer año del divorcio de mi primera esposa, con la cual no procreé ni muchísimo menos congenié, pero en ese entonces estaba ya harto de vivir todo lo que no en mis años de soltería y además tenía la oferta de IBM de México para irme a trabajar dos años a Estados Unidos, específicamente a Raleigh, Carolina del Norte, donde se concentraba gran parte del negocio en telecomunicaciones de la compañía. La misión, si yo decidía aceptarla, era a partir de un año después: enero de 1990. Por supuesto, acepté. Transcurría, así, enero de 1989. Para entonces estaba ya aterrorizado ante la sola perspectiva de embarcarme solo en tan peligrosa aventura, de tal forma que cuando uno de nuestros clientes me presentó con una de sus colegas, Elena, y fuimos otro día un grupo de cuatro, ellos incluidos y una amiga de ambos,...